jueves, 24 de octubre de 2013

domingo, 20 de octubre de 2013

Hola amigos,
Llevo desde ayer sábado de promoción y, qué cosas, olvidé anunciarlo en mi propio blog, ¡imperdonable! Bueno, espero que me perdonéis el despiste.
Pues bien, como más vale una imagen que mil palabras, corto. Sed buenos y a seguir leyendo y escribiendo, claro, al que escriba, se entiende.


Gratis desde el sábado 19 de octubre al miércoles 23 del mismo mes.

-Ángeles de cartón. -NiñodeNadie.

Ya no tienes excusa para no leerlos.

* * * * *

miércoles, 9 de octubre de 2013


Últimamente ando pensando si escribir o no un libro sobre un reino tan peculiar y disparatado que cierto año (2010) abordó mi ordenador como un cuento corto. Alguno ya lo conoceréis, hablo del reino de Cuento.

Bueno, ya veremos qué ocurre, quizá el reino de Cuento tenga cierto peso con el paso de las horas, de los días, de los meses, o tal vez sea simplemente una idea volátil que está consumiendo mi cabeza estos días sin mucho acierto. El caso es que siempre merodea haciéndose notar y alejándome unos minutos de lo que verdaderamente tengo entre manos. 
¿Será una señal?


Érase una vez...

