jueves, 31 de marzo de 2011

Presentación de la novela, Nunca fuimos a Katmandú de Lola Mariné en Madrid

La otra tarde (martes, 29 de marzo), después de mover unos cuantos hilos y conseguir cambiar el turno en el trabajo, pude asistir a la presentación de la novela, Nunca fuimos a Katmandú de la escritora y amiga de blogger, Lola Mariné. El acto fue en la sala de Ámbito cultural, calle Serrano 52, 7ª planta - Madrid.


A esa hora Lola Mariné tenía una dura competencia: la sección española de fútbol contra la selección lituana y el Real Madrid de baloncesto jugándose los puntos en la Euroliga, y sin embargo no fueron rivales ya que la sala presentaba un aspecto más que aceptable correspondiendo al interés que había despertado la presentación de la novela.



Y allí estaban, amigos, antiguos compañeros de trabajo de Lola, algún que otro cibernauta (como un servidor) y personas que se habían acercado para arropar y conocer a la escritora en persona.



Una vez acomodado en las primeras filas todo trascurrió de un modo natural y distendido, y la palabra que me vino a la cabeza al término del acto fue: breve, muy breve, y esto dice mucho de cómo se dirigió y se cuidó la presentación, y mira que fueron casi dos horas en las que Lola Mariné (con una ilusión que podía verse saltando por su rostro de principio a fin) fue respondiendo a las preguntas que Megan Maxwell (escritora de novela romántica), solícitamente y muy bien argumentada, formulaba. La autora fue desvelándonos (con muchas tablas tras el micrófono, y en esto, he de subrayar, que se percibió sobremanera sus años trabajando como actriz enfrentada, sin ningún temor, a decenas de caras que no la perdían un solo momento de vista), cómo, de qué manera y por qué ha llegado “su momento”, el momento de escribir y dedicarse a la escritura, y cuál fue el sentimiento que la impulso a crear una historia como Nunca fuimos a Katmandú.

A continuación, y antes de pasar a la rueda de preguntas, donde intervino el público asistente (aquí tengo que hacer un inciso ya que Megan me pisó -y no la culpo puesto que llevaba su rol bien aprendido- dos cuestiones que tenía en mente desde que leí la novela, y la verdad, como todo esto fue antes de que interviniese el público, el escuadrón de preguntas que llevaba organizadas os podéis imaginar que enfilaban en todas las direcciones, y, prácticamente, nos dejó bien poco o casi nada que poder resolver o preguntar); bueno, a lo que iba, antes de ceder el micrófono a los asistentes, Mayte Atares Monesma, actriz y amiga de Lola, nos deleitó leyendo un fragmento del capitulo siete de la novela cerrando el protagonismo de la mesa.

Tras los aplausos, el colofón final: firma de ejemplares y fotos junto a la autora.

La charla continuó pero ya de una manera más distendida y fuera de todo protocolo, con el público espaciado en pequeños grupos y disfrutando de la camaradería del momento y del pequeño catering: agua, refrescos y cerveza.

Y nada más que añadir, salvo felicitar a Lola Mariné por este primer éxito y desear que sea el principio de una larga y triunfante carrera como escritora.

Mián Ros

* * * * * *


Blogs de la escritora, Lola Mariné:


Gatos por los tejados


Nunca fuimos a Katmandú


Y eso es todo por hoy, compañeros y amigos. Pasad una feliz semana.


Mián Ros

jueves, 17 de marzo de 2011

Plétora, El Temerario (relato)

El Latifundio Antiguo es ya una parte de mí. Es un mundo donde los dos grandes reinos: Almaranthya y Verdya, se vuelven a enfrentar. Sus reyes, sus leyes y las Órdenes que se tambalean bajo sospecha, como la Orden del Filo Negro, han hecho renacer a la Bestia que con la representación del texto ─en El Libro Sagrado de los tiempos─ da pie a la leyenda.

Para todos los que hayan leído La leyenda de Almaranthya, muchos nombres que se citan en los relatos no serán del todo desconocidos. Para aquellos que se sumerjan por primera vez en estos escritos, espero que no sea un inconveniente y un embrollo encontrarse con tantos nombres y detalles.

Con estos relatos simplemente quiero dar vida a personajes y ciudades que contempla el Latifundio Antiguo aunque, bien es verdad, distan mucho de la historia principal. Pero surgen, y creo igualmente que merecen un hueco en la leyenda.

