sábado, 5 de octubre de 2013

Un saludo a los seguidores de Literatura Horizontal Mián Ros, tras una larga ausencia retirado del Blog vuelvo a la carga, pero esta vez espero que sea con la constancia necesaria que la magia del sitio y de las letras se merece. Volveremos a hablar de escrituras, proyectos, lecturas y, en definitiva, de todo aquello que nos conmueve en un determinado momento del camino.
Sed nuevamente, bienvenidos.

Volvamos a sentir la Magia...

(fragmento del cuento NiñodeNadie)

Una tenue luz azulada entraba de soslayo por los tres pequeños ventanales abiertos en la pared circular del silencioso cuarto. Paquetitos de sombras reposaban sobre el frío suelo.
A NiñodeNadie le llevó tiempo asimilar qué hacía él allí tumbado junto a otros niños, y por qué se encontraban quietos como alfombras abandonadas en el mármol, todos ellos dormidos plácidamente.
Pestañeó despacio mientras observaba los perfiles que dejaba entrever la semioscuridad de su alrededor. No podía precisar el tiempo que había estado allí dormido. Cualquier segundo sería suficiente para que otros niños le hubieran tomado ventaja en la carrera. Un terrible inconveniente, pensó, porque si no se daba prisa no sería el primero en llegar a la salida y la esperanza de ver a su madre se esfumaría como su queridísimo gorro de lana blanca que desapareció de su cabeza al pedir el primer deseo.
Si su imaginación no se ahogaba en algún lugar profundo, NiñodeNadie se preguntaba que, seguramente, aquellos niños que dormían de manera plácida habían sido engañados como él. Qué tonta había sido la idea de entrar en ElPalacioEntrelazado. Pero maldecir su mala cabeza bien servía de poco, ni siquiera le hacía sentirse mejor. Peor suerte había tenido HocicodeZanahoria aunque aquello tampoco le aliviaba demasiado, es más, le hacía sentirse muy triste el pensar cómo y dónde se encontraría su hermano.
Trató de que sus problemas no se amontonaran y los más antiguos fueran quedando en el fondo, olvidados para siempre. Luchó por buscar un aliciente para no pensar en el fracaso. Pero sólo encontraba en su mente a la persona que podría ayudarle en ese momento: el ente mágico, el rey.
Cargando con la futura suerte de encontrarlo se levantó y recorrió la sala saltando entre los niños dormidos. Pasó muy cerca de una niña que estaba acurrucada como un pajarillo y se movía en sueños; junto a ella se encontraba la única puerta que presentaba el cuarto y, para su suerte, estaba entreabierta.
Se asomó despacio, como el que busca algo sin saber el qué; primero un ojo, luego el otro.
De inmediato, alguien, al otro lado, nada más ver la cabecita de cabellos encarnados de NiñodeNadie, lanzó una orden.
─Pasa ─dijo el anciano. Tenía prominentes ojeras y unos párpados pequeños y cansados bajo los que se hallaban unas diminutas y redondas gafas asomadas al balcón de su encorvada nariz─. Te estaba esperando ─aseguró sin levantar la vista del apolillado libro que tenía entre sus manos.
─¿A mí? ─NiñodeNadie dio unos pasitos y se coló en la sala, no sin recelo.
Había mucho espacio a lo largo y ancho de aquel anciano de cabellos grises, que parecía cómodo detrás de una mesa repleta de libros y dos candelabros de pie forjado enfrentados entre sí. Y, sin duda, se estaba calentito allí dentro de aquel cuarto, se dijo NiñodeNadie al ver la flamante hoguera junto al anciano; las llamas amarillas y rojas, radiantes como pétalos de tulipanes al sol, chasqueaban al son como si estuvieran bailando una relajante danza para ahuyentar a la lluvia.
NiñodeNadie llegó a los pies de la mesa con cierta vacilación. Más que miedo, era respeto lo que sentía ante aquella persona que había vivido tanto tiempo. Tal vez el rey tuviera la misma figura que aquel hombre. Él pensaba que un rey, para alcanzar el mando de un reino tenía que ser el más inteligente y, por supuesto, para llegar a ser muy inteligente tenía que ser mucho mayor en edad que el resto de sus conciudadanos. Por consiguiente los reyes tenían que llevar largas barbas y una mirada sabia e impertérrita que brillara ante cualquiera que se presentara ante él, y, desde luego, este anciano tenía todo para ser un rey.
