martes, 23 de noviembre de 2010

Autopista


La autopista


Amanece.

A mi derecha el reloj despierta antes que yo.

Levanto torpemente los párpados. Me fascina la providencia de la bella claridad, su orden, su sinuosa conquista desterrando sombras, su blasón radiante y silencioso acaparando aristas y balcones. No en vano la arraigada noche va dejando en mi conciencia el lugar al que siempre perteneció: un país indómito donde guardo todo y del que nunca recuerdo como agujero negro o como tal, pero se lo come todo; también la oscuridad se precipita allí, y desaparece, para volver a aparecer cuando me haga falta (como una autopista de doble sentido, donde todo entra y todo sale).

Pero son mis ojos ─esos gemelos indiscretos─ los que me han arrancado momentos vividos ─sin orden alguno─ camino del mismo lugar; lugar al que mis dos alianzas que me enchufan al suelo han sabido obedecer, y por tanto, trasladarme sobre la dura vía de hormigón cuadriculado; una vez desmontado de la criatura de chapa rodante que me acercó a trescientos metros del lugar.

Enseguida distingo el viejo abeto; por detrás se nutre uno más joven, justo antes de la pendiente donde hay tres más, de similar anchura que este último peleando a su manera con el frío y la oscuridad. En el césped, la pareja de urracas graznan al alba al otro lado de la curva que sube al convento nuevo donde, en horas tardías, escucho el estertóreo bronce de las campanas.

Espero la luz roja. Cuando aparece cruzo la calzada y giro el rostro de soslayo, veo el cartel luminoso: pinta tres caras teatrales hoy sin luz; nunca funcionó el fluorescente como Dios manda, como casi todo lo demás. El cartel no tarda en desaparecer en la autopista de mis entrañas.

A la izquierda y quince pasos más adelante, la gasolinera; apenas hay tres coches, un calco de ayer. El gran dragón de acero que escupe esencia oscura en las profundidades del bajomundo me recuerda que es jueves; es un adorno intrascendente pero de algún modo rompe con mi meticulosa secuencia matinal. No importa, todo ello es capaz de precipitarse en la autopista a medida que avanzo camino del lugar, y el dragón se esfuma tan pronto y de la misma manera en ella como lo hizo la oscuridad, la criatura de chapa, el viejo abeto, el joven, la pareja de urracas, la voz de las campanas... Un día me escurriré yo también y me devoraré...

Bajo las escaleras y alzo la vista; este punto guarda una perspectiva especial. Me encanta, pues desde aquí, a lo lejos, en el noroeste más profundo que llega alcanzar mi mirada descubro la cadena de montañas, ahora está empolvada de nieve y no es más grande que dos dedos de mi mano extendidos de forma horizontal; parece una maqueta, me incita a escapar. Aún no puedo, estoy atado al lugar, reducido en este pedazo de mundo desde que suena el reloj, desde que la claridad me da tortitas en la cara, desde que ser honesto y consecuente se ha convertido en parte de mis mandamientos.

Cuando quiero poner orden a mi efervescente rebeldía ─sin huir de mí─, me veo a los pies del foso, delante de la nueva fortaleza.

Echo un último vistazo a la inmensidad que se alza sobre mí: el muro se recorta bajo la primera tonalidad de azul, dos nubes, dos sociables nómadas que decoran el despertar de muchos, y que una vez cumplida su misión y tras dejarlas a mi espalda se precipitan a la autopista de bajada. Al oeste, sin embargo, la claridad tiene mucho trabajo aún por hacer.

