miércoles, 28 de octubre de 2009

David se cargó a Goliat

¡Qué recuerdo! Snif, snif...

Parece que fue ayer y han pasado ya seis años de la realización del dibujo que pende de la parte izquierda de este texto (pincha en la foto para verlo ampliado).

Permitirme que esta vez me desligue de la literatura, que no de la vena creativa que siempre he llevado, pues este trabajo (efectuado con la herramienta Photoshop) ha pasado ante mis ojos casi por casualidad.

Estaba haciendo reunión de archivos y carpetas, ya sabéis: pasando el plumero, sacando brillo y llevando a la papelera del reciclaje ficheros inservibles y otros enseres que embrutecen cualquier aposento, para que C y D (hermanos casi gemelos que comparten el mismo estómago de mi máquina) luzcan sin tanto peso y se haga menos tedioso y más ligero los ratos que paso delante de la pantalla del ordenador. Cuando... ¡Zaass!, lo he visto. ¡Anda estás aquí!
Bueno, no voy a contar los sentimientos que se han despertado en mi interior al ver el dibujo nuevamente, os podéis hacer una idea.

Pues bien, y a cuenta de qué todo esto, os preguntaréis. Por qué subo un chisme relacionado con el Real Madrid. Pues porque además de la casualidad de encontrar este archivo JPG, el equipo que me ha brindado tantas alegrías (también berrinches), perdió estrepitosamente ayer por la noche.

El equipo de segunda B, Agrupación Deportiva Alcorcón, endosó, al todo poderoso equipo de Primera, el Real Madrid, nada menos que 4-0, ahí es nada. Un resultado que escocerá, y mucho, a los seguidores blancos. Y tener en cuenta que este resultado entrará en la historia de las humillaciones más grandes del prestigioso club de la capital (David se cargó a Goliat).

Esto me lleva a pensar que hasta la cosa más inverosímil y pequeña puede hacer cosas grandes. Llevado al terreno de la literatura... yo, que a veces me siento más pequeño que lo pequeño que se sienten los más pequeños, quizá llegue a sobresalir y asome entre algo medianamente grande... por qué no, pero eso... eso es otra historia, como terminan diciendo muchos cuentos.

Cuidaros. Hay alguien por ahí, en alguna parte, disfrazado de Calabaza (esta semana de muertos) que quiere haceros, truco o trato.

“¡Andar con Ojo! Los zapatos son para el distraído...” (Mián Ros)

UN ABRAZO A TODOS, SÍ A TODOS...

martes, 20 de octubre de 2009

Conjunción de ilustres

Si te dijera el nombre de John Ronald Reuel; el arrugamiento fundado dentro de tu conciencia sería transportado y emitido a tus cejas que se manifestarían comprimiéndose en un acto reflejo casi por completo, y lo más probable es que espontáneamente al acto realizado, comentaras: no me suena... ¿quién es ese señor? La voz llevaría la perplejidad implícita y manifiesta anterior acentuando la cara de una persona totalmente contrariada; aunque otros (o tal vez tú), sí habrán adivinado de quién se trata el personaje en cuestión primeramente mencionado.

Y si te dijera, sin rodeos, Tolkien. Ah, el gesto que imagino ahora es bien distinto; una cara distendida y resabiada puntea mi malandrina conciencia en plena clase de bellas artes. Pues bien, ya sabemos del hombre de quien estoy hablando y del que hablaré. Sólo decir Tolkien y un abanico de ideas se desprenden de algún lugar y salen a la superficie superando todo lo demás: escritor, El Señor de los Anillos, El Hobbit, Frodo, Gollum, Gandalf, elfos, etc, etc...

Pero para llegar a eso debo nombrar a otro personaje que acompañe al ilustre escritor citado, aunque esta vez os doy ventaja y adelanto que la siguiente persona a la que quiero aludir es: feminista, ecologista y pacifista confesa (con estos datos al menos te zampas todos los autores masculinos que estuvieras pensando de un zarpazo, ¿o no?, ¿eh?