¡Un momento, un momento! Este cuento no empieza así.
¿Cómo se atreve a interrumpirme?
Por una clara y sencilla razón, yo soy El Narrador.
Pero yo también soy narrador.
¡No, no, no, no! Para este tipo de cuento, usted no vale, ¡Desde luego que NO! Así que... permanezca ahí sentadito por favor, y tal vez aprenda algo... ¡Ahí no! ¡Ahí!
¿¡En la piedra!? ¡Uf! Está bien. Sepa que los niños de hoy son muy inteligentes y no se tragarán cualquier cosa...
¡Chssssss! Atienda. Esto no es un cuento cualquiera, ni cualquiera puede contar este cuento. Cof, cof (tos). La historia decía así:
Nunca se era ni fue, ni fue porque nunca se era, y, enredados de la cabeza a los pies, todos lo vais a ver, o a entrever o vislumbrar, por no decir contemplar, pues todos habían llegado. Bueno, todos o casi todos los que tenían algo que decir en la reunión; los otros habitantes del reino de Cuento quizá estuvieran inclinando su espinazo en otras necesidades más productivas. O quizá no, tampoco es que hubiera mucho que hacer en el reino. Pero lo que sí era cierto es que la asamblea estaba a punto de comenzar y la fila humana que se había formado, al igual que en las seis reuniones anteriores, aún daba la vuelta a La Cabaña Tortuga... y veréis por qué.
¡Ah! Antes de desvelaros el motivo de la reunión, sospecho que estáis pensando en el citado nombre de La Cabaña, y pensaréis que no hace falta explicar la forma de semejante construcción. Nada más lejos de la realidad, pues en el reino de Cuento las cosas no son lo que parece y lo que menos parece quizá es lo que son. Para muestra, un botón:
Los ladrillos de La Cabaña Tortuga son grises, con pintas negras como caramelos de chocolate pegados a la superficie, pero si te acercas demasiado comprobarás que son verde oscuro casi negro, como pequeñas berenjenas, y retorcidas y feas como la nariz de una bruja formando en su conjunto una altura tan alta como un elefante. ¿Qué?, ¿no os parece alto un elefante?, ¿y si los ojos que lo contemplan están al nivel de las hormigas? ¿Qué me decís ahora? ¡Vaya!... Ahora sí, ¿eh?
Entonces, antes de desvelaros algo más del reino de Cuento, tenéis que saber que no creo ni recuerdo haber visto una criatura viva más grande que una hormiga en Cuento. Y si la hubiera, no podría considerarse una criatura viva, o un Rey, como se denomina de un modo vulgar a los habitantes del reino, sino otra cosa que apelaría al nombre de... Sujeto, aunque precisamente éstos no sean fieles a su nombre puesto que cualquier Sujeto en Cuento se mueve por sí mismo sin ayuda de terceros.
Tal vez sea ésta la razón por la que los habitantes (o reyes) de Cuento lleguen tarde a las reuniones y demás compromisos, ya que la mayoría de las veces no encuentran los Sujetos en su sitio cuando uno los necesita. Esto le ocurre a La Cabaña Tortuga puesto que no siempre está en la loma donde empezó a estar por primera vez. Sale a pasear y va de acá para allá y pocas veces descansa. Eso sí, es uno de los Sujetos más lento de todo Cuento, de ahí su nombre, “Cabaña Tortuga”. Y ha sido en ella donde el Peón, amo de todo el reino, ha convocado a sus infieles; o quiere seguir creyendo que lo son, ya que ahora no está seguro de nada desde que la desgracia se apoderó de él. Pues seguramente no sabéis que hace tiempo perdió la vista, aunque esto no es del todo cierto porque dicen que fue robada (las más trenzadas lenguas cuchichean que el culpable fue un rey). Si bien, lo que más desea su majestad es volverla a encontrar, y esto nos lleva de nuevo a la asamblea y a la finalidad de la misma, donde los reyes, o sea, los habitantes de Cuento más afortunados en el día de hoy han encontrado La Cabaña Tortuga. Y ahí están, haciendo cola para entrar y exponer el resultado de sus investigaciones.
─¿Es aquí el último? ─quiso saber Lata, tras acoplarse a la bulliciosa hilera.
Lata era un rey escuálido, de pelo oscuro y marchito como sus ojos, y poco resultón con las reinas que había intercambiado sus azulados reojos. Su piel, sin embargo, era tan brillante como reflejo de plata.
