viernes, 23 de noviembre de 2012


Mientras uno se va amoldando a las nuevas cartas que reparte el destino (como siempre no me tocó ningún comodín en esta mano, aunque eso ya lo suponía), ando y desando, corro y descorro, vivo y no me desvivo en este peculiar modo de vivir.

Saludo a todos los seguidores de Literatura Horizontal Mían Ros. Antes de volver a la media luz que alumbra la cotidianidad (especialmente en estos días de niebla), os dejo uno de esos relatos introspectivos que sabéis que acostumbro a escribir. Espero que sea de vuestro agrado.


Bye.




Un día más... guarecido en la inevitable querencia solitaria que me alberga. Insegura voluntad que se dispersa y se aleja sin pertrechos de cuanto llego a ver, aquello que apareció frente a mí, aquello a lo que llamaron mundo; entorno inestable que la terca curiosidad me obligó a recorrer.
Quiero chillar con entusiasmo inocente, sin miedos, como lo haría un niño carcajeando entre otros niños, jugueteando entre cuadernos y lapiceros de colores. Sin embargo, no puedo. Mi tono se muda en el camino, se vuelve diferente y singular, casi sordo en el instante, casi atribulado e impaciente como un adulto despertado por aquella cruzada infantil que una vez se hospedó en mí. Una vibración que avanza casi desbocada, casi sin jinete y sin montura. Entonces, sólo entonces mi espíritu se encuentra satisfecho como lo fue entonces.
Pero vuelvo al momento que me atañe, desnudo de trapicheos y remilgos, donde me atrevo a musitar: “Estoy cerca, no soy uno más. Aunque tal vez podría estar equivocado y, muy a mi pesar, sea otro botarate manifiesto dondequiera y como quiera. Un espantapájaros comprometido al tajo, simulado en la traza si se tercia la ocasión, lejos de la multitud, y aún más distante pero alerta de las bandadas de cuervos sedientas devoradoras de ojos fraternales.”
Batalla mi voz. Se hace fuerte en las comarcas de la conciencia. Se muestra sagaz y rigurosa, pero la punzada que produce allá donde ingresa hace que estalle a veces una queja. Y regresa, cargando de nuevo mi desgracia.
Reconozco mi tono, la soberbia rampante que me acerca, la malacostumbrada salida de tono con la que danza y hace que vuelva al redil sumiso e integro de este inestable día, cual manecilla incontrolada y locuela que encuentra su segundo, su hora, su esfera, su muñeca de paja en brazo de espantapájaros.
No tengo recato, ni apelación que valga, pues es mi voz, regresando a casa en el papel resignado de maleta escueta y dolorida, llegando al desván sombrío y solitario donde, extrañamente y lejos de la más estricta obviedad, brotó como hermana del polvo antes de emprender cualquier viaje.
Otro día, y viene como un bostezo susurrante, como un sutil tamborileo de dedos golpeando el contorno de todo cuanto se mueve y lo que no. Regresan óleos colgados a la pared de mi mente, pinceladas instruidas que perdurarán en el tiempo. Momentos irrepetibles, tanto como la debilidad que encierra la entretela de mi garganta, justo en el instante que salta al vacío la melancólica sinfonía de la lluvia, la misma que lacia las horas, la misma que me lacia a mí y me golpea.
Todo es una secuencia, poco o nada se desajusta. Pero ahora, una vez mojado este maldito traje, se desequilibra el momento. Siento un falso palpitar, una tiritera incontrolable, un corazón imaginario en pecho de espantapájaros, ermitaño en un trapecio de vida creada por otro ser parecido a mí.
Soy un espantapájaros, uno más, o acaso debiera tender con pinzas una protesta y decir, menos, mucho menos.
No importa, sé lo que tengo que hacer. No moverme, sumiso y consciente, y hasta representativo y funcional como un peón falazmente formado en las filas del juego. Infiel a mí mismo. Fiel a ti y ante cualquiera, pese a la independencia que yo mismo me exigí, obligándome a defender mi baldosa blanca o negra, según precise el ten con ten de mi paso.
Trabajo... con voluntad de paja, con mirada de cebolla oculto bajo este vestido de harapos, olisqueando la presunta desgracia, cabalgando entre una fe y un sin credo.
Y aunque el baile que provoca la danzarina sombra de mi estampa me acobarda, trabajo. Un día más, tieso y refugiado en este cuerpo de espantapájaros, espero, sólo espero a que sople el viento...

Mián Ros (quedan reservados todos los derechos sin permiso del autor)



sábado, 6 de octubre de 2012


Tres años cumple este relato, El Caballero de la armadura amarilla, y aún me parece que lo escribí ayer. 
Saludos a todos los seguidores de Literatura Horizontal Mián Ros. Sigamos leyendo... sigamos escribiendo...


La historia que os voy a contar ocurrió hace algún tiempo, no tanto que se escape a la memoria, ni tan cercano que se adelante a los recuerdos. Fue una historia que se instaló en mi conciencia justo en la estación de una era intermedia; al término de una primavera próspera, de días largos y noches cortas. Donde los crepúsculos se entregaban dichosos a cientos de golondrinas de alas negras y picos dorados y chillones; de diminutos cuerpos allá en lo alto (se diría casi mosquitos), aves veloces e inquietas como veintenas de manos sucias, casi negras, intranquilas y hambrientas.

Hace algún tiempo de esa historia, sí.

Todo ocurrió al caer la noche, la noche que tomé la puerta y salí de casa, despacio, diezmado por la morriña, con la mirada baja, como poseído por el alma de un errante, siervo de la propia calzada que debía recorrer; no hacía falta el instinto, no hacía falta querer, sino dejarse llevar, pues el recorrido y el lugar que debía alcanzar eran de sobra conocidos; la repetición se hacía con los días aburrida... lo llegaba incluso a detestar.

Sin embargo, aquel desenlace, lejos de la rutina, iba a ser diferente a los demás. Fue alzar los ojos, y una sensación cálida al roce del bochorno me anegó por completo, como el insoportable calor que sometía al mundo aquella noche. A golpe de corazón, lo vi; allí estaba, caído; tenía la armadura amarilla casi deshecha, apenas podía hablar, creo que ni lo hizo, ni siquiera estaba en condiciones para reclamar auxilio. Si bien, ecos de una gran batalla se podían presumir fluyendo a su alrededor, sombras inciertas y dispersas, acaso lejos, habían escarbado junto al vencido. Pero seguía allí, su cuerpo era un escombro borroso casi indivisible de la oscuridad y el resto de siluetas arruinadas, yaciendo entre montones apilados de deshechos; escombros y más escombros sin valor, olores y más olores nauseabundos y repugnantes que contrastaban de bruces con la soberbia presencia, aun abatida y rendida, del Caballero de la Armadura Amarilla.

─"¿Quién te ha hecho esto, Caballero?" -preguntó mi propia alma, encogida por entero.