Pues sin dilación (carraspeo) saco a relucir el siguiente nombre. Obviamente es una mujer (diva mía de la novela fantástica, para más apunte), Ursula K. Le Guin, autora americana de cuentos, poesía y crítica (su longeva obra ha sido galardonada en múltiples ocasiones).

¿Qué os parece? Quizá el nombre después de todo no os diga gran cosa. ¿Pero qué ocurriría si los dos escritores a los que tanto admiro se fundiesen en una noticia? Qué maravilloso, ¿verdad?; el sol y la luna rielando sobre el mismo mar...

Eso mismo pensé yo tras leer una entrevista de la escritora californiana hablando, no sólo de su obra, sino del escritor británico J.R.R. Tolkien y la clásica El Señor de los Anillos. Saber el versado pensamiento de una de las obras que tanto me han encandilado, y nada menos que de la mano de una profesional, ¡y qué profesional!, la mismísima Ursula, por la que bebo los vientos, ¡ahí es nada!

Fundo a los dos ilustres en la noticia y hago un pequeño homenaje en este post a ambos. Gracias por cuanto he disfrutado con vuestra escritura, y espero disfrutar de las obras que aún me quedan por leer de vuestros trabajos.

Las palabras de Ursula sobre el sentimiento hacia la novela de Tolkien tienen una sinceridad encomiable, no presenta desperdicio. Para los que no conozcáis la obra de Ursula K. Le Guin, es autora de más de 20 novelas de ciencia ficción y fantasía, más de 100 cuentos cortos y varios libros infantiles, libros de poesía, colecciones de ensayos y traducciones; millones de lectores han disfrutado con Historias de Terramar (su saga cumbre), la cual recomiendo encarecidamente.

Fragmento de la entrevista - Página oficial de Ursula K. Le Guin.

P: Doce Moradas (16 de noviembre de 2006, a las 23:35).

(...)


P: Cuando contactaron con usted para realizar la primera película sobre Terramar, encontró muy interesante que Philippa Boyens estuviera designada para realizar el guión. ¿Cree que ella (junto con Peter Jackson y Fran Walsh) realizaron una buena adaptación de El Señor de los Anillos de J.R.R. Tolkien? ¿Cree que las licencias (muy criticadas por algunos fans de Tolkien) que se tomaron con el trabajo original, son aceptables en un proyecto como éste? ¿Cree que es más difícil llevar el mundo de Terramar a la gran pantalla que la Tierra Media?
R: Creo que el guión escrito para la película de Peter Jackson era en muchos sentidos realmente maravilloso. Y creo que debe permitirse a un cineasta tomarse todo tipo de libertades al convertir una novela en una película. ¡Son dos medios tan distintos! Lo que me resultó insatisfactorio de la película fue su creciente obsesión por las escenas de guerra y batallas; y sobre todo, su fallo al atrapar algún detalle de lo que yo considero el secreto de la magia narrativa de Tolkien: la constante y poderosa alternancia entre la tensión y la relajación, la guerra y la paz, lo público y lo doméstico, el miedo y el consuelo, la luz y la oscuridad... Su libro tiene el ritmo de un latido de corazón; de una persona que camina; del día y la noche sucediéndose el uno al otro... Eso es por lo que la gente que lo lee "vive dentro del libro" - posee el ritmo de la vida -. La película, por supuesto, es un tipo de drama, y debe ser más concentrada, más rápida en su ritmo; pero la película va demasiado en esa dirección. Es todo acción, poca reflexión; todo ruido, nada de tranquilidad; todo Yang, nada de Yin. Y por tanto, aunque hermosa y entretenida, es profundamente desleal con la historia de Tolkien.

(...)

La entrevista, como habrás podido imaginar, es bastante más amplía; Ursula intima con alguna de sus novelas y con la posibilidad de volver a llevar Terramar al cine y darle la dimensión que alcanzó en su día El Señor de los Anillos (lejos del resultado de la serie emitida por Sci-Fi y el animé de Goro Miyazaki); tan solo necesitaría un gran director de cine como Peter Jackson, aunque no es fácil (esta es una opinión personal). Ojalá los seguidores de la obra de Ursula despierten un día con el atrevimiento de un director que ancle y sepa visualizar la fuerza que encierra Terramar.

