miércoles, 9 de noviembre de 2011

Manos de Chocolate

Sigo escribiendo. Sigo aprendiendo. Sigo..., quizá sea lo más importante.

Una vez más... A VOSOTROS.

Me considero afortunado por cuantos me rodean, por cuantos me insuflan su ánimo y por cuantos esperan algo de mí; eso hace que me sienta querido, GRACIAS. Aunque todo ello implique una responsabilidad que nunca había vivido tan de cerca, al menos no de este modo, y, en consecuencia, no quisiera decepcionar a nadie.

Si bien, imagino lo que está por venir, aunque no tan claro como lo que dejo atrás. Poco a poco me siento más capacitado y, aún con mayor aprendizaje y perseverancia, espero estarlo todavía más, siempre y cuando el tiempo sea considerado conmigo y la paciencia vuelva a reproducir su doctorada condición y no se aleje de mi lado. Y no lo digo metido en el papel de arrogante, y mucho menos como consuelo personal, ni nada que se le parezca. Simplemente, el hecho de que estéis ahí, engorda mi exigencia y recubre mi aspiración. Es más, me siento dichoso. Dichoso del tiempo que puedo empeñar en todo aquello que me motiva y conmueve, entre las que se encuentra la ambición de escribir.

Mira que no poseo todo el tiempo del mundo, y válgame que tampoco lo quisiera para mí, ya que lo poco gusta y lo mucho recarga los momentos e incluso llega a campar entre la monotonía; aunque considero que el dinero no se ajusta a este refrán. Lo digo, más bien, porque me da miedo llegar a los márgenes del tedio y perder la motivación que engrasa esta maquinaria de hueso atrevido que hace que mi deseo no se oxide; ya perdí otro interés por el camino cuando empuñaba los lápices y dibujaba... Ay, no quiero echar la vista atrás... cuarentón nostálgico, boberías inconclusas que dejaste en los costados del camino como la brizna que dispersó el viento, el mismo que borró tu insegura y pobre suela de liviana pisada.

En fin, soltado el sentimiento de hoy, quiero regalaros uno de mis relatos cortos. Alguno de vosotros seguro que lo recordaréis. A ver si esta vez acertáis de qué o de quién estoy hablando.

Un saludo a todos los seguidores de Literatura Horizontal Mián Ros.



(relato corto)

Vuelves a presentarte ante mí, como cada día. A esperar algo que quizá sólo tú valores o te obligues a buscar o cambiar.

Al principio venías sin venir, más bien te acercaban a mí; era tanta tu sorpresa como pura diversión al verme, ¿recuerdas? Te gustaba gesticular en mi jardín delante de mi presencia, entretenerte con lo que tú sólo eras capaz de distinguir, e intentabas traspasar la superficie que separaba tu forma de la mía. Querías llegar a mi lado, enredar en el mundo de los sueños. Te sentías torpe e inseguro, tanto como yo, inconsciente entonces de que no podías ganarme en nada, aunque tu ingenuidad era pan bendito y eterno, y gracia por encima de cualquier cosa. Tu incansable esfuerzo se desperdiciaba entonces en ensuciarme con tus manitas de chocolate.

Hasta me hacías burla, y te reías de mí en mi propia cara; yo era el centro de toda tu diversión, tu primer amigo, el que gateaba en el mundo que sólo tú supiste encontrar para los dos. Era (y aún creo que lo soy) tu compañero más devoto, tu mudito preferido. Tu igual, tu par. ¿Recuerdas?

Luego, sin embargo, creciste, y tu presencia fue perdiendo el valor inicial: tu inocencia. Entonces conocí tu lado más atolondrado (tu mirada ya no era la misma, desordenada en aparente experiencia): eras el rival de muchos y el vencido de todos (ese era tu secreto más oculto, ¿lo recuerdas?); cuajo de insegura madurez, pertrechado de remiendos casuales, socio de la noche, ácrata del día, verdugo consciente de tu encarcelado y primitivo “tú”, ese “tú” que echaría brotes de vida después de tu época más excitada.

