martes, 14 de septiembre de 2010

Cosas de la vida 3

Tercera y última parte de Cosas de la vida (espero). Y es que algunos de vosotros me habéis dado pie a crear, o a creer, que esta circunstancia podía valerme para ambientar un relato. Y... bueno, casi como el que no quiere la cosa y dándole vueltas en la cabeza en determinados momentos, podía decirse que... surgió (entre el vaivén de hormigoneras y golpes de martillo, y con el permiso de mis personajes de La caja de pinceles, obviamente).

Y eso es todo. Sólo desearos una feliz semana. ¡Puf! aquí llega otra... ya sabéis a qué me refiero, je je.
Mián Ros

CONDENA

Fui levantado por la voluntad de ellos.

Pero cuando fui consciente de mí por primera vez, vi que sólo él me dedicaba su miraba. Podía leer su concentrada ira expuesta en miles de venas abultadas y sangrantes repartidas en dos indiscretos ojos abotargados de ansiedad. Mientras, otros como él se esforzaban en que yo fuera algo, y ese algo debía representar solidez y apariencia, o acaso ser un digno competidor de mis propios semejantes.

Se descubrían las formas y a la par lo hacían los ruidos. Luego, y en la misma concordancia desaparecían con las horas y tomaba cuerpo el silencio, bajo un pliegue oscuro y desolador, y él se asomaba a verme; sin luz, con ella. Sin embargo, no siempre era así. Llegaban distanciados momentos hasta donde llegué a echarle de menos, y aún más cuando desgastaba su tozudez en no espiarme. Pero era cuestión de recolectar más horas, y aun cuando mis pocos días de existencia seguían siendo escasos, asimilé que su necesidad le volvería a acercar y no por hambre, al hueco, donde advertía su latente ojeriza de indignación pese a su silueta disimulada con la nube de tela tras la que a veces se escondía.

Hastiado y limitado en su reservado recinto no pudo evitar que me hiciera todo lo grande que él, en detrimento a su deseo, se iba sintiendo cada vez más pequeño, ajustado e inapreciable como una punta de alfiler, allí, abajo, sobre la superficie donde los otros y él acostumbraban a arrastrar sus inquietudes mientras movían sus pies.

Y había horas que trepaba incluso sobre su orgullo y consumía toda la apariencia necesaria, y se estiraba por encima de sí mismo, pensando en... yo qué sé. Lo más gracioso es que poseía una extraña forma de vida que le seguía a todas partes a la que llamaba sombra, donde parecía recostar su voz y desagravio, además de estar ligada a sus pies; ésta aparecía y dejaba de hacerlo entre ostensibles contoneos y siempre de una manera tan diestra y fugaz que contrastaba con el impertérrito gesto de piedra que gastaba su semblante.

Cuando él asomaba la cabeza por el rincón del hueco una vez más apoltronado en su muralla de silencio, yo le estudiaba: chillón de alma y muda boca, crispado e impotente. Y, como si fuera un vicio perpetuo, despeñaba su resignación hacia el vertedero de su alma y terminaba por inclinar su cara detrás del plano e invisible cuerpo al que supe de otros labios que él y los que eran como él le llamaban, cristal: materia que celaba el hueco. Luego alcancé el entendimiento necesario para descubrir toda la estructura que conformaba mi organismo: barro cocido entre decenas de huecos, ataviado y compuesto por múltiples cuerpos de cristal.

Yo, una vez alzado, cerrado por completo y enclavado de por vida hasta el deterioro más ruinoso llamado muerte -que me llegará bajo otra potestad incierta de energía inapreciable expuesta a la voluntad de la intemperie-, supe quien era yo, y cual era mi verdadero nombre. Y aunque él, y muchos otros como él, nunca lo supieron, se hicieron el grato favor de distinguirme con un nombre vulgar y sin mostrar diferencia de los de mi especie. Edificio, decían al hablar de mí y de los míos, otros simplemente me llamaban, piso, casa, y, una buena parte, se acomodaban indicando que era un atractivo bloque. Allá ellos, frágiles estructuras transitorias.

Pero no importa, fui recolectando tantos días como herrumbre, tantos pensamientos como instantes, hasta que llegó el último para ellos, el instante que les privó del aliento de vida, el que enfrió el calor que los mantenía activos en su precioso presente.

Ahora, lejos de toda vida como la conocieron ellos y antes del amanecer, lloro: el relente constituirá mis lágrimas a la primera luz, y lo haré en memoria de aquellos que me dieron forma, y día tras día mi sombra surcará el plano alargándose hasta las puertas del horizonte.

Y aunque fue un chillón de alma y muda boca, figura crispada e impotente, le echo de menos, también a él, y a su caprichosa sombra que acostumbró a hurgar las entrañas del paciente cuerpo de uno de mis parientes.

Me llamo, Dertm. Y desde que ellos se fueron continúo aquí, erguido junto a los míos, tan callado como los que enterraron, cumpliendo la condena que me impusieron pues fue su voluntad. Pese a todo, no les guardo rencor.

Ojalá venga pronto el derrumbe a visitarme.

Mián Ros (quedan reservados todos los derechos sin el consentimiento del autor)

10 comentarios:

Susana Terrados Sánchez dijo...