Para quien esté interesado en leer la entrevista completa puede pinchar aquí.

A los que la cena, desayuno, comida u otros menesteres les quede un tanto lejana todavía para soltar suspiros lejos de la silla y se hayan quedado con ganas de seguir leyendo, endoso en el final unos cuantos enlaces de mis primeros escritos y relatos.
Y a los que tenéis prisa, incómodos de firme raigambre de índice audaz y diestro, feliz regreso de camino a casa, y cuidado con los radares, pronto multarán por superar las 3 megas de velocidad...

LECTURAS:

UN SALUDO A TODOS LOS LECTORES DE LITERATURA HORIZONTAL.

martes, 13 de octubre de 2009

DÉJAME SOÑAR Y CREERME SUEÑO

Estos días he ido de acá para allá, de blog en blog, y es curioso la ansiedad descubierta que persigue a todos los noveles que intentan abrirse un hueco en esto de las letras (entre los que me incluyo dentro de este paréntesis junto a ellos, amigos y compañeros). Parece mentira que seamos tan inquietos, tan temerarios a veces y no tanto otras. Pero es así, y todo cuanto he leído ha sido fascinante; aunados por un sueño, eso es lo más importante: escribir, y poder mostrar al mundo algún día nuestra escritura. Pero debido a esa ansiedad surgen y seguirán surgiendo alrededor de nosotros (como inagotable manantial), una infinidad de preguntas:
¿Cómo hemos llegado a la convicción de escribir una novela? ¿Con qué propósito? ¿Por qué lo hacemos? ¿Estamos preparados para hacer lo que hacemos? ¿Tendríamos la fuerza para dejar de hacerlo? ¿Qué es necesario para que una obra pase la barrera del anonimato y llegue a ser publicada? ¿Es realmente mejor apuesta como primera opción a un manuscrito, un editor o un agente? ¿Hacemos bien en mandar nuestros trabajos a decenas de editoriales o agentes? ¿Caerá en las manos correctas? ¿Sí? ¿No? ¿Debiera apostar como primera opción por algún certamen? ¿Estaremos invirtiendo nuestro tiempo en el género adecuado? ¿Les importamos en realidad los noveles? ¿Serán capaces los expertos de leer, siquiera, cuatro o cinco párrafos de mi obra?

¿Quién tiene las respuestas? Seguramente y llegado el caso, los agentes o editores ni siquiera abrirán el manuscrito en el 99% de las veces. La sensación de estar mandando el trabajo de meses (tu sueño) e incluso años a un destino incierto empieza desde el momento en que sellamos el paquete y vuela hacia el destino escogido; "a ver si hay suerte", y con este sentimiento ambicioso pero expuesto al devenir de las cartas que nos reparte el azahar, nos preparamos para una resolución que tarda en llegar, si lo hace; en otras ocasiones la respuesta se va resolviendo con los días tras la suma de: vacío e indiferencia, y la intuida no-respuesta del otro lado que navega por nuestra alma da el coeficiente final; la intuición que atesorábamos se sale una vez más con la suya. Esto lleva implícito un malestar que se amplifica con el paso de los días, y los gritos dentro de la cabeza resuenan por todas partes sin dejar hueco a la concentración de otros menesteres, ni cabida para el descanso y los silencios siempre necesarios. La indiferencia que hemos recibido es el peor de los tormentos: "Te han ignorado. Tu novela no vale". Sólo entonces la esperanza y la distancia que te separan de publicar se convierten, no en un obstáculo, sino en una pendiente vertical casi imposible de remontar. Y, reciba un cordial saludo, o, pruebe suerte en otras editoriales, se clava en nuestro pecho azuzando nuestra impotencia y despertando una vez más nuestra rabia.

