jueves, 27 de mayo de 2010

UN AÑO DE BLOG

27/05/2010 Un año de blog.

Parece que fue ayer, pero ya ha transcurrido un año de la inauguración de este cuartito de ilusiones. Con más incertidumbre que otra cosa abría este lugar con la única intención de dar a conocer mi obra. Poco a poco he ido comprendiendo que este rincón ha sido algo más que un ensayo, mucho más que escritos e ideas que iban y venían y que de alguna manera me apetecía manifestar para que todos estuvieran al corriente de mis éxitos, de mis fracasos, y poder estar cerca en los momentos de máxima expectación dando sentido y argumento a mi forma de entender todo cuanto gira en torno a la literatura. Y aun más que eso, han sido muchos los que han pasado por aquí para reforzar con todo su aliento y apoyo la humilde pilastra desde la que parto en este reservado y complicado mundo que puede ser el de escritor. Es cierto que sigo estando abajo, que no ha habido siquiera un voluntario a apostar por mí. Esto no ha hecho más que afianzar mi cuidado, ahondar desde la cara más humilde en el aprendizaje y mantenerme en la misma inclinación: sin prisas, pero con la perseverancia y ganas que la primera vez. Y me satisface saber que esta vez no estoy solo, pues tengo un sabio aliado, vosotros.

De este modo, quiero dar las gracias a todos. A todos los que pasaron y por las circunstancias nunca volvieron. A los que me visitan, y de vez en cuando van y vienen llevados también por las circunstancias, pero dejan su rico aporte al pasar. Y a los que siempre están ahí, seguidores que se sientan junto a mí y me dejan sus diferentes sensaciones, y que hacen que este lugar siga estando vivo hasta que ellos mismos quieran.

No voy a dar nombres, tengo mala cabeza y no quiero que falte nadie y se sienta menos que el resto. Repito, todos, en mayor o menor medida, forman parte de mi memoria y de este lugar que también es vuestro. Un millón de Gracias.

Por último, quiero dejaros una exclusiva en este aniversario tan especial. Es un fragmento del primer capítulo de la obra que estoy escribiendo “La Caja de Pinceles”. Aún el título no es definitivo pero es el que empleo para nombrar el archivo. Desde luego, y aunque no está acabada la novela (quiero ponerme las pilas para que esté lista en un mes), le falta echarle una inquisitiva ojeada y volverla a rescribir ¿ya sabéis?, eso después del debido reposo como se acostumbra.

Y nada más, solo espero que sea de vuestro agrado. Feliz fin de semana, amigos.
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LA CAJA DE PINCELES (FRAGMENTO DEL PRIMER CAPÍTULO)

