domingo, 25 de diciembre de 2011

domingo, 11 de diciembre de 2011

Descarga de manera gratuita mi novela Ángeles de cartón en Bubok

Ya puedes descargar en tu Pc o insertar a tu Ebook el PDF de mi novela, Ángeles de cartón. Espero que disfrutéis de su lectura tanto como lo hice yo escribiéndola.  No dudéis en dejarme vuestras impresiones.
Pincha la foto para acceder al enlace de descarga.

Saludos, y pasad un feliz domingo.
Mián Ros

miércoles, 7 de diciembre de 2011

Ángeles de cartón muy pronto en Amazon


           Hola a todos, queridos amigos y seguidores de Literatura Horizontal. Llevo semanas dándole vueltas a un tema, y no es otro que subir alguna de mis novelas a la gran plataforma americana, Amazon (aunque muchos de vosotros sabéis que algunos de mis libros se pueden comprar por internet desde hace unos cuantos años, desde que se iniciara prácticamente la plataforma Bubok en la red, desde entonces confié en ella). Eso no quita y, animado quizá por las desbordantes sensaciones y expectativas que voy leyendo día a día en los blogs y redes sociales de algunos amigos, y tras sus experiencias en dicha plataforma americana de venta mundial, y, no menos motivado, y siguiendo las recomendaciones más directas de otros amigos más cercanos de este blog, he estado echando un ojo a mis novelas y valorando la posibilidad de unirme a esta cruzada que, no cabe duda, es muy tentadora para que las novelas lleguen al mayor público posible, y eso es precisamente lo que desea todo escritor.
Finalmente, Ángeles de cartón, una novela que escribí en el año 2008, de la que guardo muy gratos momentos de su escritura, es la elegida para abrir camino en esta aventura. En breve podréis leerla y seguir su evolución en Amazon. Tal vez, y según vaya presentándose la suerte, dé paso a la estabilidad que aún me falta en esta andadura; una vez conseguida,  seguramente, suba alguna otra, pero eso será más adelante. De momento voy a dejar volar a este querido Ángel mío, y que la suerte y complicidad de los lectores decida.

Mis mayores deseos para todos los que han llegado conmigo hasta aquí. Gracias. Que la entrega y el ánimo que os ayuda a levantaros cada mañana, os guíe.
              
                                         *  *  *  *  *

Sinopsis
Ángeles de cartón es el grito de un pensamiento manifestado desde la zona más oscura de la mente. El temor de un hombre a desafiar los miedos que agarrotan su conciencia.
El hombre está lleno de miedos. Champalám lo sabe y es consciente de ello, como cualquiera de nosotros. La carga emocional tras la desaparición de su hija le transporta a un mundo incómodo y solitario, donde todo se confunde y desordena hasta límites insospechados, y donde encontrar la verdad, ligada a la muerte, puede resultar la única salida.
Quién ha dicho que no se puede morir dos veces. 

martes, 22 de noviembre de 2011


La Claridad, de ojos tan luminosos como cotillas, ha vuelto a entrar por mi ventana aun sin llamarla, y ha curioseado las superficies de casi todo lo que pende en el pequeño recinto de paredes "goteladas" que suele recorrer mi mirada tan a menudo. Lo ha hecho con prudencia (astuta y vieja claridad), pero la he visto, y me ha despertado con el roce de sus manos brillantes. Y, aun cuando los ecos del último rif de la guitarra de Fito no han abandonado mi cabeza desde ayer, no sé cómo ni por qué, ha hecho que me levante, me duche, desayune y me siente, dispuesto frente al ordenador como si la propia máquina me hubiese llamado; estoy seguro de que no lo hizo, pero a veces tengo la sensación que estoy equivocado y sí que lo hace, me llama, en su idioma sutil y atrayente; no me preguntéis desde cuando tengo el don de entender esta regla que mantenemos ambos, pero es así. Y heme aquí, enfrentado a la página en blanco que todo escritor conoce bien, como si fuera un pariente cercano que viviera al otro lado de la casa.
"Buenos días Mián Ros", me suelta al verme frente a ella; además de limpia esta página en blanco es educada y paciente, y espera que la cuide y la dote de emociones y vida, que la vista con frases para no sentirse desnuda ante ti, lector.
No obstante, la miro y no sé el vestido que he de escoger esta vez; ¿acaso mi musa se ha ausentado unas horas? Debería, sí; también tiene derecho a hacerlo; es domingo y todo el mundo necesita descansar, aunque seas diosa o musa... creo que yo también me ausentaré.
Descansa musa mía, quizá mañana tengamos más trabajo que ayer...

Mián Ros (20-09-2009) (Quedan reservados todos los derechos sin permiso del autor)

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Manos de Chocolate

Sigo escribiendo. Sigo aprendiendo. Sigo..., quizá sea lo más importante.

Una vez más... A VOSOTROS.

Me considero afortunado por cuantos me rodean, por cuantos me insuflan su ánimo y por cuantos esperan algo de mí; eso hace que me sienta querido, GRACIAS. Aunque todo ello implique una responsabilidad que nunca había vivido tan de cerca, al menos no de este modo, y, en consecuencia, no quisiera decepcionar a nadie.

Si bien, imagino lo que está por venir, aunque no tan claro como lo que dejo atrás. Poco a poco me siento más capacitado y, aún con mayor aprendizaje y perseverancia, espero estarlo todavía más, siempre y cuando el tiempo sea considerado conmigo y la paciencia vuelva a reproducir su doctorada condición y no se aleje de mi lado. Y no lo digo metido en el papel de arrogante, y mucho menos como consuelo personal, ni nada que se le parezca. Simplemente, el hecho de que estéis ahí, engorda mi exigencia y recubre mi aspiración. Es más, me siento dichoso. Dichoso del tiempo que puedo empeñar en todo aquello que me motiva y conmueve, entre las que se encuentra la ambición de escribir.

Mira que no poseo todo el tiempo del mundo, y válgame que tampoco lo quisiera para mí, ya que lo poco gusta y lo mucho recarga los momentos e incluso llega a campar entre la monotonía; aunque considero que el dinero no se ajusta a este refrán. Lo digo, más bien, porque me da miedo llegar a los márgenes del tedio y perder la motivación que engrasa esta maquinaria de hueso atrevido que hace que mi deseo no se oxide; ya perdí otro interés por el camino cuando empuñaba los lápices y dibujaba... Ay, no quiero echar la vista atrás... cuarentón nostálgico, boberías inconclusas que dejaste en los costados del camino como la brizna que dispersó el viento, el mismo que borró tu insegura y pobre suela de liviana pisada.

En fin, soltado el sentimiento de hoy, quiero regalaros uno de mis relatos cortos. Alguno de vosotros seguro que lo recordaréis. A ver si esta vez acertáis de qué o de quién estoy hablando.

Un saludo a todos los seguidores de Literatura Horizontal Mián Ros.



(relato corto)

Vuelves a presentarte ante mí, como cada día. A esperar algo que quizá sólo tú valores o te obligues a buscar o cambiar.

Al principio venías sin venir, más bien te acercaban a mí; era tanta tu sorpresa como pura diversión al verme, ¿recuerdas? Te gustaba gesticular en mi jardín delante de mi presencia, entretenerte con lo que tú sólo eras capaz de distinguir, e intentabas traspasar la superficie que separaba tu forma de la mía. Querías llegar a mi lado, enredar en el mundo de los sueños. Te sentías torpe e inseguro, tanto como yo, inconsciente entonces de que no podías ganarme en nada, aunque tu ingenuidad era pan bendito y eterno, y gracia por encima de cualquier cosa. Tu incansable esfuerzo se desperdiciaba entonces en ensuciarme con tus manitas de chocolate.

Hasta me hacías burla, y te reías de mí en mi propia cara; yo era el centro de toda tu diversión, tu primer amigo, el que gateaba en el mundo que sólo tú supiste encontrar para los dos. Era (y aún creo que lo soy) tu compañero más devoto, tu mudito preferido. Tu igual, tu par. ¿Recuerdas?

Luego, sin embargo, creciste, y tu presencia fue perdiendo el valor inicial: tu inocencia. Entonces conocí tu lado más atolondrado (tu mirada ya no era la misma, desordenada en aparente experiencia): eras el rival de muchos y el vencido de todos (ese era tu secreto más oculto, ¿lo recuerdas?); cuajo de insegura madurez, pertrechado de remiendos casuales, socio de la noche, ácrata del día, verdugo consciente de tu encarcelado y primitivo “tú”, ese “tú” que echaría brotes de vida después de tu época más excitada.

En aquel momento, no te importaba consumir largos instantes acicalando tu galeón, ensayando tu descubierta pose de velas blancas, henchidas para enfrentar al viento. Postura aduladora que resolvía tu deseada elegancia, máscara que cubría tu nada ventilada timidez.

Mientras tanto, animado por tendencias accidentales, te dejabas llevar por el arrobamiento de la música y polillas noctámbulas de cristal. Hermoso ciertamente. Todo era de irisados y fingidos colores (un baile coqueto entre -tú y yo- que practicarías lejos de mí). Sin darte cuenta, pronto, el tiempo te fue amontonando pasados. Dando por aquí, desgarrando por allá y remendando muchas de tus níveas y atrevidas velas.

