miércoles, 30 de septiembre de 2009

CONCURSO TOLKY MONKYS. Son, las 18:55 y he pasado un día para olvidar. Me ha perseguido un dolor de cabeza desde que desperté esta mañana que no se lo recomiendo ni siquiera a los que la tienen pequeña; aún así sería insoportable.

En fin, prometí subir el día 30 el relato corto del concurso Tolky Monkys al blog, y lo haré. Como dije en días pasados, fue leer la convocatoria del concurso, bases y demás, y saltar un destello que podía ser; y lo fue. Quiero recordar que me puse a escribir y no había transcurrido la hora cuando ya estaba repasando y retocando alguna que otra cosa para dejarlo acabado. Y, aquí está el resultado.

(Pincha la foto para leer)

Bueno, un musitado saludo, que me vibra todo. Pienso que mañana veré la vida de distinta manera sin esta cabalgante jaqueca.

“Quisiera consumirme estacionado en una década, y digo bien... quisiera”.(MiánRos)

martes, 29 de septiembre de 2009

Hoy día 29 es un día especial. Me inserto en un paréntesis temporal hasta el 30, ya que es mi santo, San Miguel.
Un abrazo a todos los que leéis LITERATURA HORIZONTAL, MIÁNROS; y a todos los "Migueles", por supuesto.

Gracias Luci, TE QUIERO. Sin ti sería el 50% de mí; una media naranja expuesta al aire, a la deshidratación y a la podredumbre del camino; gracias por acompañarme en el verdadero viaje. Juntos, mi parte expuesta se consuma; ahora ya puede llover, ventear y que salga el sol por donde quiera; ya NADA puede ensombrecer nuestro paso.

"Si la vida te da limones, no hagas limonada.
Recoge la semilla y siémbrala.
Quizá la sombra del limonero que brote, la necesites mañana.
Ahora sí, bajo el bosque de limoneros, brinda con limonada."
MiánRos.

lunes, 28 de septiembre de 2009

1. Delirios
(...)
Qué casualidad, de repente una moneda chinchinea en la acera y me aleja por un segundo de lo que escribo. Son veinte céntimos de euro, dorados como alguno de mis sueños, que desaparecen de inmediato bajo un guante de color verde pistacho, roto en sus extremos, por donde asoman unos dedos mal lavados, mejor dicho, sin lavar; son de mi compañero de cartones; todo el mundo le conoce como Casca, yo también, y me satisface que camine junto a mí en la senda que me tiende la vida.

Le veo que saluda respetuosamente a la persona que le entrega un poco de bondad. Me guiña el ojo mientras me nombra:

─Champalán ─murmura con su particular forma de pronunciar la "c" que muda a favor de una "s". Champalán es el nombre con el que me bautizó él mismo cuando nos conocimos, no sé a santo de qué, pero la verdad, no me incomoda demasiado. Hasta estoy consiguiendo amoldarme como si hubiera respondido a ese apodo toda la vida, sólo espero no olvidar mi nombre verdadero, el que dejaré en la memoria de los que me conocen cuando me vaya.

Vuelvo a lo mío, pero antes veo a Casca que se levanta, se aleja de mi lado y se va. En fin, soy sumamente sensato para saber que no tengo el aspecto de un indigente, como puede tenerlo él, aunque ahora empiece a sentirme como uno de ellos, y viva, en cierta forma, como lo hacen ellos. Pero por desgracia es algo más que esta exigencia mía que insiste en relacionarse y filtrarse entre los vagabundos más necesitados de la ciudad. Quizá esté equivocado, pero siempre me he dejado guiar por mi intuición. Y esta vez, cómo no, ha sido una señal la que me puso sobre el paradero de mi niña. De alguna manera esa señal me decía que debía zambullirme entre la pobreza más indigente de estas calles de Madrid, sólo así sería capaz de dar con mi hija. Y aquí estoy, sin más armas que mi anhelo, y sin más consuelo que el de escribir, con la esperanza de encontrarla en algún momento...

Y es por ello que diariamente analizo cientos de transeúntes, qué digo cientos, miles; la condición de vivir en la calle me da ahora ese privilegio que otros apenas se han parado siquiera a pensar. Aunque he comprobado en mis carnes que es un privilegio demasiado caro para la agonizante miseria que he llegado a respirar, noche tras noche, en este asfalto plagado de escondrijos rociados de orín que se mezclan con las ambiguas sombras de la ciudad. Aun así no renuncio a pervivir entre los necesitados y los flojos de voluntad. Mucho antes de sentir la señal de Ángela y echarme definitivamente a la calle, yo tampoco me hubiera visto así, en medio de toda esta penuria. Pero he sido yo, no culpo a nadie carnal que sí a las circunstancias, el que ha roto este raíl para que el vagón donde viajaba volcara, y así poder vivir, fuera de la ruta donde estaba encarrilado como si fuera un número de una serie matemática interminable.