En aquel momento, no te importaba consumir largos instantes acicalando tu galeón, ensayando tu descubierta pose de velas blancas, henchidas para enfrentar al viento. Postura aduladora que resolvía tu deseada elegancia, máscara que cubría tu nada ventilada timidez.

Mientras tanto, animado por tendencias accidentales, te dejabas llevar por el arrobamiento de la música y polillas noctámbulas de cristal. Hermoso ciertamente. Todo era de irisados y fingidos colores (un baile coqueto entre -tú y yo- que practicarías lejos de mí). Sin darte cuenta, pronto, el tiempo te fue amontonando pasados. Dando por aquí, desgarrando por allá y remendando muchas de tus níveas y atrevidas velas.

No bien el pacto se fue haciendo menos provechoso (no lo recuerdas porque nunca formaste parte activa de aquel trueque, era algo tácito, adjunto a tu llegada, indivisible e inquebrantable, aquel lastre que, como corsario incómodo e invisible, era, es y será, un miembro más de tu tripulación el resto de tu vida: el tiempo). Debido a ese lastre sentías que una parte de ti se quedaba atrás. Aquello te fue juntando cada vez más a mí, siempre de una forma diferente. Sí, te sentías engañado y venías a buscarme, a enfrentarte, a domeñarte en mi presencia si era necesario; consciente de que soy la mejor y peor versión de tu propia obra, pero la única.

¿Cómo mejorarla?; aquello podía suscitar cambios y un nuevo gravamen (tu socio intocable, aquel inmortal viajero capaz de sostener los recibos de rotura de tu preciada mesana, pudiera estar atento una vez más).

Sin embargo, te sentías capaz de todo, fuerte (aunque sólo fuera de puertas hacia fuera); pero por dentro: temerario en un mundo de frágiles, pirata en un mundo sin océanos, consciente de que eras perfectamente imperfecto, seguro de tus inseguridades, culto dentro de tu propia incultura, un claro dentro de un cielo tormentoso, una simiente huera y proscrita y sin tierra donde crecer y morir, un pie sin superficie, un garfio sin moñón, un equilibrado sin equilibrio, un anverso sin reverso, un negro sin gris...

Entonces regresabas a mí, a postularte ante el tráfico saturado e inconveniente de “qué debo hacer” y ante la comunidad vocinglera de “cómo debo actuar”, preguntas surgidas por pura necesidad o llovidas por simples razones de compromiso que te obligaban a virar el timón, a enderezar el rumbo de manera supuesta frente a mí, a exigirme un veredicto, a que leyera tu silencio, a la espera de escuchar todo cuanto querías oír, chantajista como loro gorrón a sabiendas dónde hallar la comida en tu preciada jaula.

Silencio. Sólo silencio era mi respuesta, como silencio era tu obstinada inclinación con la esperanza de que este mudito se dignara algún día a conversar.

Y así ha seguido la lucha, una suma de presentes donde la resulta matemática era, es y será asquerosamente exacta (maldita perfección científica), otra vez silencio. Y del mismo modo se ha cobrado, se cobra y se cobrará el tributo de todo lo que has transitado (tu socio, el etéreo, el lastre que condiciona tu paso es un monstruo con cuerpo de memoria). Y tanto los juegos, los coqueteos y la cuenca alta de tu juventud que una vez pensaste que no se secaría, lo ha hecho; todo eso ha quedado atrás, acumulando más pasado.

Ahora, cuando me miras, sigo ofreciéndote la misma soledad que consumes a diario. Bebes de mi propia sequía. Comes de mi aparente apariencia. No importa, sé lo que piensas y lo que deseas en cada momento, sabes que siempre lo he sabido, pero ahora también lo sabes tú (tu impuesto te ha costado, ya lo sé; el viaje es largo, muchas son las veces que has encontrado a tu paso la desnudez de los árboles de aquel bosque, y la suerte es que aún puedes desperdiciarte todo y más, antes de echarte a la cuneta). Recuerda que tus grandes secretos también son los míos, tu enemigo y socio, ese trascendente impuesto que tú y yo conocemos y que soportas, te ha dado el juicio necesario para ser más consciente con la realidad que atraviesas a cambio de que no olvides pagarle el tributo. Él, en permuta diablesca y vergonzosa, te honra con sancionar tu primera y última piel.