No bien el pacto se fue haciendo menos provechoso (no lo recuerdas porque nunca formaste parte activa de aquel trueque, era algo tácito, adjunto a tu llegada, indivisible e inquebrantable, aquel lastre que, como corsario incómodo e invisible, era, es y será, un miembro más de tu tripulación el resto de tu vida: el tiempo). Debido a ese lastre sentías que una parte de ti se quedaba atrás. Aquello te fue juntando cada vez más a mí, siempre de una forma diferente. Sí, te sentías engañado y venías a buscarme, a enfrentarte, a domeñarte en mi presencia si era necesario; consciente de que soy la mejor y peor versión de tu propia obra, pero la única.

¿Cómo mejorarla?; aquello podía suscitar cambios y un nuevo gravamen (tu socio intocable, aquel inmortal viajero capaz de sostener los recibos de rotura de tu preciada mesana, pudiera estar atento una vez más).

Sin embargo, te sentías capaz de todo, fuerte (aunque sólo fuera de puertas hacia fuera); pero por dentro: temerario en un mundo de frágiles, pirata en un mundo sin océanos, consciente de que eras perfectamente imperfecto, seguro de tus inseguridades, culto dentro de tu propia incultura, un claro dentro de un cielo tormentoso, una simiente huera y proscrita y sin tierra donde crecer y morir, un pie sin superficie, un garfio sin moñón, un equilibrado sin equilibrio, un anverso sin reverso, un negro sin gris...

Entonces regresabas a mí, a postularte ante el tráfico saturado e inconveniente de “qué debo hacer” y ante la comunidad vocinglera de “cómo debo actuar”, preguntas surgidas por pura necesidad o llovidas por simples razones de compromiso que te obligaban a virar el timón, a enderezar el rumbo de manera supuesta frente a mí, a exigirme un veredicto, a que leyera tu silencio, a la espera de escuchar todo cuanto querías oír, chantajista como loro gorrón a sabiendas dónde hallar la comida en tu preciada jaula.

Silencio. Sólo silencio era mi respuesta, como silencio era tu obstinada inclinación con la esperanza de que este mudito se dignara algún día a conversar.

Y así ha seguido la lucha, una suma de presentes donde la resulta matemática era, es y será asquerosamente exacta (maldita perfección científica), otra vez silencio. Y del mismo modo se ha cobrado, se cobra y se cobrará el tributo de todo lo que has transitado (tu socio, el etéreo, el lastre que condiciona tu paso es un monstruo con cuerpo de memoria). Y tanto los juegos, los coqueteos y la cuenca alta de tu juventud que una vez pensaste que no se secaría, lo ha hecho; todo eso ha quedado atrás, acumulando más pasado.

Ahora, cuando me miras, sigo ofreciéndote la misma soledad que consumes a diario. Bebes de mi propia sequía. Comes de mi aparente apariencia. No importa, sé lo que piensas y lo que deseas en cada momento, sabes que siempre lo he sabido, pero ahora también lo sabes tú (tu impuesto te ha costado, ya lo sé; el viaje es largo, muchas son las veces que has encontrado a tu paso la desnudez de los árboles de aquel bosque, y la suerte es que aún puedes desperdiciarte todo y más, antes de echarte a la cuneta). Recuerda que tus grandes secretos también son los míos, tu enemigo y socio, ese trascendente impuesto que tú y yo conocemos y que soportas, te ha dado el juicio necesario para ser más consciente con la realidad que atraviesas a cambio de que no olvides pagarle el tributo. Él, en permuta diablesca y vergonzosa, te honra con sancionar tu primera y última piel.

Ven, acércate un poco más y mírame. Ahora y a partir de ahora cuando vengas a verme, recuerda, tu piel desnuda ante mí es y será cada vez más delatora, pues veo: qué lejos están los sueños de niños, qué remoto se escucha el aleteo de las polillas noctámbulas de cristal, qué antiguo me queda tu primer recuerdo de chocolate. No te vayas, no te alejes, alimenta mi memoria, sin ella no podré auxiliarte cuando regreses frente a mí.

Pasan los “hoy”, tan rápidos como lo hace el agua viva sobre los ríos. Precisamente hoy has venido a verme, medio dormido. Tu mirada se ha hundido en la mía, tan profunda que temes no saber volver; el umbral de salida puede ser inalcanzable, como el único deseo que me traes: ansías (de puertas para dentro) que tu aspecto se estanque, se recoja por siempre como un tesoro de agua permanente en tu alberca de fortuna íntima. Tu allegado socio es sordo, aunque te escucha, y por mucho que le supliques, ya no admite más pactos. Y vendrás a mí, a mirarme, a ver si yo puedo complacerte; ahora eres tú quien sabe traducir mi silencio como desconsolada réplica. No. Sabes que tu deseo es imposible de conseguir, al menos en tu mundo, en el mío quizá se pueda llegar a valorar, pero ahora no tienes la llave que abre mis sueños, no recuerdas cuándo ni dónde la dejaste entonces, decidiste cambiar, olvidaste el jardín donde alzábamos aquellas fantasías pringadas de chocolate.

Y así han pasado los años. Idas y venidas. Entradas y salidas. Y, una vez más, te plantas delante de mí, como siempre, como cada día, valorando viejas y nuevas emociones. Y descubres algo que te inoportuna; ya son muchos los “algos” que te incomodan de mi presencia. Has descubierto un nuevo pliegue en tu piel. Da igual, vienes con cualquier pretexto, excusa que te provoca una escueta sonrisa al verme y buscas con ello tapar y complacer todo o parte del liviano ejército de sensaciones cenicientas que aún tratan de tirar de ti, de transportar lo que vas salvando de tu pacto que, sin querer, se va haciendo añicos por el camino en esta dura batalla; aun consciente de que no puedes ganar, ni borrar la firma sobrentendida que ancla tu viaje. Sabes que tu exigencia no puede avanzar porque reclutaste a tu resignación como escudero ingrato desde hace tiempo, porque tu aspecto de estúpido sonriente se consume, y al igual que lo haces tú, lo revalido yo cada vez que vienes a verme, provocándote mayor contrariedad, y hasta enferma tu aspecto por momentos si yo mismo te lo recuerdo. Judas de tu propia realidad.

Y si tu berrinche se desboca y manifiesta en darme la espalda, mi espalda será lo único que verás... sólo si tu atrevimiento consiente mirarme cuando decidas marchar. Y si resuelves por la tremenda no volver a verme nunca más, yo (tu amigo el mudito) también me iré, muy lejos, al mundo de este lado (el de mis sueños, el que supiste abrir cuando eras niño), y me iré para no volver, si definitivamente decides no regresar.

Pero vienes, sí, vienes, tirando tú mismo del buey de la sumisión. Obtuso de todas las alineaciones de tu sombra. Y aunque te enfades conmigo porque ahora no te doy lo que tú esperas que te dé, regresas al purgatorio de tu alma: osado en osadías, fuerte en tu debilidad. No se puede negar tu valor, a sabiendas que todo cuanto estás perdiendo ya no puedo dártelo. Yo soy demasiado ecuánime y constante, horriblemente verdadero aun más que una intención, aunque invertido (ese es mi notable vicio), pero soy justo dentro de la distancia que te separa de mí, pese a saber que a veces te incomode mi postura y el cambio de humor (quizá eso se lo debas preguntar a tu parte más anárquica, no ajusticiarme a mí). Mas sabes que no encontrarás a nadie más fiel a ti que yo.

Pues bien, si no quieres rendir cuentas al tiempo, no vengas a verme... olvida el purgatorio, sabes que lo entenderé. Y si vuelves, también lo entenderé (recuerda que siempre conoceré lo que estás pensando). De mí puedes hacer voto de rechazo, condenarme, romperme en mil pedazos, echar a volar falsas polillas... pero no olvides una cosa, tu socio oculto estará ahí, inseparablemente de tu segunda e impalpable forma, tallando lo que quedará de ti hasta que se cumpla tu deuda. ¿Recuerdas?

No obstante, si algún día vuelves a encontrar las llaves de mi jardín, allí estaré, esperándote, para jugar otra vez con tus manos pringadas de chocolate.

(Mián Ros - 11/11/2010) (Quedan reservados todos los derechos sin permiso del autor)


domingo, 23 de octubre de 2011


He salido a pasear... y he cruzado mi mirada con la gente. He surcado por entre el cauce de murmullos, de comentarios, de expresiones y hasta he curioseado el descaro que muestran sus rostros al hacerlo. Quizá lo haya hecho contigo, y lo más seguro es que no te vuelva a ver jamás, al igual que a ellos; pero no importa. Quizá algo valió la pena de cuanto vi, o quizá no, y regrese de vacío, con la simple sensación de bienestar de un paseo más, satisfecho por el frescor de la mañana. Pero si por el contrario he hallado una descarga en mi interior... el bienestar me abrigará, y prenderá la chispa que enciende el fuego que preparo para ti con recios brazales de leños y ramas. Es mi forma de darle forma (permitidme la redundancia), para establecer el ambiente requerido en mis escritos. Que luego espero leerás (quizá tardes años) algo que descubrí en otro o en ti. Leerás sentado o tumbado pero tranquilo, al cobijo de esa lumbre que dispuse para ti, mientras yo volveré a estar lejos, paseando, buscando, experimentando, capturando sensaciones que colmen mi inspiración, pues mi vida y cuanto escribo está plagado de ti, de momentos tuyos... y tuyos... y tuyos también. Y quizá cuando tus ojos aún estén leyendo lo que una vez escribí, yo estaré más lejos que ayer. Tal vez allá, o allí, bajo la frescura que me ofrece aquel árbol, prieto en hojas; tomando la inteligencia de su mudez y su reposo y, bajo la misma sombra de su paz, me aprestaré sin prisas. Me recostaré entonces sobre el cofre de los recuerdos y desempolvaré el papel de mis instantes que quizá viví junto a ti y guardé para escribir.

