martes, 27 de septiembre de 2011




MIS MÁS SENTIDAS DISCULPAS a todos por este vacío creado por mí mismo con bloques de vaguedad y ciertos parámetros de alejamiento, y un muchito tanto por ciento de inactividad informaticosocial.
No hace falta mencionar el tiempo que llevo fuera del blog, todos vosotros os habréis dado cuenta de ello pues hay una fecha en la última entrada bastante delatora que lo confirma. Por tanto no me siento a escribir para presentar excusas porque tendría unas cuantas, y no quiero justificarme con cosas que quizás no vengan al caso y, seguramente, ni siquiera tengáis tiempo ni os apetezca leer, pero sí puntualizar el núcleo principal de mi ausencia, y es la libertad que he vuelto a sentir -y sobre todo mental- cuando se está un tiempo alejado de blog, de redes sociales y demás. Por una parte es sabido que son herramientas muy útiles y, por otra, ventanas sutilmente perversas que nos restan un orden y una concentración que una vez llegamos a alcanzar lejos de ellas. A fin de cuentas, nos sirvan o no, racionamos el tiempo -no digo que sea malo, ¡ojo!- de lo que realmente nos satisface, que es novelear, trenzar historias que nos sumerjan en mundos que nacieron de un destello, de una idea, de algo que leímos y reinventamos desde otro punto de vista, una matriz que se alimenta de la fuerza, del tesón y de unos valores sobrios y constantes.
Sé que muchos de vosotros alternáis vuestras historias con entradas en redes sociales, blog etc..., y que sirven para promocionar la novela y mantener un contacto directo con el lector; fenomenal y francamente desde aquí os brindo mi aplauso, pero me pregunto cómo lo hacéis sin acumular agobio. Para mí es complicado delegar a mi conciencia tantas acciones sin que alguna no se disperse y pierda intensidad, sobre todo accionar el botón de off a la informática y fantasía a la hora de irse al trabajo, ése, y no otro, es el que verdaderamente gobierna todos nuestros movimientos (al menos el mío). La culpa, sin duda, la tiene una firma, la firma por la que vendimos el alma al diablo Estable, que nos hacía pensar que la hipoteca y la bolsa de la compra se mantendría siempre llena al menos hasta llegar al final de cada mes. Es complejo centrarse en cada una de las cosas sin distraerse en nimiedades, ya lo creo...; tal vez mi memoria RAM esté anticuada y tenga poca capacidad de maniobra.
En fin, no quiero despedirme sin contaros una cosa. Es curioso, después de tantos días sin aparecer por aquí, ver las estadísticas de este humilde blog. Y a uno le da qué pensar: ¿cómo se pueden tener más visitas estando apartado de él, o sea, cerrado, que cuando estuvo abierto?, y quiero decir abierto manteniendo una entrada cada semana, más o menos; ¿no os parece cuanto menos una razón inexplicable?
Uno de los post más visitados con 230 lecturas es el relato del Latifundio Antiguo, Fhâriur, una de las historias aisladas pero que a su vez arman un poquito más el mundo que rodea a Almaranthya, mi obra Magna en la que no paro de pensar y escribir. Para los que han leído la primera novela decir que, por fin, he continuado la escritura del segundo libro a partir del capítulo 14 donde me quedé. Aprovechar el instante para pedir mil perdones porque sé que muchos estáis esperando nuevos acontecimientos de la trilogía, sorry y más sorry. Ni que decir tiene que habrá muchas pero que muchas sorpresas. En cuanto a la novela La caja de pinceles y al cuento por los que me alejé del blog, comentar que ya están terminados. El cuento concretamente y, después de pasar una exhaustiva corrección incluso por unos grandes amigos de la red, lo envié a concurso (perdonarme por no revelar el título ya que se supone que está en concurso). Y sobre el manuscrito La caja de pinceles, pues decir que está aún corrigiéndose y ya veremos si sigue los pasos del cuento y acaba en otro certamen, ya veremos; seguramente el título se vea afectado por ello.
Sobra añadir que, he vuelto, obviamente.

Saludos a todos los lectores de Literatura Horizontal, Mián Ros.