Pero yo quisiera ir más allá y lanzar otras preguntas que se suceden tras esas preguntas, cuando la esperanza de uno se va alejando poco a poco de los sueños de edición y las distancias entre editorial y noveles son casi infinitas. Y son:
¿Estamos realmente preparados para afrontar el rechazo? ¿Seguiremos escribiendo con la misma intensidad y afición después de las negativas? O, tal vez, estos golpes hagan flaquear nuestra moral y nos surjan otras preguntas, que han cohabitado con nosotros pero que no les queremos prestar el debido interés: ¿quizá la novela no sea tan buena? ¿Y si yo no valiera para esto? O por el contrario, el NO recibido, ese que se instala en el subconsciente nos llegue a servir de estímulo para aunar todo el ingenio del que somos capaces, superándonos a nosotros mismos (más si cabe), para salvar el insondable escollo y alcanzar las pretensiones que ambicionábamos desde el principio. Si bien, dicen que la perseverancia suele acarrear triunfos; y de los golpes duros también se aprende; pues aprendamos.

En fin, yo empecé a escribir casi por accidente. Mi primera novela (manifiesto uno de tres) empezó a ser una intención sin mucha convicción (pongamos que deleite personal), al principio el reto era poco pretencioso: que la leyera mi hija (por aquel entonces lectora de libros de Harry Potter). Según me fui implicando con los personajes y el mundo imaginario donde envolví la trama, me creé un hábito de escritura, una ilusión, un hermoso sueño aun con los ojos abiertos; esto hizo que cogiera cariño a los personajes y conviviera junto a ellos (algo maravilloso) hasta llegar al final de la aventura. Así, había alcanzado la primera de las metas, acabar la novela. Pero lo bueno estaba por llegar ya que había sentido la necesidad de seguir, parecía que el subconsciente me empujaba hasta el país mágico que vivía dentro de mí; había tantas almas que salvar, tantos sentimientos escondidos que dar a conocer que supe que ya no podría parar estas manos y pies que habían tomado carrerilla.
Desde entonces no lo he hecho (cuatro años pasan volando), no es mucho, bien es cierto; mi pluma está poco educada, pensareis, pero no siento vergüenza por ello, ya que una vez aprendí que en la vida el curso de aprendizaje no concluye jamás.
Sin embargo y sin deliberar demasiado si estaba preparado, incluso después de acabar un segundo libro (independiente) y continuar con la saga del primero, miré hacia el otro lado, de puertas para afuera; pensé que había llegado el momento de mostrar mi trabajo, animado por las personas que se habían bañado en la misma ilusión que la mía.
Cuando llegó la hora de la verdad, asomarse al mundo de la edición, ¡amigo!, aquí me di de bruces con un laberinto brumoso e intransitable donde los caminos que tenía que atravesar si quería llegar hasta el final de mi sueño, eran estrechos y flanqueados por horribles manos de ganchudas uñas esperando vislumbrar una simple tacha “no sé dónde ni en qué parte del escrito, lo juro”, pero suficiente para empujar tu sueño al despeñadero que conduce al vacío más exasperante. Y qué nos queda después del seco y frío NO, sino resignación y seguir escribiendo.

Si el tiempo pone a todo el mundo en su lugar como dicen, que éste reconsidere la posición que aspiro y me conceda un hueco entre aquellos, amigos e ilustres escritores consagrados y noveles, pues no me siento más que nadie, pero tampoco menos que el resto.

No obstante y pase lo que pase, creo que merece la pena continuar calzando estos zapatos para recorrer el mundo y llegar a tus sueños... aunque los sueños, sueños son, como dijo Calderón de la Barca.


Gracias a todos los que habéis llegado hasta aquí; gracias por leerme; gracias por todo lo que aportáis (aun sin saberlo) a mis sueños; os aprecio de veras.

Que vuestra fe os guíe, a todos.