Costumbres, ideales, sucesos, jerarquías, todo suma, y al final el resultado termina siendo un puzzle de cientos de piezas donde todo va encajando y donde aún queda mucho por ajustar y resolver.







Plétora, El Temerario
(Relato del Latifundio Antiguo)



La presencia de Plétora se había enraizado como el musgo a la piedra en el corazón de Selena, su madre. La historia, sigilosa huella almacenada por el tiempo, quedó cedida a los cantos y a las leyendas de los vecinos reinos. Fruto de la misma, la mejor pluma de escriba en tierra Almaranthya reflejó en el Libro Sagrado la virtud del dechado guerrero y de todo cuanto enardeció en sus horas inmemoriales. De ese modo, siguió latiendo en el corazón de los hombres y fue musitado en la seguridad del hogar, y envidiado, justamente, por los más imprudentes, que como él, como Plétora, al que apodaron El Temerario, terciaron el instinto, el orgullo y el temple de sus espadas en resguardo y entrega del reciente coronado rey, Sharna: hijo ilegítimo de Agrión El Esplendente, soberano de Almaranthya.

Y no fue otro valle, sino Orgányrielf, el que como cada atardecer descubría a las dos voluntades dignas de su estirpe, madre e hijo, sentados en La Loma Alta junto a Única, La Piedra Distinta y Sabia, mientras contemplaban, con ojo paciente, la interminable hueste de nubes que arrastraba el viento del oeste por encima de sus cabezas.

Selena había sido paciente con su hijo, pero los días se habían tornado en su contra. Él estaba creciendo y madurando demasiado deprisa. Ella llevaba semanas en las que era incapaz de escucharle, inmersa en una espiral angustiosa que la alejaba de él y la hundía en la preocupación más severa y definitiva; sentía que sus días como regazo habían llegado a su fin.

Aquellas horas se hacían difíciles de soportar, y aunque procuraban no alejarse demasiado el uno del otro, su contemplación últimamente iba más allá de su hijo, el de gesto audaz, el inteligente y honesto que estaba sentado en aquel momento a su lado. Nunca fue de noble cuna, que sí de afecto; de puño firme y estampa erguida y sencilla como su padre.

Señaló con la mano, con el desparpajo que solía descubrir ante cualquier cosa, la nube más distante y alta que envolvía la figura del sol y alteraba el color del cielo.

─¡Mira ésa, madre! ─exclamó.

La atrevida forma dejaba imaginar a un Lûbia joven, de alas extendidas cual coloso que bajara de la crepuscular altura al terreno firme de los humanos.

Sin embargo, la mirada ausente de Selena ni siquiera mostraba un cariz de sorpresa ni contradicción, y aún menos asomo de tristeza, apenas esbozaba un gesto que pudiera analizar su hijo en respuesta a su afligido estado de ánimo.

─Parece un águila ─expresó Plétora, recluido en mundo ensoñador y paralelo.

Y rió, con la soltura que puede desprender la fuerza de unos labios sedientos y una mirada larga y llena de juventud por absorberlo todo.

Ella giró su rostro, y buscó esta vez los ojos de su hijo, sometida a una inquietud que solo el sentido de una madre se atrevería a comprender.

Selena era una mujer de hogar, pese a haber estado unida a un hombre de la guerra, un oficial distinguido y laureado de las tropas de Kur. Y, sumisa y domeñada a ese rumor, el aliento de la guerra, se sentía condicionada incluso en las noches más cálidas a toda compresión de su espíritu: los ejércitos de Verdya echaban abajo todo bastión almaranthyo y las tropas invasoras de Arón -rey vecino- se hacían camino hoyando terrenos vírgenes a los rudos pies de los caballeros verdyos.