Aún trato de recomponer los trozos rotos de mi vida, pero cuando busco, algunos pedazos se han perdido y otros no encajan en el maltrecho mosaico de mi razón.

Entonces caigo en la cuenta y me sostengo con el bálsamo del consuelo, pues dicen que: "la vida te da una segunda oportunidad..." Yo, sentado en este aislado apeadero, sigo esperando. Mientras, muevo y giró las piezas que todavía están aún por ajustar en el incompleto puzzle que una vez se revolvió empañando mi memoria.
(...)
(Pequeño fragmento del capítulo uno de la novela, "Ángeles de Cartón").

*********

Paulina, boluda, algún día daré con el lugar donde me dejas tus comentarios. Un abrazo muy fuerte para ti.

Y otro para cada uno de los seguidores y lectores de LITERATURA HORIZONTAL (MiánRos).

domingo, 27 de septiembre de 2009

El Señor del Bosque. Como apunte curioso sobre este capítulo decir que en vez de rodearme bajo un denso bosque para la inspiración del mismo, lo escribí a mano (en el bloc de notas) debajo de la sombrilla playera huyendo de un intenso día de sol, justo a los pies del incansable oleaje que nos brindó aquel día el mar (dos refrescantes baños necesité como descanso).

18 El Señor del Bosque
(...)
Miraron a su alrededor, arropados por las sombras de la noche. Ambas lindes a sus costados estaban cubiertas por una tupida vegetación. Una hondonada se precipitaba entre ellos y el fondo gris y oscuro del horizonte que les cortaba la visión. La brumosa noche hacía el resto, un paraje incierto y misterioso donde anidaba una tremenda quietud. Aquella situación acompañaba a la mente a crear una incertidumbre que Dhàniel tenía que registrar a cada segundo, y le provocaba un placer insospechado que no paraba de crecer. Un aire de invasión hacia una zona virgen y que jamás el hombre había contemplado. Le daba la sensación de estar andando de puntillas aún entre sus sueños.
─¡Allí! ¿Los ves? ─esputó en voz baja el rubio Orador apartando con su mano el forraje que entorpecía la vista y advirtiendo a su vez unas siluetas inmóviles y oscuras a lo lejos en medio de la hondonada.
─¿Jabalís? ─dijo Dhàniel, bajo una incrédula mirada─. ¿Me has despertado para ver jabalís? ─volvió a inquirir en tono desafiante. El placer que sentía desapareció sin avisar, tan rápido, como desaparece una gota de agua cayendo al mar.
─¡Jabalís, eso es, muchacho! ¡Comida! ¡Comida, para más información! ─replicó Grynn un tanto indignado─. ¿Acaso no quieres comprobar la efectividad de tu arco? Sería un buen momento para mostrar tus habilidades.
Dhàniel apartó la mirada de su compañero y observó cómo algunos miembros de la manada descendían a la vaguada entre helechos y desprendidas cortezas en busca de raíces frescas y bulbos junto a los árboles.
Se volvieron a mirar sin mediar palabra, sumergidos bajo un techo de ramas oscuras y grises flotando sobre el silencio. Dhàniel sospechó los propósitos de su Hurón; esa indagadora mirada desnudaba su alma, y como un libro abierto, Dhàniel podía leer en aquellos ojos los deseos que allí se mostraban.
─¡Están muy lejos! Apenas se aprecian en la oscuridad desde aquí ─dijo Dhàniel, turbado quizá aún por el cansancio, o tal vez retenido por el inesperado momento. ¿Sintió miedo, quizás? No sería esta posibilidad tampoco. Más bien una mezcla de juventud e inexperiencia le agarrotaba.
Sin embargo, clavó su mirada en aquellas siluetas que hozaban tranquilas, y durante un largo instante, meditó.
─Yo nunca he salido de caza ─le dijo a su maestro después de la pausa─. No recuerdo haber matado ningún animal salvaje. No sé si podría hacerlo, Grynn. ─Éste, estiró el brazo cediéndole el arco, cuya cimbrada silueta quedó recortada con el claro del bosque por un segundo.
