lunes, 27 de diciembre de 2010

"... y por decir, lo digo, no lo digo por decir."

Este año que está a punto de guardar sus bártulos y ser un mero calendario atrasado en el recuerdo de todos, ha resultado para mí (en cuanto a la escritura se refiere) un sucinto espacio de inflexión de trescientos sesenta y cinco días, en el que me declaro: culpable, ya que he faltado a mi palabra, palabra que yo mismo enuncié tal que otro día de diciembre del año anterior, una entrada no muy distante de ésta pero del año dos mil nueve, donde lancé, hurgado por la grandiosidad que abarca el tiempo de una añada, que cumpliría la misión de acabar, al menos, dos de las novelas que tengo en proyecto y, muy a mi pesar, tengo que rendirme ante los obstáculos y condiciones que han relegado ese deseo para el año que viene, dándome de bruces y ahogando mi barcaza de propósitos casi en la orilla soñada. Pero de todo se aprende, y esta vez no lanzaré mi intención más allá de este arbotante que fielmente me simboliza y suscribe en mi nombre, aunque estas líneas me ponen de manifiesto nuevamente.

En cuanto a flecos varios, tengo que dar gracias porque ha sido un año, si no bueno, podía decir que de transición, de aprendizaje, de sentarme en el columpio de la paciencia y ver llegar y pasar las cosas, sin prisas y merendando panecillos untados de sosiego, acogido a los brazos del ánimo de todos los que han pasado por aquí y han querido dejar una pizca de sus pensamientos, de sus inquietudes; gracias a todos e incluso a aquellos que no han tenido el tiempo o el atrevimiento de dejar la profundidad de su zapato en este reservado luminoso y en línea, abierto las veinticuatro horas.

Y en cuanto a lo personal: agradecido en cada amanecer, agradecido de poder respirar junto a los míos, junto a mi mujer, junto a mi hija, sentir cómo su aliento infla las velas de mis sueños.
"Dichoso es abrir los ojos e inundarme de colores. Y más hoy, pues tras mi ventana el cielo es más azul que ayer, pero infinitamente inferior al que espero descubrir mañana". (Mián Ros)

Y, sin nada de pena, no voy a brindar por el año que se va ni por el año que nos viene, pues años llegarán tantos como estrellas en el cielo, sin embargo, voy a brindar por la Vida, la única, la mayor de las suertes que podemos tener o desear, agradecido, siempre agradecido de darme la posibilidad de volver a brindar.

"La Vida es un Regalo, la Muerte, la devolución del mismo”. (Mián Ros)

Regresando a las enraizadas costumbres: ¡FELIZ 2011 a todos!

"Come lo justo, descansa lo necesario, y aprende de cuanto pase por tu lado." (Mián Ros)
Hasta el año que viene.

sábado, 18 de diciembre de 2010

Ninguna novedad. Sigo trabajando, sigo escribiendo, sigo enredando entre los vivos.

Pasad una feliz semana y una grata cena de Nochebuena y, en la misma armonía, un gran día de Navidad.

Mián Ros

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Pensamientos menos secretos (aunque secretos)

Si alguna vez me he sentido vivo, lo que se dice vivo de verdad, es especialmente en estos momentos. Dentro de una claridad que se desborda entre mis ojos. Un paisaje que apenas tiene fondo en mis retinas. Un agua viva que no ceja y que proporcionará más vida, y, por pura inercia y viajando hacia una manifiesta delicia que siento como mía, me embarga en el estrecho encierro de calendarios viejos y horas vividas, adulterado por la melancolía de un pasado. Naturalmente, es un regazo donde la armoniosa música suena al compás que yo mismo dirijo y requiero, y las laboriosas notas resuenan acopladas y vivas, siempre para bien y sin alejarse del amparo de un placer que, sistemáticamente, pone orden a todas y cada una de las ideas que logran alcanzarme bajo etéreas manos y supuestos susurros transparentes. En definitiva: estoy expuesto al latido del antojo, y me dejo amparar por tanto. ¿Qué más se puede pedir en estos casos? No soy egoísta de mi base argumental, que sí verdugo de mi propio ego ético y soberbio; metal estricto de yelmo y armadura antigua.

Después del masivo desprendimiento de hojas, de la caída de un sinnúmero de gotas de lluvia, y de la consumación encadenada de los días que entran para luego salir, os hago copropietarios de mis pensamientos menos secretos (aunque secretos, y no son pocos) de los muchos frentes que tengo abiertos: la segunda parte de la novela, La leyenda de Almaranthya, también una novela que me tiene a bien traer por las calles del bienestar, La caja de pinceles, y un cuento, no menos dichoso y apuesto que sus hermanos mayores, donde estoy echando parte de los restos que voy encontrando en mi arcana bóveda de fantasía, seleccionando los mejores minerales de la misma; faltaría a la verdad si dijera lo contrario (no puedo revelar el título por el momento). A todo esto hay que añadir los relatos cortos que van cayendo en el tráfico denso de las horas y los días.

Eso sí, toda esta amalgama de escritos depende de mi estado de ánimo, del cansancio, del umbral de las intranquilidades y la tranca inflexible de la incertidumbre del tiempo, pero sobre todo, del arreglo que tengo amañado con las musas que vienen a mí en desinteresado cortejo de alianza para que disponga unos cuantos gramos de "ganas", los útiles pertinentes y la limpieza del pavimento para edificar una novela u otra, o alicate el cuento o blanquee algún relato, según oscile la brújula de mi escritura de ese instante y, desde luego, la admisión que quiera adoptar mi caprichoso juez, e incluso si quiere acomodar la silla de este lado o del otro; enrevesado hasta desfallecer.

Obviamente, sé que es complicado llevar a reino tantas empresas con cierta garantía, pero las cosas están así, y no es queja alguna por supuesto, ya que, como empecé diciendo en esta confidencia abierta y de tecla expuesta, si alguna vez me he sentido vivo, lo que se dice vivo de verdad, es especialmente en estos momentos. Y me satisface sobremanera el no separarme demasiado de mí. De este modo el riesgo de una conquista de los ejércitos del tedio es menor, mucho menor, probablemente.

Pero bueno, puestos a evaluar todo es superfluo y discordante, pues la perspectiva siempre será distinta si se mueve el punto o el eje desde donde se lanza la mirada.

Acabando, “no hay más que por menos se sienta, ni menos que por más se confunda.” (Mián Ros)

Quiero desearos buenas escrituras a este lado del cristal, cerca de la manta del hogar, al otro lado de los brazos de la lluvia.

Sed buenos, y si sois malos, por lo menos no lo seáis mucho ¿vale?

Arrivederci (Mián Ros)

domingo, 28 de noviembre de 2010

Nunca fuimos a Katmandú (autora Lola Mariné) El esclavo de la Al-Hamrá (Blas Malo)

Supongo que a nadie le resultará novedoso la presentación de los dos libros que voy a exponer a continuación, pero por si “alguno” aún no se ha enterado (aunque lo dudo), ya tenemos en los mercados, Nunca fuimos a Katmandú, editorial Viceversa, de nuestra compañera y amiga bloggera Lola Mariné, y del no menos conocido Blas Malo con su novela histórica El esclavo de la Al- Hamrá de la editorial Ediciones B.
El trabajo de seguimiento ha sido una tarea un tanto ardua, y os explico. Desde el día que vio la luz Nunca fuimos a Katmandú he estado a la caza de la novela. Y, desde luego, tengo que ser sincero, ya que en los lugares que he visitado, o no la tenían aún, o los ejemplares estaban agotados (palabras del vendedor); a todo esto siempre teniendo que echar mano del ordenador (algún alma despabilada se adelantaba a mi paso; ¡Aarggg!). Esto, sin embargo, por un lado me llevó a pensar en dos vertientes: o Viceversa, la editorial responsable de Nunca fuimos..., no ha hecho una gran tirada de la misma, y por consiguiente la distribuidora ha dejado desabastecido muchas zonas, o por el contrario, todos los ejemplares distribuidos en los lugares que visité se habían agotado verdaderamente (quiero pensar que fue esto último, of course). Sea como fuere, mi más efervescente ilusión por dar con los montones de Nunca fuimos a Katmandú se vino al traste a medida que visitaba los sitios de venta, y, obviamente no pude sacar ninguna foto en pleno apogeo de la novela (lo siento Lola, cómo me hubiera gustado subir fotos de Nunca fuimos... como verás a El esclavo de la Al-Hamrá de Blas Malo cazado en plena guerra con las demás novelas históricas).
Finalmente el ejemplar que conseguí de Nunca fuimos a Katmandú lo encontré (ordenador en mano el dependiente) en El Corte Inglés del centro comercial La Vaguada (Madrid). ¡Hurra! y, como no podía ser de otra manera, se vino " pa casa".

Para los que gusten de saber más de las dos novelas sólo tienen que seguir los enlaces de una y otra, y obtendrán toda la información, sinopsis y demás.

Y como una imagen vale más que mil palabras, me dejo de rollos y adjunto el seguimiento obtenido con la cámara hasta ocupar plaza en mi estantería de casa.

Ahora sólo queda embarcarse en sus lecturas, pero eso será... muy pronto.