Maximiliano Sforza gobernaba Milán cuando yo tenía quince años, allá por el 1506. Aunque el año quizá fuera lo de menos.
Aún recuerdo el olor a almizcle entrando por el abierto ventanal de mi aposento. No sé si es el ladrillo de las casas, el comportamiento de los lombardos, o el frescor del agua del riachuelo el que me trae la evocación de aquel día; pero aquí está, siempre junto a mí. Al igual que la figura de Madre, llegando a casa con Laviana, nuestra joven doncella, justo en el instante que restaña el bronce de la Vieja Iglesia como anunciando su llegada.
Y creo verlas: mi querida Madre levanta con su empolvada mano la basquiña azul rey que tanto le gusta lucir en público, obligado deseo que repite cada vez que llega a la entrada de la Casa, para no tropezar ante los cinco escalones principales que la acercan al pórtico; y Laviana, arrebujada en una capa marrón de paño con la que Madre la obsequió el día de su cumpleaños, premiando así la rígida rectitud de su servicio y obediencia a nuestra familia, la Casa de los Melzi.
Y, siempre a la par, rememoro el momento en que yo, dejo la ventana que me une al rumor, al movimiento y a la luz del otro lado de los muros y bajo a recibirlas.
Seguramente mis pisadas sobre el ladrillo barnizado del suelo de la escalinata, esquivando la alfombra carmesí central que realza la subida, pueden oírse antes de que yo descienda a la primera planta del edificio y llegue a las dependencias de verano, donde mi curiosidad se frena discretamente al ver a Laviana ayudando con su natural delicadeza a Madre, desprendiendo de sus hombros la capa azul bordada en negro, muy cerca del gran espejo y el reloj dorado del aposento principal.
Madre es la primera sorprendida al observarme en el umbral de la entrada.
─¿¡Francesco!?
¿Acaso mis pisadas no han sido lo bastante indiscretas para esquivar una innecesaria reverencia? Al momento puedo corroborar que no.
No obstante, el anhelo que brilla en mis ojos anula cualquier tipo de presentación. Entro con aceleración y solicito su mano para besarla.
─He estado muy afligido por vos, Madre ─expreso, sintiendo en mis labios la tersura que perdura en la piel que me vio nacer.
─¿Por qué, Francesco?
El tono, aunque preocupado de Madre, es respetuoso.
No contesto. Me giro un momento a observar a Laviana, antes de volver de nuevo mi atención hacia Madre. La asistenta me percibe, con los ojos que adoptan su humilde posición; es tan despabilada como generosamente comedida, pues lleva años sirviendo a esta noble casa y sabe redactar el trasfondo de las miradas y convenir de antemano qué hacer en estos casos.
De ese modo, acopla en buena forma la capa afelpada de Madre sobre su antebrazo al tiempo que hace un gesto diestro para dejarnos solos.
─Gracias Laviana, puedes retirarte ─Sólo ante la solicitud de Madre, la doncella da media vuelta y sale de la cámara.
Cuando pierdo su predispuesta figura tras la forjada ornamentación de la puerta, me animo y la alegría de mis ojos vuelve a hervir.
─La bruma anegaría mi espíritu si os pasara algo, Madre.
─¿Por qué ese pesar, Francesco? ¿Acaso habría de pasarme algo malo?
─Es un peligro que una mujer de vuestra clase ande sola por las calles de Milán rayando la penumbra de la noche.
─Tus palabras quedan grandes en una voz tan inmadura y jovial como la tuya, hijo mío. ¿Acaso las sombras han invadido siquiera por completo la ciudad, Francesco?
Niego. Madre lleva razón, sé de su talento y habilidad para esquivar la guardia que Padre ─Gerolamo Melzi, capitán de las milicias milanesas─ establece para la familia, además de reforzar y constituir su relajo personal. No obstante y, no menos cierto, que hoy el atardecer tiene un dorar especial y perdura largo y calmoso, y el trinar de los petirrojos es sutil como el tono que me ha llegado de su voz, aunque la noche se precipita y asoma demasiado cercana.
Sin embargo, mis pómulos se hinchan por encima de mi sonrisa cuando contemplo el carácter fingido de Madre, pues me gusta cuando adopta un papel que no se aviene a su estricta dulzura habitual, siempre encajada en su aristócrata nobleza bajo sus bucles diamantinos que no la hacen sino más bella a la tardía luz que entra por el ventanal del salón.
─Seguramente estés influenciado por los tozudos discursos de tu padre ¿No es cierto?
No sé si contestar, pero algo prende mi interior que cosquillea mi deseo, y la voz brota por mi garganta casi involuntaria.
─Seguramente ─afirmo─. La voz de Padre a veces remueve parte de mi curiosidad. Aunque cierto es, y vos sabe mejor que nadie, que no comparto el presente y futuro venidero que tiene preparado para mí.
Madre hace un ceñudo aspaviento de cejas disimulando ver una arruga en el volante de encaje de su pecho. Está fingiendo, sé que mis palabras no han sido las más acertadas. Como sé que sabe, que yo sería incapaz de fingir, obstinado en mis propósitos. Por ese motivo, una parte de mi bienestar se vacía. Esperaba que Madre apoyase mi postura y lanzara una réplica por mínima que fuera en mi apoyo. Sin embargo, sus ojos me han revelado por un instante una sensación íntima que no sé cómo evaluar. Luego su mirada desciende hasta posarse en la cotilla de su falda mientras rebusca alguna cosa en la escondida faltriquera de lino blanco.
Prontamente me tiende un brazo haciéndome partícipe de lo que ha encontrado en su pequeña fonda personal: es un papel enrollado, no es más grande que una cuarta, y me lo entrega. Cuando contempla la perplejidad que me invade al recibirlo, refuerza una mueca repleta de ilusión.