─¿Es usted el rey? ─preguntó NiñodeNadie, y pese al silencio que revoloteaba entre los dos, su voz fue casi imperceptible.
Sin embargo, el anciano parecía haber conservado con el paso de los años muy bien su oído.
─¿El rey, dices? ─carcajeó al menos tres veces, con una voz tan antigua como su propia piel, que lucía miles de frunces rojizos a la luz de las llamas y, aun así, sostuvo una sonrisa agradable antes de decir─: Soy rey de mí mismo. Tú eres rey de ti mismo, bueno... aún príncipe. ─El nuevo carcajeo le produjo tos. Tras recuperarse continuó─: No siempre estoy de acuerdo con lo que hago, pero debo hacerlo. La curiosidad nos lleva a veces a lugares donde no queremos ir, pero al final, vamos; la misma curiosidad se encarga de estimularnos a que lo hagamos; y ¡vaya si es cabezota la curiosidad...! ─Y no paró de carcajear. Una vez se vio estrangulado por las lágrimas frenó con un soporífero “Ay”─. Gobernarse a uno mismo es lo más difícil de este mundo ─sentenció, a punto de volver a reír.
─Yo no soy curioso ─manifestó NiñodeNadie casi sin pensarlo. El caso es que no sabía muy bien por qué había dicho tal cosa.
─Entonces, ¿qué te ha traído hasta aquí, aparte de tus dos espigadas y frágiles piernas que soportan ese bastidor de escaso desparpajo, pequeño y pobre príncipe?
NiñodeNadie pensó que el rango de rey quizá era demasiado premio para aquel hombre tan irrespetuoso. Tal vez fuera simplemente un loco, sabio tal vez, pero un loco. Pasar tantas horas encima de aquellos libros, más que ayudar a ese hombre le estaba haciendo mucho daño. Al menos le había gustado que le llamara príncipe. Pero ¿pobre?... ¿Cómo habría llegado a esa conclusión?
─No soy pobre.
─¿Ah no? Tan pobre que ni siquiera tienes esperanza.
─¿Y he de tenerla?
─Los pobres son ricos en esperanza, y tú no parece que tengas mucha viviendo dentro de ti.
─Es que todo me sale mal. Además, he perdido a mi madre.
─¿Perdido? Las madres no se pierden. Son los hijos los que se desorientan y se apartan lejos de ellas.
─¿Eso significa que soy yo el que está perdido?
─Claro. Mírate. Eres un náufrago. Nadie podrá encontrarte si no haces fuego, si no te subes sobre tu propia voluntad y multiplicas tus deseos.
─Pero tú me has encontrado.
─Eso no es del todo cierto. Aquí atracan los naufragios. Tú has llegado mecido por la marea. Aunque no hubieras querido, habrías llegado a esta isla de cualquier manera.
NiñodeNadie se rascó la cabeza con síntomas de preocupación.
─¿Qué está haciendo? ─preguntó un poco más tarde al anciano, tanteando con mayor cuidado para que sus palabras no fueran de nuevo a la deriva.
─¿Y dices que no eres curioso? ─El anciano carraspeó.
De algún modo supuso que aquel hombre se encargaba de interpretar las palabras a su antojo para llevar siempre la razón; sin duda, eso sólo se podía conseguir viviendo mucho y, desde luego, él podía presumir de haberlo hecho. Sólo la verruga de aquella frente había necesitado toda una vida para engordar de tal manera, vaya que sí.
─¿Querer saber es ser curioso? ─preguntó NiñodeNadie.
─Claro ─afirmó el anciano─. E indiscreto y metomentodo, e imprudente y maleducado si lo haces sin discreción y sin respeto.
─¿Y si... lo pido por favor?
─Prueba a ver ─dijo el anciano embaucado en sus cosas.
NiñodeNadie pestañeó tres, bueno, mejor dicho, cuatro veces antes de tomar aliento y recomponer el tono un tanto comedido.
─Por favor, señor, ¿podría decirme qué está haciendo? ─Y soltó todo el aire que quedaba en sus pulmones.
─Mmnnnn. ─El anciano inclinó la cabeza, parecía meditar.
─¿Así mejor? ─preguntó NiñodeNadie con sumo cuidado.
─No ha sonado mal ─contestó el anciano levantando un momento la mirada─. Apunto a todo aquel que llega hasta aquí. Yo soy Cuento ¿y tú?
─Aún no tengo un verdadero nombre, señor pero ahí fuera los que me conocen me llaman NiñodeNadie. Espero que mi madre me dé uno. ─Sus ojos se iluminaron.