El ajeno al que presuntamente iba dirigida la pregunta pareció despertar.
─Es aquí... ─dijo por respuesta, y engrandeció unos ojos oscuros y marrones como dos interesadas bellotas maduras.
Lata hizo un ademán y mostró su cortesía. Luego disimuló, y alzó la cabeza; vio una extensión sin límites que no abarcaba con tan sólo una mirada. Delante se extendía un valle amarillo, regado con esmero, como de pan rallado repleto de criaturas que andaban despacio hacia La Cabaña Tortuga formando un aderezo digno de ser comido; la duda de llegar a tiempo a la asamblea revoloteó por un segundo su cabeza.
El ajeno levantó la mano y señaló un punto lejano.
─Sólo si viene de allí, es aquí ─expresó contrayendo el ceño, y de inmediato calló dándole de nuevo la espalda como si no le importara nada lo que acababa de exponer.
─¿Cómo ha dicho? ─espetó Lata, dándole un par de golpecitos en su espalda.
El ajeno se volvió hacia él sin respuesta alguna. Lata aprovechó para observar fijamente su aspecto. El pelo parecía tan meloso y reluciente como la miel, y su cara parecía... ¡puf!, cualquier cara, pensó. Pero era curioso, tenía una enorme verruga en la frente que se llevaba toda la atención, como si una mosca borreguera se hubiera posado a descansar indefinidamente.
─¿Usted ha perdido el oído? ─advirtió el ajeno entonces, un tanto molesto al ver el percal.
─No, ¿por qué?
─El Peón ha perdido la vista, y usted parece andar mal de sus confrontadas amigas, ¿usted también las llama orejas?
Lata se encogió de hombros.
─¿Acaso hay otro nombre? ─exigió con extrañeza.
─Mi madre las llamaba Dumbas...
─No había oído ese nombre nunca...
─Eso es porque no ha vivido con mi madre.
─Lleva usted razón.
─Siempre la llevo ─exclamó el ajeno clavando una mirada con rosca en los ojos de Lata.
─En este momento, a nada ─respondió─. De pequeño cantaba y...
¿A quién le importa lo que hacía usted cuando apenas llegaba a la mesa, y ni siquiera sabía para qué servían sus pies? ─cortó el forastero con cierto aire de arrogancia─. ¡Ah, ya comprendo! Usted no ha encontrado la vista del Peón, pero viene para sentirse útil, por eso está aquí, ¡claro! De ese modo y, si hay suerte, podrá exponer ante El Peón un veredicto unánime recopilado entre tantos rumores. ¿Así que es eso? ─Lata no dijo nada, no obstante, perfiló con sus labios un círculo lo más parecido a una O, y engrandeció los ojos, tres cuartos sorprendido y un cuarto y mitad asustado─. Pero le diré una cosa, ¡no es así de simple! ─gruñó el ajeno─. Creo que hay algo más que un ladronzuelo detrás de todo esto. Tal vez se trate de un rey que manipula los instantes a su antojo... O quizá estemos ante un desgarro maligno, que se vale de esta amenaza ocasionada en el mismo ambiente y fluye más allá de nuestra conciencia. Yo creo que es así. Hay un gran puchero en mi cabeza lleno de tropezones de malestar. Cuando lo remuevo para completar una nueva vuelta, ¡zas!, otro torrezno improductivo cae como una duda hasta el fondo del caldo. ¡Qué desastre! ¡Así no acabaré nunca!
─Dicho así, suena peligroso.
─Dicho así y de cualquier manera que se diga. Y lo es ─afirmó el ajeno estremeciéndose como un perro mojado; hasta la hinchada barriga que ostentaba tiritó─ No le quepa duda. Yo traigo la respuesta que necesita El Peón.
─¿Ha encontrado su vista?
─¿La mía?
─¡No, hombre!, la del Peón.
─No.
─¿Entonces?
─Acérquese ─musitó el ajeno.
Lata obedeció descubriendo una meticulosa curiosidad, e inclinó la cabeza hasta que su oreja casi topó con la boca del forastero.
─Sé donde no está la vista del Peón ─murmuró.
─Pero eso es fácil ─alegó de inmediato Lata─. Sólo hay un lugar donde está. El resto es donde no está; millones de espacios vacíos donde jamás descubriremos la vista del Peón. Yo también habría llegado a esa lógica.
─Usted cree. ─objetó el ajeno, y se rodeó la barbilla con sus rechonchos dedos─. A veces no hay mayor lógica que sentirse confundido, uno lleva siempre la sinrazón entonces. Sacar a pasear la sabiduría más de la cuenta es peligroso, pues sepa, que si la ignorancia nos descubre puede anudar los cordones de nuestros zapatos y hacernos caer de bruces. Claro que, no puede vivir por debajo de la humildad y aún menos por encima.
