domingo, 28 de noviembre de 2010

Nunca fuimos a Katmandú (autora Lola Mariné) El esclavo de la Al-Hamrá (Blas Malo)

Supongo que a nadie le resultará novedoso la presentación de los dos libros que voy a exponer a continuación, pero por si “alguno” aún no se ha enterado (aunque lo dudo), ya tenemos en los mercados, Nunca fuimos a Katmandú, editorial Viceversa, de nuestra compañera y amiga bloggera Lola Mariné, y del no menos conocido Blas Malo con su novela histórica El esclavo de la Al- Hamrá de la editorial Ediciones B.
El trabajo de seguimiento ha sido una tarea un tanto ardua, y os explico. Desde el día que vio la luz Nunca fuimos a Katmandú he estado a la caza de la novela. Y, desde luego, tengo que ser sincero, ya que en los lugares que he visitado, o no la tenían aún, o los ejemplares estaban agotados (palabras del vendedor); a todo esto siempre teniendo que echar mano del ordenador (algún alma despabilada se adelantaba a mi paso; ¡Aarggg!). Esto, sin embargo, por un lado me llevó a pensar en dos vertientes: o Viceversa, la editorial responsable de Nunca fuimos..., no ha hecho una gran tirada de la misma, y por consiguiente la distribuidora ha dejado desabastecido muchas zonas, o por el contrario, todos los ejemplares distribuidos en los lugares que visité se habían agotado verdaderamente (quiero pensar que fue esto último, of course). Sea como fuere, mi más efervescente ilusión por dar con los montones de Nunca fuimos a Katmandú se vino al traste a medida que visitaba los sitios de venta, y, obviamente no pude sacar ninguna foto en pleno apogeo de la novela (lo siento Lola, cómo me hubiera gustado subir fotos de Nunca fuimos... como verás a El esclavo de la Al-Hamrá de Blas Malo cazado en plena guerra con las demás novelas históricas).
Finalmente el ejemplar que conseguí de Nunca fuimos a Katmandú lo encontré (ordenador en mano el dependiente) en El Corte Inglés del centro comercial La Vaguada (Madrid). ¡Hurra! y, como no podía ser de otra manera, se vino " pa casa".

Para los que gusten de saber más de las dos novelas sólo tienen que seguir los enlaces de una y otra, y obtendrán toda la información, sinopsis y demás.

Y como una imagen vale más que mil palabras, me dejo de rollos y adjunto el seguimiento obtenido con la cámara hasta ocupar plaza en mi estantería de casa.

Ahora sólo queda embarcarse en sus lecturas, pero eso será... muy pronto.

Espero que paséis una buena semana. Pero sobre todo, sigamos escribiendo queridos compañeros...
Mián Ros


martes, 23 de noviembre de 2010

Autopista


La autopista


Amanece.

A mi derecha el reloj despierta antes que yo.

Levanto torpemente los párpados. Me fascina la providencia de la bella claridad, su orden, su sinuosa conquista desterrando sombras, su blasón radiante y silencioso acaparando aristas y balcones. No en vano la arraigada noche va dejando en mi conciencia el lugar al que siempre perteneció: un país indómito donde guardo todo y del que nunca recuerdo como agujero negro o como tal, pero se lo come todo; también la oscuridad se precipita allí, y desaparece, para volver a aparecer cuando me haga falta (como una autopista de doble sentido, donde todo entra y todo sale).

Pero son mis ojos ─esos gemelos indiscretos─ los que me han arrancado momentos vividos ─sin orden alguno─ camino del mismo lugar; lugar al que mis dos alianzas que me enchufan al suelo han sabido obedecer, y por tanto, trasladarme sobre la dura vía de hormigón cuadriculado; una vez desmontado de la criatura de chapa rodante que me acercó a trescientos metros del lugar.

Enseguida distingo el viejo abeto; por detrás se nutre uno más joven, justo antes de la pendiente donde hay tres más, de similar anchura que este último peleando a su manera con el frío y la oscuridad. En el césped, la pareja de urracas graznan al alba al otro lado de la curva que sube al convento nuevo donde, en horas tardías, escucho el estertóreo bronce de las campanas.

