domingo, 31 de enero de 2010

EL LEGADO. LA HIJA DE HITLER (BLANCA MIOSI)

Antes de nada, quiero dejar constancia de que lo mío no es analizar las obras que leo, y menos dejar una opinión íntegra y profunda, ni tan siquiera parcial. Siento que la sensación que deja la lectura de una novela es íntima y personal, más allá del simple, "me gustó", o tal vez ese "me esperaba otra cosa". No obstante, tanto para bien como para mal, cada lectura deja impregnado algo en la conciencia que durará años, otras, quizá se lleguen a olvidar más bien pronto. Pero las más intensas, sin duda, vivirán por siempre a nuestro lado. Ese es el caso de la obra que hoy me acoge. De algún modo, ha sido especial. Tal vez por ese motivo no quiero dejar pasar la oportunidad de hacer una reseña, y dejar plasmado mi humilde impresión tras su lectura.

No sabría expresar con exactitud qué me atrajo de la novela de Blanca Miosi, El Legado. La hija de Hitler. O si, quizá fuese una complacencia adoptada tras las incursiones realizadas en la lectura del blog de la autora: Blanca Miosi y su Mundo, el cual recomiendo, al menos, una visita obligada.

"Espero no decepcionarte." Fueron las palabras de Blanca al saber que yo había comprado su última novela. "No lo creo" fue mi primer pensamiento al leer su deseo; deseo que ahora corroboro de viva voz.

Fue empezar a leer y al término del primer capítulo supe que ya no pararía hasta llegar al final. Y así fue, porque cuando una historia gusta nunca deseas que termine. Pero el FIN llegó, sólo entonces me di cuenta de la fuente de atracción que incitaba a leer el libro, y no era otro que el título, la sinopsis más corta y seductora expuesta como un código: El Legado. La hija de Hitler. Asombroso.

El Legado. La hija de Hitler, es una historia compleja y dura en una época donde vivir se hacía difícil, donde el nazismo se hacía un hueco en la historia, y donde personajes quedaron marcados por el protagonista de la novela, El Señor Destino, que profetizó hasta el final de los días el devenir durante tres generaciones de la familia de Erik Hanussen, astrólogo y ocultista de origen judío (cada persona es responsable de sus actos, pero nadie puede escapar de su destino).

Para mí, Welldone era la clave. Desde el momento que supe de él se forjó en mi conciencia un lazo, tan flexible y amplio, que rodearía a todo aquél que se situara en su camino (creo que no me equivoqué).

La autora se mueve con maestría dentro de un orden cronológico de fechas y acontecimientos que surgen a través de los años. Descubre con habilidad y sencillez la historia, a la par que va llevando con astucia los diferentes giros de la trama atrapando a los lectores; mostrando y sacando de escena personajes que entonan perfectamente, y definidos de un modo práctico. La sutil ambientación es la justa para ponernos en situación. Frases cortas encadenadas a otras con frescura sostendrán la tensión hasta llevarnos a la última hoja.

Sin duda, y bajo mi modesta opinión como lector, es una obra a tener en cuenta para leer al refugio de una luz y una cómoda butaca; una narración destacada y por tanto, Sobresaliente.

MiánRos

viernes, 22 de enero de 2010

Entrevista a la vista

Siento que he aprovechado el tiempo esta semana todo lo que he podido. Es cierto que aún no he alcanzado la regularidad que llevaba antes de empezar las fiestas, pero la máquina parece engrasada. Cuando quiera darme cuenta, seguro que estaré a pleno rendimiento.

La escritura sobre mi nueva obra ha arrancado en un punto que me apetecía coger, ya que estoy en las escenas donde los personajes comienzan a tomar suficiente protagonismo y mi corazón se acelera cada vez que voy poniendo ritmo a las acciones.

En cuanto a la lectura se refiere, le he dado un buen avance al libro de Blanca Miosi, El Legado. Ya estoy en la resolución final de la novela; una perspectiva vista desde otro enfoque diferente sobre la vida de Hitler, las personas y rumores que le rodearon; sumamente interesante para todos los que no lo habéis leído aún.