»Acérquese de nuevo ─Exigió. Lata obedeció─. Le voy a confesar algo, ya que es usted tan retraído con ganas de enterarse de todo. Aunque... me temo que no se entere de casi nada. Únicamente el individuo que robó la vista del Peón sabe dónde la ha escondido.
Lata al escuchar la confesión se quedó a cuadros, literalmente, ¿me entendéis, no? Los reyes no pueden ir de aquí para allá disfrazados de cuadros... es evidente.
─Pero no se equivoque ─siguió diciendo el ajeno─. Eso es lo que él quiere hacernos creer. Figúrese que usted dijera uno de tantos lugares donde imaginamos que no está la vista del Peón. Pero piense... ─Lata se llevó rápidamente el dedo índice a la sien; se esforzaba por dar muestra de estar metido en el papel de pensador─. Tal vez el riesgo de encontrar el lugar donde está la vista no sea tan mínimo─. Y si está allí donde se predice que tiene que no estar... ¡Imagínese! ─vociferó abriendo sus brazos y apartando el aire con sus manos─. ¿Sabe el premio que El Peón ha ofrecido por su vista?
─¿Por la mía?
─¡No, hombre! Por la que ha perdido, la vista irreal, la suya propia, la vista del Peón ─apuntilló con énfasis el ajeno como si algo irreparable se fuera de su lado─. Pues verá, ha ofrecido cuantiosos Rábanos y todo un jardín de árboles de Brócoli para comer y dormir bajo ellos durante chorrocientos días...
─Chorrocientos días ─balbuceó Lata, relamiéndose en cada una de las sílabas. Parecía como si semejante premio no entrara en los limitados extremos de su imaginación.
─Y junto al regalo ─añadió el ajeno, henchido por su propia voz─, adjunta también su preciado CaraCol, rápido y cantarín que despertará al premiado siempre que abra los ojos La Noche. ¿¡No sería estupendo!?
Lata meneó la cabeza, formando tres apáticos e inservibles síes; su cabeza aún se relamía entre arbolitos de Brócoli. El Peón, ya podía haber ofrecido a una de sus hijas en vez de aquel ilimitado CaraCol irreal. Lata siempre había bebido los vientos por Flora, la más bella de la corte. ¡Ay, Flora!
Pero la retahíla del ajeno aún no había concluido.
─¡La desgracia recaerá en todo aquél que llegue con falsas noticias!... ─recordó. Y su voz alcanzó un tono solemne y puntual, y de sus ojos brotaron raíces y tallos de misterio─. Que se prepare el charlatán que arriesgue a decir un lugar, y éste, esté desierto. ¿Sabe lo que eso significa? ─preguntó, aún sin esperar respuesta, pues el ajeno era un vagón de nervios sin freno─. Que los que mientan al Peón serán echados al Fuego, y se helarán en menos que canta un Ciprés.
─¡Cierto! ─afirmó Lata, asustado incluso al ver que había podido colar su respuesta.
Lata no podía negar que empezaba a ver a aquel individuo de forma diferente, parecía un tipo con la cabeza bien enroscada entre los dos cerros que tenía por hombros, desde luego. Salían cosas inteligentes de su interior cuando abría la larga cremallera de dientes que poseía, o al menos no era torpe visto desde el hemisferio más engrasado de Lata.
El ajeno se movió y adoptó una pose divertida, y con un dedo tieso apuntó a lo alto del cielo color vainilla, mientras su habla surgía como encantada:
─Imagínese por un momento, mi querido amigo... ─sugirió.
─¿Oiga, en qué momento he empezado a ser su amigo? ─interrumpió Lata.
─Bueno... supongamos...
Lata se retrajo, y le miró con un gesto de bisagra descolgada... ¿cómo se suponía a un amigo? El ajeno continuó con su especulación.
─Como le decía... ─indicó─. Imagínese que usted tiene la vista del Peón.
─¿Yo?
─Haga un esfuerzo. ¡No colabora en nada!
─Está bien ─protestó Lata, y buscó en su memoria el libro de fórmulas de concentración. Al cabo de unos segundos descendía de la memoria con el pesado volumen bajo el brazo.