Espero que paséis una buena semana. Pero sobre todo, sigamos escribiendo queridos compañeros...
Mián Ros


martes, 23 de noviembre de 2010

Autopista


La autopista


Amanece.

A mi derecha el reloj despierta antes que yo.

Levanto torpemente los párpados. Me fascina la providencia de la bella claridad, su orden, su sinuosa conquista desterrando sombras, su blasón radiante y silencioso acaparando aristas y balcones. No en vano la arraigada noche va dejando en mi conciencia el lugar al que siempre perteneció: un país indómito donde guardo todo y del que nunca recuerdo como agujero negro o como tal, pero se lo come todo; también la oscuridad se precipita allí, y desaparece, para volver a aparecer cuando me haga falta (como una autopista de doble sentido, donde todo entra y todo sale).

Pero son mis ojos ─esos gemelos indiscretos─ los que me han arrancado momentos vividos ─sin orden alguno─ camino del mismo lugar; lugar al que mis dos alianzas que me enchufan al suelo han sabido obedecer, y por tanto, trasladarme sobre la dura vía de hormigón cuadriculado; una vez desmontado de la criatura de chapa rodante que me acercó a trescientos metros del lugar.

Enseguida distingo el viejo abeto; por detrás se nutre uno más joven, justo antes de la pendiente donde hay tres más, de similar anchura que este último peleando a su manera con el frío y la oscuridad. En el césped, la pareja de urracas graznan al alba al otro lado de la curva que sube al convento nuevo donde, en horas tardías, escucho el estertóreo bronce de las campanas.

Espero la luz roja. Cuando aparece cruzo la calzada y giro el rostro de soslayo, veo el cartel luminoso: pinta tres caras teatrales hoy sin luz; nunca funcionó el fluorescente como Dios manda, como casi todo lo demás. El cartel no tarda en desaparecer en la autopista de mis entrañas.

A la izquierda y quince pasos más adelante, la gasolinera; apenas hay tres coches, un calco de ayer. El gran dragón de acero que escupe esencia oscura en las profundidades del bajomundo me recuerda que es jueves; es un adorno intrascendente pero de algún modo rompe con mi meticulosa secuencia matinal. No importa, todo ello es capaz de precipitarse en la autopista a medida que avanzo camino del lugar, y el dragón se esfuma tan pronto y de la misma manera en ella como lo hizo la oscuridad, la criatura de chapa, el viejo abeto, el joven, la pareja de urracas, la voz de las campanas... Un día me escurriré yo también y me devoraré...

Bajo las escaleras y alzo la vista; este punto guarda una perspectiva especial. Me encanta, pues desde aquí, a lo lejos, en el noroeste más profundo que llega alcanzar mi mirada descubro la cadena de montañas, ahora está empolvada de nieve y no es más grande que dos dedos de mi mano extendidos de forma horizontal; parece una maqueta, me incita a escapar. Aún no puedo, estoy atado al lugar, reducido en este pedazo de mundo desde que suena el reloj, desde que la claridad me da tortitas en la cara, desde que ser honesto y consecuente se ha convertido en parte de mis mandamientos.

Cuando quiero poner orden a mi efervescente rebeldía ─sin huir de mí─, me veo a los pies del foso, delante de la nueva fortaleza.

Echo un último vistazo a la inmensidad que se alza sobre mí: el muro se recorta bajo la primera tonalidad de azul, dos nubes, dos sociables nómadas que decoran el despertar de muchos, y que una vez cumplida su misión y tras dejarlas a mi espalda se precipitan a la autopista de bajada. Al oeste, sin embargo, la claridad tiene mucho trabajo aún por hacer.

No hay tiempo para más, desciendo ─virgen de cuanto he visto y predispuesto a colapsar la autopista; mis discretos siempre trabajan a destajo─, el lugar está cerca, puedo calcularlo mentalmente: en quince segundos estaré delante de él, es el tiempo que necesito en consumar y dejar atrás los veintinueve escalones de la primera zona de bajada al foso de la fortaleza, luego siete más y desviarme a la izquierda, empujar la segunda puerta de entrada ─si no está abierta─ y seguir bajando durante otros veinticuatro escalones divididos en dos tramos para traspasar el umbral de otra puerta de acceso, girar sesenta grados en dirección al mueble que pega contra la pared, y ahí está: el lugar, el perímetro con el que me amenaza todos los días mi alma al despertar mucho antes incluso de llegar a él; y no puedo escapar. Ahí esta ─ahora físicamente─, el lugar diáfano y con la máquina, y yo delante. Frente a frente.

Tecleo la combinación en ella; es curioso, la secuencia de números también la recuerda mi alma. Y, tan pronto marco el último número y la serie numérica pone marcha hacia la autopista, avanzo por el largo pasillo entre personas que me miran sin quererme ver a merced de la luz artificial, a merced de los superiores que aún están por llegar, a merced de que pasen las horas, a merced de mi falsa voluntad, a merced de todos y de todo lo demás, menos de mí.

Mián Ros (quedan todos los derechos reservados sin permiso del autor)

jueves, 11 de noviembre de 2010

ManosdeChocolate


ManosdeChocolate
Vuelves a presentarte ante mí, como cada día. A esperar algo que quizá sólo tú valores o te obligues a buscar o cambiar.

Al principio venías sin venir, más bien te acercaban a mí; era tanta tu sorpresa como pura diversión al verme, ¿recuerdas? Te gustaba gesticular en mi jardín delante de mi presencia, entretenerte con lo que tú sólo eras capaz de distinguir, e intentabas traspasar la superficie que separaba tu forma de la mía. Querías llegar a mi lado, enredar en el mundo de los sueños. Te sentías torpe e inseguro, tanto como yo, inconsciente entonces de que no podías ganarme en nada, aunque tu ingenuidad era pan bendito y eterno, y gracia por encima de cualquier cosa. Tu incansable esfuerzo se desperdiciaba entonces en ensuciarme con tus manitas de chocolate.

Hasta me hacías burla, y te reías de mí en mi propia cara; yo era el centro de toda tu diversión, tu primer amigo, el que gateaba en el mundo que sólo tú supiste encontrar para los dos. Era (y aún creo que lo soy) tu compañero más devoto, tu mudito preferido. Tu igual, tu par. ¿Recuerdas?

Luego, sin embargo, creciste, y tu presencia fue perdiendo el valor inicial: tu inocencia. Entonces conocí tu lado más atolondrado (tu mirada ya no era la misma, desordenada en aparente experiencia): eras el rival de muchos y el vencido de todos (ese era tu secreto más oculto, ¿lo recuerdas?); cuajo de insegura madurez, pertrechado de remiendos casuales, socio de la noche, ácrata del día, verdugo consciente de tu encarcelado y primitivo “tú”, ese “tú” que echaría brotes de vida después de tu época más excitada.

En aquel momento, no te importaba consumir largos instante acicalando tu galeón, ensayando tu descubierta pose de velas blancas, henchidas para enfrentar al viento. Postura aduladora que resolvía tu deseada elegancia, máscara que cubría tu nada ventilada timidez.

Mientras tanto, animado por tendencias accidentales, te dejabas llevar por el arrobamiento de la música y polillas noctámbulas de cristal. Hermoso ciertamente. Todo era de irisados y fingidos colores (un baile coqueto entre -tú y yo- que practicarías lejos de mí). Sin darte cuenta, pronto, el tiempo te fue amontonando pasados. Dando por aquí, desgarrando por allá y remendando muchas de tus níveas y atrevidas velas.

No bien el pacto se fue haciendo menos provechoso (no lo recuerdas porque nunca formaste parte activa de aquel trueque, era algo tácito, adjunto a tu llegada, indivisible e inquebrantable, aquel lastre que, como corsario incómodo e invisible, era, es y será, un miembro más de tu tripulación el resto de tu vida: el tiempo). Debido a ese lastre sentías que una parte de ti se quedaba atrás. Aquello te fue juntando cada vez más a mí, siempre de una forma diferente. Sí, te sentías engañado y venías a buscarme, a enfrentarte, a domeñarte en mi presencia si era necesario; consciente de que soy la mejor y peor versión de tu propia obra, pero la única.

¿Cómo mejorarla?; aquello podía suscitar cambios y un nuevo gravamen (tu socio intocable, aquel inmortal viajero capaz de sostener los recibos de rotura de tu preciada mesana, pudiera estar atento una vez más).

Sin embargo, te sentías capaz de todo, fuerte (aunque sólo fuera de puertas hacia fuera); pero por dentro: temerario en un mundo de frágiles, pirata en un mundo sin océanos, consciente de que eras perfectamente imperfecto, seguro de tus inseguridades, culto dentro de tu propia incultura, un claro dentro de un cielo tormentoso, una simiente huera y proscrita y sin tierra donde crecer y morir, un pie sin superficie, un garfio sin moñón, un equilibrado sin equilibrio, un anverso sin reverso, un negro sin gris...

Entonces regresabas a mí, a postularte ante el tráfico saturado e inconveniente de “qué debo hacer” y ante la comunidad vocinglera de “cómo debo actuar”, preguntas surgidas por pura necesidad o llovidas por simples razones de compromiso que te obligaban a virar el timón, a enderezar el rumbo de manera supuesta frente a mí, a exigirme un veredicto, a que leyera tu silencio, a la espera de escuchar todo cuanto querías oír, chantajista como loro gorrón a sabiendas dónde hallar la comida en tu preciada jaula.