Entre tanto, he recibido una grata sorpresa durante la semana; no sabéis la ilusión que me ha hecho, de veras. Mi sobrina me ha mandado un correo diciéndome que quiere hacerme una entrevista para el periódico del instituto. Por lo visto, quieren participar en un concurso a nivel nacional, donde entrarán otros colegios.

Ella ya me había entrevistado con anterioridad para una ponencia que tenía que hacer en la clase hablando del tema que eligiera; obviamente, escogió a su tío para hablar de él y de sus novelas. Más tarde me enteré que había sacado un diez; qué contento me puse.

Ahora vuelve a repetir tema pero esta vez para el periódico: su tío, el escritor novel. Qué maja es. No tengo palabras para la publicidad que está haciéndome por Asturias. Gracias de todo corazón, Sarita.

Para terminar, y siguiendo con la secuencia de entradas anteriores, os dejo con el tercer fragmento del primer capítulo de Ángeles de Cartón. Espero que sea de vuestro agrado.

Para los que no leísteis los dos primeros, y gustéis de leer, aquí tenéis los enlaces:



ÁNGELES DE CARTÓN

Capítulo 1. Delirios 3/3


Él, me conoce bien, me refiero a mi inexpresivo bolígrafo de tinta azul, pero para quien no me conozca distinguirá en mí a primera vista un cincuentón, de pelo negro, aunque cada vez menos, eso sí, descuidado y al filo de la dejadez; hubo mejores momentos donde estuve bien peinado y de mejor ver. De lejos, podría aparentar ser un ejecutivo de talante grave y bien formado, camisa blanca, chaqueta oscura a juego con los pantalones, de cuya base surgen un par de zapatos que carecen de lustre como todo el traje y la piel de mi cuerpo que se arruga con los días asomando bajo la tela gris. Pero aún es más triste la desmayada corbata que me acompaña allá donde voy. Para ser justo he de añadir que nunca he sabido hacerme el nudo. Y los zapatos que desgasto buscando la senda que una vez se borró bajo mis suelas, son de los que no llevan cordones. La verdad, no me gusta perder tiempo en pequeñas memeces de las que he podido descubrir que está el mundo lleno. Ya se encargaba Débora de minar mis pilares de estabilidad moral exclamándome en sus habituales momentos de cólera: “eres un desastre”, una frase machacona que siempre tenía en boca cuando me enfrentaba al reto del espejo y las volteretas circenses de manos y tela, intentando formar un buen nudo en la corbata; tal vez la llegue a dar la razón en algún momento, pero a día de hoy, no veo la importancia de semejante paño que apenas deja respirar; será por eso que acostumbro a llevar el nudo suelto, dejando caer la tela desfallecida sobre mi pecho como un lienzo decorativo que, quizás, me persuada un tanto, o poco más, para no mandarla a hacer puñetas. Sin embargo, me engañaría si pensara sólo eso del pequeño complemento que duerme sobre mí, ya que sé por qué aún lo conservo como parte de mi propiedad.

Fue Débora quien me la regaló el mismo día que Ángela cumplía su primer añito. No tendría suficiente espacio en estas páginas que me esperan en blanco para describir aquella comida que compartimos los tres... me remitiré a decir que fue... ─tomo para mí un suspiro y fluye en la intimidad de mi ser la sensación, que no la palabra─, inolvidable. Y seguramente, y sin todo lo que llegó a evocar en mi corazón esa diminuta prenda desde aquel día, ya la abría tirado al cesto de la basura o regalado a cualquier compañero de la calle más necesitado que yo, que los hay, y tristemente son muchos. Un regalo absurdo, por otra parte, aunque mirándolo desde el punto de vista de la necesidad, siempre podría venderla y sacar al menos para un bocadillo o canjearla por unos cuantos días de cafés con leche y bollos con los que defender los gritos del estómago.


Qué casualidad, de repente una moneda chinchinea en la acera y me aleja por un segundo de lo que escribo. Son veinte céntimos de euro, dorados como alguno de mis sueños, que desaparecen de inmediato bajo un guante de color verde pistacho, roto en sus extremos, por donde asoman unos dedos mal lavados, mejor dicho, sin lavar; son de mi compañero de cartones; todo el mundo le conoce como Casca, yo también, y me satisface que camine junto a mí en la senda que me tiende la vida.