Él no contestó. No podía ser cierto lo que estaba viendo, pero lo era. Y no tuve por más que reaccionar: tendí mi mano y lo levanté. Él se dejó hacer, vulnerada toda condición, toda gallardía, lejos de su brío en las praderas de la guerra, donde en condición digna, lucharía de igual a igual y donde su honor reñiría con casta por no volver a ser herido. No obstante, ahora su aspecto era débil, se veía derrotado, casi perdido. Pero eso no era lo peor para un Caballero de su rango, lo peor era sentirse inútil, olvidado, sin un señor ni imperio a los que servir.

Y fijaos que aparte de mí, sólo los ojos de la soledad fueron testigos de lo que os cuento; y aunque quizá hubiera miradas escondidas entre las sombras, y digo quizás, ya que los ojos escondidos en las sombras son curiosos y, de tanto en tanto, practicantes a la hora de intercambiar miradas con otros ojos. Por tanto, arriesgado es y casi mágico por mi parte, si esto que os digo lo pudiera afirmar; y si las hubo, de nada me inquietó que me observaran.

Arropé al guerrero con mi brazo amable y lo guié hasta mi hogar, como bien podéis imaginar; no sin reunir, incitar y blandir mi Ejército de Iras contra el enemigo que había amputado la dignidad de un Caballero.

Ya, bajo techo, lejos del raso y del redil brillante de la luna, El Caballero de la Armadura Amarilla empezó a cambiar. Sí, debéis creerme, pues su cuerpo a la luminaria y al abrigo de paredes humildes y desnudas, empezó a relumbrar. Un suspiro, no sé si suyo o llegado de mi anhelo, envolvió el instante.

"¿Quién te ha hecho esto, Caballero?"-repitió mi alma, tras estrellar de nuevo mi vista con su maltratada estampa.

Aquí viene lo que él me dijo, apretado en deseos que no en la palabra, luego no habló. Podéis creerme y cierto es, pues no hicieron falta voces, ni gestos, ni miradas, para saber lo agradecido que estaba. Adiviné su sonrisa, fiel y diestra de su raza, sirviente de su Señor, siempre esclavo en cuerpo y alma. Ahora me servía a mí, yo que nunca he sido nada, y menos de inclinación solemne, de espalda reposada en tronos, de esos de oro, de esos de terciopelo suave y grana.

A su deseo, mi gracia. Le dediqué mi tiempo; atendí a su historia; y era grandioso, muy grandioso lo que en ella me contaba. Y he aquí, que renacieron sentimientos de otra era, pero de gentil palabra. Y su historia me envolvía, y me alejaba de mí, y me llevaba lejos, más lejos, junto a los hombres de hazañas, junto al Gran Alejandro, junto a su única estampa; una estampa de sobra conocida, soberana, diestra y magna; al grito de su infantería, al grito de sus falanges, al grito de miles de hombres a una sola garganta:

"¡Alalalài! ¡Alalalài!".

Él se divertía de narrador, yo me deleitaba de confidente. Y pasaron los días, uno tras otro, y El Caballero me contó toda su historia, pero no cualquier historia, sino la que llevaba tallada en su corazón.

No obstante, y por muy bella y épica que fuera aquella historia que El Caballero me contó, más bellas y grandiosas historias atisbé, estacionadas en sus soledades. Y sin saberlo e incluso sin querer, caí en la cuenta y descubrí su poder, su escondida fuerza y la auténtica honestidad por la que El Caballero luchaba. Ahora era consciente de su influjo. Conocía parte de mi historia, mis movimientos, mis gustos, mi vida, pues habíamos compartido el tiempo; se había colado en mi casa, había conocido a los míos, y a la par que me contó su vida, había atesorado la mía, poquito a poco, sí, la mía. Hasta mi huella había quedado gravaba en su Armadura Amarilla para siempre, como todas las demás. Ahora yo formaba parte de esas historias que él velaría abrigado en sus largos periodos de soledad.

Y debéis saber que El Caballero vigila siempre manteniendo una ilusión, esperando el momento de sentirse útil y terciar en la batalla. Abrir su corazón a los nuevos señores, aunque quizá lo vuelva a hacer con el mismo que ahora le mantiene, sólo éste tiene en su mano la suerte de concederle tal esperanza. ¿Acaso se baña en esa seguridad? Sí, seguro que sí. Pero es prudente; la prudencia no desmerece la valentía. Mas se siente confiado y tranquilo porque su señor no acabará avergonzándole, arrojando su cuerpo entre montones de deshechos malolientes que crecen cada día en cualquier rincón del mundo.

Él es, ante todo, un Caballero...


(Mián Ros - 09/10/2009 - Quedan reservados todos los derechos sin permiso del autor)


miércoles, 18 de julio de 2012

Alejado del Blog (por motivos varios y que no vienen al caso) vuelvo a él para dejaros un cuento escrito en febrero de 2010, y que espero disfrutéis y os echéis unas risas. Un abrazo y, gracias a todos los que dedicáis un momento de vuestro preciado tiempo en pasar y leer; el contador de visitas sube, gracias a él, sé que hay muchos seguidores fieles que siempre estáis ahí, aún en mi ausencia; gracias de nuevo. 
Va por vosotros.




 ¿Te cuento el cuento de CUENTO?
¿Quién ha robado la vista del Peón?