Silencio. Sólo silencio era mi respuesta, como silencio era tu obstinada inclinación con la esperanza de que este mudito se dignara algún día a conversar.

Y así ha seguido la lucha, una suma de presentes donde la resulta matemática era, es y será asquerosamente exacta (maldita perfección científica), otra vez silencio. Y del mismo modo se ha cobrado, se cobra y se cobrará el tributo de todo lo que has transitado (tu socio, el etéreo, el lastre que condiciona tu paso es un monstruo con cuerpo de memoria). Y tanto los juegos, los coqueteos y la cuenca alta de tu juventud que una vez pensaste que no se secaría, lo ha hecho; todo eso ha quedado atrás, acumulando más pasado.

Ahora, cuando me miras, sigo ofreciéndote la misma soledad que consumes a diario. Bebes de mi propia sequía. Comes de mi aparente apariencia. No importa, sé lo que piensas y lo que deseas en cada momento, sabes que siempre lo he sabido, pero ahora también lo sabes tú (tu impuesto te ha costado, ya lo sé; el viaje es largo, muchas son las veces que has encontrado a tu paso la desnudez de los árboles de aquel bosque, y la suerte es que aún puedes desperdiciarte todo y más, antes de echarte a la cuneta). Recuerda que tus grandes secretos también son los míos, tu enemigo y socio, ese trascendente impuesto que tú y yo conocemos y que soportas, te ha dado el juicio necesario para ser más consciente con la realidad que atraviesas a cambio de que no olvides pagarle el tributo. Él, en permuta diablesca y vergonzosa, te honra con sancionar tu primera y última piel.

Ven, acércate un poco más y mírame. Ahora y a partir de ahora cuando vengas a verme, recuerda, tu piel desnuda ante mí es y será cada vez más delatora, pues veo: qué lejos están los sueños de niños, qué remoto se escucha el aleteo de las polillas noctámbulas de cristal, qué antiguo me queda tu primer recuerdo de chocolate. No te vayas, no te alejes, alimenta mi memoria, sin ella no podré auxiliarte cuando regreses frente a mí.

Pasan los “hoy”, tan rápidos como lo hace el agua viva sobre los ríos. Precisamente hoy has venido a verme medio dormido. Tu mirada se ha hundido en la mía, tan profunda que temes no saber volver; el umbral de salida puede ser inalcanzable, como el único deseo que me traes: ansías (de puertas para dentro) que tu aspecto se estanque, se recoja por siempre como un tesoro de agua permanente en tu alberca de fortuna íntima. Tu allegado socio es sordo, aunque te escucha, y por mucho que le supliques, ya no quiere más pactos. Y vendrás a mí, a mirarme, a ver si yo puedo complacerte; ahora eres tú quien sabe traducir mi silencio como desconsolada réplica. No. Sabes que tu deseo es imposible de conseguir, al menos en tu mundo, en el mío quizá se pueda llegar a valorar, pero ahora no tienes la llave que abre mis sueños, no recuerdas cuándo ni dónde la dejaste entonces, decidiste cambiar, olvidaste el jardín donde alzábamos aquellas fantasías pringadas de chocolate.

Y así han pasado los años. Idas y venidas. Entradas y salidas. Y, una vez más, te plantas delante de mí, como siempre, como cada día, valorando viejas y nuevas emociones. Y descubres algo que te inoportuna; ya son muchos los “algos” que te incomodan de mi presencia. Has descubierto un nuevo pliegue en tu piel. Da igual, vienes con cualquier pretexto, excusa que te provoca una escueta sonrisa al verme y buscas con ello tapar y complacer todo o parte del liviano ejército de sensaciones cenicientas que aún tratan de tirar de ti, de transportar lo que vas salvando de tu pacto que, sin querer, se va haciendo añicos por el camino en esta dura batalla; aun consciente de que no puedes ganar, ni borrar la firma sobrentendida que ancla tu viaje. Sabes que tu exigencia no puede avanzar porque reclutaste a tu resignación como escudero ingrato desde hace tiempo, porque tu aspecto de estúpido sonriente se consume, y al igual que lo haces tú, lo revalido yo cada vez que vienes a verme, provocándote mayor contrariedad, y hasta enferma tu aspecto por momentos si yo mismo te lo recuerdo. Judas de tu propia realidad.

Y si tu berrinche se desboca y manifiesta en darme la espalda, mi espalda será lo único que verás... sólo si tu atrevimiento consiente mirarme cuando decidas marchar. Y si resuelves por la tremenda no volver a verme nunca más, yo (tu amigo el mudito) también me iré, muy lejos, al mundo de este lado (el de mis sueños, el que supiste abrir cuando eras niño), y me iré para no volver, si definitivamente decides no regresar.

Pero vienes, sí, vienes, tirando tú mismo del buey de la sumisión. Obtuso de todas las alineaciones de tu sombra. Y aunque te enfades conmigo porque ahora no te doy lo que tú esperas que te dé, regresas al purgatorio de tu alma: osado en osadías, fuerte en tu debilidad. No se puede negar tu valor, a sabiendas que todo cuanto estás perdiendo ya no puedo dártelo. Yo soy demasiado ecuánime y constante, horriblemente verdadero aun más que una intención, aunque invertido (ese es mi notable vicio), pero soy justo dentro de la distancia que te separa de mí, pese a saber que a veces te incomode mi postura y el cambio de humor (quizá eso se lo debas preguntar a tu parte más anárquica, no ajusticiarme a mí). Mas sabes que no encontrarás a nadie más fiel a ti que yo.

Pues bien, si no quieres rendir cuentas al tiempo, no vengas a verme... olvida el purgatorio, sabes que lo entenderé. Y si vuelves, también lo entenderé (recuerda que siempre conoceré lo que estás pensando). De mí puedes hacer voto de rechazo, condenarme, romperme en mil pedazos, echar a volar falsas polillas... pero no olvides una cosa, tu socio oculto estará ahí, inseparablemente de tu segunda e impalpable forma, tallando lo que quedará de ti hasta que se cumpla tu deuda. ¿Recuerdas?

No obstante, si algún día vuelves a encontrar las llaves de mi jardín, allí estaré, esperándote, para jugar otra vez con tus manos pringadas de chocolate.
Mian Ros (quedan reservados todos derechos sin permiso del autor)

lunes, 1 de noviembre de 2010

55 edición Gabriel Miró

Sin mucho entusiasmo (por mi parte) quiero poner en vuestro conocimiento que el concurso de cuentos de Gabriel Miró ha desvelado el nombre de los dos ganadores de esta 55 edición. Y, como era de esperar (por mi parte y a sabiendas de la dificultad de ganar este tipo de certámenes), he quedado fuera de los finalistas. ¡¡¡Buaahhhh!!!

¡¡Cof, cof!! En fin, habrá que seguir intentándolo, cómo no. Sólo queda (por mi parte; esperad un segundo que guardo el pañuelo; ya) dar una queridísima felicitación a los dos premiados. SUERTE AMIGOS.

Nota de prensa de: LA VERDAD. ES

La obra 'El sabor de la rutina', de Luis Paniello Limiñana, fue galardonada con el Premio de la 55 Edición del Concurso CAM de Cuentos Gabriel Miró, dotado con 6.000 euros.

El veredicto del jurado, presidido por Andrés Amorós Guardiola, fue hecho público ayer en un acto celebrado en la sede de Caja Mediterráneo. El segundo premio, dotado con 3.000 euros, ha ido a parar al madrileño Ernesto Ortega Garrido, por su cuento 'La bala blanca'.

Luis Paniello, barcelonés nacido en 1949, estudió hasta obtener la licenciatura en Filología Hispánica, sección Lengua Española. Trabajó, desde el año 1970 hasta el 2007, en Radio Nacional de España, donde fue guionista de los programas 'Estudio en blanco', 'Caravana de amigos' y 'Pista cuatro'. Adaptó varias novelas para su emisión dramática radiofónica. Fue finalista en el primer concurso de guiones dramáticos originales para la radio Margarita Xirgú, con su original 'Aula siete'.

En la actualidad estudia en la Escuela de Escritura del Ateneo de Barcelona, donde ha seguido cursos de Introducción a la narrativa, con Mar Tomás, Corrección y mejora de textos, con Helen Gilboy, Narrativa, con Pau Pérez, y Novela, con Rolando Sánchez Mejías, Mercedes Abad y Olga Merino, bajo cuya supervisión está revisando su segunda novela en una tutoría. Es autor de numerosos cuentos y relatos cortos, así como de dos novelas inéditas.

El presidente del jurado, Andrés Amorós, indicó que el relato ganador aborda a través de una «prosa cruda y emocionante», sin excesivos estilismos, los efectos del alzhéimer.

La verdad. es

Aquí os dejo el enlace del cuento que este humilde aprendiz de principiante (o sea yo) presentó:
¿Te cuento el cuento de Cuento?

Feliz semana a todos, sí sí, a TODOS.
Mián Ros

domingo, 31 de octubre de 2010

Homenaje a Miguel Hernández

Homenaje a Miguel Hernández (cien años de su nacimiento. Orihuela, 30 octubre de 1910)
LA BOCA

Boca que arrastra mi boca:
boca que me has arrastrado:
boca que vienes de lejos
a iluminarme de rayos.