Dedicado a vosotros, el relato de Fhâriur. Gracias, por estar ahí, incluso en mi ausencia.



Fhârihur

Relatos del Latifundio Antiguo


Archipiélago Austro, isla de Okrem.

Fhârihur levantó su gesto amargo encajado entre venas y contempló, no sin recelo, la inmensidad del horizonte. A lo lejos, el ordinario territorio vedado a su raza, La Planicie Hostil, que se extendía bajo el furor de un sol demoledor magnificando la claridad, aquella claridad tan temida y que le hacía tanto daño; siempre había sido así.

Cerró un momento su único ojo, no por miedo, pues había tomado conciencia de abandonar definitivamente el sufrimiento que había llevado: aplacar el desgobierno sosteniendo su ira para aunar las fuerzas necesarias y poder remolcar el cadáver hasta allí; era capaz de recorrer su bella silueta sin apartar la mirada aun sabiendo que sería la ultima vez que lo haría, y tuvo la entereza de posicionar el cuello inerte de manera que la oscura piel reposara sobre el tocón, inexplicablemente en contraste a la rudeza que acostumbraban a regentar los de su casta. No cabía, sin embargo, otra esperanza. Estaba convencido de que debía ser así. Al mismo tiempo sabía de la premura de actuar rápido, Las Sergas del Resplandor estaban cerca y se llevarían el alma de la mujer hacia El Rescoldo de la Desesperación. Fhârihur no deseaba eso. Había crecido bajo las leyes de Los Piélagos, siempre rodeado de preceptos; él mismo sería atendido tras su muerte con la misma fe; un ritual rígido y a la vez ceremonial como travesía final hacia los Eternos, así debía ser.
Y así sería.
No le hizo falta, por tanto, volver a mirar el hacha milenaria que pendía entre sus manos con la marca de su progenie en el acero. Condensó su fuerza en la empuñadura, levantó el arma al compás de mil anhelos ancestrales con la precisión del mentor más diestro forjada en el guerrero. Pero se detuvo un segundo, donde el sutil brillo del alma tendida a sus pies le acercó el fugaz recuerdo de sus antepasados más cercanos. Luego gritó; allá en la distancia se escuchó su voz, en la inmensa oquedad del vado, y por uno instante tembló la corteza bajo sus pies al tiempo de acometer su letal acción. El filo de la hoja descendió y resonó en la madera como una lengua extraña pronunciada por el viento, cortando limpiamente la cabeza, que separada del cuerpo sin vida, rodó para detenerse a los pies del verdugo.

─Madre ─musitó Fhârihur, el cíclope─. Te he salvado de la inseguridad de la luz. Un alma partida no puede ser transportada. ¡Marchad lejos, Sergas malditas, marchad!

Y dicho esto, Fhârihur enmudeció. Acto seguido enfundó el hacha y se arrodilló para envolver en el lienzo el miembro seccionado. La satisfacción de haber hecho lo correcto le asistió una vez más. No había lágrimas en sus ojos, ni ira, ni el frugal destello de arrepentimiento. Por el contrario, la armonía casi inquebrantable, ruda e inflexible de su estirpe se corrigió y volvió al rostro su hermética mirada: la mirada del coloso, como era reconocida y temida por los débiles hombres. Había hecho lo que rezaba su corazón y aun antes de llevarla hasta allí, el rezo que siempre había llevado ella, fiel descendiente de las eruditas reinas del Castro Majano. Era el mandato más duro al que Fhârihur se había enfrentado desde que aceptó su condición dentro de toda existencia del Feudo Oculto. Ahora los demás le verían regio, poderoso, capaz de aumentar la especie como semental digno y protegido de su sangre, sólo ahora se abría la cincha del regazo familiar al que había estado aferrado hasta ese momento. Ahora que ascendía al más alto pedestal de su clase.

Fhârihur atendió para sí el paño ensangrentado ciñéndolo a su pecho, dio media vuelta, y lanzó su andar hacia la profundidad de la caverna. Sólo allí se sentía protegido. Sólo allí proliferaría su estirpe, sólo allí.



Mián Ros - 08/03/2010 (quedan reservados todos los derechos sin permiso del autor)