Dhàniel recibió el arma sin apartar la mirada de los animales. Se esforzó por no pensar en nada o, al menos forzar su entereza, pero la escalera de la vida se le apareció de pronto entre los forcejeos de su pensamiento. Una escalera llena de peldaños. El hombre arriba, en todo lo alto; los animales por debajo. Una valoración evidentemente creada por la mente de un humano. Cualquier animal, seguro habría alterado ese orden, pensaba Dhàniel. Apartando todo pensamiento, sabía que no podía fallar a su Hurón. Afrontar la enseñanza era lo mínimo que podía ofrecer un alumno, y él lo sabía. Pero Dhàniel, frágil y sensible para el rudo mundo, se abatía torpe y desconcertado como un cachorro abandonado por su madre en pleno bosque a la voluntad de los colosos de hojas rojizas y los espectrales animales que en él habitaran. Pronto, en su mano recibió la flecha que como afilado verdugo le cedía su acuclillado maestro.
A su vez Grynn señaló un distinguido macho que hozaba cerca del escarpado donde ellos se apostaban.
Dhàniel incorporó en el arco la rígida y punzante segadora de vida. El olor a Tardo aún permanecía en el contorno del arma cuando tensó. Apuntó al despreocupado ejemplar y esperó el instante. De reojo advirtió a Grynn. Aquella impaciente mirada que sostenía, se le antojó severa, y de seguro ya habría matado a aquel animal. Indudablemente sus ojos encendidos como las llamas del Infierno ya tusturraban la rojiza carne al fuego de una hoguera. Mientras, el hedor de las bestias como vapor de agua flotaba por la ladera y se posaba en el angustioso momento aguantado bajo el respiro joven del cazador.
El gran macho esquivó el terreno y avanzó olisqueando el aire. Alzó los ambarinos colmillos y se detuvo adivinando a los hombres. Sus ojos miraron alrededor, pero fue en lo alto donde se apostaron. El cuello del animal se perfilaba en la punta de la flecha que sostenía Dhàniel, al tiempo que mantenía el aliento, cuando su pulso tembló. Una fisura en la mente del joven le hizo reaccionar. Sintió un fogonazo de luz que estallaba dentro de su cabeza, como si despertara de repente, como si hubieran manipulado sus deseos contra su propia voluntad arrastrándolo hasta allí. Quizá envuelto entre sueños y alucinaciones fue cuando se dio cuenta que aquellos ojos salvajes que le habían descubierto, le miraban. Distinguió que eran sabios y, después de meditar, vio que eran viejos en su concavidad profunda pero de brillo joven y nuevo, seguramente expertos en la noche, como nacidos en cada luna nueva tras siglos de plenilunios que habían endurecido aquella piel áspera y ruda de púas agudas e inquebrantables forjando al Señor del Bosque que se encontraba, abajo, frente a él.
La mente de Dhàniel se abrió. Era un enorme Edén, verde, amplio, y lleno de un sinfín de verjas. Puertas relucientes y plateadas que centelleaban en diferentes niveles de cadenciosas laderas, distinguidas arriba y abajo en las distintas alturas a la serena luz. Sin embargo, allí dentro de ese Edén no había Sol, ni Luna, ni ninguna potencia que creara luminosidad. Aun así, aquella claridad que fluía era placentera sobre todo, y todo ello, al ritmo del canturreo de un arroyo que se descolgaba sobre abdómenes altos y verdes. Un paraje transparente y luminoso, en armoniosa caída de aguas. Era la luz de la paz interior de aquella mente joven, joven de malicia, joven de mancha, de aire voladizo y envolvente que inspira a los sueños, ofreciéndose noble y sin dobleces para ser contemplada. Era un mundo nunca visto por el resto, su Edén, el jardín de la ilusión de Dhàniel, el gran espacio de sus sentimientos, su existencia, su todo. Y a las puertas de aquella cancela de rimbombantes aceros blanquecinos, algo parecía esperar, reposado y observando desde fuera el íntimo jardín, un terreno fresco y tierno de primeriza piel para las recias y resabiadas patas de aquel extranjero, un viejo jabalí macho.
Allí, a lo lejos, donde la cambiante luz descendía hasta casi extinguirse en tenues grises, cerca del arroyo y detrás de las finas lanzas de plata de las verjas, la imagen del extranjero asomaba, no desafiante, no violenta, pero sombría y cubierta de misterio. La verja cedió despacio. Ningún ruido acompañó la voluntad de aquellos hierros, abriendo el paso de la imagen oscura. La hoja del portón centelleó, quizá en alarmante aviso. Entonces la cancela se detuvo. Tal vez fue Dhàniel, su dueño, quien retuvo su avance. Ahora la velada figura del forastero avanzó, no conocía aquel jardín, pero no por ello mermó su empeño de caminar y pasar adentrándose en el nuevo verdor, joven y apacible.