El anciano, quien él mismo se había llamado Cuento, anotó algo en el libro debajo de una larga lista. NiñodeNadie supuso que sería su nombre una vez lo había conocido.
─¿Por qué me apunta, señor?
─Curioso niño ─musitó─. Es el protocolo ─respondió, subiendo el tono de su perjudicada voz.
Enseguida movió la pluma bajo su larga barba y se preparó para apuntar de nuevo.
─A ver ─dijo─ ¿qué es más fuerte que un león?
NiñodeNadie no sabía qué podría haber más fuerte que un león. Los leones eran los reyes de la selva y nadie podía rivalizar con su fuerza, por eso eran reyes, nadie podía estar por encima de un rey. ¿Pero qué sentido tenía aquella pregunta allí dentro?, se dijo.
Al cabo de un rato contestó.
─No lo sé.
Y sacudió a su vez la cabeza, desconcertado.
Cuento anotó algo en el libro a continuación del nombre que acababa de escribir mientras revelaba él mismo la respuesta a su pregunta.
─Dos leones.
Y volvió a levantar la pluma, reservado en su semblante, al tiempo de rascarse la mejilla derecha antes de formular otra pregunta.
NiñodeNadie no podía creer que tuviera la mala suerte de encontrarse a todos aquellos enigmáticos individuos que no sabían nada más que lanzarle preguntas. Y por un momento las palabras de Quimera llegaron a su cabeza: “Ahí fuera os vais a encontrar con criaturas extraordinarias, algunas serán naturales de la zona que transitéis, otras por el contrario no, y os harán perder tiempo e incluso podéis correr el riesgo de que sean salvajes y os coman, o corráis mejor suerte y os encierren para divertimento propio. Igualmente habrá, entes mágicos que serán de gran ayuda, pero sabed que hay una terrible criatura sobre todas las demás, y estará siempre al acecho sobre cualquiera de vosotros, es un Amalgama Negro, insaciable, y luchará para confundiros y para que ninguno llegue a la salida”.
Aquellas palabras de Quimera entonces le resultaron horribles, pero sólo ahora empezaba a comprender plenamente las dificultades que ella les había tratado de explicar.
─¿Qué es menos que menos? ─preguntó Cuento sacando a NiñodeNadie de sus pensamientos.
Si se basaba en la lógica de la pregunta anterior debiera de contestar: dos menos. Pero aquello no parecía tener sentido. Pensó un momento, intentando no hacer el mayor de los ridículos, a la espera de que alguna respuesta cayera en el interior de su cabeza, pero fue inútil, sólo el silencio y las ganas de perder al anciano de vista fueron las cosas que custodiaron su mente en todo momento.
─No lo sé ─respondió al cabo con cierto temor.
─No sabes nada, niño. No sé cómo has podido llegar hasta aquí.
Cuento anotó algo en su libro antes de levantar su mirada. De pronto las redondeadas gafas cayeron sobre la mesa. Las pupilas del anciano ahora no eran sabias ni estaban cercadas por párpados arrugados y viejos, eran grandes, cada vez más grandes y un tanto escamosas y llenas de ira. Y las ropas de aquel enclenque cuerpo se ajaron, la piel fue tomando volumen estirando arrugas, y asomaron unas venas entre todos los rotos del jersey de manera ostentosa, fuertes y voluminosas que no paraban de crecer de tamaño.
─Nada ─rugió Cuento. Su mirada era insostenible─. Nada ─repitió, dejando de golpe el libro sobre la mesa─. Esa es la respuesta... Prepárate para el castigo que sufren los niños que no saben nada.
Levantó dos imponentes manos ganchudas y feas, y abrió todo lo que pudo la boca mostrando unos colmillos babeantes y amarillos. Apartó de un terrible manotazo la mesa y los candelabros fueron a chocar contra las paredes de la sala levantando un terrible estruendo. Cuento, enterrado bajo la apariencia de un troll de las cavernas, alzó a NiñodeNadie como si fuera un mendrugo de pan que fuera a llevarse a la boca.
Había sido tan rápida su acción, que NiñodeNadie no tuvo tiempo de meter la mano en el bolsillo y buscar el auxilio de su ojoroca.
Un solo grito se escuchó a continuación.
─¡No me comas! ¡Noooooo...!
...

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