─¿Qué es esto? ─pregunto.
─Ábrelo.
Lo desenrollo, y cuál es mi sorpresa cuando mi atención cae sobre el papel desplegado.
Es el esbozo hecho a carboncillo de una bella mujer de pelo trenzado.
─Lo di por perdido ─manifiesto─. Lo busqué durante días. Pero...
─He ido a enseñárselo al Maestro, al igual que hice otros días con alguno más de tus dibujos ─susurra Madre, dejando que las palabras formen una compenetrada melodía, antes que mi extrañeza vaya a más y la reprenda por haber hurgado entre mis cosas más personales.
─¿Ha ido a la casa del Maestro a mostrarle mis dibujos, y repetidas veces? ─Mi asombro es más que notable.
Madre sonríe con alevosía.
─Dice que tienes condición.
Ha hecho una pausa para que pueda asimilar la grandeza que eso significa para mí.
“El Maestro ha visto mis dibujos y arriesga a exponer que quizá el sueño que me acerca al arte y al dibujo no sea acaso un mero delirio de mi deseo”.
Vuelvo al esbozo, a los bellos ojos rallados por el negro carboncillo en condición de Madonna que Laviana me prestó desinteresadamente, cosiendo junto a la ventana de mi aposento; cuando de repente, unos pasos y una voz me abordan y se llevan mi concentración.
Una figura avanza por el ala sur de la dependencia.
─Déjame ver ─denuncia la voz del recién llegado; es grave y decidida, y la conozco sobradamente.
─Padre ─musito, sobrecogido por la presteza con la que ha llegado junto a mí, ha cogido el papel, lo ha estirado frente a sus ojos, y lo observa con ceñida complejidad.
No tarda en llegar su resultado.
─Cuántas veces tengo que decirte que tengo grandes planes para ti, hijo mío ─me recuerda.
Madre descubre algo más en las palabras de Padre y, dando un paso adelante, interviene.
─Su trazo es preciso ─declara─. Quizá debiéramos concederle esa pasión que empieza a despertar en él ─su explicación parece la voz del Maestro puesta en su boca.
─Entiendo mujer, y es aceptable esta habilidad suya. No se puede negar, indudablemente. Pero no quiero que mi hijo sea uno más de esos retratistas que pierden el tiempo contemplando y dando pincelazos caprichosamente sólo porque unos cuantos nobles y religiosos quieran recrearse los ojos. La vida es algo más.
Después de la disonante explicación, Padre enrolla el esbozo delante de mi perpleja ojeriza y me lo tiende para que lo reciba.
─Ya sabes mi respuesta, Francesco ─la dureza que ofrecen sus pupilas no admiten respuesta.
Madre hace un último intento por defender mi más preciado anhelo que es el arte y la pintura, y la devoción que ve en mí por el Maestro desde que supe de él.
─El Maestro estaría dispuesto ha acogerlo en su Casa ─objeta.
─¿Has ido a ver a uno de esos maestros que circundan Lombardia? Son títeres en busca de un poco de cobijo y unos cuantos sueldos. Sabes que no me gusta que actúes sin mi consentimiento.
─Éste, no es un simple maestro ─vuelve a replicar Madre.
Mi mirada va y viene de uno a otro. Siento la necesidad de retirarme a mi aposento pero no puedo, mi curiosidad es más fuerte que mi deseo, y creo que mis pies no estarían de acuerdo en llevarme ahora donde no quiero ir, por el momento.
La insistente seguridad de Madre me da un hálito de esperanza; ella cree en mis posibilidades.
─Ha venido de Florencia ─expone sin tiempo a que intervenga Padre─, sería una oportunidad que le lleváramos junto a él, aunque sólo fuera unos días, a ver que pasa...
─De Florencia, de Roma, de Venecia, que más da de donde haya venido ese maestro, mi respuesta es no.
─Si Francesco no valiese, él nos lo diría pronto, ya ha visto los dibujos de tu hijo...
─He dicho que NO ─corta Padre enfrentado sus ojos a los de Madre─, no se hablará más de este asunto. ─Se gira sobre sus talones con el arrojo que le caracteriza; sabe que esa postura reforzará aún más su obstinada negativa.
Me ahogo, no tengo por más que salir en mi propia defensa.
─Ese maestro es Leonardo Da Vinci, Padre ─expreso intentando que mi entusiasmo se desborde por mi rostro, pero soy incapaz; la ojeriza de Padre me retrae─. Al menos déjeme que vaya a conocerlo ─sugiero.
Padre es muy erudito y quiero pensar que conoce al hombre del que le estoy hablando. Sabe de su existencia, su prestancia, su virtud... no es un cualquiera, pero parece aguerrido a un ideal que no llego a comprender, no quiere salir de la muralla defensiva que se ha creado para esta ocasión.
─¡Francesco! ─Me reprende, y me hace callar.
No estoy dispuesto a obedecer. Despliego el papel, suplico que la bella mujer de cabellos trenzados que un día dibujé, le amedrente y me eche la ayuda necesaria.
No sé realmente qué estará pasando por la cabeza de Padre en este momento, pero yo no quiero ser abogado, ni médico, ni siquiera capitán como él, ni qué sé yo...
─Déjeme, por favor ─le vuelvo a suplicar─. Leonardo piensa que tengo condición. ─Muevo el papel; él no hace ni por mirarlo. Se centra un segundo en mí, pero más en las casas del otro lado de la amplia ventana del salón mientras su semblante adquiere un aspecto de enfado terrible. Nunca me había enfrentado a él de esta manera y temo el resultado.
Inesperadamente, se vuelve y me da un empentón en la mano, arrebatándome el esbozo de la mujer; lo retuerce, lo rompe y sin dudar en su arrogante aptitud, lo arroja al suelo, y antes de dar media vuelta sobre sus talones y abandonar la cámara de verano, grita:
─No, Francesco, no irás a ninguna parte.

