viernes, 22 de enero de 2010

Entrevista a la vista

Siento que he aprovechado el tiempo esta semana todo lo que he podido. Es cierto que aún no he alcanzado la regularidad que llevaba antes de empezar las fiestas, pero la máquina parece engrasada. Cuando quiera darme cuenta, seguro que estaré a pleno rendimiento.

La escritura sobre mi nueva obra ha arrancado en un punto que me apetecía coger, ya que estoy en las escenas donde los personajes comienzan a tomar suficiente protagonismo y mi corazón se acelera cada vez que voy poniendo ritmo a las acciones.

En cuanto a la lectura se refiere, le he dado un buen avance al libro de Blanca Miosi, El Legado. Ya estoy en la resolución final de la novela; una perspectiva vista desde otro enfoque diferente sobre la vida de Hitler, las personas y rumores que le rodearon; sumamente interesante para todos los que no lo habéis leído aún.

Entre tanto, he recibido una grata sorpresa durante la semana; no sabéis la ilusión que me ha hecho, de veras. Mi sobrina me ha mandado un correo diciéndome que quiere hacerme una entrevista para el periódico del instituto. Por lo visto, quieren participar en un concurso a nivel nacional, donde entrarán otros colegios.

Ella ya me había entrevistado con anterioridad para una ponencia que tenía que hacer en la clase hablando del tema que eligiera; obviamente, escogió a su tío para hablar de él y de sus novelas. Más tarde me enteré que había sacado un diez; qué contento me puse.

Ahora vuelve a repetir tema pero esta vez para el periódico: su tío, el escritor novel. Qué maja es. No tengo palabras para la publicidad que está haciéndome por Asturias. Gracias de todo corazón, Sarita.

Para terminar, y siguiendo con la secuencia de entradas anteriores, os dejo con el tercer fragmento del primer capítulo de Ángeles de Cartón. Espero que sea de vuestro agrado.

Para los que no leísteis los dos primeros, y gustéis de leer, aquí tenéis los enlaces:



ÁNGELES DE CARTÓN

Capítulo 1. Delirios 3/3


Él, me conoce bien, me refiero a mi inexpresivo bolígrafo de tinta azul, pero para quien no me conozca distinguirá en mí a primera vista un cincuentón, de pelo negro, aunque cada vez menos, eso sí, descuidado y al filo de la dejadez; hubo mejores momentos donde estuve bien peinado y de mejor ver. De lejos, podría aparentar ser un ejecutivo de talante grave y bien formado, camisa blanca, chaqueta oscura a juego con los pantalones, de cuya base surgen un par de zapatos que carecen de lustre como todo el traje y la piel de mi cuerpo que se arruga con los días asomando bajo la tela gris. Pero aún es más triste la desmayada corbata que me acompaña allá donde voy. Para ser justo he de añadir que nunca he sabido hacerme el nudo. Y los zapatos que desgasto buscando la senda que una vez se borró bajo mis suelas, son de los que no llevan cordones. La verdad, no me gusta perder tiempo en pequeñas memeces de las que he podido descubrir que está el mundo lleno. Ya se encargaba Débora de minar mis pilares de estabilidad moral exclamándome en sus habituales momentos de cólera: “eres un desastre”, una frase machacona que siempre tenía en boca cuando me enfrentaba al reto del espejo y las volteretas circenses de manos y tela, intentando formar un buen nudo en la corbata; tal vez la llegue a dar la razón en algún momento, pero a día de hoy, no veo la importancia de semejante paño que apenas deja respirar; será por eso que acostumbro a llevar el nudo suelto, dejando caer la tela desfallecida sobre mi pecho como un lienzo decorativo que, quizás, me persuada un tanto, o poco más, para no mandarla a hacer puñetas. Sin embargo, me engañaría si pensara sólo eso del pequeño complemento que duerme sobre mí, ya que sé por qué aún lo conservo como parte de mi propiedad.