Mañana saldré a pasear, quizá esta vez sí me cruce contigo...


(Mián Ros - 13/09/2009) ─ (revisado 23/10/2011) (quedan reservados todos los derchos sin permiso de su autor)


miércoles, 12 de octubre de 2011

Sigo escribiendo

El tiempo apenas da un segundo de tregua. Pero bueno, asomo por aquí para informaros. Sigo escribiendo, y no pararé de hacerlo hasta ver cumplidas mis pretensiones: concluir la novela II de la saga, Almaranthya.

Poco más he de añadir, salvo trasmitir las buenas vibraciones que siento cuando lo hago. Las nuevas aventuras del Latifundio Antiguo avanzan influenciadas por las templadas corrientes del otoño. Estoy satisfecho porque Dhàniel y los suyos han vuelto a retomar el latido de su propia historia. Seguramente lleguen las lluvias, el frío, pero ahora... nada, nada puede parar a la Leyenda... (espero que ni siquiera la novela juvenil que me ronda en estos días la cabeza pueda detenerme esta vez; ya me ocurrió con anterioridad y no quiero redundar en el error, espero que no).

Un saludito a todos los seguidores de Literatura Horizontal - Mián Ros.

Primer boceto de la Portada de La Leyenda de Almaranthya I - El despertar (2006) y primera portada (2007). Finalmente la tipografía fue sustituida por otra más legible.

martes, 27 de septiembre de 2011




MIS MÁS SENTIDAS DISCULPAS a todos por este vacío creado por mí mismo con bloques de vaguedad y ciertos parámetros de alejamiento, y un muchito tanto por ciento de inactividad informaticosocial.
No hace falta mencionar el tiempo que llevo fuera del blog, todos vosotros os habréis dado cuenta de ello pues hay una fecha en la última entrada bastante delatora que lo confirma. Por tanto no me siento a escribir para presentar excusas porque tendría unas cuantas, y no quiero justificarme con cosas que quizás no vengan al caso y, seguramente, ni siquiera tengáis tiempo ni os apetezca leer, pero sí puntualizar el núcleo principal de mi ausencia, y es la libertad que he vuelto a sentir -y sobre todo mental- cuando se está un tiempo alejado de blog, de redes sociales y demás. Por una parte es sabido que son herramientas muy útiles y, por otra, ventanas sutilmente perversas que nos restan un orden y una concentración que una vez llegamos a alcanzar lejos de ellas. A fin de cuentas, nos sirvan o no, racionamos el tiempo -no digo que sea malo, ¡ojo!- de lo que realmente nos satisface, que es novelear, trenzar historias que nos sumerjan en mundos que nacieron de un destello, de una idea, de algo que leímos y reinventamos desde otro punto de vista, una matriz que se alimenta de la fuerza, del tesón y de unos valores sobrios y constantes.
Sé que muchos de vosotros alternáis vuestras historias con entradas en redes sociales, blog etc..., y que sirven para promocionar la novela y mantener un contacto directo con el lector; fenomenal y francamente desde aquí os brindo mi aplauso, pero me pregunto cómo lo hacéis sin acumular agobio. Para mí es complicado delegar a mi conciencia tantas acciones sin que alguna no se disperse y pierda intensidad, sobre todo accionar el botón de off a la informática y fantasía a la hora de irse al trabajo, ése, y no otro, es el que verdaderamente gobierna todos nuestros movimientos (al menos el mío). La culpa, sin duda, la tiene una firma, la firma por la que vendimos el alma al diablo Estable, que nos hacía pensar que la hipoteca y la bolsa de la compra se mantendría siempre llena al menos hasta llegar al final de cada mes. Es complejo centrarse en cada una de las cosas sin distraerse en nimiedades, ya lo creo...; tal vez mi memoria RAM esté anticuada y tenga poca capacidad de maniobra.
En fin, no quiero despedirme sin contaros una cosa. Es curioso, después de tantos días sin aparecer por aquí, ver las estadísticas de este humilde blog. Y a uno le da qué pensar: ¿cómo se pueden tener más visitas estando apartado de él, o sea, cerrado, que cuando estuvo abierto?, y quiero decir abierto manteniendo una entrada cada semana, más o menos; ¿no os parece cuanto menos una razón inexplicable?
Uno de los post más visitados con 230 lecturas es el relato del Latifundio Antiguo, Fhâriur, una de las historias aisladas pero que a su vez arman un poquito más el mundo que rodea a Almaranthya, mi obra Magna en la que no paro de pensar y escribir. Para los que han leído la primera novela decir que, por fin, he continuado la escritura del segundo libro a partir del capítulo 14 donde me quedé. Aprovechar el instante para pedir mil perdones porque sé que muchos estáis esperando nuevos acontecimientos de la trilogía, sorry y más sorry. Ni que decir tiene que habrá muchas pero que muchas sorpresas. En cuanto a la novela La caja de pinceles y al cuento por los que me alejé del blog, comentar que ya están terminados. El cuento concretamente y, después de pasar una exhaustiva corrección incluso por unos grandes amigos de la red, lo envié a concurso (perdonarme por no revelar el título ya que se supone que está en concurso). Y sobre el manuscrito La caja de pinceles, pues decir que está aún corrigiéndose y ya veremos si sigue los pasos del cuento y acaba en otro certamen, ya veremos; seguramente el título se vea afectado por ello.
Sobra añadir que, he vuelto, obviamente.

Saludos a todos los lectores de Literatura Horizontal, Mián Ros.

Dedicado a vosotros, el relato de Fhâriur. Gracias, por estar ahí, incluso en mi ausencia.



Fhârihur

Relatos del Latifundio Antiguo


Archipiélago Austro, isla de Okrem.

Fhârihur levantó su gesto amargo encajado entre venas y contempló, no sin recelo, la inmensidad del horizonte. A lo lejos, el ordinario territorio vedado a su raza, La Planicie Hostil, que se extendía bajo el furor de un sol demoledor magnificando la claridad, aquella claridad tan temida y que le hacía tanto daño; siempre había sido así.

Cerró un momento su único ojo, no por miedo, pues había tomado conciencia de abandonar definitivamente el sufrimiento que había llevado: aplacar el desgobierno sosteniendo su ira para aunar las fuerzas necesarias y poder remolcar el cadáver hasta allí; era capaz de recorrer su bella silueta sin apartar la mirada aun sabiendo que sería la ultima vez que lo haría, y tuvo la entereza de posicionar el cuello inerte de manera que la oscura piel reposara sobre el tocón, inexplicablemente en contraste a la rudeza que acostumbraban a regentar los de su casta. No cabía, sin embargo, otra esperanza. Estaba convencido de que debía ser así. Al mismo tiempo sabía de la premura de actuar rápido, Las Sergas del Resplandor estaban cerca y se llevarían el alma de la mujer hacia El Rescoldo de la Desesperación. Fhârihur no deseaba eso. Había crecido bajo las leyes de Los Piélagos, siempre rodeado de preceptos; él mismo sería atendido tras su muerte con la misma fe; un ritual rígido y a la vez ceremonial como travesía final hacia los Eternos, así debía ser.
Y así sería.
No le hizo falta, por tanto, volver a mirar el hacha milenaria que pendía entre sus manos con la marca de su progenie en el acero. Condensó su fuerza en la empuñadura, levantó el arma al compás de mil anhelos ancestrales con la precisión del mentor más diestro forjada en el guerrero. Pero se detuvo un segundo, donde el sutil brillo del alma tendida a sus pies le acercó el fugaz recuerdo de sus antepasados más cercanos. Luego gritó; allá en la distancia se escuchó su voz, en la inmensa oquedad del vado, y por uno instante tembló la corteza bajo sus pies al tiempo de acometer su letal acción. El filo de la hoja descendió y resonó en la madera como una lengua extraña pronunciada por el viento, cortando limpiamente la cabeza, que separada del cuerpo sin vida, rodó para detenerse a los pies del verdugo.

─Madre ─musitó Fhârihur, el cíclope─. Te he salvado de la inseguridad de la luz. Un alma partida no puede ser transportada. ¡Marchad lejos, Sergas malditas, marchad!