No hay tiempo para más, desciendo ─virgen de cuanto he visto y predispuesto a colapsar la autopista; mis discretos siempre trabajan a destajo─, el lugar está cerca, puedo calcularlo mentalmente: en quince segundos estaré delante de él, es el tiempo que necesito en consumar y dejar atrás los veintinueve escalones de la primera zona de bajada al foso de la fortaleza, luego siete más y desviarme a la izquierda, empujar la segunda puerta de entrada ─si no está abierta─ y seguir bajando durante otros veinticuatro escalones divididos en dos tramos para traspasar el umbral de otra puerta de acceso, girar sesenta grados en dirección al mueble que pega contra la pared, y ahí está: el lugar, el perímetro con el que me amenaza todos los días mi alma al despertar mucho antes incluso de llegar a él; y no puedo escapar. Ahí esta ─ahora físicamente─, el lugar diáfano y con la máquina, y yo delante. Frente a frente.

Tecleo la combinación en ella; es curioso, la secuencia de números también la recuerda mi alma. Y, tan pronto marco el último número y la serie numérica pone marcha hacia la autopista, avanzo por el largo pasillo entre personas que me miran sin quererme ver a merced de la luz artificial, a merced de los superiores que aún están por llegar, a merced de que pasen las horas, a merced de mi falsa voluntad, a merced de todos y de todo lo demás, menos de mí.

Mián Ros (quedan todos los derechos reservados sin permiso del autor)

6 comentarios:

la nena dijo...

Hooooooooola Miiiiiiiiiian,
Has descrito un mundo paralelo al mío:
Bajo las escaleras y alzo la vista; (aquí yo salgo a la calle y también alzo la vista)
este punto guarda una perspectiva especial. ( Si yo también, siempre miro hacia las montañas)
Me encanta, pues desde aquí, a lo lejos,( yo también miro a lo lejos descubriendo cómo vamos todos como hormigitas hacia Madrid)
en el noroeste más profundo que llega alcanzar mi mirada descubro la cadena de montañas, ahora está empolvada de nieve y no es más grande que dos dedos de mi mano extendidos de forma horizontal;(Yo lo que veo son las 4 torres a lo lejos y a sus pies todo Madrid y lo que mido es la contaminación que se vé) parece una maqueta, me incita a escapar.(A mí al revés, echo la vista hacia atrás y me quiero quedar)
Mundos paralelos.
Besillos.

Maribel dijo...

Mian, me ha atrapado este relato, encierra mucha belleza narrativa, es compacto y limpio, y tiene algo de mágico. Te felicito.
Un abrazo.

MiánRos dijo...

Hola Nena,

Qué impresión al comprobar tu emoción: mundos paralelos, una prefiguración de almas alteradas y contrapoladas pero con una base existencial evidente: el bucle maquinal nocivo que nos envuelve. Y un nexo en común como contrafuerte: el deseo de abortar la moralidad trazada y escapar del automatismo. Siento que todos fragmentamos nuestro deseo cuando nos trasladamos a un lugar impuesto y que no nos satisface (cualquier alternativa puede resultar mucho más gratificante, sobre todo si guardamos buenos recuerdos de ella).

Mil besos y uno más...
Mián Ros

MiánRos dijo...

Hola Maribel,

A veces la magia la encontramos a diario sin salir a buscarla. Recibo tu felicitación. Muchas gracias.

Un fuerte abrazo,
Mián Ros

PRINTOVA dijo...

¡Hola Mián! Me perdí comentar esta entrada, aunque si pude leerla y me gustó un montón, esa forma de describir tu andar diario, como vives ese entorno que te acompaña. Yo lo vivo con otros ojos, a mí esos dos dedos se me convierten en un póster tamaño gigante, no que no vislumbro son edificios, más bien me los tengo que imaginar, aunque si añoro a veces el no verlos, también se llega a echar de menos lo que tu ves a diario.
Un besote enorme hermanito.

MiánRos dijo...

Hola Printova,
El espíritu es así de caprichoso: cuando algo se tiene, se llega a volver vulgar e indiferente, y cuando no se tiene, se llega a añorar. Quizá por eso sea tan maravilloso Vivir.

Siempre agradecido a tus palabras.
Mil besos y uno más.
Mián Ros