Érase una vez...
¡Un momento, un momento! Este cuento no empieza así.
¿Cómo se atreve a interrumpirme?
Por una clara y sencilla razón, yo soy El Narrador.
Pero yo también soy narrador.
¡No, no, no, no! Para este tipo de cuento, usted no vale, ¡Desde luego que NO! Así que... permanezca ahí sentadito por favor, y tal vez aprenda algo... ¡Ahí no! ¡Ahí!
¿¡En la piedra!? ¡Uf! Está bien. Sepa que los niños de hoy son muy inteligentes y no se tragarán cualquier cosa...
¡Chssssss! Atienda. Esto no es un cuento cualquiera, ni cualquiera puede contar este cuento. Cof, cof (tos). La historia decía, dice y dirá por mucho tiempo, así:
Nunca se era ni fue, ni fue porque nunca se era, y, enredados de la cabeza a los pies, todos lo vais a ver, o a entrever o vislumbrar, por no decir contemplar, pues todos habían llegado. Bueno, todos o casi todos los que tenían algo que decir en la reunión; los otros habitantes del reino de Cuento quizá estuvieran inclinando su espinazo en otras necesidades más productivas. O quizá no, tampoco es que hubiera mucho que hacer en el reino. Pero lo que sí era cierto es que la asamblea estaba a punto de comenzar y la fila humana que se había formado, al igual que en las seis reuniones anteriores, aún daba la vuelta a La Cabaña Tortuga... y veréis por qué.
¡Ah! Antes de desvelaros el motivo de la reunión, sospecho que estáis pensando en el citado nombre de La Cabaña, y pensaréis que no hace falta explicar la forma de semejante construcción. Nada más lejos de la realidad, pues en el reino de Cuento las cosas no son lo que parece y lo que menos parece quizá es lo que son. Para muestra, un botón:
Los ladrillos de La Cabaña Tortuga empiezan siendo grises, con pintas negras como caramelos de chocolate pegados a la superficie. Pero si te acercas al muro te darás cuenta de que en realidad el tono cambia a un verde oscuro casi negro, y las pintas de chocolate se transforman misteriosamente en pequeñas berenjenas abrazadas, retorcidas y feas como las narices de miles de brujas formando en su conjunto una tapia tan alta como un elefante. ¿Qué?, ¿qué no os parece alto un elefante?, ¿y si los ojos que lo contemplan están al nivel de las hormigas? ¿Qué me decís ahora? ¡Vaya!... Ahora sí, ¿eh?
Entonces, antes de desvelaros algo más del reino de Cuento, tenéis que saber que no creo ni recuerdo haber visto una criatura viva más grande que una hormiga en Cuento. Y si la hubiera, no podría considerarse una criatura viva, o un Rey, como se suele denominar, de un modo vulgar, a los habitantes del reino, sino otra cosa que apelaría al nombre de... Sujeto, aunque precisamente éstos no sean fieles a su nombre puesto que cualquier Sujeto en Cuento se mueve por sí mismo sin ayuda de terceros.
Tal vez sea ésta la razón por la que los habitantes (o reyes) de Cuento lleguen tarde a las reuniones y demás compromisos, ya que la mayoría de las veces no encuentran los Sujetos en su sitio cuando uno los necesita. Esto le ocurre a La Cabaña Tortuga puesto que no siempre está en la loma donde empezó a estar por primera vez. Sale a pasear y va de acá para allá y pocas veces descansa. Eso sí, es uno de los Sujetos más lento de todo Cuento, de ahí su nombre, “Cabaña Tortuga”. Y ha sido en ella donde el Peón, amo de todo el reino, ha convocado a sus infieles; o quiere seguir creyendo que lo son, ya que ahora no está seguro de nada desde que la desgracia se apoderó de él. Pues seguramente no sabéis que hace tiempo perdió la vista, aunque esto no es del todo cierto porque dicen que fue robada (las más trenzadas lenguas cuchichean que el culpable fue un rey). Si bien, lo que más desea su majestad es volverla a encontrar, y esto nos lleva de nuevo a la asamblea y a la finalidad de la misma, donde los reyes, o sea, los habitantes de Cuento más afortunados en el día de hoy han encontrado La Cabaña Tortuga. Y ahí están, haciendo cola para entrar y exponer el resultado de sus investigaciones.
─¿Es aquí el último? ─quiso saber Lata, tras acoplarse a la bulliciosa hilera.
Lata era un rey escuálido, de pelo oscuro y marchito como sus ojos, y poco resultón con las reinas que había intercambiado sus azulados reojos. Su piel, sin embargo, era tan brillante como reflejo de plata.
El ajeno al que presuntamente iba dirigida la pregunta pareció despertar.
─Es aquí... ─dijo por respuesta, y engrandeció unos ojos oscuros y marrones como dos interesadas bellotas maduras.
Lata hizo un ademán y mostró su cortesía. Luego disimuló, y alzó la cabeza; vio una extensión sin límites que no abarcaba con tan sólo una mirada. Delante se extendía un valle amarillo, regado con esmero, como de pan rallado repleto de criaturas que andaban despacio hacia La Cabaña Tortuga formando un aderezo digno de ser comido; la duda de llegar a tiempo a la asamblea revoloteó por su cabeza al menos unos segundos.
El ajeno levantó la mano y señaló un punto lejano.
─Sólo si viene de allí, es aquí ─expresó contrayendo el ceño, y de inmediato calló dándole de nuevo la espalda como si no le importara nada lo que acababa de exponer.
─¿Cómo ha dicho? ─espetó Lata, dándole un par de golpecitos en la espalda reclamando de nuevo su atención.
El ajeno se volvió hacia él sin respuesta alguna. Lata aprovechó para observar fijamente su aspecto. El pelo parecía tan meloso y reluciente como la miel, y su cara parecía... ¡puf!, cualquier cara, pensó. Pero era curioso, tenía una enorme verruga en la frente que se llevaba toda la atención, como si una mosca borreguera se hubiera posado a descansar indefinidamente.
─¿Usted ha perdido el oído? ─advirtió el ajeno entonces, un tanto molesto al ver el percal.
─No, ¿por qué?
─El Peón ha perdido la vista, y usted parece andar mal de sus confrontadas amigas, ¿usted también las llama orejas?
Lata se encogió de hombros.
─¿Acaso hay otro nombre? ─exigió con extrañeza.
─Mi madre las llamaba Dumbas...
─No había oído ese nombre nunca...
─Eso es porque no ha vivido con mi madre.
─Lleva usted razón.
─Siempre la llevo ─exclamó el ajeno clavando una mirada con rosca en los ojos de Lata.
Se hizo un breve silencio, sólo entre los dos.
─¿A qué se dedica usted? ─preguntó el ajeno tras rascarse la barbilla varias veces. Lata meneó la cabeza un tanto incómodo.
─En este momento, a nada ─respondió─. De pequeño cantaba y...
¿A quién le importa lo que hacía usted cuando apenas llegaba a la mesa, y ni siquiera sabía para qué servían sus pies? ─cortó el forastero con cierto aire de arrogancia─. ¡Ah, ya comprendo! Usted no ha encontrado la vista del Peón, pero viene para sentirse útil, por eso está aquí, ¡claro! De ese modo y, si hay suerte, podrá exponer ante El Peón un veredicto unánime recopilado entre tantos rumores. ¿Así que es eso? ─Lata no dijo nada, no obstante, perfiló con sus labios un círculo lo más parecido a una O, y engrandeció los ojos, tres cuartos sorprendido y un cuarto y mitad asustado─. Pero le diré una cosa, ¡no es así de simple! ─gruñó el ajeno─. Creo que hay algo más que un ladronzuelo detrás de todo esto. Tal vez se trate de un rey que manipula los instantes a su antojo... O quizá estemos ante un desgarro maligno, que se vale de esta amenaza ocasionada en el mismo ambiente y fluye más allá de nuestra conciencia. Yo creo que es así. Hay un gran puchero en mi cabeza lleno de tropezones de malestar. Cuando lo remuevo para completar una nueva vuelta, ¡zas!, otro torrezno improductivo cae como una duda hasta el fondo del caldo. ¡Qué desastre! ¡Así no acabaré nunca!
─Dicho así, suena peligroso.
─Dicho así y de cualquier manera que se diga. Y lo es ─afirmó el ajeno estremeciéndose como un perro mojado; hasta la hinchada barriga que ostentaba tiritó─ No le quepa duda. Yo traigo la respuesta que necesita El Peón.
─¿Ha encontrado su vista?
─¿La mía?
─¡No, hombre!, la del Peón.
─No.
─¿Entonces?
─Acérquese ─musitó el ajeno.
Lata obedeció descubriendo una meticulosa curiosidad, e inclinó la cabeza hasta que su oreja casi topó con la boca del forastero.
─Sé donde no está la vista del Peón ─murmuró.
─Pero eso es fácil ─alegó de inmediato Lata─. Sólo hay un lugar donde está. El resto es donde no está; millones de espacios vacíos donde jamás descubriremos la vista del Peón. Yo también habría llegado a esa lógica.