Alba que das a mis noches
un resplandor rojo y blanco.
Boca poblada de bocas:
pájaro lleno de pájaros.
Canción que vuelve las alas
hacia arriba y hacia abajo.
Muerte reducida a besos,
a sed de morir despacio,
das a la grama sangrante
dos fúlgidos aletazos.
El labio de arriba el cielo
y la tierra el otro labio.

Beso que rueda en la sombra:
beso que viene rodando
desde el primer cementerio
hasta los últimos astros.
Astro que tiene tu boca
enmudecido y cerrado
hasta que un roce celeste
hace que vibren sus párpados.

Beso que va a un porvenir
de muchachas y muchachos,
que no dejarán desiertos
ni las calles ni los campos.

¡Cuánta boca enterrada,
sin boca, desenterramos!

Beso en tu boca por ellos,
brindo en tu boca por tantos
que cayeron sobre el vino
de los amorosos vasos.
Hoy son recuerdos, recuerdos,
besos distantes y amargos.

Hundo en tu boca mi vida,
oigo rumores de espacios,
y el infinito parece
que sobre mí se ha volcado.

He de volverte a besar,
he de volver, hundo, caigo,
mientras descienden los siglos
hacia los hondos barrancos
como una febril nevada
de besos y enamorados.

Boca que desenterraste
el amanecer más claro
con tu lengua. Tres palabras,
tres fuegos has heredado:
vida, muerte, amor. Ahí quedan
escritos sobre tus labios.


Miguel Hernández


* * * * * * * * * * *

Por otra parte tenemos la gran noche de Halloween. Para aquellos que gusten de las leyendas aquí tenéis la de Jack el tacaño. Feliz fin de semana.

La Leyenda de Halloween (Jack el tacaño)

Hace muchos años, en la noche de brujas, un hombre conocido como Jack el tacaño, tuvo la mala fortuna de encontrarse cara a cara con el mismísimo diablo en una taberna. Jack, como siempre, había bebido durante toda la noche, aun así pudo engañar al diablo ofreciéndole su alma a cambio de un último trago y de que pagara las bebidas. El diablo aceptó y se convirtió en una moneda para pagar al camarero, pero Jack decidió rápidamente quedarse la moneda guardándola en su bolsillo junto a una cruz de plata y así impedir que el diablo se liberara y que adoptase de nuevo su forma original hasta que prometiera no pedir su alma en diez años. El diablo no tuvo más remedio que aceptar.

Diez años más tarde, Jack y el diablo se encontraron en un bosque para saldar su deuda. El diablo estaba dispuesto a llevarse consigo su alma, pero Jack pensó rápido y dijo: "Como último deseo... ¿Podrías bajarme aquella manzana de ese árbol por favor?". El diablo pensó que no perdía nada, y de un salto llegó a la copa del árbol, pero antes de que el diablo se diese cuenta, Jack marcó rápidamente una cruz en la corteza del árbol. Entonces el diablo no pudo bajar. Jack le obligó, una vez más, a prometer que jamás le pediría su alma nuevamente. El diablo no tuvo más remedio que aceptar.

Jack murió unos años más tarde, pero no pudo entrar en el paraíso, pues durante su vida había sido un borracho y un estafador. Pero cuando intentó entrar en el infierno, el diablo lo reconoció y lo envió de vuelta por no faltar a la promesa de tomar su alma. "¿Adónde iré ahora?", preguntó Jack, y el diablo le contestó: "Vuelve por donde viniste". El camino de regreso era oscuro y frío, no se podía ver nada. El diablo le lanzó a Jack un carbón encendido desde el mismísimo infierno, para que pudiera guiarse en la oscuridad, y Jack lo puso en un nabo que había vaciado para que no se apagara con el viento.

Ahora Jack vaga sin rumbo con su linterna para toda la eternidad.
Los irlandeses solían utilizar nabos para fabricar sus "faroles de Jack", pero cuando los inmigrantes llegaron a Estados Unidos advirtieron que las calabazas eran más abundantes que los nabos. Por ese motivo, surgió la costumbre de tallar calabazas para la noche de Halloween y transformarlas en faroles introduciendo una brasa o una vela en su interior. El farol no tenía como objetivo convocar espíritus malignos sino mantenerlos alejados de las personas y sus hogares.

Feliz noche de HALLOWEEN, a todos.
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martes, 26 de octubre de 2010

Cartas a un idiota (J. J. Benitez)

Cartas a un idiota. Memorias de un desmemoriado (J. J. Benitez)

Después de cuarenta y nueve libros escritos y cuarenta y cuatro publicados, J. J. Benítez decide experimentar algo insólito (para él): escribir para no publicar. En julio de 2002, el periodista e investigador navarro está a punto de morir. A partir de ese momento, su vida cambia, todo cambia. Y decide escribir para “el idiota que lleva dentro”. Así aparece Cartas a un idiota, la obra más íntima y mejor trabajada. Pura orfebrería del pensamiento. Lo que no sabía J. J. Benítez es que el Destino también hace trampas...

Cartas a un idiota es un trabajo bien estructurado que sirve como alimento espiritual a la persona basándose en el análisis reflexivo de uno mismo y la obtención del mayor provecho de las PGC (las pequeñas grandes cosas).

“¿VIVIR, con mayúsculas? Otro viejo y añorado sueño. Lo predico casi a diario, en mis libros. VIVIR. Eso es lo que cuenta. Sin embargo, soy el primero que no lo cumple. No VIVO. En el mejor de los casos, MALVIVO. Y los pensamientos me atropellan: lunes (reunión con montaje), la música no me gusta, llamada al cura Iñaki (sabe un caso de ¡resucitado”), almuerzo con el equipo...”.
“Lo sé. No es bueno vivir con minúsculas. En realidad no puedo hacer otra cosa. Alguien tiene que pagar las facturas. ¿O no?

Benítez, tras ver la puerta que “cruza al otro lado”, esquivar la muerte y recibir la gracia de una segunda oportunidad, nos implica en este ensayo su propia experiencia y enseña a nutrir nuestro propio pensamiento. A saber recorrer los pasajes encerados de banalidades para no escurrirnos, otorgando (al que se preste a escuchar, no sólo a leer) las botas enlodadas para restar pulidez a lo vivido y atravesar, con un “yo firme”, el verdadero sentido brillante de la VIDA; llegar a la cima del “saber VIVIR con mayúsculas”. Renunciar a las prisas aferradas al sistema establecido y multitudinario yermado por las obligaciones; calzarse la VIDA y acordarse de lo que realmente importa: VIVIR. Darle el respeto y el sitio que se merece a “la duda”, esa que siempre habita en algún rincón de nosotros mismos. Sentirse amigo del silencio. Sazonar la Cordura. Lavar a mano tu “yo”. Ser profano e idiota en tu tierra. Asomarse de puertas para dentro y reírnos del miserable que llevamos dentro.

“En la medida de tus posibilidades, cambia lo grande por lo pequeño. No importa qué. Lo grande, como el azul del cielo, es tan hermoso como lejano. Aquí, en esta vida, nunca será de tu propiedad. No comercies con lo imposible. Si de verdad quieres VIVIR, acaricia y juega con lo pequeño. Si te fijas, lo grande siempre está compuesto por muchos pocos.”

En definitiva: LUZ + LUZ = OSCURIDAD.” Y como dijo el buen amigo de Benítez, Joaquín Ibarra: “No hay nada (NADA) que no se pueda dejar para mañana.”

El resultado que obtengo después de leer, Cartas a un idiota de J. J. Benítez es: aprende a VIVIR + VIVE (con mayúsculas)= VIVIRÁS.

A continuación incorporo una pequeña entrevista obtenida de la web del investigador, periodista, escritor, poeta... J.J. Benitez.

Se dedica a la «revolución», es decir, a pensar


¿Cuál es su tema favorito?: “Jesús de Nazaret”.

Es un admirador ferviente de Julio Verne, ha visitado tres veces el Mausoleo de Verne. En una ocasión limpió su tumba y le puso flores blancas. Llegó a pagar unos 1.800 dólares por un libro del autor. En 1988 J.J. Benítez publicó "Yo, Julio Verne".

Libro favorito de infancia: Libros de Verne y de Tarzán, aunque los tuvo que empeñar para salir con sus amigos.

Ha dado la vuelta al mundo más de 100 veces investigando misterios y enigmas. Su penúltimo coche recorrió más de 500.000 kilómetros.

Sus dos amores: “Mi esposa y la mar."

Libros vendidos: Más de 9 millones de ejemplares en todo el mundo y en varios idiomas, y más de 5 millones de la serie "Caballo de Troya." Tenía 28 años cuando escribió su primer libro, “Existió Otra Humanidad.”

¿Se considera más periodista que escritor? “Si, claro. Para escribir hay que tener el don de la palabra. Yo sólo pinto con ellas.”

¿Pasatiempo favorito?: “Pintar y el cine. El jardín es pura terapia.”

¿Qué utiliza para escribir?: “Una máquina de escribir Olivetti. Es cuestión de fidelidad.”

¿Su escritor contemporáneo favorito? “Los que hacen cine con las palabras.”