Ella no podía negarse a la voluntad de su hijo ni sesgar la llamada de su corazón por servir al nuevo rey, necesitado de manos fuertes y avezados sentidos; Sharna precisaba todo aliento disponible para reducir el avance enemigo. Instaba a la casta, a las raíces del reino, a la reunión de miles de almas. Y estos acudieron a la llamada: hombres venidos de cualquier confín insólito, guerreros valerosos, aldeanos fieles, y Plétora lo era, para orgullo o desgracia de Selena. Quizá nunca quiso que su hijo portara con tanta destreza y temeridad su espada, ni deseó que fuera varón, y aun menos que fuera tan indomable, pues jamás estuvo segura de forjar en sus entrañas a un guerrero. Tal vez por cobardía, para no tener que sufrir una angustiosa separación, viendo cómo las zarpas del destino se lo arrebataba y lo llevaba lejos, demasiado lejos, a la batalla. Tal vez nunca debió educarle en el camino del honor. Pero Plétora se había preparado contra la voluntad de su madre, y rebelado contra todo el temor que atesoraba ella desde el primer día.

Si bien, Selena estaba orgullosa de su hijo, después de todo. Si hubiera sido desleal a sus principios se sentiría sucia, traidora de su propia honestidad para con su hogar, pero sobre todo, habría sido infiel a la palabra que un día juró delante de su esposo, capitán de la guerra, mucho antes de que el mensajero trajera la fatídica noticia de su muerte.

“Plétora será todo un hombre, digno de esta familia” ─le dijo antes de despedirse y dejarlo ir. Y aquello quedó como una concesión que se repetía en su conciencia cada vez que veía a su hijo tras romper el alba.

Pero hubo un tiempo que aquella promesa fue quedando lejos, como un cántico de manantial bajo la protección de las densas arboledas de Kur. Hasta que la propia actitud de Plétora, ávido por servir al rey, fue despertando del letargo y desempolvando el juramento en la conciencia de su madre.

Plétora, en aquel momento volvió a reír, apartando a Selena por unos segundos de su desánimo. Apoyó la cabeza sobre el hombro de su madre de una forma natural, y confesó una vez más sus coreados sueños.

─Te enviaré nubes esculpidas por el soplo de mi ímpetu ─susurró─. Quiero que sepas de mí, madre. El destino que me sea otorgado viajará en este cielo. En él advertirás mis avances, mis amores, mis triunfos... Quiero que te sientas orgullosa de tu hijo, al igual que lo estuviste al lado de padre. Quiero que él, allá donde esté, sienta lo mismo, que se vea salpicado por la casta que presagió para mí; los dioses le guarden en su bien.

─Puedes sentirte orgulloso ─musitó Selena sin abandonar la vista del cielo─. Él lo estaba de ti ─afirmó con un dejo de nostalgia─. Y yo también, hijo mío.

Y giró la cabeza y sus miradas se abrazaron en medio del silencio.

Aquella mirada se quedó tallada en la mente de su madre.

Y desde aquel día todo resultó diferente. Pasó el tiempo, y así fue como el valle de Orgányrielf se arropó año tras año de verdes hojas, vivas y muertas. Cayeron las primeras y las últimas nieves, y se deshicieron una y otra vez bajo el manto. Florecieron los campos revestidos de rojo, blanco y amarillo, y todo color intensificó la ilusión de una madre. Y la rueda de la vida continuó, surco a surco, estación tras estación.

Y un ocaso tras otro, jóvenes y vigorosos vientos trajeron cientos de nubes a los ojos de Selena; en sus livianos contornos, vislumbró las conquistas de su hijo. De ese modo, recogida y solitaria vio pasar sobre su estampa: espadas, caballos, trenzas de panes y glorias, hombres de brillantes armaduras, mujeres de admirables cabellos y más admirables corazones, siempre arrebujada ante el frescor de La Loma Alta junto a Única, La Piedra Distinta y Sabia, añorando una sombra, una esperanza.

Pero cuando la rodeaba la noche, la incertidumbre parecía latir, amenazante y viva despertando su miedo; era consciente del desagravio que palpitaba en su corazón. El tiempo la había ido recluyendo en la torpeza. Las estaciones habían mermado su andar y el bastón de cedro que utilizaba ahora, no con el fin que siempre había tenido de avivar las cenizas de la chimenea, sino para afianzar su paso, era demasiado pesado para sostener siquiera su consumida figura, que cedía con las horas.

Selena, aquel atardecer, subió el repecho de la Loma Alta. Se acomodó lentamente junto a Única, La Piedra Distinta y Sabia, y descansó su cabeza en la roca primigenia y gris, y unió su mirada al cielo.