No tardó en pararse, donde el llano se alejaba de las altas verjas y las puertas se divisaban lejos, siempre arriba y abajo, fuera del alcance del aquel ser, primerizo para el Edén de Dhàniel. Aquella criatura detuvo sus pasos en medio de un pórtico natural sin sombras. Siempre silencioso, como fiel emisario, y esperaba sosegado, paciente, dominante y distinguido a ser recibido.
Al principio, no obtuvo respuesta, pues aquel Edén parecía estar desierto, pero no, Dhàniel, su anfitrión estaba allí, aunque agazapado, obnubilado y atónito observando al visitante.
Y fue el viejo jabalí, en medio del pórtico de sombras, quien lanzó un mensaje a la mente de Dhàniel, el anfitrión.
─Refrena tus actos ─sugirió─, no son dignos de tu sangre, joven caminante. Escucha las palabras de quien ya es camino. No es tu instinto el que te acerca a la carne
Dhàniel sintió, traspasada ya la puerta, lejos de la entrada de su pensamiento, cómo aquella voz prendía en su interior. El Señor del Bosque había roto sus defensas, había penetrado en sus dominios y retozaba ahora a la espera de ser consentida su presencia en el joven territorio de su Edén, su mente. Pero lo que más había desconcertado a Dhàniel no era la presencia del centenario animal, sino que le había adivinado sus pensamientos. Un escalofrío le persiguió de súbito y los pelos se le erizaron.
─¿Por qué obedeces a otras voluntades, si la tuya, aun siendo joven brote, es sincera y pulida como los años?
─¿Quién eres? ¿Qué siniestra voluntad sería la que puede penetrar en otra sin ser llamada? ─pensó Dhàniel en respuesta, endureciendo el rostro. No sabía que con aquel pensamiento estaba respondiendo al curioso invitado de su Edén.
Dhàniel tenía fijado con su arma el objetivo, pero permaneció paralizado, expectante, y tensó un poco más la cuerda de su arco. Aunque no había maldad en aquellas palabras para disparar, aun así, no aflojó su brazo y lo mantuvo en tensión.
─Te diría que soy el poso de la vida, la experiencia viva, la Madre y el conocimiento de los míos, cuando tú aún eres joven semilla sin lugar donde extenderte. Aprendiz de todo para los tuyos. Pero... ¿de qué vale toda mi sabiduría de los días bajo la amenazante punta de la muerte? ─El mensaje se quebró por un momento. El viento merodeó la noche─. Tu voluntad es joven pero el instante está de tu parte, sin embargo, tu pulso tiembla; una voluntad que tiembla se hunde en las Sombras.
─No tientes tu suerte viejo sabio ─respondió Dhàniel─. Nunca he matado, pero este pulso encontraría el temple si he de hacerlo, porque para todo siempre hay una primera vez ─el crepitar de la cuerda advirtió la intención de Dhàniel. Aunque aquellas palabras habían topado en los muros del antiguo jabalí, ufanas, pero no para el conocimiento placentero de aquel animal, rey entre los suyos, que desdoblaba y desnudaba los pensamientos del inocente muchacho antes que sucediera.
─El viejo Rhamga habla de ti en las alturas, pequeño príncipe. ─Dhàniel quedó desarbolado al oír aquello y por un momento creyó perder la visión. Otra vez había adivinado. No fue su voluntad la que le hizo retroceder, sino el desconcertante misterio que rodeaba a aquel animal, enmarañado, cual espejismo tenebroso y vidente de todos sus pasos anteriores. En verdad era sabio y agorero místico a su efebo entender.
Dhàniel, inconscientemente, se encontró de pronto frente al rostro de Grynn que le miraba de forma severa. El maestro, con un gesto perspicaz apretó los labios. Dhàniel parecía intuir en aquella mueca que su maestro había descubierto el cruce de declaraciones mentales. Sin darse apenas cuenta, los ojos de Dhàniel buscaban de nuevo al atrayente ejemplar salvaje que se perfilaba ahora en el inapreciable camino hacia las sombras, siempre en el punto de mira de la afilada y predispuesta flecha.
La voz del Señor del Bosque Rojo se lanzó nuevamente como el aguijón de una avispa hacia su piel, clavándose en el Edén.
─¿Por qué te conmueves?
─¿Tú conoces a Rhamga, el Gran Halcón? ─preguntó alterado Dhàniel. Una extraña sensación albergaba todo su cuerpo, como si estuviera atravesando una ciénaga desierta y lúgubre, pero un instinto sobrenatural brotaba en su cabeza y le instigaba a seguir ¿cómo resolver aquella extraña situación?