¿Qué lo hace reír? “Sobre todo, yo mismo.”

¿Cuál es la música que más disfruta? “Depende del momento. Ahora estoy con Yanni y Bárbara Streisand.”

¿Si tuviera una segunda oportunidad que haría? “Ya la he tenido, a partir del 26 de Julio 2002.”

Su comida favorita: "Bocadillos con pan muy tostado."

¿Qué país o lugar que más lo ha impactado por su belleza? “No conozco ningún país feo. Solo gente impresentable.”

Su palabra favorita: "Ahora."

¿Es Curioso? “Sí, sobre todo con lo prohibido.”

Es fanático, amigo y socio de Jesús. ¿Le gusta escuchar más de lo que le gusta hablar? “Cuando me escucho me doy risa.”

Un saludo a todos los seguidores de Literatura Horizontal y feliz semana.
Mián Ros

lunes, 18 de octubre de 2010

Nada

Nada
─Abre los ojos. ¿Qué ves?
─Nada.
─Éste será tu cuerpo. Los demás caminarán a través de ti.
Mián Ros (quedan reservados todos los derechos sin permiso del autor)

martes, 5 de octubre de 2010

INTELIGENTES

─¿No te cansas de observarlos? ─trinó una voz.
─No ─respondió su compañera.
─Es curioso cómo son capaces de hurgarlo todo. Mira, van y vienen una y otra vez, y siguen, y no paran hasta que se cansan. Resultan increíbles.
─Cierto ─aseveró la primera voz con indulgencia─. Quizá sea su virtud.
─Virtud sería si no se cansaran. Y encima construyen dificultosos nidos donde viven casi toda su vida y donde apenas entra el sol, y hasta son capaces de recolectar alimentos en ellos como si el momento final estuviera siempre agitando sus cabezas y la gracia de los días les fuera a negar la luz a sus grandes ojos.
─Así es.
─Y sin embargo viven preocupados y no parecen felices del todo. Pero son inteligentes.
─¿Inteligentes?
─Inteligentes ─ratificó al instante la primera voz─. Y dudo que se desliguen alguna vez de esa extraña enfermedad. Cuando esto ocurra, habrán alcanzado el sencillo conocimiento con el que nosotros fuimos dotados.
─Yo no quiero que esto ocurra. Son territoriales, con nuestra capacidad echarían abajo nuestra armonía para luego desterrarnos a otros límites.
─No te preocupes, aún no ha crecido ninguno sin esa extraña enfermedad.

Y la pareja de gorriones abandonó el árbol y echó a volar, trinando, hacia la inmensidad del cielo.

Mián Ros (quedan todos los derechos reservados sin permiso del autor)

jueves, 23 de septiembre de 2010

La escritura sigue

Engatusado de lleno en escribir mi nueva novela, tengo que decir que he pasado unos días tratando de esclarecer un reto que ha saltado a mi camino en pleno trajín de su escritura. Y es que, a pesar de haber hecho los deberes previamente y realizado de un modo concienzudo el campo de investigación antes de echarme a escribir, La caja de pinceles (título por el momento provisional), he tenido que volver a la exploración en busca de más y más datos que, llegado a un punto y cotejado con los apuntes que ya tenía, me faltaban y que eran imprescindibles para el devenir del resultado final de la obra, y esta vez mi búsqueda ha llegado hasta el museo del Vaticano en Roma, y más concretamente al Belvedere, lugar donde trabajó Leonardo Da Vinci en el 1513 al servicio de Juliano II de Médici, hermano del papa León X.
Una vez zambullido por los prohibidos terrenos religiosos y tomado las notas pertinentes puedo deciros que he continuado con la novela.

Por otra parte, y con un retraso más que sorprendente, esta semana (y cruzo los dedos) he recibido una llamada con una grata sorpresa: por fin sale el libro de Tolky Monkys con los quince relatos ganadores del primer concurso de Cuentos de personajes para personajes en la que se incluye mi relato ganador, Abram, el nuevo conde de los vampiros. El libro se podrá comprar en cualquiera de las tiendas Tolky Monkys y seguramente por internet en la página de la editorial que colabora con el certamen, Bubok.com.
El grupo Tolky me informó que ya me había enviado un ejemplar pero aún no lo he recibido. Así que, hasta que no tenga el libro en mis manos, piano piano... sabéis ¿no?

Y poco más, sólo desearos buena semana y felices lecturas y escrituras.
Un saludo a todos los seguidores de Literatura Horizontal.
Vuelvo a la novela, bye.
Mián Ros

martes, 14 de septiembre de 2010

Cosas de la vida 3

Tercera y última parte de Cosas de la vida (espero). Y es que algunos de vosotros me habéis dado pie a crear, o a creer, que esta circunstancia podía valerme para ambientar un relato. Y... bueno, casi como el que no quiere la cosa y dándole vueltas en la cabeza en determinados momentos, podía decirse que... surgió (entre el vaivén de hormigoneras y golpes de martillo, y con el permiso de mis personajes de La caja de pinceles, obviamente).

Y eso es todo. Sólo desearos una feliz semana. ¡Puf! aquí llega otra... ya sabéis a qué me refiero, je je.
Mián Ros

CONDENA

Fui levantado por la voluntad de ellos.

Pero cuando fui consciente de mí por primera vez, vi que sólo él me dedicaba su miraba. Podía leer su concentrada ira expuesta en miles de venas abultadas y sangrantes repartidas en dos indiscretos ojos abotargados de ansiedad. Mientras, otros como él se esforzaban en que yo fuera algo, y ese algo debía representar solidez y apariencia, o acaso ser un digno competidor de mis propios semejantes.

Se descubrían las formas y a la par lo hacían los ruidos. Luego, y en la misma concordancia desaparecían con las horas y tomaba cuerpo el silencio, bajo un pliegue oscuro y desolador, y él se asomaba a verme; sin luz, con ella. Sin embargo, no siempre era así. Llegaban distanciados momentos hasta donde llegué a echarle de menos, y aún más cuando desgastaba su tozudez en no espiarme. Pero era cuestión de recolectar más horas, y aun cuando mis pocos días de existencia seguían siendo escasos, asimilé que su necesidad le volvería a acercar y no por hambre, al hueco, donde advertía su latente ojeriza de indignación pese a su silueta disimulada con la nube de tela tras la que a veces se escondía.

Hastiado y limitado en su reservado recinto no pudo evitar que me hiciera todo lo grande que él, en detrimento a su deseo, se iba sintiendo cada vez más pequeño, ajustado e inapreciable como una punta de alfiler, allí, abajo, sobre la superficie donde los otros y él acostumbraban a arrastrar sus inquietudes mientras movían sus pies.

Y había horas que trepaba incluso sobre su orgullo y consumía toda la apariencia necesaria, y se estiraba por encima de sí mismo, pensando en... yo qué sé. Lo más gracioso es que poseía una extraña forma de vida que le seguía a todas partes a la que llamaba sombra, donde parecía recostar su voz y desagravio, además de estar ligada a sus pies; ésta aparecía y dejaba de hacerlo entre ostensibles contoneos y siempre de una manera tan diestra y fugaz que contrastaba con el impertérrito gesto de piedra que gastaba su semblante.

Cuando él asomaba la cabeza por el rincón del hueco una vez más apoltronado en su muralla de silencio, yo le estudiaba: chillón de alma y muda boca, crispado e impotente. Y, como si fuera un vicio perpetuo, despeñaba su resignación hacia el vertedero de su alma y terminaba por inclinar su cara detrás del plano e invisible cuerpo al que supe de otros labios que él y los que eran como él le llamaban, cristal: materia que celaba el hueco. Luego alcancé el entendimiento necesario para descubrir toda la estructura que conformaba mi organismo: barro cocido entre decenas de huecos, ataviado y compuesto por múltiples cuerpos de cristal.

Yo, una vez alzado, cerrado por completo y enclavado de por vida hasta el deterioro más ruinoso llamado muerte -que me llegará bajo otra potestad incierta de energía inapreciable expuesta a la voluntad de la intemperie-, supe quien era yo, y cual era mi verdadero nombre. Y aunque él, y muchos otros como él, nunca lo supieron, se hicieron el grato favor de distinguirme con un nombre vulgar y sin mostrar diferencia de los de mi especie. Edificio, decían al hablar de mí y de los míos, otros simplemente me llamaban, piso, casa, y, una buena parte, se acomodaban indicando que era un atractivo bloque. Allá ellos, frágiles estructuras transitorias.

Pero no importa, fui recolectando tantos días como herrumbre, tantos pensamientos como instantes, hasta que llegó el último para ellos, el instante que les privó del aliento de vida, el que enfrió el calor que los mantenía activos en su precioso presente.

Ahora, lejos de toda vida como la conocieron ellos y antes del amanecer, lloro: el relente constituirá mis lágrimas a la primera luz, y lo haré en memoria de aquellos que me dieron forma, y día tras día mi sombra surcará el plano alargándose hasta las puertas del horizonte.

Y aunque fue un chillón de alma y muda boca, figura crispada e impotente, le echo de menos, también a él, y a su caprichosa sombra que acostumbró a hurgar las entrañas del paciente cuerpo de uno de mis parientes.