─Usted cree. ─objetó el ajeno, y se rodeó la barbilla con el manojo de sus rechonchos dedos─. A veces no hay mayor lógica que sentirse confundido, uno lleva siempre la sinrazón entonces. Sacar a pasear la sabiduría más de la cuenta es peligroso, pues sepa, que si la ignorancia nos descubre puede anudar los cordones de nuestros zapatos y hacernos caer de bruces. Claro que, no puede vivir por debajo de la humildad y aún menos por encima.
»Acérquese de nuevo ─Exigió. Lata obedeció─. Le voy a confesar algo, ya que es usted tan retraído con ganas de enterarse de todo. Aunque... me temo que no se entere de casi nada. Únicamente el individuo que robó la vista del Peón sabe dónde la ha escondido.
Lata al escuchar la confesión se quedó a cuadros, literalmente, ¿me entendéis, no? Los reyes no pueden ir de aquí para allá disfrazados de cuadros... es evidente.
─Pero no se equivoque ─siguió diciendo el ajeno─. Eso es lo que él quiere hacernos creer. Figúrese que usted dijera uno de tantos lugares donde imaginamos que no está la vista del Peón. Pero piense... ─Lata se llevó rápidamente el dedo índice a la sien; se esforzaba por dar síntomas de estar metido en el papel de pensador─. Tal vez el riesgo de encontrar el lugar donde está la vista no sea tan mínimo─. Y si está allí donde se predice que tiene que no estar... ¡Imagínese! ─vociferó abriendo sus brazos y apartando el aire con sus manos─. ¿Sabe el premio que El Peón ha ofrecido por su vista?
─¿Por la mía?
─¡No, hombre! Por la que ha perdido, la vista irreal, la suya propia, la vista del Peón ─apuntilló con énfasis el ajeno como si algo irreparable se fuera de su lado─. Pues verá, ha ofrecido cuantiosos Rábanos y todo un jardín de árboles de Brócoli para comer y dormir bajo ellos durante chorrocientos días...
─Chorrocientos días ─balbuceó Lata, relamiéndose en cada una de las sílabas. Parecía como si semejante premio no entrara en los limitados extremos de su imaginación.
─Y junto al regalo ─añadió el ajeno, henchido por su propia voz─, adjunta también su preciado CaraCol, rápido y cantarín que despertará al premiado siempre que abra los ojos La Noche. ¿¡No sería estupendo!?
Lata meneó la cabeza, formando tres apáticos e inservibles síes; su cabeza aún se relamía entre arbolitos de Brócoli. El Peón, ya podía haber ofrecido a una de sus hijas en vez de aquel ilimitado CaraCol irreal. Lata siempre había bebido los vientos por Flora, la más bella de la corte. ¡Ay, Flora!
Pero la retahíla del ajeno aún no había concluido.
─¡La desgracia recaerá en todo aquél que llegue con falsas noticias!... ─recordó. Y su voz alcanzó un tono solemne y puntual, y de sus ojos brotaron raíces y tallos de misterio─. Que se prepare el charlatán que arriesgue a decir un lugar, y éste, esté desierto. ¿Sabe lo que eso significa? ─preguntó, aún sin esperar respuesta, pues el ajeno era un vagón de nervios sin freno─. Que los que mientan al Peón serán echados al Fuego, y se helarán en menos que canta un Ciprés.
─¡Cierto! ─afirmó Lata, asustado incluso tras haber podido colar su respuesta.
Lata no podía negar que empezaba a ver a aquel individuo de forma diferente, parecía un tipo con la cabeza bien enroscada entre los dos cerros que tenía por hombros, desde luego. Salían cosas inteligentes de su interior cuando abría la larga cremallera de dientes que poseía, o al menos no era torpe visto desde el hemisferio más engrasado de Lata.
El ajeno se movió y adoptó una pose divertida, y con un dedo tieso apuntó a lo alto del cielo color vainilla, mientras su habla surgía como encantada:
─Imagínese por un momento, mi querido amigo... ─sugirió.
─¿Oiga, en qué momento he empezado a ser su amigo? ─interrumpió Lata.
─Bueno... supongamos...
Lata se retrajo, y le miró con un gesto de bisagra descolgada... ¿cómo se suponía a un amigo? El ajeno continuó con su especulación.
─Como le decía... ─indicó─. Imagínese que usted tiene la vista del Peón.
─¿Yo?
─Haga un esfuerzo. ¡No colabora en nada!
─Está bien ─protestó Lata, y buscó en su memoria el libro de fórmulas de concentración. Al cabo de unos segundos descendía de la memoria con el pesado volumen bajo el brazo.
Lógicamente tener la vista de otro era algo nuevo para él, pero más aún era ver el reino de Cuento desde los ojos del Peón, aunque... ¿Por qué no hacerlo ahora? No costaba nada intentarlo. Apretó los labios de un modo que los hizo desaparecer de su cara... solamente una rasgadura en la piel daba nota de que allí había una puerta que daba a la mazmorra oscura donde un carcelero aprisionaba el aire. Poco a poco la cara de Lata empezó a adquirir un tono color tomate, más que rojo, preocupante.
─Puede respirar ¿eh? ─le sugirió el ajeno─. Que sea el Peón no quiere decir que se ahogue.
Lata asintió, amoratado como una mora silvestre madura madura a punto de reventar. Y de inmediato se estiró, giro el cuello despacio hacia uno y otro lado, ahuecado como un palomo ante su dama, y con la soltura de un ser superior dijo soltando todo el aire acumulado de golpe:
─Cuento es un reino fastuoso y sin parangón como jamás hubo otro igual... ─espetó, y movió el brazo con gracia. Ni el mismísimo Peón del reino de Cuento tenía semejante desenvoltura en sus actos. Lata daba muestras de estar muy metió en el papel irreal.
El propio ajeno se sorprendió por el tono y la actitud representada.
─¿Se da cuenta majestad que todos aguardan para servirle, cual diablillos impacientes? ─expresó, y a su vez se frotó las yemas de sus dedos con soltura.
─Cierto... ─asintió Lata─. Ejem, ejem... ¿Usted quién es? ─preguntó, sin dejar de representar el papel de Peón.
─Puede llamarme Azar, Señor ─respondió el ajeno, figurando ser un servidor fiel a la corte, prolongando la pantomima.
─Muy bien, Azar. ¿Y qué le trae por aquí?
─Poca cosa, majestad ─respondió─. Quizá estar aquí es porque aunque transito por los cuatro confines sin parar, siempre me gusta estar delante de allí, que es aquí... ─y tras callarse, hizo una reverencia en la que sus ojos se quedaron estacionados en un punto indeterminado del suelo.
De este modo, y a medida que la fila fue avanzando, Lata y Azar estuvieron largo y largo rato conversando (si se puede llamar conversación al servicio que dieron a sus palabras).
Tanto se metió Lata en la representación de ser el Peón del reino de Cuento delante de Azar, que pronto se encontraron, absorbidos por el diálogo, dentro de la Cabaña Tortuga.
─¿Por qué ve todo tan distinto? ─preguntó Azar en voz alta, ya entre los muros irreales.
─Porque tengo la vista del Peón ─decretó Lata a voz en cuello, clavando con maestría su representación; sus brazos extendidos y alzados formaban una te minúscula.
De repente, todos los reyes que se encontraban de cháchara callaron y le miraron sorprendidos.
Era evidente que el silencio sacó a Lata de su fingido papel. Fue entonces cuando Azar intervino.
─Majestad, he aquí a quien os ha robado vuestra vista... ─denunció, señalando al acusado de manera rimbombante. Una mueca puntillosa acudió a su cara. Lata quedó mudo sin saber qué decir ante las gruesas columnas de la Cabaña que giraban sobre sí mismas como barrenas, sólo fue capaz de bajar los brazos─. Él mismo lo ha manifestado ─decretó por último Azar, volviendo a mover un dedo chivato hacia la figura de Lata.
─¡Traedlo a mi presencia! ─ordenó el Peón, rebozado en insolentes empanadillas de cólera.
La guardia irreal se abalanzó sobre el esquelético cuerpo de Lata. Un mar de brazos y piernas se levantó como un Bosque de Bultos. Finalmente, Lata fue doblegado y apresado, y llevado al aposento impersonal de su majestad.
Desde entonces, nunca más se supo de él. Y de Azar... ¿por cierto?, nadie volvió a ver a Azar, ¿o sí? Tal vez se haya ido lejos a disfrutar de la recompensa y del CaraCol irreal que, por supuesto, lo despertará con su agudo canto cuando el Sol tropiece y caiga de bruces en la noche.
Los más reservados, sin embargo, dicen que se oyen voces durante el día, más que voces tonalidades líricas de un trovador, quizá dichoso de sentirse útil y poder cantarle al oído a su doncella. ¡Ay, Flora! Aunque otros discrepan que son lamentos, crujidos que crecen en el silencio de la noche cuando los presos trabajan aceitando las chorrocientas mil bisagras de La Cabaña Tortuga.
Pero en el reino de Cuento, las cosas no son lo que parece, y lo que menos parece quizá es lo que son.
Y, ni colorado ni colorín, este cuento NO tiene FIN.