La inmensidad que la cubrió era aterciopelada y azul, y no encontró ni una nube que acrecentara su ánimo; así había sido desde que el frío y el deshielo habían resuelto abandonar los parajes de Kur; la sequía había estirado sus brazos durante toda la estación primaveral, y las nubes eran meros recuerdos extinguidos en el valle. Solo entonces supo que las fuerzas le habían abandonado y que nunca volvería a bajar de allí, al menos por su propio pie. Ya no había cansancio en su cuerpo ni en su alma, era un liviano placer que la albergaba por entero. Sin embargo, y por alguna razón, se sentía dichosa.

Ahogó un lamento; no tenía fuerzas para suspirar. Sus ojos estaban secos y cansados, pertrechados en una carne agotada y sin calor, desgastada por el recuerdo. Y cerró sus párpados, consciente de que lo hacía por última vez, deseosa de consumar el último segundo de tan angustiosa espera.

Luego, llegó el silencio.

Solo el viento sacudió el pelo de Selena y se llevó su alma hacia lo alto. En ese momento, la luz crepuscular desveló dos nubes recortadas frente al sol; el destello dorado recorrió el perfil de sus formas cuando se acercaron y abrazaron.

Poco a poco, en el límite del horizonte la luz fue cediendo a la oscuridad de la noche hasta que la intimidad fue total.

Y volvió el silencio y las nieves al valle de Orgányrielf. Y también llegaron las flores y cayeron las hojas; y así el ciclo se repitió en tierras Almaranthyas. Y entonces volvió Selena y su hijo Plétora a visitar La Loma Alta, y a Única, La Piedra Distinta y Sabia, pero sólo en forma de canción y de leyenda.

Mián Ros (quedan todos los derechos reservados sin permiso del autor)

Más relatos del Latifundio Antiguo:

* Agua de luna

*Fhârihur

Fragmentos de capítulos, La Leyenda de Almaranthya:

*El Estirpe Salvaje y los dos tardos (frag. capítulo 4)

*El Señor del Bosque (frag. capítulo 18)

Un saludo a todos, compañeros y amigos.

Mián Ros

martes, 8 de marzo de 2011

Nunca fuimos a Katmandú de Lola Mariné


La verdad que ha sido un contraste grande; hace unas semanas terminaba de leer El castillo en el aire, de Diana Wynne Jones: genios, lámparas maravillosas y demonios (un giro de tuerca más a Las Mil y una noches) que nada tenía que ver con el cambio de género que me esperaba encima del montón de novelas que tengo apiladas en taciturna espera. Y esa novela no era otra que, Nunca fuimos a Katmandú de la escritora, Lola Mariné.

Poco a poco me fui olvidando del mundo fantástico y la chifladura de misterios que rodearon a Abdullah, el mercader de alfombras, y me enrolé en una historia actual, real, y pronto estaba dando vueltas por Barcelona junto a cinco mujeres, todas ellas protagonistas, escuchando sus propios desvelos, atendiendo a todo lo que estaban dispuestas a contarme.

Me dispuse cómodamente, como lo hace el Psicólogo en su butaca cuando se dispone a escuchar a sus pacientes. Y ahí fueron llegando, en cascada: alegrías, penas, miedos y recelos que incomodaban a estas cinco mujeres incrustadas en el mundanal trasiego de su día a día, enganchadas a esto que llamamos, incomprensiblemente, “vivir”.

Y capitulo tras capítulo fue pasando todo rápidamente como una de esas tardes en la que llamas por teléfono a tus queridos amigos de la infancia, los reúnes (vaticinando una velada feliz), y como suele ocurrir en estas reuniones, “chispeantemente”, entre risas y ruido de cristales, surge (de manera amena y sencilla), vivencias que inundan la reunión con pedacitos del pasado; momentos que el corazón se niega a olvidar: olores, miradas, músicas, sentimientos. Y con esa misma camaradería que sientes con tus amigos, va cayendo el tiempo de lectura de esta historia, un sinfín de instantes donde, en algunos momentos de la novela, te sientes identificado.
Vidas normales y corrientes pero singulares, así es el mundo que rodea a Laura, a Elena, a Gloria, a Ruth y a Teresa porque así lo quiso plasmar su autora en esta obra; en cada una de ellas, palpitos diferentes. Mujeres valientes con un vínculo en común: ser felices allá donde estén y con quien estén.