Me llamo, Dertm. Y desde que ellos se fueron continúo aquí, erguido junto a los míos, tan callado como los que enterraron, cumpliendo la condena que me impusieron pues fue su voluntad. Pese a todo, no les guardo rencor.

Ojalá venga pronto el derrumbe a visitarme.

Mián Ros (quedan reservados todos los derechos sin el consentimiento del autor)

martes, 7 de septiembre de 2010

Cosas de la vida 2

Bueno, situado en una posición conformista y dado que tampoco quisiera hacer una batalla que no podría ganar, porque el chorreo de hormigoneras, chirriantes golpes de martillo y radiales, y rumores de ruidos y voces que no cesan un solo instante por mucho que mi cabreo se avive de vez en cuando, me veo en la necedad ─perdón, necesidad─ de aislarme dentro de mi habitación y ésta a su vez dentro de mí y, recogido en algún lugar profundo de mi interior donde apenas me reconozco, me atrevo a revelaros que la semana ha sido más que productiva en cuanto a la escritura se refiere.

Después de leer unos cuantos capítulos de la novela que estoy armando; rescribir alguna frase, corregir alguna errata que saltó al encuentro de mis ojos ─como lo haría una liebre incómoda en su lecho al paso del cazador─ y eliminar alguna palabra fuera de estilo, he puesto mi voluntad en manos de las corrientes marinas que espero me lleven hasta la isla Fin, donde las cristalinas aguas de la paciencia habrán de doctorarme de una manera discreta y feliz con la medalla de ahuyentadorderuidos, o sordo por defecto o por obligación, a escoger por el lector; el resultado será tremendamente proporcional al sentimiento que obtendré.

En todo caso, no podéis imaginar lo complicado que ha sido asomar y dar la cara, después de un mes sin hacerlo, ante mis queridos personajes. Esto me lleva a pensar que la próxima vez que me ocurra algo similar me lo pensaré para no dejarlos abandonados a su suerte durante tanto tiempo, y no perder todo contacto con lo necesitados que estaban; sorry a cada uno de ellos pues sé que no os vale la excusa expuesta de encontrarme en un periodo vacacional. Pero tranquilos, amigos ─y esto va dirigido a mis personajes, para que veáis que delante de este público lector tomo mi responsabilidad como os dije en privado─, ya está el navío con las velas izadas y estáis siendo arrastrados por los mejores vientos del norte. Más no puedo ofreceros, sólo seguir soplando y llevaros a la ansiada isla que os prometí. Esta vez no habrá demora alguna, ni hormigonera (X) (palabro omitido) que nos separe.

Y eso es todo ─ahora me dirijo a vosotros, lectores del blog─. Os dejo, no quiero faltar a mi palabra. Pero antes de concluir estas letras, desearos una provechosa escritura y una feliz semana para todos.

Escuchad a vuestros personajes, sed cómplices, sin ellos no somos nada. Bueno, tanto como nada... yo soy un quejoso llorón al que no le gustan los ruidos... “pero eso, es otra historia.” como escribió, Michael Ende.
Mián Ros

martes, 31 de agosto de 2010

Cosas de la vida

Ahora que tengo algo de cobertura y las ganas acumuladas para sentarme a escribir (esta semana tiene que ser por la mañana debido al trabajo rotativo de un servidor), despierto con los golpes de martillo, los gritos de los obreros y el pesado traquetear de las hormigoneras, y, todo en uno, es un rugir de gigantes que hace que estalle de desesperación mi pequeña cabeza. ¡Por Dios! Y es que, tras unos años parada la obra de al lado de mi casa, han reanudado los trabajos para terminar el bloque de viviendas nuevas que en su día y debido a la crisis (supongo) se quedó parado, y lo peor de todo y que más temo, es que esto les llevará al menos un año y medio que es lo que tardan en construir un edificio de pisos. ¡¡Dios mío, un año y medio!! ¿Alguien puede concentrarse, y mucho menos escribir, con este escándalo? Ahora sí que añoro la tranquilidad del campo, la soledad que transmite la ribera de un río y la generosa amistad sombría y silenciosa que te brinda el amigo árbol allá en el bosque.
Ahhh... y por si fuera poco, ha empezado a quejarse el martillo eléctrico que trata de enmendar el boquete que se produjo en la calzada de la calle contigua a la mía... ¡Maldita ciudad ruidosa! ¿Acaso están compitiendo a ver quién chilla más? ¡Ahhh!... será mi alma la que se lleve el gato al agua como la deje gritar.

Haré un poder. Alejaré el ruido en la medida de lo posible de mis oídos, cerraré todas las ventanas, pese al sofocante calor, y me sentaré a leer los dos últimos capítulos de La caja de pinceles para poder retomar la historia en el momento que la dejé, y así seguir escribiendo las vicisitudes que puedan acontecer de la novela.

Ay, pobre Maco, veo que también me lanza cargas destempladas al ver que he pasado por allí; parece que me reclama, y es que llevo tanto tiempo sin prestar atención a la embajadora de mi futuro manuscrito que no me extraña que se ponga así conmigo.

En fin, que no sé si podré aislarme de esta cadencia gritona y siquiera sacar a la pobre Maco y a su familia de la dificultad donde se hallan encerrados. Ya os contaré.

¿Vosotros habéis sufrido momentos similares, cuanto más ganas teníais de escribir, más se obstinaba el destino levantando trabas para que esto no ocurriese?

¡¡Ufff!! Acaba de llegar otra hormigonera... gira y gira en complaciente gesto oxidado de rebeldía, mientras yo la miro desde mi ventana y me trago mi propia irritación...

miércoles, 25 de agosto de 2010

NO HAY ESCAPE POSIBLE, HAY QUE VOLVER.

Después de unas semanas recorriendo y admirando el paisaje de ciudades y pueblos del sur de la península, y por consiguiente, separado de la vida cotidiana y sus indivisibles obligaciones y demás compromisos que nos vinculan en cierto modo a la ciudad de residencia, retomo el pulso a las horas del día y despierto el interés y el compromiso adquirido tras el paso y el peso de los años, y de este modo dejo atrás (desde ya y con añoranza) el descanso y el interesante placer de vivir sin ése redundante reojo infestado al reloj que golpea la capital, ni nada que se precie por el estilo, y, en definitiva, lo que podía denominarse: “la buena vida de asueto, cual viejo monje orador y silencioso en la barroca abadía del recogimiento”. Ay, y es que se acabó lo mejorcito y esperado del año, amén. Hay que volver al surco establecido de la rueca de la responsabilidad y la mansedumbre de este manejable molino; a fin de cuentas no somos más que borricos que volvemos al redil después de un preciado día de trajinar y comer, cuando nos sueltan, por los verdes prados de la montaña y bajo un espacio de considerable libertad cuajado de sol.

En cualquier caso, tengo que reconocer una penosa distracción mía (y me doy un fuerte capón por ello), aunque más que distracción debería llamarle, comodidad y vaguearía en caldo de abundancia, pues, pese al mudo propósito que me hice a mí mismo de avanzar en las dos novelas que tengo entre manos, no he escrito nada de nada; eso si que podría denominarse desconectar del todo, vaya que sí. Y es que no me he acordado del trabajo ni siquiera del placer (llámese hobby) que te acopla a una secuencia diaria durante todos los días del año como es esta destreza antigua de escribir. En detrimento e intentando salvar los muebles de esta vagoneta sin raíl que conforma un servidor, ha sido cuanto menos un regalo caído del Cielo haber podido desenchufarme en su totalidad. Eso sí, no todo ha sido acorchamiento y relajantes prácticas vacacionales, ya que he disfrutado leyendo todo lo que he podido (El ladrón de las sombras, de Alexey Pehov, y Grimpow, de Rafael de Ábalos, muy recomendable cualquiera de sus lecturas a todo seguidor del género fantástico e incluso para aquellos que se precien de leer una entretenida aventura con criptogramas templarios y demás jeroglíficos repletos de misterio).

Está bien, comprendo que dos novelas no han sido tampoco mucha lectura estas vacaciones, pero es el balance que el tiempo de las excursiones y el cansancio obtenido en las mismas me han permitido realizar; y es que estos ojitos son humanos, y cuando digo humanos hablo con inclinación grave y con la mayor sensatez que he llegado a reunir, pues son perseguidos por ese bichillo al que la inmensa mayoría llama, sueño (entre los que me incluyo), y en tal caso, qué puedo decir, si no dejarme atrapar por las manos mágicas e invisibles de la oscuridad que se lleva esta agrupación de sentidos que he llegado a alcanzar, arrastrándolas más lejos de mí todavía. Y entonces, amén al latido de la vida y a la percepción de todo vértice, e igualmente adiós a los palpables colores hasta pasadas unas horas de levedad intemporal, donde vuelvo a invadir este cuerpo para levantarlo y devolverlo a la vida como si se tratara de un arte sorprendente y druídico, un tanto recuperado del esfuerzo realizado con anterioridad, a veces ni eso.

En fin. ¡Ah!, no quiero dejar en el olvido, e incluso antes de levantar la cancela de apertura una vez más de este humilde blog, sin hacer unas menciones especiales.

Primero: sobre la reseña que Blanca Miosi realizó en su Blog, justo unos días antes de irme de vacaciones, de una de mis novelas, Ángeles de Cartón. Desde luego no podía dejar pasar la oportunidad de agradecer su gesto en esta primera entrada. Gracias, querida Blanca.