Espero la luz roja. Cuando aparece cruzo la calzada y giro el rostro de soslayo, veo el cartel luminoso: pinta tres caras teatrales hoy sin luz; nunca funcionó el fluorescente como Dios manda, como casi todo lo demás. El cartel no tarda en desaparecer en la autopista de mis entrañas.

A la izquierda y quince pasos más adelante, la gasolinera; apenas hay tres coches, un calco de ayer. El gran dragón de acero que escupe esencia oscura en las profundidades del bajomundo me recuerda que es jueves; es un adorno intrascendente pero de algún modo rompe con mi meticulosa secuencia matinal. No importa, todo ello es capaz de precipitarse en la autopista a medida que avanzo camino del lugar, y el dragón se esfuma tan pronto y de la misma manera en ella como lo hizo la oscuridad, la criatura de chapa, el viejo abeto, el joven, la pareja de urracas, la voz de las campanas... Un día me escurriré yo también y me devoraré...

Bajo las escaleras y alzo la vista; este punto guarda una perspectiva especial. Me encanta, pues desde aquí, a lo lejos, en el noroeste más profundo que llega alcanzar mi mirada descubro la cadena de montañas, ahora está empolvada de nieve y no es más grande que dos dedos de mi mano extendidos de forma horizontal; parece una maqueta, me incita a escapar. Aún no puedo, estoy atado al lugar, reducido en este pedazo de mundo desde que suena el reloj, desde que la claridad me da tortitas en la cara, desde que ser honesto y consecuente se ha convertido en parte de mis mandamientos.

Cuando quiero poner orden a mi efervescente rebeldía ─sin huir de mí─, me veo a los pies del foso, delante de la nueva fortaleza.

Echo un último vistazo a la inmensidad que se alza sobre mí: el muro se recorta bajo la primera tonalidad de azul, dos nubes, dos sociables nómadas que decoran el despertar de muchos, y que una vez cumplida su misión y tras dejarlas a mi espalda se precipitan a la autopista de bajada. Al oeste, sin embargo, la claridad tiene mucho trabajo aún por hacer.

No hay tiempo para más, desciendo ─virgen de cuanto he visto y predispuesto a colapsar la autopista; mis discretos siempre trabajan a destajo─, el lugar está cerca, puedo calcularlo mentalmente: en quince segundos estaré delante de él, es el tiempo que necesito en consumar y dejar atrás los veintinueve escalones de la primera zona de bajada al foso de la fortaleza, luego siete más y desviarme a la izquierda, empujar la segunda puerta de entrada ─si no está abierta─ y seguir bajando durante otros veinticuatro escalones divididos en dos tramos para traspasar el umbral de otra puerta de acceso, girar sesenta grados en dirección al mueble que pega contra la pared, y ahí está: el lugar, el perímetro con el que me amenaza todos los días mi alma al despertar mucho antes incluso de llegar a él; y no puedo escapar. Ahí esta ─ahora físicamente─, el lugar diáfano y con la máquina, y yo delante. Frente a frente.

Tecleo la combinación en ella; es curioso, la secuencia de números también la recuerda mi alma. Y, tan pronto marco el último número y la serie numérica pone marcha hacia la autopista, avanzo por el largo pasillo entre personas que me miran sin quererme ver a merced de la luz artificial, a merced de los superiores que aún están por llegar, a merced de que pasen las horas, a merced de mi falsa voluntad, a merced de todos y de todo lo demás, menos de mí.

Mián Ros (quedan todos los derechos reservados sin permiso del autor)

jueves, 11 de noviembre de 2010

ManosdeChocolate


ManosdeChocolate
Vuelves a presentarte ante mí, como cada día. A esperar algo que quizá sólo tú valores o te obligues a buscar o cambiar.

Al principio venías sin venir, más bien te acercaban a mí; era tanta tu sorpresa como pura diversión al verme, ¿recuerdas? Te gustaba gesticular en mi jardín delante de mi presencia, entretenerte con lo que tú sólo eras capaz de distinguir, e intentabas traspasar la superficie que separaba tu forma de la mía. Querías llegar a mi lado, enredar en el mundo de los sueños. Te sentías torpe e inseguro, tanto como yo, inconsciente entonces de que no podías ganarme en nada, aunque tu ingenuidad era pan bendito y eterno, y gracia por encima de cualquier cosa. Tu incansable esfuerzo se desperdiciaba entonces en ensuciarme con tus manitas de chocolate.