Aún recuerdo tristemente ese vacío interior, esa debilidad en las rodillas, esa sensación de ahogo... y esa casaca de color marino de Padre, dándome la espalda desterrando mi más preciada ilusión. Pero lo que más temo en los días, es el eco. El eco de aquella puerta retumbando dentro de mi cabeza, cuando Padre la cerró.
Mián Ros (quedan reservados todos los derechos sin permiso del autor)
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martes, 18 de mayo de 2010

Apenas Nada

No sé si a vosotros os pasará lo mismo, pero a veces uno no se siente inspirado, o concentrado, o quizá no sea inspiración, o concentración, sino que la novela que estamos escribiendo nos encorseta y nos deja fuera de lugar, sin la atención adecuada que requiere y merece. En tal caso, y en esos momentos, necesitamos destensar, desconectar, descansar, por decirlo de alguna de las maneras. La mente necesite otra válvula de escape. Dejar a la intuición, abrir el arco de sensaciones y averiguar qué sale, que hay en el interior, que hay palpitando en algún recodo que necesita irrumpir. Escribir a “botepronto”, a “vuelapluma”, dejar a la imaginación del instante, que fluya. ¿Nunca lo habéis hecho? Es una técnica relajante y aconsejable siempre y cuando haya posos en el fondo de la taza, por supuesto.
De esta manera han nacido algunos de mis relatos introspectivos. Hoy quiero compartir con vosotros uno más. El resultado no cuenta, es la relajación del momento como seducción o como mantra tibetano mientras uno escribe, suficiente. Como el que toma una taza de té. A veces el placer no lo da la infusión en sí sino el sorbo a sorbo que dura mientras lo tomamos.
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APENAS NADA
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Ahora que Bienvenido no está aquí, le comprendo. Él me decía que siempre estaría aquí, y no sólo le comprendo, sino también, le siento. No eran sólo palabras, y lo sé.