Le veo que saluda respetuosamente a la persona que le entrega un poco de bondad. Me guiña el ojo mientras me nombra:

─Champalán ─murmura con su particular forma de pronunciar la “c” que muda a favor de una “s”. Champalán es el nombre con el que me bautizó él mismo cuando nos conocimos, no sé a santo de qué, pero la verdad, no me incomoda demasiado. Hasta estoy consiguiendo amoldarme como si hubiera respondido a ese apodo toda la vida, sólo espero no olvidar mi nombre verdadero, el que dejaré en la memoria de los que me conocen cuando me vaya.

Vuelvo a lo mío, pero antes veo a Casca que se levanta, se aleja de mi lado y se va. En fin, soy sumamente sensato para saber que no tengo el aspecto de un indigente, como puede tenerlo él, aunque ahora empiece a sentirme como uno de ellos, y viva, en cierta forma, como lo hacen ellos. Pero por desgracia es algo más que esta exigencia mía que insiste en relacionarse y filtrarse entre los vagabundos más necesitados de la ciudad. Quizá esté equivocado, pero siempre me he dejado guiar por mi intuición. Y esta vez, cómo no, ha sido una señal la que me puso sobre el paradero de mi niña. De alguna manera esa señal me decía que debía zambullirme entre la pobreza más indigente de estas calles de Madrid, sólo así sería capaz de dar con mi hija. Y aquí estoy, sin más armas que mi anhelo, y sin más consuelo que el de escribir, con la esperanza de encontrarla en algún momento...

Y es por ello que diariamente analizo cientos de transeúntes, qué digo cientos, miles; la condición de vivir en la calle me da ahora ese privilegio que otros apenas se han parado siquiera a pensar. Aunque he comprobado en mis carnes que es un privilegio demasiado caro para la agonizante miseria que he llegado a respirar, noche tras noche, en este asfalto plagado de escondrijos rociados de orín que se mezclan con las ambiguas sombras de la ciudad. Aun así no renuncio a pervivir entre los necesitados y los flojos de voluntad. Mucho antes de sentir la señal de Ángela y echarme definitivamente a la calle, yo tampoco me hubiera visto así, en medio de toda esta penuria. Pero he sido yo, no culpo a nadie carnal que sí a las circunstancias, el que ha roto este raíl para que el vagón donde viajaba volcara, y así poder vivir, fuera de la ruta donde estaba encarrilado como si fuera un número de una serie matemática interminable.

Aún trato de recomponer los trozos rotos de mi vida, pero cuando busco, algunos pedazos se han perdido y otros no encajan en el maltrecho mosaico de mi razón.

Entonces caigo en la cuenta y me sostengo con el bálsamo del consuelo, pues dicen que: “la vida te da una segunda oportunidad...” Yo, sentado en este aislado apeadero, sigo esperando. Mientras, muevo y giró las piezas que todavía están aún por ajustar en el incompleto puzzle que una vez se revolvió empañando mi memoria.

Con todo, me esfuerzo y recuerdo que Débora era una mujer difícil, quizá por eso me gustaba, sentía un mono irresistible cuando estaba cerca de mí, era un reto incomparable. Tal vez fuese esa, inconscientemente, la razón por la que me casé con ella. Pues aunque había detectado todos sus defectos y manías, fueron sus muchos valores los que me empujaron definitivamente a sus pies; demasiados, para haber ofrecido un no por respuesta el día que acudimos a él, al cura que nos unió ante Dios, del que por cierto, no recuerdo ni un rasgo de su rostro, ¿por qué será? Aunque sí tengo una vaga silueta de ese hombre: era mayor en edad pero bajo en estatura, y su voz sonaba aburrida y poco armoniosa bajo aquella cúpula decorada de angelitos que parrandeaban desnudos y sin sexo por las paredes llevándose mi concentración en más de una ocasión. Lo que sí recuerdo con mayor énfasis, aunque la tensión no me dejó disfrutar del momento, fue el instante en que apareció ella, Débora, toda envuelta en blanco como vestida de cisne. Otro momento inolvidable.

Mi visión se nubla, pese a mi dura oposición, encima de estas últimas palabras que acabo de escribir. Vacilo, tratando de coger el aliento suficiente como para proseguir. No sé cómo, pero lo he conseguido.