Fue Débora quien me la regaló el mismo día que Ángela cumplía su primer añito. No tendría suficiente espacio en estas páginas que me esperan en blanco para describir aquella comida que compartimos los tres... me remitiré a decir que fue... ─tomo para mí un suspiro y fluye en la intimidad de mi ser la sensación, que no la palabra─, inolvidable. Y seguramente, y sin todo lo que llegó a evocar en mi corazón esa diminuta prenda desde aquel día, ya la abría tirado al cesto de la basura o regalado a cualquier compañero de la calle más necesitado que yo, que los hay, y tristemente son muchos. Un regalo absurdo, por otra parte, aunque mirándolo desde el punto de vista de la necesidad, siempre podría venderla y sacar al menos para un bocadillo o canjearla por unos cuantos días de cafés con leche y bollos con los que defender los gritos del estómago.


Qué casualidad, de repente una moneda chinchinea en la acera y me aleja por un segundo de lo que escribo. Son veinte céntimos de euro, dorados como alguno de mis sueños, que desaparecen de inmediato bajo un guante de color verde pistacho, roto en sus extremos, por donde asoman unos dedos mal lavados, mejor dicho, sin lavar; son de mi compañero de cartones; todo el mundo le conoce como Casca, yo también, y me satisface que camine junto a mí en la senda que me tiende la vida.

Le veo que saluda respetuosamente a la persona que le entrega un poco de bondad. Me guiña el ojo mientras me nombra:

─Champalán ─murmura con su particular forma de pronunciar la “c” que muda a favor de una “s”. Champalán es el nombre con el que me bautizó él mismo cuando nos conocimos, no sé a santo de qué, pero la verdad, no me incomoda demasiado. Hasta estoy consiguiendo amoldarme como si hubiera respondido a ese apodo toda la vida, sólo espero no olvidar mi nombre verdadero, el que dejaré en la memoria de los que me conocen cuando me vaya.

Vuelvo a lo mío, pero antes veo a Casca que se levanta, se aleja de mi lado y se va. En fin, soy sumamente sensato para saber que no tengo el aspecto de un indigente, como puede tenerlo él, aunque ahora empiece a sentirme como uno de ellos, y viva, en cierta forma, como lo hacen ellos. Pero por desgracia es algo más que esta exigencia mía que insiste en relacionarse y filtrarse entre los vagabundos más necesitados de la ciudad. Quizá esté equivocado, pero siempre me he dejado guiar por mi intuición. Y esta vez, cómo no, ha sido una señal la que me puso sobre el paradero de mi niña. De alguna manera esa señal me decía que debía zambullirme entre la pobreza más indigente de estas calles de Madrid, sólo así sería capaz de dar con mi hija. Y aquí estoy, sin más armas que mi anhelo, y sin más consuelo que el de escribir, con la esperanza de encontrarla en algún momento...

Y es por ello que diariamente analizo cientos de transeúntes, qué digo cientos, miles; la condición de vivir en la calle me da ahora ese privilegio que otros apenas se han parado siquiera a pensar. Aunque he comprobado en mis carnes que es un privilegio demasiado caro para la agonizante miseria que he llegado a respirar, noche tras noche, en este asfalto plagado de escondrijos rociados de orín que se mezclan con las ambiguas sombras de la ciudad. Aun así no renuncio a pervivir entre los necesitados y los flojos de voluntad. Mucho antes de sentir la señal de Ángela y echarme definitivamente a la calle, yo tampoco me hubiera visto así, en medio de toda esta penuria. Pero he sido yo, no culpo a nadie carnal que sí a las circunstancias, el que ha roto este raíl para que el vagón donde viajaba volcara, y así poder vivir, fuera de la ruta donde estaba encarrilado como si fuera un número de una serie matemática interminable.

Aún trato de recomponer los trozos rotos de mi vida, pero cuando busco, algunos pedazos se han perdido y otros no encajan en el maltrecho mosaico de mi razón.

Entonces caigo en la cuenta y me sostengo con el bálsamo del consuelo, pues dicen que: “la vida te da una segunda oportunidad...” Yo, sentado en este aislado apeadero, sigo esperando. Mientras, muevo y giró las piezas que todavía están aún por ajustar en el incompleto puzzle que una vez se revolvió empañando mi memoria.