Hasta me hacías burla, y te reías de mí en mi propia cara; yo era el centro de toda tu diversión, tu primer amigo, el que gateaba en el mundo que sólo tú supiste encontrar para los dos. Era (y aún creo que lo soy) tu compañero más devoto, tu mudito preferido. Tu igual, tu par. ¿Recuerdas?

Luego, sin embargo, creciste, y tu presencia fue perdiendo el valor inicial: tu inocencia. Entonces conocí tu lado más atolondrado (tu mirada ya no era la misma, desordenada en aparente experiencia): eras el rival de muchos y el vencido de todos (ese era tu secreto más oculto, ¿lo recuerdas?); cuajo de insegura madurez, pertrechado de remiendos casuales, socio de la noche, ácrata del día, verdugo consciente de tu encarcelado y primitivo “tú”, ese “tú” que echaría brotes de vida después de tu época más excitada.

En aquel momento, no te importaba consumir largos instante acicalando tu galeón, ensayando tu descubierta pose de velas blancas, henchidas para enfrentar al viento. Postura aduladora que resolvía tu deseada elegancia, máscara que cubría tu nada ventilada timidez.

Mientras tanto, animado por tendencias accidentales, te dejabas llevar por el arrobamiento de la música y polillas noctámbulas de cristal. Hermoso ciertamente. Todo era de irisados y fingidos colores (un baile coqueto entre -tú y yo- que practicarías lejos de mí). Sin darte cuenta, pronto, el tiempo te fue amontonando pasados. Dando por aquí, desgarrando por allá y remendando muchas de tus níveas y atrevidas velas.

No bien el pacto se fue haciendo menos provechoso (no lo recuerdas porque nunca formaste parte activa de aquel trueque, era algo tácito, adjunto a tu llegada, indivisible e inquebrantable, aquel lastre que, como corsario incómodo e invisible, era, es y será, un miembro más de tu tripulación el resto de tu vida: el tiempo). Debido a ese lastre sentías que una parte de ti se quedaba atrás. Aquello te fue juntando cada vez más a mí, siempre de una forma diferente. Sí, te sentías engañado y venías a buscarme, a enfrentarte, a domeñarte en mi presencia si era necesario; consciente de que soy la mejor y peor versión de tu propia obra, pero la única.

¿Cómo mejorarla?; aquello podía suscitar cambios y un nuevo gravamen (tu socio intocable, aquel inmortal viajero capaz de sostener los recibos de rotura de tu preciada mesana, pudiera estar atento una vez más).

Sin embargo, te sentías capaz de todo, fuerte (aunque sólo fuera de puertas hacia fuera); pero por dentro: temerario en un mundo de frágiles, pirata en un mundo sin océanos, consciente de que eras perfectamente imperfecto, seguro de tus inseguridades, culto dentro de tu propia incultura, un claro dentro de un cielo tormentoso, una simiente huera y proscrita y sin tierra donde crecer y morir, un pie sin superficie, un garfio sin moñón, un equilibrado sin equilibrio, un anverso sin reverso, un negro sin gris...

Entonces regresabas a mí, a postularte ante el tráfico saturado e inconveniente de “qué debo hacer” y ante la comunidad vocinglera de “cómo debo actuar”, preguntas surgidas por pura necesidad o llovidas por simples razones de compromiso que te obligaban a virar el timón, a enderezar el rumbo de manera supuesta frente a mí, a exigirme un veredicto, a que leyera tu silencio, a la espera de escuchar todo cuanto querías oír, chantajista como loro gorrón a sabiendas dónde hallar la comida en tu preciada jaula.

Silencio. Sólo silencio era mi respuesta, como silencio era tu obstinada inclinación con la esperanza de que este mudito se dignara algún día a conversar.

Y así ha seguido la lucha, una suma de presentes donde la resulta matemática era, es y será asquerosamente exacta (maldita perfección científica), otra vez silencio. Y del mismo modo se ha cobrado, se cobra y se cobrará el tributo de todo lo que has transitado (tu socio, el etéreo, el lastre que condiciona tu paso es un monstruo con cuerpo de memoria). Y tanto los juegos, los coqueteos y la cuenca alta de tu juventud que una vez pensaste que no se secaría, lo ha hecho; todo eso ha quedado atrás, acumulando más pasado.