─No más que tú, que le has visto ─respondió.
Dhàniel retrocedió en un respingo. Comprobó de súbito que la mirada de Grynn se había posado rápida en él, advirtiendo ese nerviosismo. Antes de que sus labios dijeran nada y su estado se desprendiera de la sorpresa, la antigua voz del Bosque le apuntilló acorralándolo entre barrotes de sospecha. Dhàniel se vio totalmente cercado, abstraído, y en cierto modo sumergido en el mundo del Señor del Bosque, pero veía más allá y respiraba en verdad una certidumbre pura y sincera, aunque no por ello bajaría la guardia de su arco.
─¿Qué sabes... qué tienes que decirme? ─dijo Dhàniel en trémulo mensaje, no queriendo añadir nada más, como si algo le hubiera pinchado desde su interior. Aun así amplificó por último, con cierto resquemor─: ¿Qué puedes ofrecerme para que te perdone la vida? ─Al momento Dhàniel pareció meditar aquellas palabras, que nunca debieron salir de donde dormían, aunque el viejo Sabio podría volver a adivinar aquella joven e involuntaria intención del muchacho nuevamente.
─¿Me sugieres... vivir o morir? ¿Simplemente eso? ─la vieja estampa velada bajo los negros árboles meneó levemente la cabeza, con síntomas de desaprobación. El diminuto rabo, cual látigo de verdugo, se soltaba asimismo de las ataduras de la quietud.
»El Hombre Erguido nunca aprenderá ─añadió─. ¿Acaso tengo que implorar tu perdón, sin haber sido yo quien haya invadido tu senda?
─No es ninguna exigencia, en verdad lo que te pido, sino que me muestres lo que yo desconozco. Prácticamente para ti acabo de nacer. Tú puedes acercarme la verdad sin envolturas no como los hombres hacen.
El gran ejemplar macho giró sus ambarinos colmillos hacia Dhàniel, que brillaron en la noche.
─Los No-Erguidos no quebrantamos los caminos de los Erguidos ─dijo─. No somos nosotros los que rompemos el equilibrio de lo establecido por la naturaleza, ni el sentir de vuestros dioses. Nos mantenemos al margen, y así es, o así debiera ser. Son los tuyos, los Erguidos, los que establecen las leyes, unas leyes que ellos mismos quebrantan. Mienten, acusan y llegan a matar, algunos por placer, para implorar otras nuevas. Es por ello que los No-Erguidos os veamos como una raza inestable y carente de integridad. Erguidos siempre en busca de la cercanía de los cielos, cuando la Tierra es la Madre y el alma de cuanto os rodea y nos rodea. La Tierra nos oye y nos arropa. Pero vosotros lo ignoráis, os sentís amos y señores de todo, desde que os alzáis de pequeños para mirar henchidos ¿hacia dónde? se preguntan los míos. Os resistís a comprender las vidas que se mueven a vuestro alrededor, sin mirar a la Madre, a la Tierra. Vosotros lo llamáis Latifundio Antiguo pero vivís en un mundo aparte, en un mundo que vosotros mismos habéis creído crear, aparte de todo y de todos los demás, sí, y aparte seguiréis mientras vuestros oídos ignoren la voz de la Tierra, su hijo el viento y su voz, la verdadera voz. Si escucháis, la oiréis. Oiréis el habla del Mundo. En esas corrientes los No-Erguidos transmitimos nuestro sentir, no nos hacen falta caballos, ni Eskarkams, ni Lûbias como los primeros Erguidos, pálidos y sabios de alma, en estas arcanas tierras. El conocimiento vuela con ese hijo del mundo, el viento. Y nosotros, sin tener que viajar, yo, he sabido de ti, de tu gente, de tu rey, el amo de vuestro bosque, cuyo río de sangre noble se asemeja a la tuya, pero esa sangre longeva se debilita y se apaga. Pronto se extinguirá en el jergón de oro en el que ahora reposa.
A Dhàniel, perturbado en su escucha, le latía aceleradamente el corazón e, incomprensiblemente, se dio cuenta que apretaba los dientes con dureza. Con todo, sentía una sensación extraña que los alejaba a ellos dos de allí; a él y a la criatura, como si emergieran de una superficie plana proyectando dos largas sombras lejos de aquel valle de bruma, y todo a su alrededor fueran altos muros de piedra forjadas por el silencio que nadie podría atravesar para escucharlos.