Con todo, me esfuerzo y recuerdo que Débora era una mujer difícil, quizá por eso me gustaba, sentía un mono irresistible cuando estaba cerca de mí, era un reto incomparable. Tal vez fuese esa, inconscientemente, la razón por la que me casé con ella. Pues aunque había detectado todos sus defectos y manías, fueron sus muchos valores los que me empujaron definitivamente a sus pies; demasiados, para haber ofrecido un no por respuesta el día que acudimos a él, al cura que nos unió ante Dios, del que por cierto, no recuerdo ni un rasgo de su rostro, ¿por qué será? Aunque sí tengo una vaga silueta de ese hombre: era mayor en edad pero bajo en estatura, y su voz sonaba aburrida y poco armoniosa bajo aquella cúpula decorada de angelitos que parrandeaban desnudos y sin sexo por las paredes llevándose mi concentración en más de una ocasión. Lo que sí recuerdo con mayor énfasis, aunque la tensión no me dejó disfrutar del momento, fue el instante en que apareció ella, Débora, toda envuelta en blanco como vestida de cisne. Otro momento inolvidable.

Mi visión se nubla, pese a mi dura oposición, encima de estas últimas palabras que acabo de escribir. Vacilo, tratando de coger el aliento suficiente como para proseguir. No sé cómo, pero lo he conseguido.

Cada momento que pasa me cuesta más empuñar entre mis dedos, agarrotados de frío, a mi querido compañero BIC y ponerme a escribir encima de este papel. Es curioso lo repetitivo que llega a resultarme a veces lo que escribo. Tengo que hacer uso de mi imaginación para que lo que trato de trasmitir resulte diferente, aunque, ¿a quién quiero engañar? Hace muchos días que no he recibido ninguna señal, por tanto no sé qué escribir... ¿Acaso me estoy alejando de mi niña?

─¿Ángela? Si estás ahí, dirígeme el camino... sabes que iré ─musito para mí. (Fin del capítulo)

* * * * * *

MiánRos (Quedan todos los derechos reservados sin el consentimiento del autor).

15 comentarios:

Xarah-luna dijo...

Más ilusión siento yo, pero de tener un tio como tú, no veas que orgullosa me siento de tí hablando de todo lo que haces, eres como mi héroe de los libros, algún día me gustaría llegar a escribir como tú, y entonces me darás consejos.
Sara

Sergio G.Ros dijo...

Jolines, Mián, pues seguro que será una entrevista estupenda. Normal que estés tan contento, además creo que te lo mereces por tu original literatura.
¡Ya nos dejarás leerla!
Un abrazo.

Lola Mariné dijo...

Da gusto tener una sobrina que se siente tan orgullosa de su tío escritor.
Eso anima ¿no?
Saludos.

Daniel DC dijo...

Hola Miguel,

Seguro tendrás la misma impresión que nosotros (Armando, Sergio y yo) sobre la lectura de: El Legado. Esperaremos tus apreciaciones.

Felicitaciones por la entrevista que te realizará tu sobrina; cualquier labor de servicio hacia el prójimo, por muy pequeña que sea, es un gesto de nobleza.

Un cordial abrazo,

Daniel DC

MiánRos dijo...

Jajaja Sarita, descubro que la ilusión es mutua. Tanto como un héroe... Pero bueno, oye, a ver si lo soy y no me he dado cuenta, jejeje... En qué estaría yo pensando...

Desde luego me siento orgulloso, y mucho, sólo por el hecho de que leas, y no me refiero a leerme a mí, que te lo agradezco con todo el alma. Y si es verdad que llegas a buscar algo más que entretenimiento a la hora de escribir, seguro que serás una buenísima escritora, mejor que yo, que para eso tampoco es que tengas que correr mucho, porque todo lo que te propones lo consigues, que me lo ha dicho un pajarito lo buena estudiante que eres.

Besitos que vuelan hacia Asturias; coge el tuyo y reparte alguno a los papás.

MiánRos dijo...

Sergio,

Pues sí que estoy contento, y más viniendo de mi sobrina. Cuando salga la entrevista en el periódico ya subiré una reseña de la misma para que podáis leerla, claro que sí.

Te agradezco tus palabras, amigo.
Un abrazo.

MiánRos dijo...

Y no sabes cuánto, Lola.
La verdad que es un sol.