Y dicho esto, Fhârihur enmudeció. Acto seguido enfundó el hacha y se arrodilló para envolver en el lienzo el miembro seccionado. La satisfacción de haber hecho lo correcto le asistió una vez más. No había lágrimas en sus ojos, ni ira, ni el frugal destello de arrepentimiento. Por el contrario, la armonía casi inquebrantable, ruda e inflexible de su estirpe se corrigió y volvió al rostro su hermética mirada: la mirada del coloso, como era reconocida y temida por los débiles hombres. Había hecho lo que rezaba su corazón y aun antes de llevarla hasta allí, el rezo que siempre había llevado ella, fiel descendiente de las eruditas reinas del Castro Majano. Era el mandato más duro al que Fhârihur se había enfrentado desde que aceptó su condición dentro de toda existencia del Feudo Oculto. Ahora los demás le verían regio, poderoso, capaz de aumentar la especie como semental digno y protegido de su sangre, sólo ahora se abría la cincha del regazo familiar al que había estado aferrado hasta ese momento. Ahora que ascendía al más alto pedestal de su clase.

Fhârihur atendió para sí el paño ensangrentado ciñéndolo a su pecho, dio media vuelta, y lanzó su andar hacia la profundidad de la caverna. Sólo allí se sentía protegido. Sólo allí proliferaría su estirpe, sólo allí.



Mián Ros - 08/03/2010 (quedan reservados todos los derechos sin permiso del autor)


martes, 17 de mayo de 2011

El humilde Lylén

Antes de nada, quiero pedir disculpas por estar un tanto alejado del blog. Y mi motivo no es otro que la inmersión, sin botella de oxigeno ni nada, en la última fase de mi novela, La caja de pinceles (este título aún no es definitivo). Y es que la joven milanesa, Immacolata, Maco, como la llaman en casa, me ocupa casi todo el tiempo del que dispongo frente al ordenador. Las páginas van cayendo y, la verdad, llevo un buen ritmo de escritura. Quiero imaginar que a principios de junio escribiré el punto y final, para luego dejarla descansar en algún rincón del ordenador junto a la novela juvenil (a la que yo llamo “cuento”) que, si recordáis, finalicé hace dos semanas, la cual retomaré para su corrección en el descanso de La caja de pinceles.

Es todo por el momento. Vuelvo a la novela y, espero, dar buenas noticias del progreso de la misma.

Saludos, compañeros y amigos de Literatura Horizontal. Pasad unas buenas semanas.
Mián Ros


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El humilde Lylén. (micro - 04/06/2009 por Mián Ros)

La sabia Madre reunió a sus hijos. Les otorgó una taleguita antes de verlos partir. Pasaron muchos años, y sólo Lylén volvió, cabizbajo y triste.

─¿Por qué lloras, hijo mío? ─preguntó Madre.

─Vengo de enterrar al último de mis hermanos, junto al primer frutal que sembré.

─¿Qué hallaste en tu taleguita?

─Diez semillas.

─¿Sólo?

Él asintió.

─No, hijo mío. Encontraste humildad, paciencia y conocimiento para ver la cosa más pequeña como si fuera grande, cada segundo como si fuera eterno. ¿Sabes que llevaban tus hermanos?

Lylén no respondió.

─Mucho más que tú; y encontraron: valor, fortaleza, dinero... pero nunca comprendieron la vida como la concebiste tú. Ahora ve, hijo mío, y sigue viviendo.

Lylén no dijo nada. Miró a Madre. Miró luego sus manos agrietadas y vacías, y se marchó.



Mián Ros (quedan reservados todos los derechos sin permiso del autor)

jueves, 5 de mayo de 2011

Dos años de Blog

Dentro de unos días este blog cumple un añito más, lo cual quiere decir que llevamos dos años juntos en el ciberespacio; qué cosas, y parece que fue ayer. Han pasado muchas personas (10743 visitas; no está mal) y la mayoría de ellas han terminado por ser seguidoras y comentaristas de las entradas que he ido dejando, y por ello, simpatizantes y amigas de algún modo. Por eso, desde aquí, quiero dar las gracias a todos los que han dejado su huella mucho y poco y también a los que no, seguramente por falta de tiempo o porque a veces uno no sabe cómo valorar o comentar ciertas entradas, y los entiendo, porque me ha pasado por una razón o por otra.

Es un gran día, no obstante, ya lo creo.

Os dejo con unos textos precisamente del mes de mayo de 2009, mes que se inauguró este blog dando la bienvenida a los primeros visitantes.

Otra vez, gracias por estar ahí.




Mi viaje, Es


El viaje es algo más, que las ganas de ir y de volver.

Es la risa, el llanto, el brillo plateado de ese pez.

Las velas de aquel barco, el rumor de tu ser,

aquella nube perdida que no supiste ver.

Mi viaje no es sueño, sin ese momento de sed,

sin ese hórreo sin cedro, sin el color de tu piel.

El viaje es algo más, que las ganas de ir y de volver.

Mi viaje no es sueño. Mi viaje, Es.



MiánRos



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Mi Tren

Recuerdo cuando cogí mi tren. Sin prisas, sin peso, con mi trocito por crecer. Dejadamente viajé, traqueteando despacio callado ruidoso, sencillamente marché y esperé, marché y esperé, marché y esperé. Me giro, te advierto, parada en el andén. Te miro, me miras, nos vemos, te subes a mi tren, con tu maleta de risas y tu miedo de mujer. Yo entro en el tuyo ahora, fundiéndonos en un solo tren. Y nos dejamos llevar, mientras envejece nuestra piel. Pero no importa, he aprendido y tú también, que la felicidad viene de la mano si compartimos el tren.

MiánRos (quedan reservados todos los derechos sin permiso del autor)


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jueves, 28 de abril de 2011



Sentimiento de ciego



Creo en lo que aprecio como en lo que no aprecio, en lo que siento como en lo dejo de sentir. Creo en el susurro de voces como creo en la sinfonía de sus silencios, tanto en lo que me dan al pasar como lo que me niegan al parar. Creo en el azul y en el verde del mismo modo que creo en el negro y el gris. Creo, sí, creo. Creo con tanta fuerza en lo que sé que me espera, como lo creí cuando pasó después de tanta espera. Créeme que creo, y soy gustoso de creer. Creo en la sencillez aun menos brillante tanto como creo en la dificultad más turbia; y creo, claro que creo en las tinieblas aun con los ojos abiertos, como creo en el sol aun con los ojos cerrados. Creo en el desatino y la desgracia con tanto lamento como creo en el acierto y la felicidad que disfruto imaginándome a mí. Creo en la vida tanto como creo en su muerte, creo en los que me ven como en los que no me ven. Yo, creo, y sin esfuerzo, créeme que creo, cómo no voy a creer en lo que creo. Tú eres parte de mi imaginación y sin embargo creo en ti, créeme tú como yo creo en la luz aunque no la veo.
Creo, sí, creo...


Mián Ros (quedan reservados todos los derechos sin permiso del autor)

viernes, 15 de abril de 2011


Esta semana he respirado profundamente justo en el momento que he terminado el cuento que estaba escribiendo. Y me he dicho: ya está, colorín colorado... 184 páginas que dormirán un mes, más o menos, para luego volver a ellas con fuerza y empezar su corrección. Siento no poderos revelar el título definitivo; si bien creo que dejaré el primero con el que arranqué desde la primera línea (ya que no he encontrado otro mejor, por el momento; este me gusta).


Y la verdad, tengo que confesar que el vacío que siente uno cuando escribe la palabra FIN, después de tantos días batallando con los personajes (confieso que terminas encariñándote de ellos), es tremendamente fabuloso.


¿Y ahora qué? Pues nada, a por otra novela que tengo a medias y pausada en un archivo de Word. Alguno seguramente la recordará, es aquella que ya mencioné en alguna entrada del blog, en la que mi querida amiga Maco, la joven milanesa, tiene un arduo camino por delante y a la que me debo a partir de este momento hasta que su historia quede resuelta por completo.


Bueno, y eso es todo, al menos por esta semana. Os dejo con otro de esos micros que se escurren de mi cabeza en los ratos que las novelas hacen su pequeño descanso.


Feliz semana a todos.


Letras

Uno

Dos

Tres

Cuatro

Cinco...

Letras, sé que son letras...

¡Malditas letras!

Mián Ros

(A veces sólo vemos lo que queremos ver y no lo que debiéramos)


* * * * * * * *


Mián Ros (Quedan reservados todos los derechos sin permiso del autor)

domingo, 10 de abril de 2011

Desesperanza

Desesperanza (microrrelato)



Llegará el día que no habrá día.

Llegará una noche que no habrá noche.

Llegará un tiempo que no habrá tiempo.

¿Entonces?... Tampoco habrá entonces.


* * * * *

(La Nada engullirá al Todo)


Mián Ros (Quedan reservados todos los derechos sin permiso del autor)

jueves, 31 de marzo de 2011

Presentación de la novela, Nunca fuimos a Katmandú de Lola Mariné en Madrid

La otra tarde (martes, 29 de marzo), después de mover unos cuantos hilos y conseguir cambiar el turno en el trabajo, pude asistir a la presentación de la novela, Nunca fuimos a Katmandú de la escritora y amiga de blogger, Lola Mariné. El acto fue en la sala de Ámbito cultural, calle Serrano 52, 7ª planta - Madrid.


A esa hora Lola Mariné tenía una dura competencia: la sección española de fútbol contra la selección lituana y el Real Madrid de baloncesto jugándose los puntos en la Euroliga, y sin embargo no fueron rivales ya que la sala presentaba un aspecto más que aceptable correspondiendo al interés que había despertado la presentación de la novela.