Aquel instante había quedado paralizado, como en un tiempo paralelo. Dos mentes conectadas en sincrónica quietud, donde los segundos eran días y los momentos años, albergando entre los ojos el poder de los dioses. El poder de poseer el tiempo.
De pronto, Dhàniel cruzó junto al umbral de una de las puertas de su pensamiento. Allí, frescas y flotantes, tras otra puerta blanca e impoluta, se encontraban las palabras del mago Trumba: "No creas todo lo que oigas, y de lo que oigas escoge la mitad. Llegará un momento que lo que no oigas tenga más verdad que lo escuchado, pues el silencio en ocasiones es más sabio que las palabras." Le albergó la duda, y meditó por ello hasta llegar a preguntar al viejo jabalí: ─¿Cómo puedo saber si lo que me estás diciendo es cierto?
─La verdad ─contestó sin espera alguna─, ¿por qué tratáis siempre de encontrar la verdad? ─su tono había aumentado─. ¿Por qué inventasteis entonces la mentira? Incansables mentes del desorden. Desordenáis lo ordenado y después buscáis respuestas. Vuestra inquieta mente os lleva a veces hasta donde no queréis llegar. ¿Por qué ir allí donde tu voluntad se resquebraja y los muros os cierran el camino, como sendero sin salida?
─¿Cómo creer, si apenas te conozco? ─inquirió ceñudo Dhàniel, envuelto en dudas.
La vieja estampa velada del Señor del Bosque se removió agitada, enterrándose un poco más en la negrura de la vaguada. Resentida y molesta, aun así, esparció calma y tranquilidad a su manada. Los ojos se le iluminaron entonces y habló:
─No has aprendido nada ─dijo─. Sólo has escuchado lo que te ha convenido. ¡Debes aprender aún a escuchar! No son los míos los que destaparon de las sombras la mentira.
─Dime una cosa y no te molestaré más ─cortó Dhàniel─, ni a ti ni a los tuyos, viejo sabio. Si tus palabras son ciertas como dices, ¿con cuánto tiempo podemos contar en el reino con la presencia en vida de nuestro rey?
─Tu voz está llena de solemnidad ahora. Tal vez has aprendido a sostener tu espíritu y tu mano ya no tiembla. Quizá ahora tiemblo yo por ello, sabiendo que no errarías el disparo. Has afianzado tu miedo, superándolo. Y el tiempo... quién sabe del avance de las horas y los días. Tu rey está dañado ya, sin esperanza, sin camino de vuelta, si es lo que querías saber... pero el tiempo... nadie sabe el tiempo... Quizá un solo amanecer, quizá... ─unos segundos se alzaron de silencio, luego de la leve pausa, continuó el mensaje─. Te he acercado la voz y el sentir que se extiende con el viento, el susurro de la Tierra, el estremecimiento que vuela desde el norte y se propaga en todas las direcciones. Ya lo sabes, joven príncipe, hijo de Evhan, tu sangre se detiene allá arriba en la insondable fortaleza de tu linaje. Sabed también que tu madre espera ya en el campamento. Debes tomar rápido una decisión, te he aventurado mi olfato, adivinando las afiladas emisarias de tu compañero y además parecen impacientarse por tu tardanza. Él lo hará por ti si dudas.
La mente instintiva de Dhàniel pareció chocar contra la coraza de púas, tupida por los años del viejo sabio. Sin dejar de apuntar, al fin su decisión estaba tomada y soltó la cuerda de su arco en arrogante gesto de ansia contenida. La flecha silbó en las sombras. La punta quebró el aire y con el aliento sombrío de la angustiosa noche se incrustó en el recio tronco del árbol donde se encontraba el gran ejemplar. El Señor del Bosque rebudió, retumbando en la hondonada. La manada a la estentórea voz del gran macho huyó perdiéndose en la lejanía entre las sombras. Pronto un sentimiento de desolación se alzó como si el propio bosque los hubiera devorado.
Dhàniel se giró a mirar. Allí estaba ya la arrogante mirada de Grynn, de fuego, de candentes llamas, que saltarían en cualquier momento para quemar al desconcertado principiante que había dejado marchar al distinguido macho.
─A veces hay que hacer cosas, aunque a uno no le gusten, Dhàniel ─le advirtió de manera desdeñada.
De sobra sabía el Hurón que aquella flecha había buscado aquel árbol intencionadamente.
(...)
(Fragmento del capítulo 18 - La Leyenda de Almaranthya. 1 El despertar. 2006/07)
Un abrazo.
"La Vida es un regalo. La Muerte, la devolución del mismo."(MiánRos)