Cada momento que pasa me cuesta más empuñar entre mis dedos, agarrotados de frío, a mi querido compañero BIC y ponerme a escribir encima de este papel. Es curioso lo repetitivo que llega a resultarme a veces lo que escribo. Tengo que hacer uso de mi imaginación para que lo que trato de trasmitir resulte diferente, aunque, ¿a quién quiero engañar? Hace muchos días que no he recibido ninguna señal, por tanto no sé qué escribir... ¿Acaso me estoy alejando de mi niña?

─¿Ángela? Si estás ahí, dirígeme el camino... sabes que iré ─musito para mí. (Fin del capítulo)

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MiánRos (Quedan todos los derechos reservados sin el consentimiento del autor).

jueves, 14 de enero de 2010

Basándome en la frase célebre del escritor británico, Gilbert Keith Chesterton, que decía: “Optimista es el que os mira a los ojos; pesimista, el que os mira a los pies.” Pues bien, dicho esto, y mirándoos fijamente a los ojos, reabro el blog con todas las sirgas dichosas enhebradas en mi alma, refrendadas en obstinado ceño para expresaros mis más sinceros propósitos para el 2010.

Primeramente, acabar la novela que tengo entre manos: un cuento a caballo entre el siglo XVI y nuestros días. El escenario, Milán. El personaje, Da Vinci. La protagonista, Maco, que acaba de cumplir dieciocho años y verá como el día de su cumpleaños la vida le tiene preparada una misteriosa sorpresa. (enlace a un pequeño fragmento de la novela)

Pero no sólo eso, sino acabar la segunda novela de la trilogía de, La Leyenda de Almaranthya, que tengo varada y sin viento desde hace casi año y medio, y, creo recordar que dejé olvidada en un archivo de este sedentario ordenador, en la página... a ver, dejarme que busque... aquí está. 194, ¡vaya!, trece capítulos, pensaba que tenía escrito algo menos, ya es un volumen considerable.

A estos dos alentadores deseos espero, entre tanto, sacar espacios para leer, intercalar algún que otro relato que caiga en mi pensamiento, y de éste al papel y, por supuesto, alternar todo con las consabidas labores familiares y demás menesteres que surgen en el hogar, que son muchos. ¡Ah!, y todo ello si el tiempo lo permite y las enfermedades se muestran benevolentes con el cuerpo de uno, se entiende.

Y, siguiendo la línea de buenaventura que he perfilado para mi presuntuoso horizonte, desearos a todos los seguidores de Literatura Horizontal un trato paralelo y afín a lo ya mencionado, para todos.

“Año de nieves, año de bienes.” La nieve ha llegado, los bienes... están por venir.

Buenas musas, mucha actividad, amigos, y que la inspiración se esparza sobre cientos de hojas en blanco y se convierta en novela.
Os dejo con el segundo fragmento del primer capítulo de mi novela Ángeles de Cartón (novela/drama, 2008). Espero sea de vuestro agrado. Para los que no tuvisteis la oportunidad de leer el primer fragmento, este es el enlace: capítulo 1. Delirios (1/3)


ÁNGELES DE CARTÓN

Capítulo 1. Delirios (2/3)

Pues bien... Desde este desabrigado lugar que tomo como cama y como todo, me he acostumbrado a observar, más que a escribir, mientras descubro de una forma diferente a las personas. Ellos andan, corren, se detienen, pero no me ven, o no quieren verme, aunque yo sí que los veo, a todos, sin excepción. Me unto y me entretengo con sus gestos; algunos son alegres, otros tribales, pocos hay trasparentes mezclados entre los muchos opacos. Pero en conjunción, me espanta reconocer en ellos sus miedos. Miedo, que sensación tan sombría se descubre en mi conciencia simplemente con nombrarlo.

Coloco la manta para que el frío no encuentre el pasadizo que forman mis piernas recogidas, mientras me deleito con una mueca que pasa deprisa.

No me ha dado tiempo a digerir por completo ese gesto cuando una jovencita que se ha peinado una larga coleta negra, como el más puro de los chocolates que satinaron mis dientes alguna vez, me sonríe; me ha visto al pasar delante de mi sentada posición. “Gracias pequeña”, recibe mi respuesta, que espero sea para ella tan cálida como a mí me ha resultado la suya.