SIN FIN
Mián Ros ─2010 ─ (Quedan reservados todos los derechos sin permiso del autor)



lunes, 2 de abril de 2012

Reseña de Ángeles de cartón en el blog: Universo de los Libros

Un saludito a todos los seguidores y amigos de Literatura Horizontal Mián Ros.

Últimamente ando un poco, o un mucho, alejado del blog. Los motivos no son otros que reordenar ideas y avanzar con paso firme la novela en la que estoy inmerso (la segunda parte de La leyenda de Almaranthya). Los propósitos quizá sean un lastre que cuelga de la conciencia y el mío tiene de cuerdamargen hasta final de año (ya veremos).

El hecho de volver al blog es porque quería compartir con todos vosotros la reseña que Universo de los Libros ha realizado de mi novela Ángeles de cartón. Espero que paséis un rato agradable leyéndola. Agradecer desde aquí el trabajo tan encomiable que hace Tatty reseñando todas las novelas que caen en sus manos. Felicidades, amiga.

Enlace: http://eluniversodeloslibros.blogspot.com.es/2012/04/resena-angeles-de-carton.html

Espero no ausentarme en exceso para la siguiente entrada.
Abrazos.
Mián Ros





Hace unos meses conocí a Miguel Ángel López a través del blog de Blanca Miosi, primeramente en su faceta de ilustrador y posteriormente descubrí que también escribía, por lo que cuando ofreció su novela en descarga gratuita en su blog me anime a leerla.
 El protagonista de Ángeles de cartón es un hombre al que conocemos bajo el nombre de Champalán, un vagabundo cincuentón que subsiste en las calles de Madrid alojado en el sucio y deteriorado portal de un viejo caserón en ruinas que comparte con su amigo Casca, vagabundo como él. Deambula por las calles con un pequeño maletín, una Biblia de bolsillo, unos cuantos cartones y una manta como únicas pertenencias. Dentro del maletín conserva lo que para él es más importante, un bolígrafo Bic y un cuaderno donde va dejando constancia de sus pensamientos, de aquello que desea su corazón y anhela su alma, encontrando en la escritura un medio para evadirse del mundo y sentirse reconfortado.
Champalán no cree que nadie lea lo que escribe un indigente pero tiene una pequeña esperanza de que todo cuando queda recogido en ese cuaderno llegue algún día a manos de su hija Ángela, ella es la principal destinataria de sus letras. Y a través de estas líneas es como vamos descubriendo resquicios de su anterior vida, de su esposa Deborah, de su hija desaparecida con tan solo cuatro años y que es el motivo por el que ha tomado la decisión de vivir en las calles, ansiando encontrar una señal que le guíe hacia ella.
Serán estas señales que solo él parece percibir las que le llevarán a depositar su confianza en una joven que rescata de la agresión que está sufriendo en un callejón y que posteriormente descubrirá que conoce el paradero actual de Ángela.
 Una vez que empiezas a leer, la prosa de MiAn te envuelve y ya es muy difícil dejar el libro de lado, la historia que está contando en principio no tiene tanta importancia como la forma de acercárnosla. Y es que su forma de escribir es magnífica, con un estilo envolvente, intimista, cuidadoso, como si de poesía se tratase, consiguiendo que leas no porque la trama te haya atrapado sino porque estás disfrutando de la narración y como ocurre con las cosas que nos gustan, necesitamos más y esto nos impulsa a seguir avanzando página tras página. Es entonces cuando la historia comienza a ganar intensidad, el ritmo se acelera cada vez más y el desconcierto nos invade, ya que no sabemos hacia donde nos llevan los hechos. En este punto es imposible no formular nuestras propias hipótesis, intentar encontrar una solución a las múltiples preguntas que se agolpan en nuestra mente y que poco a poco irán encontrando respuesta. Estas respuestas nos llegarán a través de giros insospechados y sorprendentes, ya que si algo tiene este libro es un final impactante que, al menos en mi caso, no me había planteado en ningún momento a pesar de que las primeras páginas esconden algunas referencias. Y ha conseguido sorprenderme no una, sino dos veces, por lo que una vez concluida la lectura solo puedo sentir admiración por un historia tan bien planteada y entrelazada que me ha ido guiando hacia un final en el que una vez conocido, las piezas encajan perfectamente esclareciendo todos los hechos.