miércoles, 23 de septiembre de 2009

Llámalo como quieras: cariño, amor, confianza, pero cuando un hijo menea la cabeza mirando al suelo y suelta delante de su madre sin contener un ápice su acción:

“Mi padre está defectuoso”

Se te queda una cara de... ¿?

Pues eso... Podéis buscar el calificativo que gustéis, yo encontré uno, pero no os lo voy a decir; secreto de sumario, íntimo y personal.

No obstante y a fin de cuentas, lo pasamos bien.

Pero a ver, reflexionemos al menos un par de segundos: deduzco que "las idas de olla” o lo que yo entiendo como, "Desprendimiento del Líquido Cerebral", a veces, y digo bien, a veces, saltan fuera de mí y se mezclan con la realidad. Vale, de acuerdo, es evidente que mi hija lleva razón y lo admito, porque últimamente me salen demasiadas gansadas, pero no lo puedo evitar; ciertamente, tampoco lo voy a negar.

¡Pero qué leche!, digo yo. Qué sería de esta acomodada vida de costumbres que llevamos soportando este papel principal anodino y necesario (no siempre) de nuestra propia serie, sin esa pizca de locura que obviamente salta inconscientemente de cuando en cuando activando de otro modo nuestro interior; aunque sólo sea por despabilar todos los músculos que articulan la risa de todos cuanto nos rodean, y de la satisfacción de uno mismo, ¡qué demonios! La serie a la que yo pertenezco en este entretenimiento de vivir es sin lugar a dudas de género familiar; aunque me encuentro un tanto encasillado en el típico actor locatis.

Ella sigue riendo, me refiero a mi hija, y no va a parar en su afán, me temo, ni detendrá ese meneo de cabeza mientras yo siga soltando Líquido Cerebral para hacerla sonreír a cada momento. Seguramente se está haciendo una pregunta. ¿Qué cómo lo sé? ¡Hombre por Dios! ¡Hasta ahí podíamos llegar!... soy su padre; defectuoso o no, pero lo soy, y eso no lleva ninguna connotación rara ni nota a pie de página que sea, además de defectuoso, tonto. ¡Espera! Uf, no la hay. Por un momento creí ver unas letrillas chiquininas ahí abajo... ¡qué susto! Al menos eso me contó mi madre cuando me sacó de donde me había escondido y vio que no traía ninguna pieza rota; lo que nunca me contó sí venía con un pan o con el librillo de instrucciones...

“¿Cuándo se averió este padre mío?”

¡Vaya!, sigues en las mismas... ¿Esa es la pregunta que esconde esa carita de destornille a punto de estallar de un momento a otro? Pues he acertado de pleno, ya que se trata de la misma que yo estaba barajando; espera, espera ¿desde cuándo me gustan las cartas? ¿Bueno?

Mejor paso a responder.

Quizá pueda ofrecerte un:

“Pues no lo sé, hija. A lo mejor vine así de serie; ojos alógenos, sonrisa regulable, pestañas inteligentes, peanas de aleación ligera y perfil bajo (este punto no es por el culo, que quede claro, si se me permite decir), y un temperamento a prueba de choques, con airbag en cabeza, codos y dedillos inferiores para que todo el que venga conmigo viaje seguro y sin miedos. Aunque con esta composición... ya veríamos quién es el guapo que se viene conmigo.

¿Te das cuenta, hija? Este es el padre que te ha tocado, ya no quedaban otros cuando naciste, y menos de ésos; sí, de ésos; de los anticuados y serios carcamales que se recalentaban a las primeras de cambio, que te dejaban tirado por menos de nada y te daban un bocinazo que te temblaban hasta las orejas; qué te voy a decir, si tú no los has conocido, esa es la suerte que te llevas.

Sí, ríete si quieres; tómame o déjame, pero no trates de arreglarme pues ya es demasiado tarde. Como tu gracioso gesto indica, no tengo remedio.

¡Ya te digo!; no tengo remedio, no tengo remedio, no tengo remedio...
¡Joder!, a ver si vas a tener razón y estoy más escacharrado de lo que pienso...”