Cuando abro los ojos siento descorrer la gasa y penetrar en otro sueño; el sueño que soñé cuando mis ojos aún no habían bostezado a la luz. Déjame soñar y creerme sueño. Abrir los ojos y no saber qué es real, sino soñar sin sueño que lo mejor está aún por llegar... mis sueños.
(MiánRos)

martes, 6 de octubre de 2009

EL CABALLERO DE LA ARMADURA AMARILLA

La historia que os voy a contar ocurrió hace algún tiempo, no tanto que se escape a la memoria, ni tan cercano que se adelante a los recuerdos. Fue una historia que se instaló en mi conciencia justo en la estación de una era intermedia; al término de una primavera próspera, de días largos y noches cortas, donde los crepúsculos se entregaban dichosos a cientos de golondrinas de alas negras y picos dorados y chillones; de diminutos cuerpos allá en lo alto (se diría casi mosquitos), aves veloces e inquietas como veintenas de manos sucias, casi negras, intranquilas y hambrientas.

Hace tiempo, sí.

Todo ocurrió al caer la noche, la noche que tomé la puerta y salí de casa, despacio, diezmado por la morriña, con la mirada baja, como poseído por el alma de un errante, siervo de la propia calzada que debía recorrer; no hacía falta el instinto, no hacía falta querer, sino dejarse llevar, pues el recorrido y el lugar que debía alcanzar eran de sobra conocidos; la repetición se hacía con los días aburrida... lo llegaba incluso a detestar.

Sin embargo, aquel desenlace, lejos de la rutina, iba a ser diferente a los demás. Fue alzar los ojos, y una sensación cálida al roce del bochorno me anegó por completo, como el insoportable calor que sometía al mundo aquella noche. A golpe de corazón, lo vi; allí estaba, caído; tenía la armadura amarilla casi deshecha, apenas podía hablar, creo que ni lo hizo, ni siquiera estaba en condiciones para reclamar auxilio. Si bien, ecos de una gran batalla se podían presumir fluyendo a su alrededor, sombras inciertas y dispersas, acaso lejos, habían escarbado junto al vencido. Pero seguía allí, su cuerpo era un escombro borroso casi indivisible de la oscuridad y el resto de siluetas arruinadas, yaciendo entre montones apilados de deshechos; escombros y más escombros sin valor, olores y más olores nauseabundos y repugnantes que contrastaban de bruces con la soberbia presencia, aun abatida y rendida, del Caballero de la Armadura Amarilla.

-"¿Quién te ha hecho esto, Caballero?" -preguntó mi propia alma, encogida por entero.

Él no contestó.

No podía ser cierto lo que estaba viendo, pero lo era. Y no tuve por más que reaccionar: tendí mi mano y le levanté. Él se dejó hacer, vulnerada toda condición, toda gallardía, lejos de su brío en las praderas de la guerra, donde en condición digna, lucharía de igual a igual y donde su honor reñiría con casta por no volver a ser herido. No obstante, ahora su aspecto era débil, se veía derrotado, casi perdido. Pero eso no era lo peor para un Caballero de su rango, lo peor era sentirse inútil, olvidado, sin un señor ni imperio a los que servir.

Y fijaos que aparte de mí, sólo los ojos de la soledad fueron testigos de lo que os cuento; y aunque quizá hubiera miradas escondidas entre las sombras, y digo quizás, ya que los ojos escondidos en las sombras son curiosos y, de tanto en tanto, practicantes a la hora de intercambiar miradas con otros ojos. Por tanto, arriesgado es y casi mágico por mi parte, si esto que os digo lo pudiera afirmar; y si las hubo, de nada me inquietó que me observaran.

Arropé al guerrero con mi brazo amable y lo guié hasta mi hogar, como bien podéis imaginar; no sin reunir, incitar y blandir mi Ejército de Iras contra el enemigo que había amputado la dignidad de un Caballero.

Ya, bajo techo, lejos del raso y del redil brillante de la luna, El Caballero de la Armadura Amarilla empezó a cambiar. Sí, debéis creerme, pues su cuerpo a la luminaria y al abrigo de paredes humildes y desnudas, empezó a relumbrar. Un suspiro, no sé si suyo o llegado de mi anhelo, envolvió el instante.