Es el propio Champalán quien nos cuenta su historia en primera persona y ya desde los primeros párrafos se estable un fuerte vínculo con él. Apreciamos que es un hombre bondadoso, muy humano y sobre todo con un inmenso sentimiento de culpa que le atormenta y acompaña en todo momento. Nos habla de su día a día en la calle, de su compañero Casca, de Alicia la dueña del bar que frecuentan, de Menta y la aventura que emprende en su compañía para encontrar a Ángela y sobre todo nos habla de sus sentimientos y emociones, de los hechos que forman parte de su pasado y han desencadenado en lo que es hoy en día. Muchos párrafos son una especie de monólogo dirigido a su hija, en el que le cuenta lo mucho que la quiere y siempre la ha querido, lo vacío que se siente sin ella y cómo estos recuerdos le atormentan, se siente culpable por los hechos pasados y la desesperación y melancolía que siente solo encuentran refugio en la letras que brotan a través de su boli BIC.

"Es por tanto fácil adivinar que las emociones que voy recogiendo alrededor de mí, son mías y sólo mías. Y sin embargo, aunque no ocurriera nada de lo que pienso y todas estas hojas languidecieran en algún rincón gris y húmedo en algún lugar, me da igual, escribir me reconforta y de alguna manera me evade del mundo que chilla ahí fuera. Es un limbo espiritual que cierro para mí en el que me acompaña mi ferviente compañero BIC quien hace visible mi pensamiento. Nadie más puede entrar si yo no quiero."

A pesar de compartir tanto con nosotros hay una faceta que queda en el aire, conocemos a Champalán el vagabundo pero nos falta la pieza fundamental para terminar de conocerle que es su pasado. No sabemos porqué está en la calle, qué le ha llevado a renunciar a su vida anterior como prestigioso hombre de negocios para lanzarse a la  vida entre cartones en la calle, qué pasó con su hija Ángela y porque piensa que esta forma de vida le va a llevar a su lado.  Son muchas preguntas sin respuesta que necesitan ser resueltas y por lo tanto es inevitable intentar llegar lo antes posible al final del libro donde se esconde la solución.

El resto de personajes nos llegan a través de la propia percepción que Champalán tiene de ellos y están muy bien definidos, nos da todo tipo de detalles tanto de su físico como de su carácter para que nos podamos hacer una idea del tipo de persona que es cada uno. Destacan sobre todo dos que son Casca y Menta ya que son los que más tiempo pasan con él.

De Casca sabemos que es también un vagabundo, que se encuentra en la calle no por una decisión propia sino por circunstancias que él mismo se buscó como su egoísmo, infidelidades y alcohol. A pesar de estos defectos es un hombre a quien Champalan admira por su valentía y capacidad para adaptarse a las circunstancias que le ha tocado vivir, por su generosidad y por su sinceridad, que le convierte en un gran hombre.
Menta, la joven que Champalán rescata en la calle y con la que aflora su instinto paternal, es un personaje del que nos llegan pocas referencias ya que la acaba de conocer y no puede obtener datos sobre su pasado que nos ayuden a profundizar en su personalidad. Solo conocemos a la persona que le acompaña en el relato y es bastante misteriosa, se muestra ambigua y es difícil saber cuál es su postura, algo que es necesario para mantener el misterio hasta el desenlace de la obra.

Respecto de los escenarios en los que transcurre la acción, sabemos que se encuentra en Madrid pero no se centra en darnos descripciones de las zonas por las que se mueve, solamente describe con detalle algunos de los sitios por los que transita como por ejemplo el portal en el que vive o el local en el que va a buscar a Ángela. Lo más interesante son las reflexiones que hace sobre el ambiente y situación que le rodea, tanto de la ciudad en su conjunto y la forma de vida que llevan las personas como de la miseria y duras condiciones en la que viven los indigentes.

"Quizá sea sólo yo, el que veo esa peligrosa aceleración entre las calles, ese aire infectado alrededor de las personas, esa tácita indiferencia que asumen de cargar y arrastrar vagando como duendes hacia uno y otro lado, puestos en marcha por este rugido que sacude la ciudad, imposible ya de parar."

"Ellos andan, corren, se detienen, pero no me ven, o no quieren verme, aunque yo sí que los veo, a todos, sin excepción. Me unto y me entretengo con sus gestos; algunos son alegres, otros tribales, pocos hay trasparentes mezclados entre los muchos opacos. Pero en conjunción, me espanta reconocer en todos ellos sus miedos. Miedo, que sensación tan sombría se descubre en mi conciencia simplemente con nombrarlo."

"Pero es duro, muy duro e impensable aguantar todo este sufrimiento interminable, soportando las crudas condiciones de vivir a la intemperie que debilitan a uno hasta la extenuación. Nunca llegué a pensar que fuera así, esto me lleva a recapacitar en ocasiones si volver a la sensatez de la que una vez me aparté, y a la que puedo acceder en el momento que quiera, cosa que no puede decir lo mismo Casca."

Estos son solo algunos párrafos de los muchos que llaman la atención en esta novela, una obra que sin duda merece la pena descubrir tanto por la calidad de su escritura como por averiguar las motivaciones que llevan a un hombre que lo tiene todo a abandonar su vida para convertirse en un "ángel de cartón".

Enlaces a Universo de los Libros:

martes, 14 de febrero de 2012

HOY (relato corto por Mián Ros)

HOY


Si algo he aprendido Hoy, es a mantenerme al margen. Al margen de Mañana, que preñará otro Hoy cuando se acerque. Margen disfrazado si la distancia que lo separada de uno se desliga del filo. Filo de la incipiente piel, mi piel. Piel que lleva el riesgo. Riesgo de tropiezo. Riesgo de alcanzar a no sentirse. Y cuando pronuncio “no sentirse”, mi voz se llena de palabra. ¿Quién no ha llegado a no sentirse alguna vez? No ver el Hoy que traerá el mañana. La mañana de millones de mañanas que se acercan sin dolor. Y, sin embargo, lo hay, hay dolor, y siempre imaginado.

Al contrario que la Luz. Ella surge, se eleva y viaja, desciende y después se va. Pero vuelve, siempre vuelve, y lo hace sin dolor.

En cambio yo, tomo impulso, casi necesario, avanzo y voy, a veces con dolor, a veces no, pero siempre voy, aunque descanso; del mismo modo que descanso cuando no voy, pero voy, nunca vuelvo. El día que vuelva será para nunca más volver a ir.