Y allí estaban, amigos, antiguos compañeros de trabajo de Lola, algún que otro cibernauta (como un servidor) y personas que se habían acercado para arropar y conocer a la escritora en persona.



Una vez acomodado en las primeras filas todo trascurrió de un modo natural y distendido, y la palabra que me vino a la cabeza al término del acto fue: breve, muy breve, y esto dice mucho de cómo se dirigió y se cuidó la presentación, y mira que fueron casi dos horas en las que Lola Mariné (con una ilusión que podía verse saltando por su rostro de principio a fin) fue respondiendo a las preguntas que Megan Maxwell (escritora de novela romántica), solícitamente y muy bien argumentada, formulaba. La autora fue desvelándonos (con muchas tablas tras el micrófono, y en esto, he de subrayar, que se percibió sobremanera sus años trabajando como actriz enfrentada, sin ningún temor, a decenas de caras que no la perdían un solo momento de vista), cómo, de qué manera y por qué ha llegado “su momento”, el momento de escribir y dedicarse a la escritura, y cuál fue el sentimiento que la impulso a crear una historia como Nunca fuimos a Katmandú.

A continuación, y antes de pasar a la rueda de preguntas, donde intervino el público asistente (aquí tengo que hacer un inciso ya que Megan me pisó -y no la culpo puesto que llevaba su rol bien aprendido- dos cuestiones que tenía en mente desde que leí la novela, y la verdad, como todo esto fue antes de que interviniese el público, el escuadrón de preguntas que llevaba organizadas os podéis imaginar que enfilaban en todas las direcciones, y, prácticamente, nos dejó bien poco o casi nada que poder resolver o preguntar); bueno, a lo que iba, antes de ceder el micrófono a los asistentes, Mayte Atares Monesma, actriz y amiga de Lola, nos deleitó leyendo un fragmento del capitulo siete de la novela cerrando el protagonismo de la mesa.

Tras los aplausos, el colofón final: firma de ejemplares y fotos junto a la autora.

La charla continuó pero ya de una manera más distendida y fuera de todo protocolo, con el público espaciado en pequeños grupos y disfrutando de la camaradería del momento y del pequeño catering: agua, refrescos y cerveza.

Y nada más que añadir, salvo felicitar a Lola Mariné por este primer éxito y desear que sea el principio de una larga y triunfante carrera como escritora.

Mián Ros

* * * * * *


Blogs de la escritora, Lola Mariné:


Gatos por los tejados


Nunca fuimos a Katmandú


Y eso es todo por hoy, compañeros y amigos. Pasad una feliz semana.


Mián Ros

jueves, 17 de marzo de 2011

Plétora, El Temerario (relato)

El Latifundio Antiguo es ya una parte de mí. Es un mundo donde los dos grandes reinos: Almaranthya y Verdya, se vuelven a enfrentar. Sus reyes, sus leyes y las Órdenes que se tambalean bajo sospecha, como la Orden del Filo Negro, han hecho renacer a la Bestia que con la representación del texto ─en El Libro Sagrado de los tiempos─ da pie a la leyenda.

Para todos los que hayan leído La leyenda de Almaranthya, muchos nombres que se citan en los relatos no serán del todo desconocidos. Para aquellos que se sumerjan por primera vez en estos escritos, espero que no sea un inconveniente y un embrollo encontrarse con tantos nombres y detalles.

Con estos relatos simplemente quiero dar vida a personajes y ciudades que contempla el Latifundio Antiguo aunque, bien es verdad, distan mucho de la historia principal. Pero surgen, y creo igualmente que merecen un hueco en la leyenda.

Costumbres, ideales, sucesos, jerarquías, todo suma, y al final el resultado termina siendo un puzzle de cientos de piezas donde todo va encajando y donde aún queda mucho por ajustar y resolver.







Plétora, El Temerario
(Relato del Latifundio Antiguo)



La presencia de Plétora se había enraizado como el musgo a la piedra en el corazón de Selena, su madre. La historia, sigilosa huella almacenada por el tiempo, quedó cedida a los cantos y a las leyendas de los vecinos reinos. Fruto de la misma, la mejor pluma de escriba en tierra Almaranthya reflejó en el Libro Sagrado la virtud del dechado guerrero y de todo cuanto enardeció en sus horas inmemoriales. De ese modo, siguió latiendo en el corazón de los hombres y fue musitado en la seguridad del hogar, y envidiado, justamente, por los más imprudentes, que como él, como Plétora, al que apodaron El Temerario, terciaron el instinto, el orgullo y el temple de sus espadas en resguardo y entrega del reciente coronado rey, Sharna: hijo ilegítimo de Agrión El Esplendente, soberano de Almaranthya.

Y no fue otro valle, sino Orgányrielf, el que como cada atardecer descubría a las dos voluntades dignas de su estirpe, madre e hijo, sentados en La Loma Alta junto a Única, La Piedra Distinta y Sabia, mientras contemplaban, con ojo paciente, la interminable hueste de nubes que arrastraba el viento del oeste por encima de sus cabezas.

Selena había sido paciente con su hijo, pero los días se habían tornado en su contra. Él estaba creciendo y madurando demasiado deprisa. Ella llevaba semanas en las que era incapaz de escucharle, inmersa en una espiral angustiosa que la alejaba de él y la hundía en la preocupación más severa y definitiva; sentía que sus días como regazo habían llegado a su fin.

Aquellas horas se hacían difíciles de soportar, y aunque procuraban no alejarse demasiado el uno del otro, su contemplación últimamente iba más allá de su hijo, el de gesto audaz, el inteligente y honesto que estaba sentado en aquel momento a su lado. Nunca fue de noble cuna, que sí de afecto; de puño firme y estampa erguida y sencilla como su padre.

Señaló con la mano, con el desparpajo que solía descubrir ante cualquier cosa, la nube más distante y alta que envolvía la figura del sol y alteraba el color del cielo.

─¡Mira ésa, madre! ─exclamó.

La atrevida forma dejaba imaginar a un Lûbia joven, de alas extendidas cual coloso que bajara de la crepuscular altura al terreno firme de los humanos.

Sin embargo, la mirada ausente de Selena ni siquiera mostraba un cariz de sorpresa ni contradicción, y aún menos asomo de tristeza, apenas esbozaba un gesto que pudiera analizar su hijo en respuesta a su afligido estado de ánimo.

─Parece un águila ─expresó Plétora, recluido en mundo ensoñador y paralelo.

Y rió, con la soltura que puede desprender la fuerza de unos labios sedientos y una mirada larga y llena de juventud por absorberlo todo.

Ella giró su rostro, y buscó esta vez los ojos de su hijo, sometida a una inquietud que solo el sentido de una madre se atrevería a comprender.

Selena era una mujer de hogar, pese a haber estado unida a un hombre de la guerra, un oficial distinguido y laureado de las tropas de Kur. Y, sumisa y domeñada a ese rumor, el aliento de la guerra, se sentía condicionada incluso en las noches más cálidas a toda compresión de su espíritu: los ejércitos de Verdya echaban abajo todo bastión almaranthyo y las tropas invasoras de Arón -rey vecino- se hacían camino hoyando terrenos vírgenes a los rudos pies de los caballeros verdyos.

Ella no podía negarse a la voluntad de su hijo ni sesgar la llamada de su corazón por servir al nuevo rey, necesitado de manos fuertes y avezados sentidos; Sharna precisaba todo aliento disponible para reducir el avance enemigo. Instaba a la casta, a las raíces del reino, a la reunión de miles de almas. Y estos acudieron a la llamada: hombres venidos de cualquier confín insólito, guerreros valerosos, aldeanos fieles, y Plétora lo era, para orgullo o desgracia de Selena. Quizá nunca quiso que su hijo portara con tanta destreza y temeridad su espada, ni deseó que fuera varón, y aun menos que fuera tan indomable, pues jamás estuvo segura de forjar en sus entrañas a un guerrero. Tal vez por cobardía, para no tener que sufrir una angustiosa separación, viendo cómo las zarpas del destino se lo arrebataba y lo llevaba lejos, demasiado lejos, a la batalla. Tal vez nunca debió educarle en el camino del honor. Pero Plétora se había preparado contra la voluntad de su madre, y rebelado contra todo el temor que atesoraba ella desde el primer día.

Si bien, Selena estaba orgullosa de su hijo, después de todo. Si hubiera sido desleal a sus principios se sentiría sucia, traidora de su propia honestidad para con su hogar, pero sobre todo, habría sido infiel a la palabra que un día juró delante de su esposo, capitán de la guerra, mucho antes de que el mensajero trajera la fatídica noticia de su muerte.

“Plétora será todo un hombre, digno de esta familia” ─le dijo antes de despedirse y dejarlo ir. Y aquello quedó como una concesión que se repetía en su conciencia cada vez que veía a su hijo tras romper el alba.

Pero hubo un tiempo que aquella promesa fue quedando lejos, como un cántico de manantial bajo la protección de las densas arboledas de Kur. Hasta que la propia actitud de Plétora, ávido por servir al rey, fue despertando del letargo y desempolvando el juramento en la conciencia de su madre.