Uno: por el tiempo que dedicó a la lectura de la misma.
Dos: por ofrecer una reseña en su espacio de internet sabiendo el valor que representan sus palabras para mí.

Para el que no conozca a Blanca Miosi, es una escritora nacida en Lima (Perú), pero su residencia está en Caracas (Venezuela). Es autora de las novelas: La búsqueda (Roca editorial), El legado (Viceversa editorial).
Blanca, dicho por ella misma, se considera una mujer normal. Compagina su trabajo (modista profesional de alta costura y diseño) con las tareas de escritora, y colabora en la revista de literatura (Prosofagia), además de actualizar su blog personal de indiscutible calidad que, sin ninguna duda, os invito a que visitéis.
Aquí dejo el enlace para los que quieran pasar a leer la reseña que Blanca Miosi realizó de mi novela, Ángeles de cartón. Reseña por Blanca Miosi

Y por otra parte, agradecer, de igual modo, a mi querida hermanita, Printova, que en su blog, y antes de irme de vacaciones (coincidencias de la vida), tuvo a bien y con la amabilidad y dulzura de la que siempre hace gala, de brindarme una bella entrada y una muy entrañable y linda poesía. Gracias.

Qué puedo deciros de mi hermana, Printova sin que las emociones no me sacudan y me quede sin palabras. Y es que ella es una mujer muy sensible dentro de su aspecto temperamental, que disfruta de exteriorizar en su escritura la devoción que manifiesta por el verso, y refleja como nadie las sensaciones que sufre su estado de ánimo. Pero a la vez es vivaz, soberbia, dulce y silenciosa dependiendo del momento y la complejidad que quiera ofrecerle el día. Y eso, sin duda, es el destello del espejo de sus poemas: severos y desgarradores a la vez que tiernos y melodiosos como agua en primavera o vendaval de invierno si fuera necesario.
Este es el enlace para todo aquel que quiera pasar por su más que recomendable blog, donde podéis leer la entrada y la poesía que me dedicó. Gracias, querida hermana y compañera de letras. Printova

Y de momento nada más. Daros la bienvenida a todos los que ya estáis por aquí. Y a los que aún estáis de pausa estival, disfrutad, y felices vacaciones.

Ahora sí. Dejado atrás el límite vacacional, ¡sigamos escribiendo! Gracias a todos por estar ahí, gracias.


“No hay mejor desayuno que poder despertar y volver a degustarse de la vida.” (Mián Ros)

jueves, 29 de julio de 2010

martes, 20 de julio de 2010

Yo (relato involuntario)

YO (relato involuntario)
No sé, pero últimamente escribo menos que nunca. Seguramente se deba al calor. O acaso el monstruo del que todos huimos me haya poseído, ese que ahoga el verdadero yo, el que apareció de la nada y surgió un día dentro de mí y se doctoró en la duda. Ese que conforma lo instruido y lo que no, ese que apela ser yo, ese que cuenta historias.

Mi yo constante, el tranquilo, el reflexivo. El yo que reúne a todos mis yo en expandido apoyo desmedido. El yo que se siente yo sin serlo, el que se limita, el que presume, el que persiste, el que se derrumba, el incauto, el imperante, el que se descubre vestido, el que se abriga con su piel, el que sufre, el que se agranda.

El yo que se frunce al tiempo, el que se agria, el que se vuelve azúcar. El que se cubre con la noche, el que suda, el que no lo hace, el que se queja, el que grita, el que calla, el que domina.

El yo que nada espera, el que corre, el mismo que a veces busca y a veces se vacía. El que se sienta a la fresca, y escribe, y se inhibe, y suspira, y en un intento por crecer, camina. El yo protagonista, el que se cuela en el ojo de los sueños, y flota, y avanza en volandas de una musa alegre. El yo que no duerme, el que bosteza, el que se solaza, el que imagina todo, el que no se viste de nada.

El yo tenaz, el que organiza, el golpea las teclas y le da sentido a la máquina, a la historia. El yo que intuye, el que afirma para no negar, el que no escribe, el que se aleja, el que viene sin querer venir, el que no va, y va. El yo primero, el del fin, el que vuelve a empezar.

El yo que amparó mi esfuerzo, mi carcajada, el que se convirtió en reflejo. El yo que me representa a mí, el que me levanta, el que me sostiene, el que me peina, el que se afecta, el que cae en la cuenta, el que se muere, el que se ausenta.

El yo que no sería yo sin mí. Mi yo travieso, el que vive en ti, el que te espera, el que te escucha, el que te desea, el que te ama, el que se siente amado.

El yo que quedará en ti cuando me vaya. El del recuerdo... el yo intemporal, el eterno.
Mi yo plural. Todos los yo que ves y los que no.

Indivisiblemente, soy yo, lo quiera o no.

Mián Ros (quedan todos los derechos reservados sin permiso del autor)

jueves, 1 de julio de 2010

Ahora, cuando el calor parece haberle quitado protagonismo a las lluvias y al frío, cuando la Crisis ha usurpado el terreno y ya no es una palabra vana en boca de todos, cuando la distracción se dispara y todo queda en un rincón apartado por el gran movimiento que es el mundial de fútbol y sus ruidosas vuvuzelas. Ahora, sí ahora, que me había ajustado a otras cosas y había olvidado (o dejado de lado) el publicar y toda referencia similar, me ha llegado un mensaje de una editorial, la cual evitaré hacer publicidad de la misma (como siempre), con la consiguiente y machacona respuesta de serie, aunque sin airbag para fuertes golpes, que dice: “Hemos procedido a valorar su posible publicación y tenemos que comunicarle que no vemos la posibilidad de poder publicarlo dentro de nuestro catálogo actualmente.” Pero lo curioso del tema, es que el original, La Leyenda de Almaranthya, lo envié en noviembre del año 2008 y es ahora, sí ahora, cuando recibo la carta de rechazo y de las más sutiles condolencias para el que está al otro lado, o sea, yo...
¿Qué os parece el tema? Casi dos años para evaluar un original, y es que la crisis debe haber tomado con los brazos bien abiertos a las editoriales y sus correctores y demás empleados para que el trabajo se amontone tanto o más que este calor que nos aplasta sobre cualquier superficie por pequeña que sea, para que tengan que darse casos como éste con semejante retraso, si no, no me explico el caos que deben tener en las oficinas.
Tomo el lado bueno, y oye... al menos me han contestado, ya los había puesto verdes, pero de un verde chillón, por no dar ni señales de vida, aunque aún queda alguna editorial por responderme; ¿a ver si le van a quitar el record a ésta?, mira que ya lo estoy pensando y cuando me da por pensar... Ufff.
En fin, liberada queda mi alma de otra editorial y mira que ya las había dado, a día de hoy, a todas, y digo a todas, sí, por perdidas, amén.
Desde luego, si tengo ahora que enviar otro original, me lo pensaré. Lo mismo para cuando quiera llegarme una respuesta, hasta otros autores podrían haberme pisado la idea con el paso de los años... ¿o es que no? Esto me lleva a pensar con acritud: “no corras mucho, podrías estamparte.” Y esto podría acoplarse para cualquier cosa en la vida.

Más en fin por aquí y por allá, suspiros, rezos silenciosos y un sinfín de zascandiles variados con serpentinas y petardos, y dando un voto de confianza a otras editoriales, he de decir que también he recibido negativas con dos míseros y escuetos meses desde el envío del original, pero... ¡esto da mucho más que pensar! ¿o es que no? ¿Se lo habrán leído? ¡Venga ya! Un mamotreto de casi 700 páginas.
Así que... ni tanto ni tan calvo que digo yo hoy, y otro lo dijo ayer, y anteayer, y la semana pasada, y creo que la otra y la demás allá, y cuando era pequeño también se decía, el hermano de tu abuelo también lo exclamó. A ver si estas cosas perduran a las crisis... Mmnnn... va a ser que sí, aunque yo siempre me estampo con un NO.

Digamos aquí otro, en fin, y con la no pena que tengo para estos motivos, pues uno está vacunado contra el desvarío y la ansiedad. Os dejo, para los que aún no habéis leído nada de la Leyenda de Almaranthya, el prólogo.
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Ser buenos hasta donde os permitan las fuerzas, y pacientes, no tanto como la araña pero sí en la medida de lo posible... sobre todo, ser vosotros mismos. Feliz semana.
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La Leyenda de Almaranthya I - El despertar
Prólogo: Las Mil Bocas del Mundo (novela 2006-07)
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Si un día despertaras barruntando tu muerte tras el próximo crepúsculo, ¿acudirías a su encuentro? Ella, Lanyamell, la joven inmortal Célica, sí lo hizo, atraída por el irrefrenable don al que están expuestos todos los seres humanos, y a los que ni siquiera las vendas negras del destino sobre ojos desnudos conseguirían detener: el amor. Pues como todo el mundo sabe, nadie es capaz de vivir para siempre.
Y ella lo sabía, la voluntad de los dioses difícilmente puede ser alterada, y aún más que nadie entendía, con ese don con el que había sido regada desde los amaneceres antiguos, que el ojo divino alcanza siempre a los hombres por mucho que éstos se quieran esconder. Y así, apoyada, aunque de puntillas, en aquel influjo de razonamiento, había emprendido viaje.
Aquel plenilunio, como repetidas noches anteriores, el elegante vuelo del Eskarkam ─híbrido legendario, reptil-ave─ se empuntaba sobrevolando las plateadas aguas del Océano Díscolo trasportando en su lomo a la mujer y a su amado hacia el lugar elegido.
Todo era dulce y sutil, pero de una similitud aplastante, tal como lo había presagiado Lanyamell. Y sin embargo lo temía, lo temía en silencio, llegando a reprimir sus emociones al volver a vivir aquella terrible premonición... SEGUIR LEYENDO

Mián Ros (Quedan reservados todos los derechos sin permiso del autor)
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viernes, 25 de junio de 2010

EL GRUPO KISS EN MADRID

Tal y como esperábamos, el grupo KISS no defraudó a los 16.000 asistentes tras su paso por el Palacio de los Deportes de Madrid. Y es que la mítica banda neoyorquina de rock paralizó la capital para firmar una de esas noches musicales que se recordarán toda la vida, entre los que se incluye un servidor: admirador del cuarteto desde que tenía catorce años. Uf... si ha llovido desde entonces.