“Siempre estuve aquí ─decía─, siempre que esta condición que se alza con el nombre de idiotez no quiera abandonarme. Soltar el lastre y marchar, dejarme ir, ir más allá en el camino de aprender. Aprender de otros, aquellos que he considerado análogos a mí: argumentos preocupados y veletas de carne temporal como en el que yo mismo me escondo.

“Siempre estuve aquí, bajo este incómodo andar y aún más inseguro parecer, y aunque quisiera no puedo renunciar a él, a este molde que me fue regalado, no sin antes volcar todo mi esfuerzo en aprender. Aprender de todo y todos, tanto o más que ellos, o la par, salpicado por la coherencia que me reflejan al pasar, pero con la ansiedad prendida de la eficacia, antes que esta cincelada intención que soy, o que alguna vez creyera que fui, sea irrecuperable y se vuelva un tanto o incluso más que torpe, inútil.”

“Siempre estuve aquí. Y cuando articulo y brota de mi ser este aquí, se tañe embravecido y aniquila la prudencia; aún firme, aún fiel, pero sólo y mientras la fuerza de mi aquí no sucumba hacia otro lado. En tal caso estaría lejos, tal vez allá, o allí.”

“Y quién puede alcanzar un allí, sin estar aquí primero.”

“Siempre estuve aquí ─nunca se cansó de decirlo─. A ratos loco, a ratos cuerdo, pero siempre inflando y desinflando esta muestra de piel que a veces me incomoda, y que unida a la vergüenza y con razón, se manifiesta en mí, y hasta se vence en duelo de ambición sin querer, o con gasas cegadoras de “un queriendo”, pocas y aun más pocas son las veces que me traiciona. Aquí. Siempre estuve aquí, y nunca dejé que las horas me negaran lo que yo, y al igual que yo, también tú, solos y ante la espiral de la existencia aprendimos, apenas nada. Y apenas seguirá siendo el huero conocimiento alcanzado mientras la sutil alma que mantiene vivo el cuerpo no comprenda la magnitud del ambiente y su riqueza.

“A ratos me sentí hollejo, a ratos me sentí hollín, mas hubo ratos peores y me sentí, apenas nada. Y sin embargo fui feliz.

Ahora que Bienvenido no está aquí, le comprendo. No eran sólo palabras, y lo sé. Ahora soy yo el que está aquí, en el aquí que dejó él para irse al lugar que tanto anhelaba. Ahora al fin está allí. Y es él y la fuerza de su aquí, que desde allí, me espera. Ahora soy yo quien se siente hollejo, quien se siente hollín, quien se siente, apenas nada.

Ojalá Bienvenido albergue allí su aquí cuando yo parta, y me vea llegar. Aunque a lo mejor eso ya no importe, ni tampoco cuánto llegamos a aprender aquí, apenas nada.

Y reiremos, y saltaremos entre pétalos de nada.

Nada trajimos, y lo mismo que se llevó él me llevé yo, apenas nada. Pero fuimos felices.

Mián Ros (Quedan reservados todos los derechos sin permiso del autor)
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domingo, 9 de mayo de 2010

Sabías que...

Imagino que alguna vez os habréis preguntado, al igual que yo, el origen de algunos dichos populares que han convivido con nosotros y que usamos en determinados momentos, haciendo buen uso de los mismos al saber o intuir su significado, pero no qué significaron realmente en su día, y cómo o dónde, o de que manera nacieron.