Lógicamente tener la vista de otro era algo nuevo para él, pero más aún era ver el reino de Cuento desde los ojos del Peón, aunque... ¿Por qué no hacerlo ahora? No costaba nada intentarlo. Apretó los labios de un modo que los hizo desaparecer de su cara... solamente una rasgadura en la piel daba nota de que allí había una puerta que daba a la mazmorra oscura donde un carcelero aprisionaba el aire. Poco a poco la cara de Lata empezó a adquirir un tono color tomate, más que rojo, preocupante.
─Puede respirar ¿eh? ─le sugirió el ajeno─. Que sea el Peón no quiere decir que se ahogue.
Lata asintió, amoratado como una mora silvestre madura madura a punto de reventar. Y de inmediato se estiró, giro el cuello despacio hacia uno y otro lado, ahuecado como un palomo ante su dama, y con la soltura de un ser superior dijo soltando todo el aire acumulado de golpe:
─Cuento es un reino fastuoso y sin parangón como jamás hubo otro igual... ─espetó, y movió el brazo con gracia. Ni el mismísimo Peón del reino de Cuento tenía semejante desenvoltura en sus actos. Lata daba muestras de estar muy metió en el papel irreal.
El propio ajeno se sorprendió por el tono y la actitud representada.
─¿Se da cuenta majestad que todos aguardan para servirle, cual diablillos impacientes? ─expresó, y a su vez se frotó las yemas de sus dedos con soltura.
─Cierto... ─asintió Lata─. Ejem, ejem... ¿Usted quién es? ─preguntó, sin dejar de representar el papel de Peón.
─Puede llamarme Azar, Señor ─respondió el ajeno, figurando ser un servidor fiel a la corte, prolongando la pantomima.
─Muy bien, Azar. ¿Y qué le trae por aquí?
─Poca cosa, majestad ─respondió─. Quizá estar aquí es porque aunque transito por los cuatro confines sin parar, siempre me gusta estar delante de allí, que es aquí... ─y tras callarse, hizo una reverencia en la que sus ojos se quedaron estacionados en un punto indeterminado del suelo.
De este modo, y a medida que la fila fue avanzando, Lata y Azar estuvieron largo y largo rato conversando (si se puede llamar conversación al servicio que dieron a sus palabras).
Tanto se metió Lata en la representación de ser el Peón del reino de Cuento delante de Azar, que pronto se encontraron, absorbidos por el diálogo, dentro de la Cabaña Tortuga.
─¿Por qué ve todo tan distinto? ─preguntó Azar en voz alta, ya entre los muros irreales.
─Porque tengo la vista del Peón ─decretó Lata a voz en cuello, clavando con maestría su representación; sus brazos extendidos y alzados formaban una te minúscula.
De repente, todos los reyes que se encontraban de cháchara callaron y le miraron sorprendidos.
Era evidente que el silencio sacó a Lata de su fingido papel. Fue entonces cuando Azar intervino.
─Majestad, he aquí a quien os ha robado vuestra vista... ─denunció, señalando al acusado de manera rimbombante. Una mueca puntillosa acudió a su cara. Lata quedó mudo sin saber qué decir ante las gruesas columnas de la Cabaña que giraban sobre sí mismas como barrenas, sólo fue capaz de bajar los brazos─. Él mismo lo ha manifestado ─decretó por último Azar, volviendo a mover un dedo chivato hacia la figura de Lata.
─¡Traedlo a mi presencia! ─ordenó el Peón, rebozado en insolentes empanadillas de cólera.
La guardia irreal se abalanzó sobre el esquelético cuerpo de Lata. Un mar de brazos y piernas se levantó como un Bosque de Bultos. Finalmente, Lata fue doblegado y apresado, y llevado al aposento impersonal de su majestad.
Desde entonces, nunca más se supo de él. Y de Azar... ¿por cierto?, nadie volvió a ver a Azar, ¿o sí? Tal vez se haya ido lejos a disfrutar de la recompensa y del CaraCol irreal que, por supuesto, lo despertará con su agudo canto cuando el Sol tropiece y caiga de bruces en la noche.
Los más reservados, sin embargo, dicen que se oyen voces durante el día, más que voces tonalidades líricas de un trovador, quizá dichoso de sentirse útil y poder cantarle al oído a su doncella. ¡Ay, Flora! Aunque otros discrepan que son lamentos, crujidos que crecen en el silencio de la noche cuando los presos trabajan aceitando las chorrocientas mil bisagras de La Cabaña Tortuga.
Pero en el reino de Cuento, las cosas no son lo que parece, y lo que menos parece quizá es lo que son.
Y, ni colorado ni colorín, este cuento NO tiene FIN.