Nunca fuimos a Katmandú es la primera novela de la autora y, sin embargo, he de confesar, que me ha sorprendido gratamente. Es de esperar que esta escritora novel, que empieza a perfilar de manera clara y concisa su propia historia literaria, tenga una pródiga trayectoria en el sector. Una novela muy recomendable.


Sobre la autora: Lola Mariné.

Nací en Barcelona, pronto me trasladé a Madrid para cumplir mi sueño de ser actriz. Viví con intensidad la “movida madrileña” y sobreviví en el mundo del teatro y el doblaje durante veinte años, después regresé a Barcelona y me licencié en Psicología. Un reencuentro con amigas de la infancia me hizo recordar que en el colegio yo era "la escritora", y fue así como comprendí que mi verdadera pasión era escribir, y que a eso quería dedicar el resto de mi vida.


Sinopsis de la novela: Nunca fuimos a Katmandú.

A Laura le cuesta despertarse los domingos, y ahora todavía más. Acaba de cumplir cincuenta años y su vida transcurre demasiado tranquila desde su separación. Elena es su más íntima amiga desde la infancia y su contrapunto: mujer fuerte y vehemente, se pone al mundo por montera; Gloria no tiene nada en común con ninguna de las dos: es superficial y esclava de las apariencias, no obstante, las tres, acabarán siendo grandes amigas. También Teresa, una mujer humilde y trabajadora dispuesta a todo para hacer realidad el sueño de su hija, y Ruth, una jovencita idealista y rebelde, forman parte de este mosaico de mujeres de hoy, independientes y urbanas que viven y trabajan en la Barcelona actual.

Cada una de ellas cuenta con una historia propia y una singular forma de comprender la vida y de disfrutarla. Pero sus caminos se han cruzado y entre ellas surge una profunda complicidad que las ayudará a enfrentarse a sus propios miedos, a sus problemas,... y a compartir experiencias inolvidables.

Una historia fresca y actual protagonizada por mujeres que se enfrentan a sus diferentes destinos. Un retrato de las relaciones humanas en nuestra sociedad.
Blogs de la autora:
. Gatos por los tejados
. Nunca fuimos a Katmandú


martes, 1 de marzo de 2011

Dichos populares (parte III)


No quiero ponerme pesado con este tema pero parece que la alergia va a darme un pequeño respiro esta semana, ya que los "entendidos" (nunca entenderé este entendimiento) en meteorología consideran que van a bajar las temperaturas, el viento va a soplar hasta desabastecer todo el habitáculo de sus pulmones y las nubes de agua van a vaciar sus cisternas en la misma medida dejando su empapada huella y recordándonos que aún es invierno; porque sí, compañeros míos, este señor de respiración fuerte y aliento helador que tanto nos incomoda (no a mí que beneficia los intereses de mi alergia) aún está ante, bajo, con, contra, sobre y tras nosotros como una intimidante preposición amilanándonos antes de que lleguen y presenten sus credenciales los demás señores de estación. No obstante, éste, estornuda y salpica sin ninguna educación allá donde dirige su insensible y enfermiza cabezota que lo abarca todo (¡mamón de leche antigua!), dicho de forma recatada.
Mientras tanto, y puestos a cubierto del resfriado de este mal acostumbrado señor, vamos con una tercera entrega de dichos populares que sé que a muchos de vosotros os gustan y que, de algún modo, sirven para amenizar la rutina de la semana.
Lo dicho, pasarlo bien y disfrutad de lo que realmente os gusta; no sé, hay tantas cosas, lo dejo a vuestra elección...

Bye.

Dichos populares (parte III)

No saber una jota
Esta frase, que empleamos para advertir que una persona es ignorante o desconoce el tema o materia que está tratando, tiene al parecer su origen en el hecho de que la letra jota, en el idioma hebreo y caldeo, es la más pequeña del alfabeto, pero al mismo tiempo, todas las demás letras de dichos alfabetos deben comenzar con el mismo trazado de la jota.
Por lo tanto, no saber la jota, significaba no saber nada.


Ya sé dónde me aprieta el zapato
Un noble romano, que tenía una esposa de gran belleza y notorias cualidades, a pesar de ello se divorció de ella, causando con su acción, no solamente el asombro de sus amigos, sino dando ocasión a sus críticas.
A tanto llegaron éstas, que el patricio romano tuvo que justificarse cuando le ensalzaban las virtudes, la belleza y la bondad de la esposa.
─Fijaos en mis pies ─les dijo─. ¿Habéis visto calzado mejor ni más elegante, ni más fino? Y, sin embargo, solo yo sé en donde me aprieta.
Esta es la explicación de la popular frase que significa siempre que solo uno conoce el porqué de sus acciones.