Ahora, cuando me miras, sigo ofreciéndote la misma soledad que consumes a diario. Bebes de mi propia sequía. Comes de mi aparente apariencia. No importa, sé lo que piensas y lo que deseas en cada momento, sabes que siempre lo he sabido, pero ahora también lo sabes tú (tu impuesto te ha costado, ya lo sé; el viaje es largo, muchas son las veces que has encontrado a tu paso la desnudez de los árboles de aquel bosque, y la suerte es que aún puedes desperdiciarte todo y más, antes de echarte a la cuneta). Recuerda que tus grandes secretos también son los míos, tu enemigo y socio, ese trascendente impuesto que tú y yo conocemos y que soportas, te ha dado el juicio necesario para ser más consciente con la realidad que atraviesas a cambio de que no olvides pagarle el tributo. Él, en permuta diablesca y vergonzosa, te honra con sancionar tu primera y última piel.

Ven, acércate un poco más y mírame. Ahora y a partir de ahora cuando vengas a verme, recuerda, tu piel desnuda ante mí es y será cada vez más delatora, pues veo: qué lejos están los sueños de niños, qué remoto se escucha el aleteo de las polillas noctámbulas de cristal, qué antiguo me queda tu primer recuerdo de chocolate. No te vayas, no te alejes, alimenta mi memoria, sin ella no podré auxiliarte cuando regreses frente a mí.

Pasan los “hoy”, tan rápidos como lo hace el agua viva sobre los ríos. Precisamente hoy has venido a verme medio dormido. Tu mirada se ha hundido en la mía, tan profunda que temes no saber volver; el umbral de salida puede ser inalcanzable, como el único deseo que me traes: ansías (de puertas para dentro) que tu aspecto se estanque, se recoja por siempre como un tesoro de agua permanente en tu alberca de fortuna íntima. Tu allegado socio es sordo, aunque te escucha, y por mucho que le supliques, ya no quiere más pactos. Y vendrás a mí, a mirarme, a ver si yo puedo complacerte; ahora eres tú quien sabe traducir mi silencio como desconsolada réplica. No. Sabes que tu deseo es imposible de conseguir, al menos en tu mundo, en el mío quizá se pueda llegar a valorar, pero ahora no tienes la llave que abre mis sueños, no recuerdas cuándo ni dónde la dejaste entonces, decidiste cambiar, olvidaste el jardín donde alzábamos aquellas fantasías pringadas de chocolate.

Y así han pasado los años. Idas y venidas. Entradas y salidas. Y, una vez más, te plantas delante de mí, como siempre, como cada día, valorando viejas y nuevas emociones. Y descubres algo que te inoportuna; ya son muchos los “algos” que te incomodan de mi presencia. Has descubierto un nuevo pliegue en tu piel. Da igual, vienes con cualquier pretexto, excusa que te provoca una escueta sonrisa al verme y buscas con ello tapar y complacer todo o parte del liviano ejército de sensaciones cenicientas que aún tratan de tirar de ti, de transportar lo que vas salvando de tu pacto que, sin querer, se va haciendo añicos por el camino en esta dura batalla; aun consciente de que no puedes ganar, ni borrar la firma sobrentendida que ancla tu viaje. Sabes que tu exigencia no puede avanzar porque reclutaste a tu resignación como escudero ingrato desde hace tiempo, porque tu aspecto de estúpido sonriente se consume, y al igual que lo haces tú, lo revalido yo cada vez que vienes a verme, provocándote mayor contrariedad, y hasta enferma tu aspecto por momentos si yo mismo te lo recuerdo. Judas de tu propia realidad.

Y si tu berrinche se desboca y manifiesta en darme la espalda, mi espalda será lo único que verás... sólo si tu atrevimiento consiente mirarme cuando decidas marchar. Y si resuelves por la tremenda no volver a verme nunca más, yo (tu amigo el mudito) también me iré, muy lejos, al mundo de este lado (el de mis sueños, el que supiste abrir cuando eras niño), y me iré para no volver, si definitivamente decides no regresar.