SIN FIN
(Mián Ros - 08/02/2010)


sábado, 5 de octubre de 2013

Un saludo a los seguidores de Literatura Horizontal Mián Ros, tras una larga ausencia retirado del Blog vuelvo a la carga, pero esta vez espero que sea con la constancia necesaria que la magia del sitio y de las letras se merece. Volveremos a hablar de escrituras, proyectos, lecturas y, en definitiva, de todo aquello que nos conmueve en un determinado momento del camino.
Sed nuevamente, bienvenidos.

Volvamos a sentir la Magia...

(fragmento del cuento NiñodeNadie)

Una tenue luz azulada entraba de soslayo por los tres pequeños ventanales abiertos en la pared circular del silencioso cuarto. Paquetitos de sombras reposaban sobre el frío suelo.
A NiñodeNadie le llevó tiempo asimilar qué hacía él allí tumbado junto a otros niños, y por qué se encontraban quietos como alfombras abandonadas en el mármol, todos ellos dormidos plácidamente.
Pestañeó despacio mientras observaba los perfiles que dejaba entrever la semioscuridad de su alrededor. No podía precisar el tiempo que había estado allí dormido. Cualquier segundo sería suficiente para que otros niños le hubieran tomado ventaja en la carrera. Un terrible inconveniente, pensó, porque si no se daba prisa no sería el primero en llegar a la salida y la esperanza de ver a su madre se esfumaría como su queridísimo gorro de lana blanca que desapareció de su cabeza al pedir el primer deseo.
Si su imaginación no se ahogaba en algún lugar profundo, NiñodeNadie se preguntaba que, seguramente, aquellos niños que dormían de manera plácida habían sido engañados como él. Qué tonta había sido la idea de entrar en ElPalacioEntrelazado. Pero maldecir su mala cabeza bien servía de poco, ni siquiera le hacía sentirse mejor. Peor suerte había tenido HocicodeZanahoria aunque aquello tampoco le aliviaba demasiado, es más, le hacía sentirse muy triste el pensar cómo y dónde se encontraría su hermano.
Trató de que sus problemas no se amontonaran y los más antiguos fueran quedando en el fondo, olvidados para siempre. Luchó por buscar un aliciente para no pensar en el fracaso. Pero sólo encontraba en su mente a la persona que podría ayudarle en ese momento: el ente mágico, el rey.
Cargando con la futura suerte de encontrarlo se levantó y recorrió la sala saltando entre los niños dormidos. Pasó muy cerca de una niña que estaba acurrucada como un pajarillo y se movía en sueños; junto a ella se encontraba la única puerta que presentaba el cuarto y, para su suerte, estaba entreabierta.
Se asomó despacio, como el que busca algo sin saber el qué; primero un ojo, luego el otro.
De inmediato, alguien, al otro lado, nada más ver la cabecita de cabellos encarnados de NiñodeNadie, lanzó una orden.
─Pasa ─dijo el anciano. Tenía prominentes ojeras y unos párpados pequeños y cansados bajo los que se hallaban unas diminutas y redondas gafas asomadas al balcón de su encorvada nariz─. Te estaba esperando ─aseguró sin levantar la vista del apolillado libro que tenía entre sus manos.
─¿A mí? ─NiñodeNadie dio unos pasitos y se coló en la sala, no sin recelo.
Había mucho espacio a lo largo y ancho de aquel anciano de cabellos grises, que parecía cómodo detrás de una mesa repleta de libros y dos candelabros de pie forjado enfrentados entre sí. Y, sin duda, se estaba calentito allí dentro de aquel cuarto, se dijo NiñodeNadie al ver la flamante hoguera junto al anciano; las llamas amarillas y rojas, radiantes como pétalos de tulipanes al sol, chasqueaban al son como si estuvieran bailando una relajante danza para ahuyentar a la lluvia.
NiñodeNadie llegó a los pies de la mesa con cierta vacilación. Más que miedo, era respeto lo que sentía ante aquella persona que había vivido tanto tiempo. Tal vez el rey tuviera la misma figura que aquel hombre. Él pensaba que un rey, para alcanzar el mando de un reino tenía que ser el más inteligente y, por supuesto, para llegar a ser muy inteligente tenía que ser mucho mayor en edad que el resto de sus conciudadanos. Por consiguiente los reyes tenían que llevar largas barbas y una mirada sabia e impertérrita que brillara ante cualquiera que se presentara ante él, y, desde luego, este anciano tenía todo para ser un rey.