Caray, Milán a medida que iba leyendo notaba como se me erizaba los pelitos del cuerpo de la emcoión.
Te ha quedado que ni bordado, me encanta, me fascina, ...te felicito.
A partir de ahora cada vez que pase al lado de los montones de edificios de esta ciudad Benidorense guardaré un respetuoso silencio...por si acaso.
Saludos y golpecitos en la espalda, señal de felicitación, ¿los notas?

Begoña dijo...

En mi blog recomiendo un escrito tuyo. Si te molesta me avisas y lo quito, es que acabo de leer lo de ...sin consentimiento del autor...

http://dasdelluvia.blogspot.com/2010/09/algo-precioso-que-leer.html

PRINTOVA dijo...

¡Qué bueno hermanito! Ves como al final las musas se han puesto el mono de albañil y te han inspirado. Vaya bueno, si señor, has creado un relato sobre los edificios y está genial, como que desde hoy creo que los veré con otros ojos, ¡oyes, que impone tu relato! Ya la repera sería que escribieras sobre tu íntima, ji,ji (la hormigonera). Ves como yo tenía razón cuando te puse el título de Arquitecto de palabras vivas, ya me olía yo por donde saldrías, ji,ji.
¿Sabes? Me dio hasta pena, jolín.
Te quedó tan bien que ahora producen respeto.

Bueno, pues nada que siga así la inspiración, veo que te estás acostumbrando al ruido.

Ah! muy bueno tu comentario último en mi blog, no si lo que digo, te está viniendo a saco la inspiración.

Un besote muy grande Arquitecto.

Maribel dijo...

¡Qué sorpresa! Un relato nacido de los ruidos de las hormigoneras. Y vaya pedazo de relato. Me tenías en un sinvivir a lo largo de la narración, hasta que por fin se identificó el edificio. Qué bueno.
Vas a tener que pedirle a los de la obra que no se vayan nunca, jeje.
Un abrazo y buenas noches.

Jose dijo...

Joder, estoy flipando tio. Es increible las vueltas que da la vida y sobre todo, como le cambian a uno. ¿ Que al Mon le ha dado por la lectura ?¿ Que ahora escribe relatos ? Increible. Recuerda que tienes pendiente una novela de ciencia ficción, acerca de alguien con poderes psíquicos capaces de adentrase en los cuerpos y curar las enfermedades. O algo así me contaste una vez. Por lo que leo por ahí, estás metido en la construccuón. Viendo el estado en el que estan las cosas, has tenido suerte de seguir. Espero que todo te vaya bien, y te animo a que sigas escribiendo. Como ya sabrás, la lectura era una de mis grandes aficiones. Cuando tenga tiempo leeré algo tuyo y ya te escribiré algún comentario. Un abrazo.

El Mon Jose (antiguo compañero de trabajo)

Pd: Mian es de Miguel Angel, ¿y Ros ?

MiánRos dijo...

Susana
Pues de verdad que se agradece, no sabes cuanto me reconforta esto; seguiremos caminando; pasito a pasito se recorre el camino; mil gracias.
Un fuerte abrazo, amiga.
Ah, y sí parece que he notado tus golpecitos en la espalda, al menos un tanto, je je.
Mián Ros

MiánRos dijo...

Begoña
En absoluto. Cómo iba a molestarme que hagas publicidad de mis escritos; gracias. Lo que sí agradezco (como has hecho) que se me avise para comprobar el fin del mismo.
Un abrazo
Mián Ros

MiánRos dijo...

Printova
Ja ja, pues sí que eso de Arquitecto de letras vivas va a tener que ver; no había caído hasta leerte; qué bueno.
Dentro de esta vorágine infecciosa de ruidos hago lo que puedo, y espero que no sea poco que es de lo que se trata: escribir, corregir, mejorar, vuelta a escribir, rescribir y cabecear ante los fallos, y continuar con mayor perseverancia... y escribir, etc...
Mil besos que vuelan hacia el valle del Turón.
Mián Ros

MiánRos dijo...

Maribel

Fíjate que pese a todo este descontrol se puede armar un relato, y que tenga un mínimo de sentido (deberías escuchar el jaleo que forma la obra todas las mañanas; un caos).

Gracias por tus generosas palabras, me animan para seguir atesorando la paciencia necesaria y mejorar en cada escrito.
Un fuerte abrazo, amiga.
Mián Ros

MiánRos dijo...

Jose
Qué alegrón me has dado. ¿Cuánto tiempo? Y no, no flipas, soy yo, el Mon. Ya ves, las vueltas que da la vida, desde el 2006 me ha dado por escribir, y no sabes de qué manera. Desde entonces he dado por concluido (que no por terminado, pues siempre estoy corrigiendo mis escritos) dos novelas, y otras dos que tengo en ciernes, más un puñadito de relatos; todo ello lo podrás ver y leer a la derecha de este blog. Ninguno ha sido publicado, pero en eso andamos; lo más que he obtenido es ser finalista del primer certamen de literatura de la editorial Bubok, con mi novela, Ángeles de cartón.
Sobre lo de Ros, viene a ser las tres últimas letras que cierran mi apellido. Y no trabajo en la construcción, volví, aun sin querer, a mis orígenes, la fruta; llevo siete años formando plantilla del Corte Inglés.
Bueno, ya sabes dónde estoy, me encantará verte por aquí.
Un fuerte abrazo.
Mián Ros