Ven, acércate un poco más y mírame. Ahora y a partir de ahora cuando vengas a verme, recuerda, tu piel desnuda ante mí es y será cada vez más delatora, pues veo: qué lejos están los sueños de niños, qué remoto se escucha el aleteo de las polillas noctámbulas de cristal, qué antiguo me queda tu primer recuerdo de chocolate. No te vayas, no te alejes, alimenta mi memoria, sin ella no podré auxiliarte cuando regreses frente a mí.

Pasan los “hoy”, tan rápidos como lo hace el agua viva sobre los ríos. Precisamente hoy has venido a verme, medio dormido. Tu mirada se ha hundido en la mía, tan profunda que temes no saber volver; el umbral de salida puede ser inalcanzable, como el único deseo que me traes: ansías (de puertas para dentro) que tu aspecto se estanque, se recoja por siempre como un tesoro de agua permanente en tu alberca de fortuna íntima. Tu allegado socio es sordo, aunque te escucha, y por mucho que le supliques, ya no admite más pactos. Y vendrás a mí, a mirarme, a ver si yo puedo complacerte; ahora eres tú quien sabe traducir mi silencio como desconsolada réplica. No. Sabes que tu deseo es imposible de conseguir, al menos en tu mundo, en el mío quizá se pueda llegar a valorar, pero ahora no tienes la llave que abre mis sueños, no recuerdas cuándo ni dónde la dejaste entonces, decidiste cambiar, olvidaste el jardín donde alzábamos aquellas fantasías pringadas de chocolate.

Y así han pasado los años. Idas y venidas. Entradas y salidas. Y, una vez más, te plantas delante de mí, como siempre, como cada día, valorando viejas y nuevas emociones. Y descubres algo que te inoportuna; ya son muchos los “algos” que te incomodan de mi presencia. Has descubierto un nuevo pliegue en tu piel. Da igual, vienes con cualquier pretexto, excusa que te provoca una escueta sonrisa al verme y buscas con ello tapar y complacer todo o parte del liviano ejército de sensaciones cenicientas que aún tratan de tirar de ti, de transportar lo que vas salvando de tu pacto que, sin querer, se va haciendo añicos por el camino en esta dura batalla; aun consciente de que no puedes ganar, ni borrar la firma sobrentendida que ancla tu viaje. Sabes que tu exigencia no puede avanzar porque reclutaste a tu resignación como escudero ingrato desde hace tiempo, porque tu aspecto de estúpido sonriente se consume, y al igual que lo haces tú, lo revalido yo cada vez que vienes a verme, provocándote mayor contrariedad, y hasta enferma tu aspecto por momentos si yo mismo te lo recuerdo. Judas de tu propia realidad.

Y si tu berrinche se desboca y manifiesta en darme la espalda, mi espalda será lo único que verás... sólo si tu atrevimiento consiente mirarme cuando decidas marchar. Y si resuelves por la tremenda no volver a verme nunca más, yo (tu amigo el mudito) también me iré, muy lejos, al mundo de este lado (el de mis sueños, el que supiste abrir cuando eras niño), y me iré para no volver, si definitivamente decides no regresar.

Pero vienes, sí, vienes, tirando tú mismo del buey de la sumisión. Obtuso de todas las alineaciones de tu sombra. Y aunque te enfades conmigo porque ahora no te doy lo que tú esperas que te dé, regresas al purgatorio de tu alma: osado en osadías, fuerte en tu debilidad. No se puede negar tu valor, a sabiendas que todo cuanto estás perdiendo ya no puedo dártelo. Yo soy demasiado ecuánime y constante, horriblemente verdadero aun más que una intención, aunque invertido (ese es mi notable vicio), pero soy justo dentro de la distancia que te separa de mí, pese a saber que a veces te incomode mi postura y el cambio de humor (quizá eso se lo debas preguntar a tu parte más anárquica, no ajusticiarme a mí). Mas sabes que no encontrarás a nadie más fiel a ti que yo.