Sin embargo, el grato momento ha sido siquiera un chispazo de ilusión ─suele ocurrir en estos casos felices─ porque al instante me doy cuenta de que vuelvo a ser un mero fantasma observador, apartado en la cuneta del trajín de la vida, como algo olvidado.

Regreso a todos esos rostros que, precisamente hoy, se ocultan bajo grandes paraguas de polícromos colores, resistiendo la invisible avería que se ha producido en lo alto, en la asamblea de nubes. Un guiño de chifladura acude de repente a mí y me arranca involuntariamente una carcajada de mi interior mientras contemplo la aceleración que produce semejante contratiempo en las personas. “Infelices. ¡Correr, correr! No paréis”. Les digo para mí. “Iros con vuestra prisa a buscar más prisa. Ya llegará el tiempo de parar”.

Pero qué ironía la mía, a veces me comporto como un desequilibrado o simplemente un estúpido, quizá lo sea, y de un modo insalvable. Mi risa es perversa y gélida, puesto que, coherente con la perturbación que me domina, sé que no acudirá a nosotros el ser humano capaz de arreglar semejante desperfecto, ni existirá escalera lo suficientemente alta que se incline para remediar el deterioro que se cierne sobre nuestras cabezas. No, no llegará el día, al menos yo no lo veré, ni ninguno de vosotros. Por lo tanto, no puedo ayudaros, ni vosotros mismos podéis hacerlo, y menos, salvarme a mí, ya nadie puede. Sólo cabe observar y abrazarnos los unos a los otros, y todos juntos esperar... todo lo que tenga que venir, no descuidéis, que vendrá.

...

Me he quedado en blanco, sé que es difícil, pero a veces me ocurre. Sólo entonces viene a mi memoria el pasado, y encarrilo la danza elegante que nace como un destello mágico en la punta de este pequeño cilindro de tinta que va dando carácter al blanco de estas páginas, revelando las letras que aprendí hace muchos años; doy gracias por haber tenido la paciencia y el orden necesario de guardarlas en algún lugar de mí, y que con esta edad que ahora me carcome doy por hecho que habría sido incapaz e improbable de haberlo conseguido; aunque sin embargo, mis ojos van más allá de esta escritura que parece que brota instintivamente de mi mano y se adosa en el papel, quién sabe si para siempre. Ojalá yo tuviera esa magia y pudiera hacer lo mismo y estacionarme para siempre en un lugar parecido, o considerable.

El vacío de mi conciencia ha enlazado con una reflexión que caprichosamente viene a mí en el vagón de los longevos mutismos de mis ya frecuentes ausencias. Pasa rápido de largo y leo mi propia preocupación, pero lo recito para mí, acopiado en mi atmósfera solitaria:

─“He llegado a convencerme de que no estoy en este mundo por voluntad propia. Fríamente, somos el resultado de una suma entre el deseo y el placer que disfrutaron otros. No obstante, y a fin de cuentas, tenemos que dar gracias a pesar de que seamos una consecuencia... Porque sin quererlo yo, nací. Como creo que todos nacemos”.

De ese modo vino a este mundo Ángela, o Débora, su madre, que siempre quiso que naciera un cuerpecito de nube de algodón para estrecharlo entre sus pálidas manos; yo me sumé a ese estremecimiento que nos abarcó por entero a los dos; a Débora y a mí, el día del alumbramiento de nuestra pequeña Ángela; mi rubita de ojos dulces del color de las castañas en otoño. Con el tiempo, supe que nuestra hija no fue suficiente para remendar nuestro amor.

Creo haber escrito estos últimos párrafos alguna vez, me encanta hacerlo, pero estoy seguro que las palabras danzaron de distinta forma, y los verbos que se me antojaron entonces fueron diferentes.

Aunque me niego a volver atrás. No me gusta recordar cosas de mi pasado, pero mi mente es caprichosa y me asalta en los momentos menos insospechados.

Y es que me acuerdo tanto de ella, de Débora, de mi primera y única esposa, que no pasan los días en los que alguna de las mujeres con las que me cruzo a diario por las calles, no me salpique algo que una vez descubrí en ella, mientras envejecíamos juntos, abrazados el uno al otro. Pero mis palabras no son del todo ciertas... porque aunque no me gusta comparar, ninguna se podrá igualar a Débora... ninguna.