Plétora, en aquel momento volvió a reír, apartando a Selena por unos segundos de su desánimo. Apoyó la cabeza sobre el hombro de su madre de una forma natural, y confesó una vez más sus coreados sueños.

─Te enviaré nubes esculpidas por el soplo de mi ímpetu ─susurró─. Quiero que sepas de mí, madre. El destino que me sea otorgado viajará en este cielo. En él advertirás mis avances, mis amores, mis triunfos... Quiero que te sientas orgullosa de tu hijo, al igual que lo estuviste al lado de padre. Quiero que él, allá donde esté, sienta lo mismo, que se vea salpicado por la casta que presagió para mí; los dioses le guarden en su bien.

─Puedes sentirte orgulloso ─musitó Selena sin abandonar la vista del cielo─. Él lo estaba de ti ─afirmó con un dejo de nostalgia─. Y yo también, hijo mío.

Y giró la cabeza y sus miradas se abrazaron en medio del silencio.

Aquella mirada se quedó tallada en la mente de su madre.

Y desde aquel día todo resultó diferente. Pasó el tiempo, y así fue como el valle de Orgányrielf se arropó año tras año de verdes hojas, vivas y muertas. Cayeron las primeras y las últimas nieves, y se deshicieron una y otra vez bajo el manto. Florecieron los campos revestidos de rojo, blanco y amarillo, y todo color intensificó la ilusión de una madre. Y la rueda de la vida continuó, surco a surco, estación tras estación.

Y un ocaso tras otro, jóvenes y vigorosos vientos trajeron cientos de nubes a los ojos de Selena; en sus livianos contornos, vislumbró las conquistas de su hijo. De ese modo, recogida y solitaria vio pasar sobre su estampa: espadas, caballos, trenzas de panes y glorias, hombres de brillantes armaduras, mujeres de admirables cabellos y más admirables corazones, siempre arrebujada ante el frescor de La Loma Alta junto a Única, La Piedra Distinta y Sabia, añorando una sombra, una esperanza.

Pero cuando la rodeaba la noche, la incertidumbre parecía latir, amenazante y viva despertando su miedo; era consciente del desagravio que palpitaba en su corazón. El tiempo la había ido recluyendo en la torpeza. Las estaciones habían mermado su andar y el bastón de cedro que utilizaba ahora, no con el fin que siempre había tenido de avivar las cenizas de la chimenea, sino para afianzar su paso, era demasiado pesado para sostener siquiera su consumida figura, que cedía con las horas.

Selena, aquel atardecer, subió el repecho de la Loma Alta. Se acomodó lentamente junto a Única, La Piedra Distinta y Sabia, y descansó su cabeza en la roca primigenia y gris, y unió su mirada al cielo.

La inmensidad que la cubrió era aterciopelada y azul, y no encontró ni una nube que acrecentara su ánimo; así había sido desde que el frío y el deshielo habían resuelto abandonar los parajes de Kur; la sequía había estirado sus brazos durante toda la estación primaveral, y las nubes eran meros recuerdos extinguidos en el valle. Solo entonces supo que las fuerzas le habían abandonado y que nunca volvería a bajar de allí, al menos por su propio pie. Ya no había cansancio en su cuerpo ni en su alma, era un liviano placer que la albergaba por entero. Sin embargo, y por alguna razón, se sentía dichosa.

Ahogó un lamento; no tenía fuerzas para suspirar. Sus ojos estaban secos y cansados, pertrechados en una carne agotada y sin calor, desgastada por el recuerdo. Y cerró sus párpados, consciente de que lo hacía por última vez, deseosa de consumar el último segundo de tan angustiosa espera.

Luego, llegó el silencio.

Solo el viento sacudió el pelo de Selena y se llevó su alma hacia lo alto. En ese momento, la luz crepuscular desveló dos nubes recortadas frente al sol; el destello dorado recorrió el perfil de sus formas cuando se acercaron y abrazaron.

Poco a poco, en el límite del horizonte la luz fue cediendo a la oscuridad de la noche hasta que la intimidad fue total.

Y volvió el silencio y las nieves al valle de Orgányrielf. Y también llegaron las flores y cayeron las hojas; y así el ciclo se repitió en tierras Almaranthyas. Y entonces volvió Selena y su hijo Plétora a visitar La Loma Alta, y a Única, La Piedra Distinta y Sabia, pero sólo en forma de canción y de leyenda.

Mián Ros (quedan todos los derechos reservados sin permiso del autor)

Más relatos del Latifundio Antiguo:

* Agua de luna

*Fhârihur

Fragmentos de capítulos, La Leyenda de Almaranthya:

*El Estirpe Salvaje y los dos tardos (frag. capítulo 4)

*El Señor del Bosque (frag. capítulo 18)

Un saludo a todos, compañeros y amigos.

Mián Ros

martes, 8 de marzo de 2011

Nunca fuimos a Katmandú de Lola Mariné


La verdad que ha sido un contraste grande; hace unas semanas terminaba de leer El castillo en el aire, de Diana Wynne Jones: genios, lámparas maravillosas y demonios (un giro de tuerca más a Las Mil y una noches) que nada tenía que ver con el cambio de género que me esperaba encima del montón de novelas que tengo apiladas en taciturna espera. Y esa novela no era otra que, Nunca fuimos a Katmandú de la escritora, Lola Mariné.

Poco a poco me fui olvidando del mundo fantástico y la chifladura de misterios que rodearon a Abdullah, el mercader de alfombras, y me enrolé en una historia actual, real, y pronto estaba dando vueltas por Barcelona junto a cinco mujeres, todas ellas protagonistas, escuchando sus propios desvelos, atendiendo a todo lo que estaban dispuestas a contarme.

Me dispuse cómodamente, como lo hace el Psicólogo en su butaca cuando se dispone a escuchar a sus pacientes. Y ahí fueron llegando, en cascada: alegrías, penas, miedos y recelos que incomodaban a estas cinco mujeres incrustadas en el mundanal trasiego de su día a día, enganchadas a esto que llamamos, incomprensiblemente, “vivir”.

Y capitulo tras capítulo fue pasando todo rápidamente como una de esas tardes en la que llamas por teléfono a tus queridos amigos de la infancia, los reúnes (vaticinando una velada feliz), y como suele ocurrir en estas reuniones, “chispeantemente”, entre risas y ruido de cristales, surge (de manera amena y sencilla), vivencias que inundan la reunión con pedacitos del pasado; momentos que el corazón se niega a olvidar: olores, miradas, músicas, sentimientos. Y con esa misma camaradería que sientes con tus amigos, va cayendo el tiempo de lectura de esta historia, un sinfín de instantes donde, en algunos momentos de la novela, te sientes identificado.
Vidas normales y corrientes pero singulares, así es el mundo que rodea a Laura, a Elena, a Gloria, a Ruth y a Teresa porque así lo quiso plasmar su autora en esta obra; en cada una de ellas, palpitos diferentes. Mujeres valientes con un vínculo en común: ser felices allá donde estén y con quien estén.

Nunca fuimos a Katmandú es la primera novela de la autora y, sin embargo, he de confesar, que me ha sorprendido gratamente. Es de esperar que esta escritora novel, que empieza a perfilar de manera clara y concisa su propia historia literaria, tenga una pródiga trayectoria en el sector. Una novela muy recomendable.


Sobre la autora: Lola Mariné.

Nací en Barcelona, pronto me trasladé a Madrid para cumplir mi sueño de ser actriz. Viví con intensidad la “movida madrileña” y sobreviví en el mundo del teatro y el doblaje durante veinte años, después regresé a Barcelona y me licencié en Psicología. Un reencuentro con amigas de la infancia me hizo recordar que en el colegio yo era "la escritora", y fue así como comprendí que mi verdadera pasión era escribir, y que a eso quería dedicar el resto de mi vida.


Sinopsis de la novela: Nunca fuimos a Katmandú.

A Laura le cuesta despertarse los domingos, y ahora todavía más. Acaba de cumplir cincuenta años y su vida transcurre demasiado tranquila desde su separación. Elena es su más íntima amiga desde la infancia y su contrapunto: mujer fuerte y vehemente, se pone al mundo por montera; Gloria no tiene nada en común con ninguna de las dos: es superficial y esclava de las apariencias, no obstante, las tres, acabarán siendo grandes amigas. También Teresa, una mujer humilde y trabajadora dispuesta a todo para hacer realidad el sueño de su hija, y Ruth, una jovencita idealista y rebelde, forman parte de este mosaico de mujeres de hoy, independientes y urbanas que viven y trabajan en la Barcelona actual.

Cada una de ellas cuenta con una historia propia y una singular forma de comprender la vida y de disfrutarla. Pero sus caminos se han cruzado y entre ellas surge una profunda complicidad que las ayudará a enfrentarse a sus propios miedos, a sus problemas,... y a compartir experiencias inolvidables.

