viernes, 1 de febrero de 2013


Recordando: (relato corto - Mián Ros)

Amanece.
A mi derecha el reloj despierta antes que yo.
Levanto torpemente los párpados. Me fascina la providencia de la bella claridad, su orden, su sinuosa conquista desterrando sombras, su blasón radiante y orgulloso presidiendo aristas y balcones. No en vano la arraigada noche va dejando en mi conciencia el lugar al que siempre perteneció: un país indómito donde guardo todo y del que nunca recuerdo como agujero negro o como tal, pero se come cuanto veo; también la oscuridad se precipita allí, y desaparece, para volver a presentarse cuando me haga falta (como una autopista de doble sentido, donde todo entra y todo sale).
Pero son mis ojos ─gemelos indiscretos─ los que me arrancan apenas sin forzar momentos vividos ─y sin orden alguno─ camino del mismo lugar; lugar al que mis dos alianzas, que me vinculan al suelo, han sabido obedecer, y por tanto, trasladarme sobre la dura vía de hormigón cuadriculado; una vez desmontado de la criatura de chapa rodante que me acercó a trescientos metros del lugar.
Enseguida distingo el viejo abeto; por detrás se nutre uno más joven, justo antes de la pendiente escondida en el césped donde hay tres más, de similar anchura que este último, luchando a su manera con el frío y la oscuridad. Entre el frescor de la hierba, la pareja de urracas grazna al alba, al otro lado de la curva que sube al convento nuevo donde, en horas tardías, escucho el estentóreo bronce de las campanas.
Espero a que aparezca la luz roja. Cuando lo hace, cruzo la calzada y giro el rostro de soslayo, veo el cartel luminoso: pinta tres caras teatrales hoy sin luz artificial; nunca funcionó el fluorescente como Dios manda, como casi todo lo demás. El cartel no tarda en desaparecer en la autopista de mis entrañas.
A la izquierda y quince pasos más adelante, la gasolinera; apenas hay tres coches, un calco de ayer. El gran dragón de acero que escupe esencia oscura en las profundidades del bajomundo me recuerda que es jueves; es un adorno intrascendente pero de algún modo rompe con mi meticulosa secuencia matinal. No importa, todo ello es capaz de precipitarse en la autopista a medida que avanzo camino del lugar, y el dragón se esfuma tan pronto y de la misma manera en ella como lo hizo la oscuridad, la criatura de chapa, el viejo abeto, el joven, la pareja de urracas, la voz de las campanas... Un día me escurriré yo también y me devoraré...
Bajo las escaleras y alzo la vista; este punto guarda una perspectiva especial. Me encanta, pues desde aquí, a lo lejos, en el noroeste más profundo que llega alcanzar mi mirada descubro la cadena de montañas, ahora está empolvada de nieve y no es más grande que dos dedos de mi mano extendidos de forma horizontal; parece una maqueta, me incita a escapar. Aún no puedo, estoy atado al lugar, reducido en este pedazo de mundo desde que suena el reloj, desde que la claridad me da tortitas en la cara, desde que ser honesto y consecuente se han convertido en mis mandamientos.
Cuando quiero poner orden a mi efervescente rebeldía ─sin huir de mí─, me veo a los pies del foso, delante de la nueva fortaleza.
Echo un último vistazo a la inmensidad que se alza sobre mí: el muro se recorta bajo la primera tonalidad de azul. Hay dos nubes, dos sociables nómadas que decoran el despertar de muchos, y que una vez cumplida su misión y tras dejarlas a mi espalda se precipitan a la autopista de bajada. Al oeste, sin embargo, la claridad tiene mucho trabajo por hacer.
No hay tiempo para más, desciendo -virgen de cuanto he visto y predispuesto a colapsar la autopista; mis gemelos indiscretos siempre trabajan a destajo-, el lugar está cerca, puedo calcularlo mentalmente: en quince segundos estaré frente a él, es el tiempo que necesito en consumar y dejar atrás los veintinueve escalones de la primera zona de bajada al foso de la fortaleza, luego siete más y desviarme a la izquierda, empujar la segunda puerta de entrada -si no está abierta- y seguir bajando durante otros veinticuatro escalones divididos en dos tramos para traspasar el umbral de acceso, girar sesenta grados en dirección al mueble que pega contra la pared, y ahí está: el lugar, el perímetro que  amenaza todos los días mi alma al despertar, mucho antes, incluso, de llegar a él; y no puedo escapar.
Ahí está -ahora físicamente-, el lugar, diáfano y con la máquina, y yo, delante. Frente a frente.
Tecleo la combinación en ella; es curioso, la secuencia de números también la recuerda mi alma. Y, tan pronto marco el último número, la serie numérica pone marcha hacia la autopista. 
Avanzo por el largo pasillo entre personas que me miran sin quererme ver, siempre a merced de la luz artificial, a merced de los superiores que aún están por llegar, a merced de que pasen las horas, a merced de mi falsa voluntad, a merced de todos y de todo lo demás, menos de mí.

(Mián Ros - 24/11/2010) (quedan reservados todos los derechos sin permiso del autor)

2 comentarios:

María dijo...

Hola amigo.
¡Me ha encantado!

Feliz fin de semana y un besico.

Mián Ros dijo...

Gracias María,

Encantado de tu visita.
Te deseo igualmente un buen finde y otro besico de vuelta.
Mián Ros