Y he aquí la encrucijada, y yo ahí clavado en ella. En ocasiones distraído. En ocasiones dispuesto más que aburrido, pero ahí, pétreo y fiel. Y firmaría incluso que curioso, tanto o más que un vigilante, como lo fueron y serán las Cosas que desde su perseverante posición se atrevieron y se atreven a observarnos. Y, por tanto, nos juzgan, acaso el paso por ejecutar, que no el ejecutado, ya olvidado y sin enmienda.

Y yo, ufano, arrogante por cobarde necesidad Hoy, o cobarde por accidente acaso en otro Hoy. Abrigado y hasta remangado. Dispuesto a no estarlo. Indispuesto pretexto a estar dispuesto a hacer algo pequeño que se vea grande, o grande que se vea maravillosamente pequeño, quién sabe; me conformo con que el tamaño adquirido levante sombra, sombra bienvenida y requerida.
Eso sí, calzado con hormas de Calma y vestido de falsa Prisa. ¿Quién desea correr?

Ya perdí un zapato entonces, no pretendo arriesgar el otro; las prisas son para los jóvenes, como los jóvenes son para las prisas. La Calma no será Calma si es asaltada por la Prisa. Y no es Prisa, sino Calma, la que preciso. Ya caminé a ciegas sin camino, corriendo por vivir.

Si algo he aprendido, ha sido Hoy. Camino sobre el camino. Camino sin camino. Cadencia repetida que acompañó mi crecer, el amanecer. Y así será también Hoy, cuajado por la luz de la mañana.

Y hoy cargo sobre mí, otro HOY. Y ahí va o voy, mi yo y HOY, uno sobre otro, y otro sobre uno, formando un dejo divertido. Pero mi dejo no es dejo cuando dejo a lo lejos el margen y veo El Bote. Ahí viene, o va. Tal vez si va, lo coja, si viene, no; no preciso venir, sino ir. El Bote. Es de larga proa. Descubro gestos perfilados de rimel descorrido; labios apretados en rictus doloridos, afónicas arrugas que se niegan a morir.

El Bote. No siempre se arrima lo necesario, ni necesario es o será siempre que se arrima; pero esta vez lo hace, como tantas veces. Y heme aquí visto desde allí; y siento que me ve. Enfila la orilla, mi orilla. El margen de todos los márgenes. Y va... no viene. Y hay dolor, y no lo hay...

Y, sin embargo, si algo he aprendido, ha sido Hoy.

MiánRos  (quedan reservados todos los derechos sin permiso de su autor)
(Texto creado el 08/12/2008 y corregido el 14/02/2012)

Pido perdón por el instante que os he robado. En fin, id y consumir el tiempo en cosas más productivas. Sorry de nuevo...

UN ABRAZO A TODOS.

viernes, 20 de enero de 2012

El Manuscrito I. El secreto, de Blanca Miosi

El Manuscrito I. El secreto, ha sido una de esas novelas que he tenido la suerte de saber de ella desde sus inicios, desde que la encomiable escritora Blanca Miosi, nacida en Perú y afincada en Venezuela hace ya algún tiempo, mencionase en su blog y redes sociales estar entregada en cuerpo y alma a dicho proyecto: el primer borrador de la novela.
Esta primera entrega de Nicholas Blohm, escritor sin mucha fortuna y sin demasiada fe en sí mismo, nos pone sobre la pista de un peculiar personaje que se cruza en su camino. El individuo le hace entrega de un manuscrito singular, del cual emergen una serie de acontecimientos registrados en el libro y en los que curiosamente Nicholas parece estar involucrado. La sola idea de poder plasmar cuanto lee y cuanto le está sucediendo para una futura novela le apresa en su propia trama de tal manera, que ve una oportunidad inmejorable y única para reflotar su ánimo y poder crear una novela brillante a la vez que diferente.
Los hechos que va descubriendo le arrastran a profundizar en la veracidad de cuanto está escrito. De esta manera conoce a Dante Contini-Massera, sobrino del conde Claudio Contini-Massera, que está apunto de recibir de su tío una herencia incalculable que apenas entra en la mente de cualquier mortal, y a saber de la espeluznante historia que concierne a Josef Mengele, médico y criminal de guerra nazi, especialmente reconocido por sus esperpénticos experimentos con seres humanos.
Blanca Miosi nos lleva hábilmente de la mano de Nicholas Blohm a conocer antiguas bibliotecas y a descender a viejas catacumbas en Armenia. Todo un entramado entretenido donde el lector se sentirá en todo momento atrapado por la historia, y con la curiosa necesidad de resolver todos los enigmas que persiguen la propia conciencia de Nicholas Blohm.
En definitiva, El secreto es una novela de intriga con algunos toques de Historia bien entrelazados con la ficción. Quizá echo en falta (en este tipo de aventura, y a modo muy personal) ciertos puntos de acción que hubieran realzado los momentos de mayor tensión de la trama. Pero en definitiva, es una novela muy recomendable a la que Blanca Miosi nos tiene acostumbrados con su elegante y accesible narrativa.


Datos de la novela.

Nicholas Blohm, un escritor frustrado, encuentra cierto día en el parque un extraño personaje: un comprador-vendedor "al peso" de libros usados. El hombrecillo lo reconoce por haber leído de él un par de libros, y decide obsequiarle un manuscrito que extrajo de la colección que guardaba en una enorme bolsa plástica negra.
El escritor empieza a leerlo y nota que el manuscrito es especial. Cuando lo cierra desaparece la historia, es decir, todo lo que en él había escrito. Se desespera, pues su intención es apropiarse de la novela, y en medio de su ansiedad por encontrar respuestas decide buscar en Internet. Encuentra que los personajes que figuraban en el manuscrito sí existen y que justo está ocurriendo lo que decía que iba a suceder. 
Viaja a Roma a encontrar a los personajes de "su novela" y de pronto se ve involucrado en la trama. 
A lo largo de la novela junto al personaje principal debe encontrar el secreto dejado por el conde Claudio Contini-Massera a su sobrino. Un secreto que de llegar a cristalizarse involucra una gran fortuna, una búsqueda que apela a la inteligencia de ambos: sobrino y escritor; y que los lleva a bibliotecas encadenadas, a las catacumbas de Armenia y a la Isla de Capri. 
La novela transcurre en catorce trepidantes días. Es una novela corta, que en su versión papel podría contener 260 páginas.