Mantenerse en sus trece
Aunque son muchos los que pretenden que el origen de esta frase se encuentra en algún antiguo juego o en una combinación de números, parece mucho más verosímil creer que proviene de un hecho sobradamente conocido.
Mantenerse en sus trece, que según el diccionario significa "persistir con obstinación en un propósito", es una frase que nació como consecuencia de la actitud del obispo, don Pedro de Luna, que fue llamado el papa Luna, y que efectivamente fue elegido papa durante la época que se llamó "del gran cisma" o del "cisma de Aviñón", que se prolongó durante más de cincuenta años, desde 1378 hasta 1429. Pedro Luna, que honradamente creía estar en su razón y que tomó el nombre de Benedicto XIII, no renunció jamás de su tiara, no se dejó nunca persuadir de que no era el verdadero papa y los emisarios que le enviaron desde Roma volvían siempre repitiendo que en su retiro de Peñíscola, él seguía manteniéndose en sus trece, aludiendo al número que le hubiera correspondido como papa detrás del nombre que había elegido.


¡Jesús!
(decírselo al que estornuda)
Es antiquísima la costumbre de desear buenos augurios a una persona cuando ésta estornuda.
Los antiguos griegos solían exclamar: "¡Que Júpiter te conserve!" o bien, simplemente: "¡Vivid!"
Los romanos, que en tantas cosas imitaron a los griegos, también lanzaban una exclamación: "¡Salve!"
Muchos creen que los cristianos se limitaron en cambiar el Júpiter por el Jesús, pero otros sostienen que en el siglo VI hubo en Roma una terrible epidemia en la que la gente moría estornudando y entonces nació la costumbre piadosa de decir: "¡Que Dios te proteja!", terminando después por decir el nombre de Cristo.



Prometer el oro y el moro
La frase fue incorporada al refranero popular, refiriéndose a desorbitadas ganancias que, generalmente, suelen ser puras fantasías, a raíz de un hecho histórico.
Fue durante el reinado de Juan II, en una de las frecuentes escaramuzas que sostenían entre sí moros y cristianos, y en la que unos caballeros de Jerez consiguieron una victoria sobre los moriscos e hicieron gran número de cautivos, entre ellos un alcalde llamado Abdalá, de la población de Ronda.
Como era entonces costumbre, se pidió rescate por los prisioneros, pero la cifra era tan elevada, que sólo el alcalde consiguió la libertad, quedando los demás, incluso el sobrino de Abdalá, que se llamaba Hamet, en manos de sus opresores.
Juan II ordenó que se pusiera en libertad a todos y se suscitó una enconada cuestión, pues los caballeros jerezanos exigían que, por lo menos, se les debía el oro que había costado su manutención. El rey, enojado, reclamó al principal de los cautivos, Hamet, ordenando que fuese llevado a la corte, empezándose a murmurar entonces que el rey reclamaba al moro para reclamar después el oro, de modo que en realidad, el rey quería el oro y el moro.



Tocarle a uno el mochuelo
Significa esta expresión, que uno se ha llevado la peor parte de un negocio, trabajo o reparto.
La anécdota que sirve para apoyar su origen, es la aventura de un par de soldados, un andaluz y un gallego, que llegaron una noche a una posada después de licenciados, con mucho cansancio y mucha hambre, y el posadero les dijo que sólo le quedaba en toda la casa una perdiz y un mochuelo.
El andaluz, más expeditivo, le pidió que los trajera, que ellos se lo repartirían.
Cuando los platos estuvieron en la mesa, el andaluz le dijo a su compañero:
─Tenemos que elegir: o tú te comes el mochuelo y yo la perdiz, o yo me quedo con la perdiz y tú cargas con el mochuelo.
El gallego, que no era muy despierto, después de rascarse la cabeza muy pensativo, dio un triste suspiro y respondió:
─Quisiera saber cómo te las arreglas para que siempre te toque a ti la mejor parte.
Y, efectivamente, cargó con el mochuelo.

(Textos adquiridos de la colección Saber Humano)

Mián Ros