Titulares de periódicos y medios informativos al día siguiente:

El rock diabólico de KISS posee en Madrid las almas de miles de fieles. (TVE)
KISS. Sangre y fuego para resucitar el rock and roll. (ABC)
Los diabólicos KISS siguen deslumbrando después de once años de silencio. (El Mundo)
Kiss conquistó Madrid con su inigualable fiesta de rock. (Diario Crítico)
La energía de KISS resucita al rock en Madrid. (Diario Femenino)
KISS conquista Madrid con un espectáculo demoledor. (El correo.com)

Gracias, Paul (guitarra, voz), Gene (bajo, voz), Tommy (primera guitarra) y Eric (bateria) y a los que abandonaron el grupo, Ace (primera guitarra) Peter (antiguo bateria) y Eric Carr (recordado bateria, descanse en paz), por abordar la música de una forma diferente, mágica y arrolladora y hacer que el rock and roll siga más vivo con los años. Gracias por esos cuarenta años de éxitos y de rock.
Unánime la voz: KISS, el mayor espectáculo musical del mundo del rock.

Después de una semana vibrante e irrepetible, sigamos escribiendo.
Feliz finde a todos.
PD: A la llegada a las puertas del Palacio, antes del comienzo del concierto, la cadena televisiva Cuatro nos entrevistó a mi mujer y a mí sobre cuál es el mejor grupo del mundo del rock, obviamente podéis imaginar nuestras respuestas.
La nota significativa es que no he conseguido ver las imágenes pero seguro que por algún lugar nos reconocieron, je je. Fue una noche fantástica de principio a fin.

domingo, 13 de junio de 2010

Sabías que...

Empezamos un nuevo año de Blog, y estrenamos diseño.

Siguiendo con los dichos populares que a lo largo de los días se aparecen en nuestra vida cotidiana y que empleamos de forma natural, aquí tenéis otra pequeña representación, a petición vuestra, debido al éxito de la entrega anterior.

Pasar la noche en blanco

Todos hemos pasado alguna y todos sabemos muy bien lo que quiere decir, aunque que quizás muchos no sepan cuál fuera el origen de que se popularizara esta frase para explicar que se ha pasado la noche sin dormir, por insomnio o por otra razón.
Antiguamente, cuando un joven iba a ser armado caballero al entrar en alguna de las órdenes religioso-militares que se constituyeron en la Edad Media, tenía el deber de velar las armas desde la víspera y durante toda la noche, que pasaba en oración, revestido de túnica blanca para significar su pureza.

Dar palos de ciego

Cuando queremos significar que alguien busca una solución a un problema, y careciendo de experiencia y de buen juicio o simplemente no siendo fácil hallar el buen camino, trata de probar de varios modos, solemos decir que da palos de ciego.
El origen de este popular dicho es bastante triste. Se cuenta que en tiempos de Alfonso VII se celebraban unos festejos que gozaban de gran popularidad por incluirse en los mismos, a modo de número fuerte, el espectáculo de dos ciegos, armados de gruesos barrotes y rodeados de cerdos. Los ciegos debían de tratar de localizar a un cerdo y matarlo a palos, con lo cual el animal quedaba de su propiedad. Pero la “gracia” del espectáculo consistía precisamente en las equivocaciones de los infelices y en las veces que los golpes se los propinaban uno a otro, entre las risas del... respetable.
Al parecer, sin embargo, la diversión a base de palos de ciego, invidentes o con los ojos vendados, fue bastante usual en la antigüedad, de modo que puede muy bien haber sido otro el origen y muy anterior al reinado de Felipe VII.

Nuestro gozo en un pozo

La explicación que se encuentra para esta locución, que por ser antiquísima, resulta de muy dudoso y confuso origen, es por demás simple, pues se suele decir que quizá se debe a la caída de algún animal doméstico en un pozo. Un animal que por ser muy querido de su dueño debía de ser un gozo.

Liar los Bártulos

Bártulos, que entre nosotros significan utensilios varios de uso corriente o trastos, proviene del nombre de un famoso abogado que vivió durante la Edad Media.
Se llamaba Bártulo y había llevado a cabo notables estudios sobre Derecho y había escrito también sobre dicha materia interesantes libros que servían con frecuencia de consulta eminentes juristas en toda Europa.
Los textos de tan célebre jurista se llamaron “bártulos” y por extensión se dio tal nombre a los apuntes y libretas que los estudiantes de Derecho llevaban a sus clases liados con cordones o cintas. Y cuando las clases terminaban, tornaban a liar sus bártulos hasta la clase siguiente.
Bártulo nació en 1313 y murió en 1356.

Cada palo que aguante su vela

Esta es una locución de origen marinero, pues en los barcos de vela, cada palo soporta una solamente para que el velamen esté equilibrado.
Por lo tanto, la frase quiere dar a entender que, para un buen trabajo en equipo, cada uno debe realizar el que le ha correspondido.

Cría cuervos y te sacarán los ojos

Se cuenta una curiosa historia a propósito del origen de este refrán y la cuenta V. Vega en su famoso “Diccionario de anécdotas”.
Una vez que el condestable de Castilla, don Álvaro de Luna se hallaba de caza con otros caballeros, encontró a un hombre ciego, que ostentaba en el lugar de los ojos dos viejas cicatrices.
El condestable, movido a compasión, le preguntó al ciego con gran interés:
─¿Has estado en la guerra?
─No, señor, las heridas de mis ojos no son heridas de guerra, sino que las causó la ingratitud.
Y a requerimientos de don Álvaro de Luna, el hombre contó que había encontrado un cuervo pequeñito en el monte y lo había criado en su casa por espacio de tres años, prodigándole grandes cuidados y atenciones, y que un día que estaba dando de comer, el cuervo se le echó a los ojos y le dejó ciego.
Don Álvaro se volvió a los que le acompañaban y comentó:
─Ya habéis oído, caballeros; criad cuervos para que luego os saquen los ojos.
Sea o no sea éste el origen de la frase, lo cierto es que el refrán se emplea como advertencia para aquellos que prodigan sus afectos a quienes quizá no los merecen.

¡Vete a la porra!

La porra era el bastón, labrado, adornado con puño de plata y enormemente grande, que usaba antiguamente el tambor mayor de los regimientos.
Cuando las tropas se hallaban acampadas, la porra se clavaba en un lugar determinado del campamento y cuando algún soldado debía ser sancionado, se le enviaba a cumplir su arresto al lugar donde se hallaba la porra.
Hoy usamos esta locución cuando queremos quitarnos de enfrente a algún impertinente.

Tras de cornudo, apaleado

La historia pícara que popularizó la frase, sucedió del siguiente modo:
Había una vez un matrimonio, que tenía un criado muy buen mozo del que la esposa se prendó, y él de ella. Y la mujer, que era astuta y decidida, discurrió el medio de conseguir, al mismo tiempo, salir adelante con sus amores y no despertar las sospechas del marido. Para lograrlo, después de concertar una cita con su criado, habló con el marido y le dijo:
─El muy bellaco de nuestro criado se ha atrevido a requerirme de amores. Como tú no estabas y eres quien debe resolver la cuestión, le he citado esta noche en el corral. De modo que será mejor que te pongas mis ropas, para que no recele y se acerque a ti, y de este modo tendrás la prueba que necesitas para hacer de él lo que debes.
El marido, que se lo creyó todo, hizo lo que su mujer le pedía, y por la noche se fue al corral vestido como ella, mientras la mujer y el criado se encontraban en la habitación de ella.
El mozo, que sabía lo que le ama había planeado, bajó después al corral y, con una estaca, arremetió contra el marido disfrazado, gritando:
─¡Bellaca! ¿Te creíste que era cierto que pensaba traicionar a mi amo y faltarte a ti?
Y aunque el marido, además de cornudo resultó apaleado, se dio por contento al comprobar la “fidelidad y honradez” de la mujer y del criado.

Textos obtenidos del libro: Saber Humano.

Eso es todo por el momento. Que paséis una feliz semana, amigos.
¡Sigamos escribiendo!
Mián Ros

domingo, 6 de junio de 2010