*  *  *  *  *  *  *

Blanca Miosi nació en Perú  y vive desde hace décadas en Venezuela.
Publicó su primera novela El pacto en 2004 y en 2005, otra obra suya, El cóndor de la pluma dorada, quedó finalista en el concurso Yo escribo. La búsqueda, Roca Editorial 2008, Barcelona España, un relato basado en la vida de su esposo, prisionero superviviente del campo de concentración de Auschwitz, tuvo una gran acogida. Fue ganadora del Thriller Award 2007.
En 2009  publicó  de la mano de Editorial Viceversa, Barcelona, España: El legado.  Un fascinante relato sobre una saga familiar basada en el personaje de Erik Hanussen, considerado durante muchos años el mejor vidente de Berlín y consejero personal del Adolf Hitler. A la venta en España, Sudamérica y ahora en Amazon en formato Kindle y de papel. Actualmente es representada por Antonia Kerrigan Literary Agency.
Otras obras publicadas en Amazon:  Dimitri Galunov El manuscrito.

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domingo, 8 de enero de 2012

Blanco

Empieza un nuevo año. Nuevos proyectos, nuevos sueños, nuevos relatos, nuevas novelas, nuevas lecturas; acabar aquello que también dejamos a medias. Todo se repite. Y dentro de esta secuencia llega el reto de  todo aprendiz de aprendiz de escritor, el reto al que nos enfrentamos cada día: la hoja en blanco. Una historia nos aguarda, una trama flota en un mundo paralelo. ¡¡Hagamos que el blanco cobre vida!!



BLANCO  (relato corto)

Blanco. Ante mis ojos solo veo el color blanco, como una faja que oprime todo, como algo que soy incapaz de dejar atrás. Pero mi límite avanza a través de este tono pálido, sin sombras, sin fondo, inexorablemente cauto pero sagaz, y no encuentra a su paso un haragán que guarde la senda, si acaso hubiera senda porque no la hay. La percepción del tacto solo percibe la vasta superficie lisa, clara, sin hilvanes, carente de todo y vasta en nada. Sin embargo, se advierte cordial, de mano nívea y tendida, de cabeza sabia y displicente abierta a saludar a mis legiones, quienes portan, a veces, el saco medio lleno de ocurrencias, medio vacío de confusiones. Pero no nos engañemos, algo aguarda, algo medita, algo quiere... ¿pero qué?
Es por tanto que mi avance sea cauto, lento, y hasta temeroso en algún tal vez, poco dispuesto en algún que otro instante, y novelero y atrevido al punto que mi deseo da muestras de convencimiento y mejora. Pero no hay nada, ni siquiera en qué tropezar, salvo la llanura: todo un muro salpicado de blanco, inmaculado y pulcro, puñeteramente cierto, rimbombante y cabal. Y no descubro, ni aun sospecho, un punto donde relajar estos hambrientos ojos prendidos de la curiosidad más espontánea.
Avanzo. Una nueva conquista me aguarda. Avanzo, sólo avanzo. El blanco siempre se rehace en esperas.
Me da miedo mirar atrás, pero lo hago. Y mis ojos reflejan una serpiente de letras que va quedando argollada a mi espalda como una cadeneta de fiesta, de sueños que prenden del sentido de mi marcha, dispuesta a perdurar, reptil opíparo a manos llenas, tajante y voraz; texto común advierte aquél, orgulloso de publicar el nombre; borrón que motea el claro colorido califica algún otro, más allá, en boca pequeña de acento frívolo. ¿Y qué más da?, responde una voz dentro de mí que parece mía y rumiase acentos sobrios en alguno de los pasillos más cercanos a mi alma: “La sirga es fuerte, aun más que recta ¿Son mis huellas?”... “Quizá lo sean”, insinúa en respuesta la voz del castro que gobierna mi conciencia. Pero me da miedo pensar, no estoy para pensar, ni siquiera podría certificar que estoy; voy a dejarme ir, voy a destensar, aflojar esta rueca de finales sin fin que me acerca a la incertidumbre inicial donde todo vuelve a comenzar. Y lo hago.
Comienzo.
De este modo, involuntariamente apresurado, corrijo la postura y traslado la mirada al lugar hacia donde me dirijo, empujado por una manía jocosa de régimen liberada. Algo me absorbe y me aparta por un momento del innegable umbral del blanco. Y aquí, escondido en el paraíso particular que me gobierna en este instante, recostado en el trono que nunca pretendí, relamo la vertical de mi prudencia, flotando en un lapso de tiempo, prisionero del momento. Ahí fuera, el mismo cuadro sin biseles, la pincelada del blanco persiste en masas que empuñan picas silenciosas y aguardan envueltas en capas aterciopeladas de tonos perplejos. Sí, aguardan. Sin embargo por momentos me descubro lejos de los ojos, lejos de las pupilas de cristal del ejército blanco que campa sin complejos. El blanco, algo aguarda, algo medita, algo quiere... ¿pero qué?
El silencio me limita, la percepción se dilata, me incomoda y alerta casi a la par. Mi instinto desatiende a la formación blanca. Ahora... solo ahora lo oigo. En algún lugar llueve, estoy seguro. Hay vida al otro lado. El olor es fresco, y me llega a borbotones. El llanto de un niño conquista la oscuridad de la habitación. El silencio salta despavorido por la ventana. Hay un segundo de traqueteos, de pasos. Una mano se mueve en la penumbra; la luz aparece, la noche huye. Alguien susurra una voz. Cerca, tan cerca que el llanto cede, el rumor se recompone recogiéndose en canastos de sombras. Vuelvo aquí, a la sombría cámara que regento, al cuerpo que me encierra, y sin darme cuenta me alejo de aquella estancia aislada de paredes etéreas que rigen algún lugar de mí, y, vuelve el blanco, vuelve, a conquistar la guardia que protege la barbacana enclavada en el perfil de mi siguiente y última ojeada.
Blanco, otra vez rendido al blanco. Parece que me llama, ¿pero cómo? Sabe que si lo hace no podré resistirme. Iré... claro que iré, a pasear mi ocurrencia expuesta por esta entrometida y dúctil mano de cinco apéndices que compone uno de los extremos de mi forma, y al hacerlo la cadeneta de fiesta se irá desplegando de manera arrebolada con hilo trasparente, hilo que tendiera ayer y, espero, tender en series interminables de: hoy tras hoy. Pero me da miedo mirar atrás, no estoy para mirar, a lo mejor ni estoy; voy a dejarme ir, despedirme de mí mismo, quizá esté mejor sin mí.
Entonces, vuelve el blanco. Es mi laude; la historia se repite a partir de aquí, más allá de mi margen. No quiero retirar mi mano, si lo hago no habrá serpientes de letras, ni tendidas cadenetas de fiesta. Solo el color blanco, gobernando su propio reino de soledad.
Pero mi esfuerzo se consume en mirar atrás. Sí, ahí está, me sigue: la serpiente es cada vez más extensa, la sirga es fuerte, tal vez sea mi huella perseverante y viva dispuesta a perdurar.
¡Vamos!, grita el capitán de mi ánimo. ¡Vamos!, se agita el estandarte de mi forma. ¡Vamos!, se blande mi entusiasmo dispuesto a conquistar la historia... 
Historia que aguarda más allá del reino blanco.

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Mían Ros (quedan reservados todos los derechos sin permiso del autor)