Sin duda, cuando uno se siente a escribir y se detiene unos segundos pensando en el lector que acudirá a tus letras, pensar en personas como mi sobrina estimulan aún más, es una agradable sensación difícil de llegar expresar por escrito.

Es un placer que pases a visitarme; un abrazo, amiga.

MiánRos dijo...

Hola Daniel,

Como tú dices, a ver, a ver, si tenemos la misma impresión que me está dejando la novela de Blanca; ya escribiré mi paseo por la intimidad de Hanussen, desde luego; sin duda, adelantar que está muy bien escrita.

Recibo tu felicitación. La entrevista es un detallazo hacia su tío; estoy que no quepo en mí.

Un abrazo, amigo.

B. Miosi dijo...

Un beso a tu sobrina Sarita, por ser tu principal fan. Por lo visto ella sabe más que tú mismo lo que te depara el futuro. Voy a copiar este fragmento y después te diré mis impresiones.

Me gusta cuando dices:
"La escritura sobre mi nueva obra ha arrancado en un punto que me apetecía coger, ya que estoy en las escenas donde los personajes comienzan a tomar suficiente protagonismo y mi corazón se acelera cada vez que voy poniendo ritmo a las acciones."

Es exactamente eso lo que se debe sentir al escribir, cuando no existe la emoción, ese respirar de alma enamorada, no hay comunión con lo que se escribe. Entonces es mejor dejarlo hasta que la musa penete en nuestra alma, mente y corazón.

Fracias por leer mi novela, Mián.

Besos!
lanca

MiánRos dijo...

Se lo daré de tu parte, Blanca. Gracias.
Pues seguramente me conoce bastante bien, je je, cuando uno escribe, a veces, y de un modo inconsciente, quizá vamos dejando restos que nos van haciendo reconocibles en cuanto a gustos, deseos o frustraciones, quizá sea por eso.

Es cierto, si no hay emoción en la escritura, si el pulso se pierde, la sensaciones desaparecen y la armonía que viaja paralela al texto se quiebra y llega la duda y la inseguridad sobre lo que se está haciendo. Me gusta esa aceleración cuando te sientes partícipe de la trama junto a los personajes.

No tienes que darme las gracias, leer el Legado es todo un placer, Blanca. Ahora que se me acaba la novela le estoy cogiendo más gustillo que nunca. Me da pena terminarla.
Besos, amiga.

Cristina Puig dijo...

Mián que se te cae la baba confiesa!:) me alegro de que tu sobrina te hiciera la entrevista.

Saludos

MiánRos dijo...

Jaja, ¡pues sí! Y no sabes cuánta, Cristina.

Mi sobrina ha hecho un gran papel como periodista, le queda muy bien. Estoy pensando hasta influenciar sus deseos para que incline su carrera en esa dirección, je je.

Sobre la entrevista, nos lo pasamos muy bien, la verdad. La pena es que su sección sólo tiene una página y ha tenido que hacer una selección de entre las muchas preguntas que me hizo. Ahora está en el periodo de montaje, encajando todo, textos y fotos para que quede lista y así poderla subir al periódico, ya que el concurso va a ser vía internet.

Un abrazo, amiga. Gracias por tu visita.

B. Miosi dijo...

Mián, he leído este capítulo y sigo con la idea de que tu forma de escribir es introspectiva. Tal vez sea porque parece un diario, o un libro íntimo de un hombre que ha tomado la decisión de salir en busca de su hija, Ángela, que aún no sabemos por qué motivos salió del hogar, y él cree poder encontrar en las calles. ¿Vagando? Tal vez, o quizá tenga una vida decente, y esté trabajando y él sólo espera cruzarse con ella de manera fortuita.

La búsqueda de su hija vendría a ser como el hilo conductor de esta narrativa que tiene que ver más con el personaje que narra la historia, pues a través de sus pensamientos escritos vamos conociéndolo, sabemos qué le gusta, qué piensa de su mujer, cómo le gustan los zapato, cómo se sintió el día de su boda y sus recuerdos abarcan desde lo que puede y no puede recordar; es una manera de saber acerca de él mismo, de manera que creo por lo que he leído hasta ahora que el protagonista de tu novela vendría a ser el narrador.