Pues bien, si no quieres rendir cuentas al tiempo, no vengas a verme... olvida el purgatorio, sabes que lo entenderé. Y si vuelves, también lo entenderé (recuerda que siempre conoceré lo que estás pensando). De mí puedes hacer voto de rechazo, condenarme, romperme en mil pedazos, echar a volar falsas polillas... pero no olvides una cosa, tu socio oculto estará ahí, inseparablemente de tu segunda e impalpable forma, tallando lo que quedará de ti hasta que se cumpla tu deuda. ¿Recuerdas?

No obstante, si algún día vuelves a encontrar las llaves de mi jardín, allí estaré, esperándote, para jugar otra vez con tus manos pringadas de chocolate.

(Mián Ros - 11/11/2010) (Quedan reservados todos los derechos sin permiso del autor)


12 comentarios:

María dijo...

Hola amigo.

Me ha encantado el relato, tanto como el chocolate y no sabes lo golosa que soy :-)

Besos.

María

Lola Mariné dijo...

Hola Mián,
eres caro de ver.
Pero cuando vienes nos dejas un bonito regalo.
Saludos

Sergio G.Ros dijo...

Sigue escribiendo, MiánRos, cada vez más y mejor, ;) Seguro que llegarás lejos.
Un abrazo,
Sergio.

AMBAR dijo...

Hola Mián.
En esta vida todo tiene una razón, si algo ha quedado inconcluso, la fuerza de la razón lo dejó a un lado.

Ay, no quiero echar la vista atrás... cuarentón nostálgico, boberías inconclusas que dejaste en los costados del camino como la brizna que dispersó el viento, el mismo que borró tu insegura y pobre suela de liviana pisada.

El tiempo aún cuando sea limitado es un buen amigo y a tí, te da buenos resultados, sigues escribiendo, lo disfrutas y los demás disfrutamos léndote, no puedes pedir más.
Hace poco que he llegado de una ausencia de más de tres meses, veremos cuanto me dura el descanso.
Un abrazo.
Ambar.

MiánRos dijo...

Entonces somos iguales, María, jejeje.

Gracias por la visita.
Besos,
Mián Ros

MiánRos dijo...

Caro, Lola? Barato barato, cuando me dejo ver, jajaja.

Abrazos,
Mián Ros

MiánRos dijo...

Espero, si llego lejos, saber volver, Sergio.
Sigamos escribiendo...

Un abrazo,
Mián Ros

MiánRos dijo...

Y además, Ambar, disfruto de que amig@s como tú vengan a visitarme, gracias.
Espero que el descanso esta vez sea para siempre.

Un fuerte abrazo,
Mián Ros

B. Miosi dijo...

He leído este cuento un tanto críptico, Mián, y creo que es la eterna rueda del tiempo y de la juventud y la vejez, eso que vamos aprendiendo con el tiempo, eso que vamos apreciando cuando vemos que se escapa de nuestras manos. Padres e hijos, luego hijos y padres, apenas nacen crecen y piensan que lo saben todo, pero llega el tiempo en el que comprenden que no saben nada y así sucesivamente, es una eterna rueda, que de tanto en tanto manchan lo impoluto de nuestras vidas con manitas de chocolate.

Besos!
Blanca

MiánRos dijo...

Podría ser, Blanca,pero no.
Prueba a leerlo sabiendo que es el reflejo tuyo en el espejo. Quizás todo cobre mayor sentido...

Besos,
Mián Ros

Maribel dijo...

Pues ya me lo has descubierto, porque de lo que no me cabe duda es de que se trata de una narración preciosa, pero no me atrevía demasiado a adivinar quién era el destinatario de la historia. Fíjate que me vino a la mente un amigo invisible, o imaginario. Es un bello relato.

Sigue adelante, Mián. Tienes mucho que contar.

Un abrazo.

MiánRos dijo...

Hola Maribel,

Bueno, me adelanté a desvelar el resultado quizá pensando en que no habría más comentarios. Podría haberse tratado del amigo invisible del que hablas ¿por qué no?
Un placer tu visita,

Mián Ros