─¿Es usted el rey? ─preguntó NiñodeNadie, y pese al silencio que revoloteaba entre los dos, su voz fue casi imperceptible.
Sin embargo, el anciano parecía haber conservado con el paso de los años muy bien su oído.
─¿El rey, dices? ─carcajeó al menos tres veces, con una voz tan antigua como su propia piel, que lucía miles de frunces rojizos a la luz de las llamas y, aun así, sostuvo una sonrisa agradable antes de decir─: Soy rey de mí mismo. Tú eres rey de ti mismo, bueno... aún príncipe. ─El nuevo carcajeo le produjo tos. Tras recuperarse continuó─: No siempre estoy de acuerdo con lo que hago, pero debo hacerlo. La curiosidad nos lleva a veces a lugares donde no queremos ir, pero al final, vamos; la misma curiosidad se encarga de estimularnos a que lo hagamos; y ¡vaya si es cabezota la curiosidad...! ─Y no paró de carcajear. Una vez se vio estrangulado por las lágrimas frenó con un soporífero “Ay”─. Gobernarse a uno mismo es lo más difícil de este mundo ─sentenció, a punto de volver a reír.
─Yo no soy curioso ─manifestó NiñodeNadie casi sin pensarlo. El caso es que no sabía muy bien por qué había dicho tal cosa.
─Entonces, ¿qué te ha traído hasta aquí, aparte de tus dos espigadas y frágiles piernas que soportan ese bastidor de escaso desparpajo, pequeño y pobre príncipe?
NiñodeNadie pensó que el rango de rey quizá era demasiado premio para aquel hombre tan irrespetuoso. Tal vez fuera simplemente un loco, sabio tal vez, pero un loco. Pasar tantas horas encima de aquellos libros, más que ayudar a ese hombre le estaba haciendo mucho daño. Al menos le había gustado que le llamara príncipe. Pero ¿pobre?... ¿Cómo habría llegado a esa conclusión?
─No soy pobre.
─¿Ah no? Tan pobre que ni siquiera tienes esperanza.
─¿Y he de tenerla?
─Los pobres son ricos en esperanza, y tú no parece que tengas mucha viviendo dentro de ti.
─Es que todo me sale mal. Además, he perdido a mi madre.
─¿Perdido? Las madres no se pierden. Son los hijos los que se desorientan y se apartan lejos de ellas.
─¿Eso significa que soy yo el que está perdido?
─Claro. Mírate. Eres un náufrago. Nadie podrá encontrarte si no haces fuego, si no te subes sobre tu propia voluntad y multiplicas tus deseos.
─Pero tú me has encontrado.
─Eso no es del todo cierto. Aquí atracan los naufragios. Tú has llegado mecido por la marea. Aunque no hubieras querido, habrías llegado a esta isla de cualquier manera.
NiñodeNadie se rascó la cabeza con síntomas de preocupación.
─¿Qué está haciendo? ─preguntó un poco más tarde al anciano, tanteando con mayor cuidado para que sus palabras no fueran de nuevo a la deriva.
─¿Y dices que no eres curioso? ─El anciano carraspeó.
De algún modo supuso que aquel hombre se encargaba de interpretar las palabras a su antojo para llevar siempre la razón; sin duda, eso sólo se podía conseguir viviendo mucho y, desde luego, él podía presumir de haberlo hecho. Sólo la verruga de aquella frente había necesitado toda una vida para engordar de tal manera, vaya que sí.
─¿Querer saber es ser curioso? ─preguntó NiñodeNadie.
─Claro ─afirmó el anciano─. E indiscreto y metomentodo, e imprudente y maleducado si lo haces sin discreción y sin respeto.
─¿Y si... lo pido por favor?
─Prueba a ver ─dijo el anciano embaucado en sus cosas.
NiñodeNadie pestañeó tres, bueno, mejor dicho, cuatro veces antes de tomar aliento y recomponer el tono un tanto comedido.
─Por favor, señor, ¿podría decirme qué está haciendo? ─Y soltó todo el aire que quedaba en sus pulmones.
─Mmnnnn. ─El anciano inclinó la cabeza, parecía meditar.
─¿Así mejor? ─preguntó NiñodeNadie con sumo cuidado.
─No ha sonado mal ─contestó el anciano levantando un momento la mirada─. Apunto a todo aquel que llega hasta aquí. Yo soy Cuento ¿y tú?
─Aún no tengo un verdadero nombre, señor pero ahí fuera los que me conocen me llaman NiñodeNadie. Espero que mi madre me dé uno. ─Sus ojos se iluminaron.