Llama la atención la radicalización de su decisión. Es extraordinariamente raro que una persona tome la iniciativa de irse a vivir literalmente a las calles. Y él parece haber tomado gusto al contacto in situ con mendigos, y gente de toda clase. Observa, recoge información que no sabe aún si le servirá para encontrar a su hija, por momentos pareciera que tiene alma de bohemio y que le ha tomado gusto a esa forma de vida.

El lenguaje se percibe en partes como autobiográfico:

Cada momento que pasa me cuesta más empuñar entre mis dedos, agarrotados de frío, a mi querido compañero BIC y ponerme a escribir encima de este papel. Es curioso lo repetitivo que llega a resultarme a veces lo que escribo. Tengo que hacer uso de mi imaginación para que lo que trato de trasmitir resulte diferente, aunque, ¿a quién quiero engañar? Hace muchos días que no he recibido ninguna señal, por tanto no sé qué escribir... ¿Acaso me estoy alejando de mi niña?

Pero es una autobiografía simulada, me explico: es como en la actuación, eres un escritor que escribe acerca de un hombre que no es escritor y que desea escribir sus experiencias, de manera que fácilmente podría confundirse, de no ser porque sé que eres un hombre joven, con el protagonista. Es cierto que la mayoría de las veces reflejamos en nuestros escritos nuestros propios pensamientos, o nuestros deseos, sin que ello quiera decir que formen parte de nuestras experiencias. Lo cierto es que tu novela deja un raro y peculiar sabor nostálgico. Claramente no se trata de una novela comercial, es más de estilo literario, tanto en la forma como en el fondo.

Un abrazo,
Blanca

MiánRos dijo...

Blanca,
Comprendo todas las dudas que te surgen tras leer la tercera parte del capítulo, y es normal ya que difícilmente son explicables sin una lectura mucho más avanzada ya que estamos hablando del comienzo de la novela y todo está empezando a brotar para mantener retenido al lector y hacerle pensar durante los doce capítulos que alcanza la novela.
Ángeles de Cartón es una trama compleja, pero una vez leída puede llegar a resultar familiar e incluso los hechos acaecidos en la obra pueden llegarnos a rozar alguna vez, y sino a alguien no muy lejano a nosotros. Comprenderás que no puedo desvelarte nada de la trama. Sin embargo, decirte que es abstrusa, y a medida que avanza se va revolviendo más y más hasta llegar a dudar del eje que partimos. Pero sin duda, vuelves a acertar, la base es el diario y su escritor-narrador quien nos hará partícipes de sus miedos, de sus temores, uno a uno. De esta manera desvelaremos el por qué de semejante obstinación de mezclarse entre indigentes, la tortura de su alma, las señales que le acercan a su hija, todo. Pero principalmente, la postura irrevocable que ha adoptado en plasmar en el diario y dejar constancia de todos los hechos que le asaltan.

Desde luego no es una escritura autobiográfica aunque lo parezca, y dices bien. A veces escribimos acorde a situaciones que nos han pasado o nos recuerdan algo cercano o visto, o nos gustaría que nos pasara. Escribir situaciones conforme a momentos vividos nos inmiscuyen con mayor precisión y tacto a la hora de describir y expresar el sentimiento, está claro. No por ello nos tiene que haber pasado en realidad. El estar escrito en primer persona impulsa a pensar a ello, pienso(no eres la única que me lo ha dicho).

Gracias Blanca por tu comentario, aunque no atisbo si realmente te llega a gustar o no. No obstante, es un placer que hagas un análisis del pequeño fragmento de la novela.
Besos, amiga.

B. Miosi dijo...

Cuando digo que tu novela es más de estilo literario que comercial, obviamente estoy afirmando que me gusta. Es un tipo de escritura con muchas sutilezas, que delinean una silueta en lugar de dibujarla, y no siempre se puede escribir así.

Tú que estás en el mundo de la publicidad desde el punto de vista gráfico supongo que me comprendes cuando digo que la acuarela es sutil, tiene un encanto que se deja adivinar. El óleo es fuerte, nítido, y se ve lo que en él está dibujado.

Espero que tengas el éxito que te mereces, actualmente vemos demasiada literatura comercial, que es la más leída, obviamente, pero lo tuyo está un escalón más arriba.

Besos!
Blanca