Pero vienes, sí, vienes, tirando tú mismo del buey de la sumisión. Obtuso de todas las alineaciones de tu sombra. Y aunque te enfades conmigo porque ahora no te doy lo que tú esperas que te dé, regresas al purgatorio de tu alma: osado en osadías, fuerte en tu debilidad. No se puede negar tu valor, a sabiendas que todo cuanto estás perdiendo ya no puedo dártelo. Yo soy demasiado ecuánime y constante, horriblemente verdadero aun más que una intención, aunque invertido (ese es mi notable vicio), pero soy justo dentro de la distancia que te separa de mí, pese a saber que a veces te incomode mi postura y el cambio de humor (quizá eso se lo debas preguntar a tu parte más anárquica, no ajusticiarme a mí). Mas sabes que no encontrarás a nadie más fiel a ti que yo.

Pues bien, si no quieres rendir cuentas al tiempo, no vengas a verme... olvida el purgatorio, sabes que lo entenderé. Y si vuelves, también lo entenderé (recuerda que siempre conoceré lo que estás pensando). De mí puedes hacer voto de rechazo, condenarme, romperme en mil pedazos, echar a volar falsas polillas... pero no olvides una cosa, tu socio oculto estará ahí, inseparablemente de tu segunda e impalpable forma, tallando lo que quedará de ti hasta que se cumpla tu deuda. ¿Recuerdas?

No obstante, si algún día vuelves a encontrar las llaves de mi jardín, allí estaré, esperándote, para jugar otra vez con tus manos pringadas de chocolate.
Mian Ros (quedan reservados todos derechos sin permiso del autor)

lunes, 1 de noviembre de 2010

55 edición Gabriel Miró

Sin mucho entusiasmo (por mi parte) quiero poner en vuestro conocimiento que el concurso de cuentos de Gabriel Miró ha desvelado el nombre de los dos ganadores de esta 55 edición. Y, como era de esperar (por mi parte y a sabiendas de la dificultad de ganar este tipo de certámenes), he quedado fuera de los finalistas. ¡¡¡Buaahhhh!!!

¡¡Cof, cof!! En fin, habrá que seguir intentándolo, cómo no. Sólo queda (por mi parte; esperad un segundo que guardo el pañuelo; ya) dar una queridísima felicitación a los dos premiados. SUERTE AMIGOS.

Nota de prensa de: LA VERDAD. ES

La obra 'El sabor de la rutina', de Luis Paniello Limiñana, fue galardonada con el Premio de la 55 Edición del Concurso CAM de Cuentos Gabriel Miró, dotado con 6.000 euros.

El veredicto del jurado, presidido por Andrés Amorós Guardiola, fue hecho público ayer en un acto celebrado en la sede de Caja Mediterráneo. El segundo premio, dotado con 3.000 euros, ha ido a parar al madrileño Ernesto Ortega Garrido, por su cuento 'La bala blanca'.

Luis Paniello, barcelonés nacido en 1949, estudió hasta obtener la licenciatura en Filología Hispánica, sección Lengua Española. Trabajó, desde el año 1970 hasta el 2007, en Radio Nacional de España, donde fue guionista de los programas 'Estudio en blanco', 'Caravana de amigos' y 'Pista cuatro'. Adaptó varias novelas para su emisión dramática radiofónica. Fue finalista en el primer concurso de guiones dramáticos originales para la radio Margarita Xirgú, con su original 'Aula siete'.

En la actualidad estudia en la Escuela de Escritura del Ateneo de Barcelona, donde ha seguido cursos de Introducción a la narrativa, con Mar Tomás, Corrección y mejora de textos, con Helen Gilboy, Narrativa, con Pau Pérez, y Novela, con Rolando Sánchez Mejías, Mercedes Abad y Olga Merino, bajo cuya supervisión está revisando su segunda novela en una tutoría. Es autor de numerosos cuentos y relatos cortos, así como de dos novelas inéditas.

El presidente del jurado, Andrés Amorós, indicó que el relato ganador aborda a través de una «prosa cruda y emocionante», sin excesivos estilismos, los efectos del alzhéimer.

La verdad. es

Aquí os dejo el enlace del cuento que este humilde aprendiz de principiante (o sea yo) presentó:
¿Te cuento el cuento de Cuento?

Feliz semana a todos, sí sí, a TODOS.
Mián Ros