*¡La suerte está echada!
El Rubicón era un pequeño río (hoy Pisatello) que separaba Italia de la Galia Cisalpina y que el senado romano para impedir las tropas desde el norte, había prohibido cruzar bajo pena de ser declarado sacrilegio y traidor a la patria. Julio César, al marchar sobre Roma para derribar a Pompeyo, se detuvo frente al Rubicón y meditó un instante. Después lo cruzó con su gente pronunciando la célebre frase: Alea jacta est. (La suerte está echada.)

*A Dios rogando y con el mazo dando.
El origen de esta frase, que se remonta a muchos años atrás, es muy impreciso.
Una de las versiones más difundidas sobre el mismo, es la que relata cómo un carretero se encontró una vez en mitad del camino con su carro averiado y viendo venir a San Bernardo, de quien conocía sus muchas virtudes y a quien el vulgo había canonizado ya en vida, le rogó que, a su vez rogase a Dios por él para que le arreglase el carro.
San Bernardo le respondió al hombre.
─Sí, hijo mío, yo rogaré a Dios, pero entre tanto, tú debes de ir dándole al mazo.
Cualquiera que haya sido el origen de la frase, su significado es muy claro. Con frecuencia, el hombre acongojado le pide a Dios ayuda para resolver sus necesidades y problemas, y esperándolo todo de su gracia, se olvida de que él le corresponde poner en la tarea su máximo esfuerzo y su voluntad.

*Agua de borrajas.
Esta es una locución que se ha producido por error, dada la similitud fonética entre borrajas y cerrajas, dos plantas herbáceas.
Agua de cerrajas es un cocimiento cuya infusión no tiene ninguna sustancia, y de ahí ese modismo para dar a entender que algo quedará en “agua de borrajas”, en nada.

*Poner los puntos sobre las íes.
Solemos pronunciar esta frase cuando queremos dar a entender que las cosas deben dejarse muy puestas en claro o que necesitan corrección.
El origen de la misma se remonta a la época (siglo XVI) en la que se adoptaron los caracteres góticos en las escrituras de importancia y a los copitas de entonces les resultaba con frecuencia difícil discernir cuándo se trataba de una u cuándo de dos íes seguidas, por lo que se acordó ponerles punto a estas últimas.
No a todos les pareció bien, por juzgarlo una medida quisquillosa, y en ese sentido comenzó a usarse esa frase.

*Salvarse por los pelos.
En 1809 se publicaba una orden por la que se obligaba a los marinos a cortarse los cabellos.
Entre los miembros de la marina, se produjeron grandes protestas y quejas, puesto que en muchas ocasiones, en momentos difíciles y apurados o en casos de naufragio, no pocos marinos debían su vida al hecho de poder ser salvados por los pelos.
Tan razonada se consideró la protesta, que la orden fue abolida. Pero la expresión ha quedado como gráfica definición de una situación de peligro o apuro de la que uno se salva en el último instante.

*Quien no te conozca, que te compre.
Se cuenta que tres estudiantes sin dinero llegaron una vez a un pueblo en fiestas y, discurriendo en cómo conseguir lo necesario para divertirse, se les ocurrió la idea al ver un borrico que estaba dando vueltas a una noria.
Se pusieron de acuerdo y, mientras dos de ellos se llevaban al burro al mercado, el tercero quedaba atado a la noria.
Cuando el hortelano dueño del burro advirtió que la noria no chirriaba y fue a ver lo que ocurría, se llevó un gran susto al encontrarse al estudiante, y más cuando éste, mirándole tristemente, le dijo con gran acento de verdad:
─No te espantes, mi amo, porque siempre fui un hombre, aunque he estado mucho tiempo encantado y hoy, gracias a Dios, se ha terminado mi encantamiento.
Aunque bastante asustado, el hortelano soltó al estudiante, y más tarde se encaminó al mercado para comprar otro burro.
Allí le ofreció un gitano un estupendo rucio, que el hortelano conocía bien, pero temiendo que su pobre burro estuviera de nuevo encantado (pues era en verdad su propio jumento), se apartó de él, diciendo:
─¡Quien no te conozca, que te compre!
Esta expresión se utiliza cuando desconfiamos de las aparentes virtudes de una persona.