Una historia fresca y actual protagonizada por mujeres que se enfrentan a sus diferentes destinos. Un retrato de las relaciones humanas en nuestra sociedad.
Blogs de la autora:
. Gatos por los tejados
. Nunca fuimos a Katmandú


martes, 1 de marzo de 2011

Dichos populares (parte III)


No quiero ponerme pesado con este tema pero parece que la alergia va a darme un pequeño respiro esta semana, ya que los "entendidos" (nunca entenderé este entendimiento) en meteorología consideran que van a bajar las temperaturas, el viento va a soplar hasta desabastecer todo el habitáculo de sus pulmones y las nubes de agua van a vaciar sus cisternas en la misma medida dejando su empapada huella y recordándonos que aún es invierno; porque sí, compañeros míos, este señor de respiración fuerte y aliento helador que tanto nos incomoda (no a mí que beneficia los intereses de mi alergia) aún está ante, bajo, con, contra, sobre y tras nosotros como una intimidante preposición amilanándonos antes de que lleguen y presenten sus credenciales los demás señores de estación. No obstante, éste, estornuda y salpica sin ninguna educación allá donde dirige su insensible y enfermiza cabezota que lo abarca todo (¡mamón de leche antigua!), dicho de forma recatada.
Mientras tanto, y puestos a cubierto del resfriado de este mal acostumbrado señor, vamos con una tercera entrega de dichos populares que sé que a muchos de vosotros os gustan y que, de algún modo, sirven para amenizar la rutina de la semana.
Lo dicho, pasarlo bien y disfrutad de lo que realmente os gusta; no sé, hay tantas cosas, lo dejo a vuestra elección...

Bye.

Dichos populares (parte III)

No saber una jota
Esta frase, que empleamos para advertir que una persona es ignorante o desconoce el tema o materia que está tratando, tiene al parecer su origen en el hecho de que la letra jota, en el idioma hebreo y caldeo, es la más pequeña del alfabeto, pero al mismo tiempo, todas las demás letras de dichos alfabetos deben comenzar con el mismo trazado de la jota.
Por lo tanto, no saber la jota, significaba no saber nada.


Ya sé dónde me aprieta el zapato
Un noble romano, que tenía una esposa de gran belleza y notorias cualidades, a pesar de ello se divorció de ella, causando con su acción, no solamente el asombro de sus amigos, sino dando ocasión a sus críticas.
A tanto llegaron éstas, que el patricio romano tuvo que justificarse cuando le ensalzaban las virtudes, la belleza y la bondad de la esposa.
─Fijaos en mis pies ─les dijo─. ¿Habéis visto calzado mejor ni más elegante, ni más fino? Y, sin embargo, solo yo sé en donde me aprieta.
Esta es la explicación de la popular frase que significa siempre que solo uno conoce el porqué de sus acciones.


Mantenerse en sus trece
Aunque son muchos los que pretenden que el origen de esta frase se encuentra en algún antiguo juego o en una combinación de números, parece mucho más verosímil creer que proviene de un hecho sobradamente conocido.
Mantenerse en sus trece, que según el diccionario significa "persistir con obstinación en un propósito", es una frase que nació como consecuencia de la actitud del obispo, don Pedro de Luna, que fue llamado el papa Luna, y que efectivamente fue elegido papa durante la época que se llamó "del gran cisma" o del "cisma de Aviñón", que se prolongó durante más de cincuenta años, desde 1378 hasta 1429. Pedro Luna, que honradamente creía estar en su razón y que tomó el nombre de Benedicto XIII, no renunció jamás de su tiara, no se dejó nunca persuadir de que no era el verdadero papa y los emisarios que le enviaron desde Roma volvían siempre repitiendo que en su retiro de Peñíscola, él seguía manteniéndose en sus trece, aludiendo al número que le hubiera correspondido como papa detrás del nombre que había elegido.


¡Jesús!
(decírselo al que estornuda)
Es antiquísima la costumbre de desear buenos augurios a una persona cuando ésta estornuda.
Los antiguos griegos solían exclamar: "¡Que Júpiter te conserve!" o bien, simplemente: "¡Vivid!"
Los romanos, que en tantas cosas imitaron a los griegos, también lanzaban una exclamación: "¡Salve!"
Muchos creen que los cristianos se limitaron en cambiar el Júpiter por el Jesús, pero otros sostienen que en el siglo VI hubo en Roma una terrible epidemia en la que la gente moría estornudando y entonces nació la costumbre piadosa de decir: "¡Que Dios te proteja!", terminando después por decir el nombre de Cristo.



Prometer el oro y el moro
La frase fue incorporada al refranero popular, refiriéndose a desorbitadas ganancias que, generalmente, suelen ser puras fantasías, a raíz de un hecho histórico.
Fue durante el reinado de Juan II, en una de las frecuentes escaramuzas que sostenían entre sí moros y cristianos, y en la que unos caballeros de Jerez consiguieron una victoria sobre los moriscos e hicieron gran número de cautivos, entre ellos un alcalde llamado Abdalá, de la población de Ronda.
Como era entonces costumbre, se pidió rescate por los prisioneros, pero la cifra era tan elevada, que sólo el alcalde consiguió la libertad, quedando los demás, incluso el sobrino de Abdalá, que se llamaba Hamet, en manos de sus opresores.
Juan II ordenó que se pusiera en libertad a todos y se suscitó una enconada cuestión, pues los caballeros jerezanos exigían que, por lo menos, se les debía el oro que había costado su manutención. El rey, enojado, reclamó al principal de los cautivos, Hamet, ordenando que fuese llevado a la corte, empezándose a murmurar entonces que el rey reclamaba al moro para reclamar después el oro, de modo que en realidad, el rey quería el oro y el moro.



Tocarle a uno el mochuelo
Significa esta expresión, que uno se ha llevado la peor parte de un negocio, trabajo o reparto.
La anécdota que sirve para apoyar su origen, es la aventura de un par de soldados, un andaluz y un gallego, que llegaron una noche a una posada después de licenciados, con mucho cansancio y mucha hambre, y el posadero les dijo que sólo le quedaba en toda la casa una perdiz y un mochuelo.
El andaluz, más expeditivo, le pidió que los trajera, que ellos se lo repartirían.
Cuando los platos estuvieron en la mesa, el andaluz le dijo a su compañero:
─Tenemos que elegir: o tú te comes el mochuelo y yo la perdiz, o yo me quedo con la perdiz y tú cargas con el mochuelo.
El gallego, que no era muy despierto, después de rascarse la cabeza muy pensativo, dio un triste suspiro y respondió:
─Quisiera saber cómo te las arreglas para que siempre te toque a ti la mejor parte.
Y, efectivamente, cargó con el mochuelo.

(Textos adquiridos de la colección Saber Humano)

Mián Ros

sábado, 12 de febrero de 2011

El Otro lado


Claramente la alergia es mi enemiga y se reafirma con su tozudez, ya que no quiere someterse a mis armas: antihistamínicos y demás diabluras de humano que, por recomendación del médico especialista en estos casos, ha propuesto sobre la maqueta del campo de batalla la mejor estrategia a seguir; a ver si somos capaces de ganar esta desigual guerra (todavía el enemigo sigue fuerte en el norte incordiando con sus ejércitos de polen levantando el descontrol y urgiendo un fuerte picor en los lagrimales. Por otro lado, mesnadas arremeten y atascan las zonas nasales para mermar mi aliento, que pese a todo se mantiene empecinado en no rendirse). La contienda se extiende como la guerra de los cien años. Ya veremos quién gana al final.

Entretanto, y mientras mis píldoras mágicas acosan al enemigo, surge (no siempre ni a todas horas, dependiendo de la carga de la contienda) la continuación de las novelas que (¡o santos del cielo, trato de escribir a la vez!) tengo a medias, e incluso algún que otro relato reflexivo de estos que tanto me gustan y que andan enroscados en mi mente como este que os presento y que surgió sin más (lo que hace una mente febril, válgame).

El otro lado, es esa zona que sabemos que está ahí pero que inconscientemente quisiéramos que no estuviera, que no saliera a la luz. Esa imperfección del carácter y actitud que ansiamos tapar a toda costa. Ese desmedido comportamiento que no deseamos que se rebele y que en todo momento frenamos basándonos en la moralidad. Espero que paséis un rato enrevesadamente ameno leyéndolo.

Feliz semana a todos, compañeros y amigos. Vuelvo a mi lucha.
Mián Ros
El Otro lado

No me importa la luz. No me importa el brillo. No me importa el canto de los pájaros, ni el habla de los Hombres, ni siquiera la queja que produce el mundo. No me importan los colores, ni su elegancia, ni su desvergüenza, ni la sensación que producen en el corazón. No me importa el avance, ni el equilibrio, ni me importa el compás melodioso de la música, y aún menos que todo ello se funda en amor. No me importa que se acelere el tiempo, ni me importa que se pare, ni que la juventud envejezca. No me importa que las corrientes desaparezcan, ni que las tormentas cesen. No me importa que el aprecio de tu recuerdo después de tanto cuidado se muera.

Admite mi discurso: no me importa nada.

No soy yo quien razona. No eres tú quien forma parte de mi interés, pero todavía, y de alguna manera, tu creencia me acepta. Tú, a quien tanto te importa todo y no llegas a comprender casi nada. No me pertenece a mí soportar tus males, ni carear tus reflexiones, ni analizar tu jugada de alfil blanco.

