sábado, 29 de noviembre de 2014

La vida es cuento de la escritora Lucía Sugar


Ha sido todo un placer descubrir este retablo de cuentos que me han trasportado lejos. A esos momentos mágicos y encantadores que te alejan de ti mismo para formar parte de otros y caminar en sus vidas. A esa maravillosa sensación que sólo una escritura bien llevada puede conseguir. 

Te invito a que entres y palpites con cada una de las historias.

Mención especial y entrañable para: Encuentra al Unicornio.
Felicito a su autora. Lucía Sugar, La Maga

miércoles, 19 de noviembre de 2014

Guarecido tras el muro. Contrariado. Olisqueando el horizonte. Intentando encontrar la senda que una vez perdí.
Hoy, en el recuerdo: Blanco


BLANCO 

Blanco. Ante mis ojos solo veo el color blanco, como una faja que oprime todo, como algo que soy incapaz de dejar atrás. Pero mi límite avanza a través de este tono pálido, sin sombras, sin fondo, inexorablemente cauto pero sagaz, y no encuentra a su paso un haragán que guarde la senda, si acaso hubiera senda porque no la hay. La percepción del tacto solo percibe la vasta superficie lisa, clara, sin hilvanes, carente de todo y vasta en nada. Sin embargo, se advierte cordial, de mano nívea y tendida, de cabeza sabia y displicente abierta a saludar a mis legiones, quienes portan, a veces, el saco medio lleno de ocurrencias, medio vacío de confusiones. Pero no nos engañemos, algo aguarda, algo medita, algo quiere... ¿pero qué?
Es por tanto que mi avance sea cauto, lento, y hasta temeroso en algún tal vez, poco dispuesto en algún que otro instante, y novelero y atrevido al punto que mi deseo da muestras de convencimiento y mejora. Pero no hay nada, ni siquiera en qué tropezar, salvo la llanura: todo un muro salpicado de blanco, inmaculado y pulcro, puñeteramente cierto, rimbombante y cabal. Y no descubro, ni aun sospecho, un punto donde relajar estos hambrientos ojos prendidos de la curiosidad más espontánea.
Avanzo. Una nueva conquista me aguarda. Avanzo, sólo avanzo. El blanco siempre se rehace en esperas.
Me da miedo mirar atrás, pero lo hago. Y mis ojos reflejan una serpiente de letras que va quedando argollada a mi espalda como una cadeneta de fiesta, de sueños que prenden del sentido de mi marcha, dispuesta a perdurar, reptil opíparo a manos llenas, tajante y voraz; texto común advierte aquél, orgulloso de publicar el nombre; borrón que motea el claro colorido califica algún otro, más allá, en boca pequeña de acento frívolo. ¿Y qué más da?, responde una voz dentro de mí que parece mía y rumiase acentos sobrios en alguno de los pasillos más cercanos a mi alma: “La sirga es fuerte, aun más que recta ¿Son mis huellas?”... “Quizá lo sean”, insinúa en respuesta la voz del castro que gobierna mi conciencia. Pero me da miedo pensar, no estoy para pensar, ni siquiera podría certificar que estoy; voy a dejarme ir, voy a destensar, aflojar esta rueca de finales sin fin que me acerca a la incertidumbre inicial donde todo vuelve a comenzar. Y lo hago.
Comienzo.
De este modo, involuntariamente apresurado, corrijo la postura y traslado la mirada al lugar hacia donde me dirijo, empujado por una manía jocosa de régimen liberada. Algo me absorbe y me aparta por un momento del innegable umbral del blanco. Y aquí, escondido en el paraíso particular que me gobierna en este instante, recostado en el trono que nunca pretendí, relamo la vertical de mi prudencia, flotando en un lapso de tiempo, prisionero del momento. Ahí fuera, el mismo cuadro sin biseles, la pincelada del blanco persiste en masas que empuñan picas silenciosas y aguardan envueltas en capas aterciopeladas de tonos perplejos. Sí, aguardan. Sin embargo por momentos me descubro lejos de los ojos, lejos de las pupilas de cristal del ejército blanco que campa sin complejos. El blanco, algo aguarda, algo medita, algo quiere... ¿pero qué?
El silencio me limita, la percepción se dilata, me incomoda y alerta casi a la par. Mi instinto desatiende a la formación blanca. Ahora... solo ahora lo oigo. En algún lugar llueve, estoy seguro. Hay vida al otro lado. El olor es fresco, y me llega a borbotones. El llanto de un niño conquista la oscuridad de la habitación. El silencio salta despavorido por la ventana. Hay un segundo de traqueteos, de pasos. Una mano se mueve en la penumbra; la luz aparece, la noche huye. Alguien susurra una voz. Cerca, tan cerca que el llanto cede, el rumor se recompone recogiéndose en canastos de sombras. Vuelvo aquí, a la sombría cámara que regento, al cuerpo que me encierra, y sin darme cuenta me alejo de aquella estancia aislada de paredes etéreas que rigen algún lugar de mí, y, vuelve el blanco, vuelve, a conquistar la guardia que protege la barbacana enclavada en el perfil de mi siguiente y última ojeada.
Blanco, otra vez rendido al blanco. Parece que me llama, ¿pero cómo? Sabe que si lo hace no podré resistirme. Iré... claro que iré, a pasear mi ocurrencia expuesta por esta entrometida y dúctil mano de cinco apéndices que compone uno de los extremos de mi forma, y al hacerlo la cadeneta de fiesta se irá desplegando de manera arrebolada con hilo trasparente, hilo que tendiera ayer y, espero, tender en series interminables de: hoy tras hoy. Pero me da miedo mirar atrás, no estoy para mirar, a lo mejor ni estoy; voy a dejarme ir, despedirme de mí mismo, quizá esté mejor sin mí.
Entonces, vuelve el blanco. Es mi laude; la historia se repite a partir de aquí, más allá de mi margen. No quiero retirar mi mano, si lo hago no habrá serpientes de letras, ni tendidas cadenetas de fiesta. Solo el color blanco, gobernando su propio reino de soledad.
Pero mi esfuerzo se consume en mirar atrás. Sí, ahí está, me sigue: la serpiente es cada vez más extensa, la sirga es fuerte, tal vez sea mi huella perseverante y viva dispuesta a perdurar.
¡Vamos!, grita el capitán de mi ánimo. ¡Vamos!, se agita el estandarte de mi forma. ¡Vamos!, se blande mi entusiasmo dispuesto a conquistar la historia... 
Historia que aguarda más allá del reino blanco.

                                           *  *  *  *  *  *
Mían Ros (quedan reservados todos los derechos sin permiso del autor)