Textos obtenidos del libro: Saber Humano.

lunes, 3 de mayo de 2010

Expomanga 2010

Ayer volví a mis orígenes. Al comienzo de todo.

Hizo un grandioso día de sol, para dejarlo guardado en los anales de los domingos mágicos. Daba gusto andar por La Casa de Campo junto al pabellón de la Pipa: lugar donde se celebró este año el ExpoManga (salón internacional del manga y la cultura oriental en Madrid). Y era aquí, a donde habíamos viajado mi mujer, mi hija y yo.

A medida que nos íbamos acercando las primeras personas disfrazadas (los más frikis) se arremolinaban buscando ayuda para dar los últimos toques a su disfraz. Ya el ambiente empezaba a animarse y se presentía que iba a ser una gran fiesta.

Mucho antes, por la mañana, cuando mi hija se vestía con el traje de Sora (un conocido personaje de videojuego), yo ya había despertado con un grito en mi pensamiento, aquél que tanto pronuncié cuando apenas tenía doce años, allá por el año 1978, que no era otro que: ¡¡Mazinger!! Y los vellos de la piel se erizaban cuando el agua de la piscina daba paso al gran robot que se elevaba como algo majestuoso e invencible. Mazinger fue sin duda el robot que cambió mi mentalidad artística; desde entonces los comic del aventurero Yon se quedaron a un lado y nacieron las más trepidantes historias de robots. Y fueron muchos, los comics de robotijos que realicé y que ahora duermen en algún cajón del mueble del comedor.

En fin.

Volvamos al pabellón Manga. En su interior, paseando cómodamente podíamos encontrar los stands bien reubicados entre pasillos anchos y espaciosos. Diferentes editoriales y empresas del sector ofrecían todo un arsenal de imaginación de sus productos estrella intentando incitar al consumidor.

Tuve un grato reencuentro en el stand de mi querido amigo Carlos Diez, ilustrador. Estuvimos hablando largo y tendido de sus trabajos para revistas americanas y de su academia de dibujo y aerógrafo C-10 que parece que va, pese a la crisis, viento en popa.

Ya más tarde y al fondo del pabellón la gran sorpresa como colofón del evento: la exposición del ilustrador, Luis Royo. Una pequeña galería de originales donde se podía apreciar la destreza de los lápices del turolense. Mujeres guerreras y niponas que parecían mirarte con vida propia en otro plano del papel; uno de los mejores ilustradores del momento, sin duda.

Después de dos horas y ya con algunas compras hechas y unas cuantas fotos en la tarjeta de memoria, y con la sensación de que la inocencia de un niño puede compaginarse por unas horas con la responsabilidad de un adulto, volvimos a casa. Esperando ya el Expomanga del próximo año.

Y de momento nada más. Desearos buena escritura y placenteras lecturas de cuanto devoren vuestros ojos. Sed buenos, mientras podáis... El mundo desordenado puede ser aún peor.

Saluditos a todos los seguidores de Literatura Horizontal Mián Ros; y a todos los que en su interior aún se esconde un niño.

domingo, 2 de mayo de 2010

FELIZ DÍA DE LA MADRE

FELIZ DÍA DE LA MADRE
*"Muchas maravillas hay en el universo, pero la obra maestra de la creación es el corazón materno." Bersot

*"Para el hombre que tuvo una buena madre son sagradas todas las mujeres." J.P. Richter

*"Madres, en vuestras manos tenéis la salvación del mundo." León Tolstoi

*"Delante de una mujer nunca olvides a tu madre." Constancio C. Vigil

*"Todo lo que soy o espero ser se lo debo a la angelical solicitud de mi madre." Abraham Lincoln

Un saludo a todos los seguirdores de Literatura Horizontal Mián Ros, pasar buen día, mamás.
Gracias madre, siempre gracias.