Y haces bien, acumular seguridad fuerza tu retórica en pura cadena de interrogantes. Concibes las cosas por intuición, con decoro, fingiendo un estado de preocupación, una curiosidad imparable que se cierne en tu memoria. Eres capaz de ir más allá y postrarte en la línea fronteriza, solo y bajo el umbral que divide lo racional de lo irracional a la espera de llegar a descubrir el otro lado, aquel que percibes también como tuyo y en el que yo ─he de admitir─ me defiendo y trasiego.

Es por eso que me intuyes, sí, ¿pero por qué no vienes? ¿Acaso la sensatez puso freno a tu ímpetu?, ímpetu que sin embargo llevado sin arnés puede acabar en disparate. Claro, asume el miedo, miedo de lo no vivido, de lo no pensado, miedo de tropezar y encontrarte en un espacio donde nunca te has encontrado. Miedo a llegar a mis entrañas y descorrer la vasta incomprensión que se palpa en tu comportamiento, tardo y vacilante, añorando aquello a lo que tú llamas matices y colores (la Vida, la Vida entera, sí, la Vida). Aquí, tu propia presencia pierde sentido. Tus preguntas se funden en ninguna parte. Tu lado conocido desaparece. Tu cuidado se reserva en la puerta junto a tu sombra.

Me ves, no obstante, como una zona baldía donde sabes que no importa tu fragmento organizado, donde no importa lo que te importa; sólo importa lo oculto, la oscuridad. Aquí se detiene el vacío que te sobra. Eclosiona la desesperación, el barullo, el miedo. Aquí no se ignora lo que dejas llegar, todo se examina: el recorte de tus horas, de tus minutos, de tus segundos. Aquí se seca el agua de tus tormentas. Se interrumpen los gritos del otro lado. Aquí importan las cosas menos importantes. Aquí no hay juez, ni toga, ni mazo, ni parte de ninguna parte. Aquí dan la vuelta tus pedazos, giran, y si encuentran el camino, vuelven a la luz. Pero no fecunda nada, porque no hay tierra, ni agua, ni sol, ni hoz, ni sudor de puño trabajador. Aquí solo prospera la incertidumbre de raíces negras y ojos de cuenca hueca, combustible incombustible cual marea incestuosa de incomprensión.

Por estos motivos arrinconas mi utilidad. Me enclaustras en tu claustro. Me restas importancia, me sumas gravedad. Y, queriendo me desquieres. Por eso no soy importante, y aun menos vital. Siempre seré el otro lado: la cara oculta de tu conciencia, la maldita cruz de tu sonrisa, una luna nueva a los ojos de tu adorado sol. Tu contradicho envés.

Tu resto, tú lo has dicho y por ello sentenciado. Te cuelgas la toga y aplicas el mazo como juez para que tu voz sea irrevocable de tu propio consejo, de tu propio jurado, de tu propia posición y oposición; contendiente círculo que me enreja y aísla.

No tengo réplica que valga, ni siquiera lamento que me reforme. Porque aquí no hay luz, ni brillo, ni el más liviano trino de pájaro, ni siquiera domino el arma antigua de los Hombres: el sentimiento.

Soy parte de tu otra parte, resto vedado de tu bendita voluntad. Y sin embargo, permíteme mi osadía, y disfruta, pensando que nunca constituiré un hueco mayor que el que siempre habité.

Mián Ros (quedan reservados todos los derechos sin permiso del autor)

martes, 25 de enero de 2011

Diario de a bordo


Diario de a bordo (valga “a bordo” para este blog como carabela, y yo “singular correveidile” como capitán).

Sigo aquí, padeciendo el último coletazo que me ha dejado la gripe (mi decaimiento cuenta ya dos semanas), y para suma de males, también ha venido a reunirse conmigo el don de enero que empieza a manifestarse en mi interior antes de lo debido, y no es más que mi querida alergia; y todo gracias a que antes de que empezaran estos fríos que estamos padeciendo hubo unas semanas con temperaturas casi primaverales que hicieron que los almendros adelantaran la temporada con sus vestidos de flores.

En fin, viro a babor y vuelvo a mi isla buscando el consuelo de arenas cálidas y el silencio siempre necesario en estos casos, alejándome de los almendros, dejando los gérmenes en tierras extranjeras, y los restos, que aún me afectan, pido al cielo para que mueran en el momento de echar el ancla.

Bye bye.

El capitán (Mián Ros)

viernes, 14 de enero de 2011

Añoranza


Añoranza

Cuando te conocí, fui la persona más feliz del mundo. Contigo todo resultaba diferente, hasta mis sueños de blanco y negro se pintaron de colores entonces. Era cerrar los ojos y te veía por todas partes. Tanta felicidad me dabas que en casa sólo hablaba de ti. Fuiste mi gran sueño.

Hasta que comprendí la parte amarga de los sueños, la parte escondida de las rosas, las espinas que escondía tu hermosura. Pasamos momentos duros, difíciles, pese a todo me esforcé para no perderte; y hasta hice de tripas corazón para que mi amor por ti permaneciera, pero mi entrega parecía insuficiente.

Estuve a punto de mandarlo todo a la mierda: a ti, a mí, al mundo, pero siempre había algo, llámalo amor, compromiso, moralidad que me llevaba de nuevo a ti, y me obligaba a quererte.

Y sin embargo te perdí. Nunca pensé que esto llegaría a pasar, bueno sí, pero no fui yo quien lo dijo. En casa, mi padre, que nunca tuvo prisa por nada, no te veía con buenos ojos, “no está nada mal, pero tú te mereces algo mejor, hijo” me dijo en medio de las voces de mi madre por defenderme, a ella si le habías conquistado el corazón (quizá porque contigo, su hijo había sentado la cabeza).

Y me hace gracia, porque aunque te perdí, en casa siguen hablando de ti, a todas horas, eres el tema donde desemboca cualquier conversación. Hasta mi padre ha cambiado y me anima a que vaya de nuevo a buscarte, que contigo seré otra vez feliz, que volverán los sueños, no sé si los míos, pero sí la tranquilidad de los suyos.

Es verdad, te añoro, y ahora que llevo un año lejos de ti pienso hacerle caso a mi padre, voy ir a buscarte porque no puedo vivir sin ti, querido trabajo.

Mián Ros (quedan reservados todos los derechos sin permiso del autor)

miércoles, 5 de enero de 2011

Fierecillas consumidoras

Hola a todos, queridos amigos.

Heme aquí, a hurtadillas he podido colarme en vuestra pantalla para revelaros una nimiedad de poco calibre o bagaje (podéis creerme, ha sido fácil dejaros este escrito en vuestro ordenador) pero que puede resultaros un tanto ocioso e incluso podéis acusarme de haber robado unos cuantos gramos de vuestros queridos momentos de este rapaz de aspecto joven que nos acaba de invadir y dice llamarse, Nuevo Año.

Pues bien, recluido en un lapso de diez minutos de este imberbe personaje que apenas conocemos (excepto su nombre numérico), lanzo estas primeras líneas sobre el ordenador que van a pasar a los anales de lo más improductivo de mis escritos del sujeto en cuestión, el tal 2011 (arriesgo a profetizar), o al menos eso espero, que lo que venga a partir de aquí sea más notable que estas cuatro letras que no llevan ningún fin, salvo el mero trámite de informar del estado de un servidor que, para el caso y transcurrido unos días de la última entrada, y tras el cansancio acumulado en ambas piernas, espalda, el par de riñones, que supongo que siguen ahí dentro porque no paran de gruñir de tantas horas extras en el trabajo de estas consumidoras fiestas y la madre que las... (censura), no he cambiado en absoluto. Si bien, he despedido el viejo año sin pena ni gloria, y no es queja, pues agradecido quedo de cuanto sucedió en los doce meses consumidos, y digo bien, consumidos. Otra cosa hubiera sido dejarlos de consumir... ¿entendéis, no?; soy consumista por necesidad. Amén.

Sólo decir que tengo un fresco embrión en mi mente acuñado por el pálpito de un deseo, aunque para todo el que me haya leído en anteriores entradas, obviamente, no revelaré mis propósitos para este 2011 que comienzan tras esta palabrería de infructuoso encadenamiento de letras y cabezonería banal de lo que queda de esta estructura ósea, un tanto de chicha y nada de limoná, que acostumbra a teclear y a conceder párrafos a diestro y siniestro como si realmente tuviera la gracia de la palabra o vaya usted a saber, pero que se queda tras lo expuesto más ancho que largo, uff, casi mejor más largo que ancho, ahora sí.

Je, je. He vuelto a sentarme a los mandos de esta aeronave de teclas negras y letras blancas, ¿alguien lo dudaba? Y puedo prometeros que nada prometo, he dicho, perdón, he escrito.

¡Vale!, ya me voy. Finalizados los diez minutos de gloria que anuncié, os dejo.

Suerte y, ale, a consumir, fierecillas consumidoras... y hablo con don de causa, a mi observación diaria me remito.

Y tal como entré en vuestro ordenador, me voy... a hurtadillas. ¡Ale! ¡Adiós!

Sed buenos, y el que no quiera serlo... pues no sé, no me sale nada de esta chistera de invención en este momento. Ay mira, un fisgón consumidor con forma de conejo...

Mián Ros (queda completamente prohibido reproducir todo o parcialmente esta cantidad de sandeces)