-"¿Quién te ha hecho esto, Caballero?"-repitió mi alma, tras estrellar de nuevo mi vista con su maltratada estampa.

Aquí viene lo que él me dijo, apretado en deseos que no en la palabra, luego no habló. Podéis creerme y cierto es, pues no hicieron falta voces, ni gestos, ni miradas, para saber lo agradecido que estaba. Adiviné su sonrisa, fiel y diestra de su raza, sirviente de su Señor, siempre esclavo en cuerpo y alma. Ahora me servía a mí, yo que nunca he sido nada, y menos de inclinación solemne, de espalda reposada en tronos, de esos de oro, de esos de terciopelo suave y grana.

A su deseo, mi gracia. Le dediqué mi tiempo; atendí a su historia; y era grandioso, muy grandioso lo que en ella me contaba. Y he aquí, que renacieron sentimientos de otra era, pero de gentil palabra. Y su historia me envolvía, y me alejaba de mí, y me llevaba lejos, más lejos, junto a los hombres de hazañas, junto al Gran Alejandro, junto a su única estampa; una estampa de sobra conocida, soberana, diestra y magna; al grito de su infantería, al grito de sus falanges, al grito de miles de hombres a una sola garganta:

"¡Alalalài! ¡Alalalài!".

Él se divertía de narrador, yo me deleitaba de confidente. Y pasaron los días, uno tras otro, y El Caballero me contó toda su historia, pero no cualquier historia, sino la que llevaba tallada en su corazón.

No obstante, y por muy bella y épica que fuera aquella historia que El Caballero me contó, más bellas y grandiosas historias atisbé, estacionadas entre sus silencios. Y sin saberlo e incluso sin querer, caí en la cuenta y descubrí su poder, su escondida fuerza y la auténtica honestidad por la que El Caballero luchaba. Ahora era consciente de su influjo. Conocía parte de mi historia, mis movimientos, mis gustos, mi vida, pues habíamos compartido el tiempo; se había colado en mi casa, había conocido a los míos, y a la par que me contó su vida, había atesorado la mía, poquito a poco, sí, la mía. Hasta mi huella había quedado grabada en su Armadura Amarilla para siempre, como todas las demás. Ahora yo formaba parte de esas historias que él velaría abrigado en sus largos periodos de soledad.

Y debéis saber que El Caballero vigila siempre mientras sostiene la ilusión, esperando el momento de sentirse útil y terciar en la batalla; abrir su corazón a los nuevos señores, aunque quizá lo haga con el mismo que ahora le mantiene, sólo éste tiene en su mano la suerte de concederle tal esperanza. ¿Acaso se baña en esa seguridad? Sí, seguro que sí. Pero es prudente; la prudencia no desmerece la valentía. Mas se siente confiado y tranquilo de que su señor no acabará avergonzándole, arrojando su cuerpo entre montones de deshechos malolientes que crecen cada vez más a menudo por el mundo.

Él es, ante todo, un Caballero...

MiánRos

La historia (aunque metafórica) que os he contado, es real. El libro en cuestión es, "Aléxandros. Las arenas de Amón", del escritor Valerio Massimo Manfredi. (Historia espectacular y recomendable, con un Alejandro Magno cercano, como todos los generales y enemigos que aparecen en la novela; enfrentamientos y conquistas verdaderamente loables y con un ritmo generoso y atrevido, donde Alejandro como hombre se vuelve terrenal, lejos de la imagen magnánima del soberano de leyenda que todos hemos aprendido).



¿Qué alma puede tirar una novela al contenedor de la basura? ¡Dios mío! Gracias que la influencia de un dios condescendiente guió mis pasos aquella noche hasta allí. Cuántos Caballeros habrán caído antes y desde entonces... y cuántos estarán aún por perecer al capricho de sus señores. Mejor no pararse a pensar...

Cuida a todos y cada uno de tus Caballeros, sólo ellos pueden transportarte a la gloria.

Un abrazo para todos. MiánRos.