Pero hay algo más. Algo con mucha más fuerza en mis recuerdos, que cuando bosteza en mi mente y se presenta frente a mis ojos, me debilita, y me hace temblar; es el rostro de mi pequeña Ángela, el fruto que brotó del amor de Débora y mío, mi hijita. Y es ella quien se aparece delante de mí y nubla la ciudad que se alza tras su evocada silueta; es su menuda y dulce sonrisa, precisamente, la que domina mi mano cuando escribo y se vierten mis frases por la emoción, y el vínculo entre mi mente y BIC se diluye, y con él, mis sentidos. Sin embargo, sé que esa circunstancia es la que me mantiene vivo. Entiendo que es una conjunción de sentimientos, me suele ocurrir a menudo, pero no puedo hacer nada por evitarlo. En ese momento, soy consciente del vacío que siento en mi interior, y la necesidad que me obliga a dejar de escribir hasta alcanzar una abertura lo suficientemente amplia para no empañar mi visión y estropearlo todo. Si no lo hiciera, nada de la elegante curvatura de las grafías añiles que deja en su senda BIC se parecería a una palabra, ni siquiera a algo legible. Y quiero que mi escritura sea bien legible, que quede constancia de lo que desea mi corazón y anhela mi alma.

Te quiero, Ángela. No sabes cuánto. Siempre te he querido... ¿Dónde estás, mi niña?...

Aún tengo fe de que ella lea todo esto que escribo, ya que es la personita que se sienta en mi conciencia, por la que abro los ojos y para la que encadeno vocales y consonantes y todo tome sentido. Ojalá el destino tenga benevolencia con mi niña, allá donde esté, y conmigo, allá donde quiera llevarme; pero por Dios... que nos junte, que nos junte pronto, ya que mi terquedad alimenta este cuerpo para no perder las fuerzas y el poco aliento que ya empieza a escasear en mis reservas para dar con ella. La busco más allá de mis recuerdos, de mis dudas, e incluso, entre la contrariedad que emborrona mi pasado.

Y sabed que es por ella, por la que deambulo entre las enmarañadas calles de esta ciudad, sin más armario que el pequeño maletín que parece adosado a mi mano derecha como un enorme detalle decorativo de mi piel; sin mayor cobijo que una pequeña Biblia de bolsillo para amenizar las gélidas inclemencias que presenta la intemperie, unos cuantos cartones y una manta que una vez cubrió el gozo de mi hogar, cuando se le podía llamar hogar.

Ay, me ha vuelto a ocurrir, y la misma pregunta me interrumpe... ¿Cómo es posible que todos mis pensamientos confluyan hacia mi pasado? No quiero pensarlo, pero soy juicioso con mis sentimientos y sé que estoy apresado por los momentos ya vividos, soy reo y celda de mí mismo, es una pasión inevitable.

Pero la realidad está ahí, y aunque trate de engañarme y camine mezclado entre personas, me siento solo; no importa, es una impresión que he llegado a asumir, sé que no le intereso a nadie. ¿Quién quiere saber cuánto sufre mi corazón, y cuán perdida está mi alma de mi cuerpo? ¿A quién le importa lo que a mí me pase y la verdadera razón por la que escribo? Nadie leerá ni uno, ni tres, ni cuatro, y siquiera volcar un interés sobre estos párrafos sabiendo de antemano que está escrito por un vagabundo. Nadie ahondará en unos textos recubiertos de melancolía que sólo definen mi desesperación y defienden la postura que he adoptado de vivir en la calle buscando a mi hija Ángela, por si una vez todo se dignara a cambiar.


Me es por tanto fácil de adivinar que las emociones que voy encontrando a cada instante alrededor de mí, son mías y sólo mías. Y sin embargo, aunque no ocurriera nada de lo que pienso y todas estas hojas se perdieran, me da igual, escribir me reconforta y de alguna manera me evade del mundo que chilla ahí fuera. Es un limbo espiritual que cierro para mí en el que me acompaña mi ferviente compañero BIC quien hace visible mi pensamiento. Nadie más puede entrar si yo no quiero. (continuará)

MiánRos (Quedan todos los derechos reservados sin el consentimiento del autor).

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