jueves, 29 de julio de 2010

martes, 20 de julio de 2010

Yo (relato involuntario)

YO (relato involuntario)
No sé, pero últimamente escribo menos que nunca. Seguramente se deba al calor. O acaso el monstruo del que todos huimos me haya poseído, ese que ahoga el verdadero yo, el que apareció de la nada y surgió un día dentro de mí y se doctoró en la duda. Ese que conforma lo instruido y lo que no, ese que apela ser yo, ese que cuenta historias.

Mi yo constante, el tranquilo, el reflexivo. El yo que reúne a todos mis yo en expandido apoyo desmedido. El yo que se siente yo sin serlo, el que se limita, el que presume, el que persiste, el que se derrumba, el incauto, el imperante, el que se descubre vestido, el que se abriga con su piel, el que sufre, el que se agranda.

El yo que se frunce al tiempo, el que se agria, el que se vuelve azúcar. El que se cubre con la noche, el que suda, el que no lo hace, el que se queja, el que grita, el que calla, el que domina.

El yo que nada espera, el que corre, el mismo que a veces busca y a veces se vacía. El que se sienta a la fresca, y escribe, y se inhibe, y suspira, y en un intento por crecer, camina. El yo protagonista, el que se cuela en el ojo de los sueños, y flota, y avanza en volandas de una musa alegre. El yo que no duerme, el que bosteza, el que se solaza, el que imagina todo, el que no se viste de nada.

El yo tenaz, el que organiza, el golpea las teclas y le da sentido a la máquina, a la historia. El yo que intuye, el que afirma para no negar, el que no escribe, el que se aleja, el que viene sin querer venir, el que no va, y va. El yo primero, el del fin, el que vuelve a empezar.

El yo que amparó mi esfuerzo, mi carcajada, el que se convirtió en reflejo. El yo que me representa a mí, el que me levanta, el que me sostiene, el que me peina, el que se afecta, el que cae en la cuenta, el que se muere, el que se ausenta.

El yo que no sería yo sin mí. Mi yo travieso, el que vive en ti, el que te espera, el que te escucha, el que te desea, el que te ama, el que se siente amado.

El yo que quedará en ti cuando me vaya. El del recuerdo... el yo intemporal, el eterno.
Mi yo plural. Todos los yo que ves y los que no.

Indivisiblemente, soy yo, lo quiera o no.

Mián Ros (quedan todos los derechos reservados sin permiso del autor)

jueves, 1 de julio de 2010

Ahora, cuando el calor parece haberle quitado protagonismo a las lluvias y al frío, cuando la Crisis ha usurpado el terreno y ya no es una palabra vana en boca de todos, cuando la distracción se dispara y todo queda en un rincón apartado por el gran movimiento que es el mundial de fútbol y sus ruidosas vuvuzelas. Ahora, sí ahora, que me había ajustado a otras cosas y había olvidado (o dejado de lado) el publicar y toda referencia similar, me ha llegado un mensaje de una editorial, la cual evitaré hacer publicidad de la misma (como siempre), con la consiguiente y machacona respuesta de serie, aunque sin airbag para fuertes golpes, que dice: “Hemos procedido a valorar su posible publicación y tenemos que comunicarle que no vemos la posibilidad de poder publicarlo dentro de nuestro catálogo actualmente.” Pero lo curioso del tema, es que el original, La Leyenda de Almaranthya, lo envié en noviembre del año 2008 y es ahora, sí ahora, cuando recibo la carta de rechazo y de las más sutiles condolencias para el que está al otro lado, o sea, yo...
¿Qué os parece el tema? Casi dos años para evaluar un original, y es que la crisis debe haber tomado con los brazos bien abiertos a las editoriales y sus correctores y demás empleados para que el trabajo se amontone tanto o más que este calor que nos aplasta sobre cualquier superficie por pequeña que sea, para que tengan que darse casos como éste con semejante retraso, si no, no me explico el caos que deben tener en las oficinas.
Tomo el lado bueno, y oye... al menos me han contestado, ya los había puesto verdes, pero de un verde chillón, por no dar ni señales de vida, aunque aún queda alguna editorial por responderme; ¿a ver si le van a quitar el record a ésta?, mira que ya lo estoy pensando y cuando me da por pensar... Ufff.
En fin, liberada queda mi alma de otra editorial y mira que ya las había dado, a día de hoy, a todas, y digo a todas, sí, por perdidas, amén.
Desde luego, si tengo ahora que enviar otro original, me lo pensaré. Lo mismo para cuando quiera llegarme una respuesta, hasta otros autores podrían haberme pisado la idea con el paso de los años... ¿o es que no? Esto me lleva a pensar con acritud: “no corras mucho, podrías estamparte.” Y esto podría acoplarse para cualquier cosa en la vida.

Más en fin por aquí y por allá, suspiros, rezos silenciosos y un sinfín de zascandiles variados con serpentinas y petardos, y dando un voto de confianza a otras editoriales, he de decir que también he recibido negativas con dos míseros y escuetos meses desde el envío del original, pero... ¡esto da mucho más que pensar! ¿o es que no? ¿Se lo habrán leído? ¡Venga ya! Un mamotreto de casi 700 páginas.
Así que... ni tanto ni tan calvo que digo yo hoy, y otro lo dijo ayer, y anteayer, y la semana pasada, y creo que la otra y la demás allá, y cuando era pequeño también se decía, el hermano de tu abuelo también lo exclamó. A ver si estas cosas perduran a las crisis... Mmnnn... va a ser que sí, aunque yo siempre me estampo con un NO.

Digamos aquí otro, en fin, y con la no pena que tengo para estos motivos, pues uno está vacunado contra el desvarío y la ansiedad. Os dejo, para los que aún no habéis leído nada de la Leyenda de Almaranthya, el prólogo.
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Ser buenos hasta donde os permitan las fuerzas, y pacientes, no tanto como la araña pero sí en la medida de lo posible... sobre todo, ser vosotros mismos. Feliz semana.
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La Leyenda de Almaranthya I - El despertar
Prólogo: Las Mil Bocas del Mundo (novela 2006-07)
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Si un día despertaras barruntando tu muerte tras el próximo crepúsculo, ¿acudirías a su encuentro? Ella, Lanyamell, la joven inmortal Célica, sí lo hizo, atraída por el irrefrenable don al que están expuestos todos los seres humanos, y a los que ni siquiera las vendas negras del destino sobre ojos desnudos conseguirían detener: el amor. Pues como todo el mundo sabe, nadie es capaz de vivir para siempre.
Y ella lo sabía, la voluntad de los dioses difícilmente puede ser alterada, y aún más que nadie entendía, con ese don con el que había sido regada desde los amaneceres antiguos, que el ojo divino alcanza siempre a los hombres por mucho que éstos se quieran esconder. Y así, apoyada, aunque de puntillas, en aquel influjo de razonamiento, había emprendido viaje.
Aquel plenilunio, como repetidas noches anteriores, el elegante vuelo del Eskarkam ─híbrido legendario, reptil-ave─ se empuntaba sobrevolando las plateadas aguas del Océano Díscolo trasportando en su lomo a la mujer y a su amado hacia el lugar elegido.
Todo era dulce y sutil, pero de una similitud aplastante, tal como lo había presagiado Lanyamell. Y sin embargo lo temía, lo temía en silencio, llegando a reprimir sus emociones al volver a vivir aquella terrible premonición... SEGUIR LEYENDO

Mián Ros (Quedan reservados todos los derechos sin permiso del autor)
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