El anciano, quien él mismo se había llamado Cuento, anotó algo en el libro debajo de una larga lista. NiñodeNadie supuso que sería su nombre una vez lo había conocido.
─¿Por qué me apunta, señor?
─Curioso niño ─musitó─. Es el protocolo ─respondió, subiendo el tono de su perjudicada voz.
Enseguida movió la pluma bajo su larga barba y se preparó para apuntar de nuevo.
─A ver ─dijo─ ¿qué es más fuerte que un león?
NiñodeNadie no sabía qué podría haber más fuerte que un león. Los leones eran los reyes de la selva y nadie podía rivalizar con su fuerza, por eso eran reyes, nadie podía estar por encima de un rey. ¿Pero qué sentido tenía aquella pregunta allí dentro?, se dijo.
Al cabo de un rato contestó.
─No lo sé.
Y sacudió a su vez la cabeza, desconcertado.
Cuento anotó algo en el libro a continuación del nombre que acababa de escribir mientras revelaba él mismo la respuesta a su pregunta.
─Dos leones.
Y volvió a levantar la pluma, reservado en su semblante, al tiempo de rascarse la mejilla derecha antes de formular otra pregunta.
NiñodeNadie no podía creer que tuviera la mala suerte de encontrarse a todos aquellos enigmáticos individuos que no sabían nada más que lanzarle preguntas. Y por un momento las palabras de Quimera llegaron a su cabeza: “Ahí fuera os vais a encontrar con criaturas extraordinarias, algunas serán naturales de la zona que transitéis, otras por el contrario no, y os harán perder tiempo e incluso podéis correr el riesgo de que sean salvajes y os coman, o corráis mejor suerte y os encierren para divertimento propio. Igualmente habrá, entes mágicos que serán de gran ayuda, pero sabed que hay una terrible criatura sobre todas las demás, y estará siempre al acecho sobre cualquiera de vosotros, es un Amalgama Negro, insaciable, y luchará para confundiros y para que ninguno llegue a la salida”.
Aquellas palabras de Quimera entonces le resultaron horribles, pero sólo ahora empezaba a comprender plenamente las dificultades que ella les había tratado de explicar.
─¿Qué es menos que menos? ─preguntó Cuento sacando a NiñodeNadie de sus pensamientos.
Si se basaba en la lógica de la pregunta anterior debiera de contestar: dos menos. Pero aquello no parecía tener sentido. Pensó un momento, intentando no hacer el mayor de los ridículos, a la espera de que alguna respuesta cayera en el interior de su cabeza, pero fue inútil, sólo el silencio y las ganas de perder al anciano de vista fueron las cosas que custodiaron su mente en todo momento.
─No lo sé ─respondió al cabo con cierto temor.
─No sabes nada, niño. No sé cómo has podido llegar hasta aquí.
Cuento anotó algo en su libro antes de levantar su mirada. De pronto las redondeadas gafas cayeron sobre la mesa. Las pupilas del anciano ahora no eran sabias ni estaban cercadas por párpados arrugados y viejos, eran grandes, cada vez más grandes y un tanto escamosas y llenas de ira. Y las ropas de aquel enclenque cuerpo se ajaron, la piel fue tomando volumen estirando arrugas, y asomaron unas venas entre todos los rotos del jersey de manera ostentosa, fuertes y voluminosas que no paraban de crecer de tamaño.
─Nada ─rugió Cuento. Su mirada era insostenible─. Nada ─repitió, dejando de golpe el libro sobre la mesa─. Esa es la respuesta... Prepárate para el castigo que sufren los niños que no saben nada.
Levantó dos imponentes manos ganchudas y feas, y abrió todo lo que pudo la boca mostrando unos colmillos babeantes y amarillos. Apartó de un terrible manotazo la mesa y los candelabros fueron a chocar contra las paredes de la sala levantando un terrible estruendo. Cuento, enterrado bajo la apariencia de un troll de las cavernas, alzó a NiñodeNadie como si fuera un mendrugo de pan que fuera a llevarse a la boca.
Había sido tan rápida su acción, que NiñodeNadie no tuvo tiempo de meter la mano en el bolsillo y buscar el auxilio de su ojoroca.
Un solo grito se escuchó a continuación.
─¡No me comas! ¡Noooooo...!
...