Pase lo que pase, quiero que me guardes un secreto... Acércate.

Un poco más; así:

"Colecciono tus sonrisas, no tengas miedo a reír..."

MiánRos
(Este post está dedicado a mi hija. TE QUIERO)

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No creáis que se me ha olvidado subir el relato del concurso, Tolky Monkys; seguramente en breve lo haré. El día 30 acaba el plazo para la presentación de historias; el 30, suena bien, me gusta, quizá sea un buen día para subirlo.

UN ABRAZO A TODOS; SÍ HOMBRE, A TODOS.

domingo, 20 de septiembre de 2009

La Claridad, de ojos tan luminosos como cotillas, ha vuelto a entrar por mi ventana aun sin llamarla, y ha curioseado las superficies de casi todo lo que pende en el pequeño recinto de paredes "goteladas" que suelo recorrer tan a menudo. Lo ha hecho con prudencia (astuta y vieja claridad), pero la he visto, y me ha despertado con el roce de sus manos brillantes. Y, aun cuando los ecos del último rif de la guitarra de Fito no han abandonado mi cabeza desde ayer, no sé ni cómo ni por qué, ha hecho que me levante, me duche, desayune y me siente, dispuesto frente al ordenador como si la misma máquina me hubiese llamado; estoy seguro que no lo hizo, pero a veces tengo la sensación que estoy equivocado y sí que me llama, en un idioma sutil y atrayente; no me preguntéis desde cuando tengo el don de entender esta regla tácita entre ambos, pero es así. Y heme aquí, enfrentado a la página en blanco que todo escritor conoce bien, como si fuera un pariente cercano que viviera al otro lado de la casa.
"Buenos días MiánRos" me suelta al verme frente a ella; además de limpia esta página en blanco es educada a la par que paciente, y espera que la cuide y la dote de emociones y vida, vistiéndola con frases para no sentirse desnuda ante ti, lector.
No obstante la miro y no sé el vestido que he de escoger esta vez; ¿acaso mi musa se ha ausentado unas horas? Debería, sí; también tiene derecho pues es domingo y todo el mundo necesita descansar aunque seas diosa o musa... creo que yo también lo haré.
Descansa musa mía, quizá mañana tengamos más trabajo que ayer...

Dejando a un lado el precoz sentimiento con el que he despertado, deciros que, prometí subir el corto relato que escribí el miércoles pasado para el concurso Tolky Monkys en este post, pues bien, tenéis que perdonarme, quería dejar pasar unos cuantos días más antes de subirlo al Blog, ya que como el envío es demasiado reciente me parece un descaro adelantarse a los hechos.
Simplemente decir que, al parecer, creo que les ha gustado, y bastante, por el correo que he recibido de vuelta.
Otro apunte. Mañana lunes espero retomar la escritura de Maco y compañía, si no mañana, en breve; siento que también me llaman desde el archivo que está guarecido en algún lugar de mi máquina; no sé cómo lo hacen... algún día escribiré sobre esta mágica lengua entre el Hombre y los Entes sin voz.

─Percibe e imprégnate de cuanto te rodea ─le explicó, revelándole los más grandes flujos que vierte la naturaleza─. Deja que las corrientes y la esencia del terreno que reciben tu paso traspasen tus fronteras... pero sobre todo, aprende de ellas... (fragmento "La Leyenda de Almaranthya. 1 El despertar".) MiánRos

jueves, 17 de septiembre de 2009

CONCURSO DE RELATOS CORTOS. “Cuentos de personajes para personajes, TOLKY MONKYS”.

La editorial digital Bubok junto con Tolky Monkys, empresa especializada en la creación de personajes únicos e inéditos, nos invita a participar en un simpático concurso. Los 15 personajes sobre los que tenemos que basar nuestro relato ya están diseñados y argumentados bajo unos parámetros ya vigentes. Es a partir de ahí, desde donde debemos construir nuestra historia, O.K.

La finalidad del concurso es la creación de un libro para estas navidades de ilustraciones de los personajes con las historias ganadoras. Bueno, no está mal.

Después de meditar la noticia me surgió de pronto una idea para un relato, y me dije ¿por qué no?, y me senté a escribir.

El personaje sobre el cual trabajé es Abram, este simpático vampiro disfrazado de conejo (es gracioso ya que se viste con la piel de cualquier animalejo para no levantar sospechas hacia sus jóvenes víctimas).
Seguramente en el próximo post subiré el relato que escribí para que lo leáis, tranquilos.

Notas importantes antes de empezar a escribir:

─El número de palabras tiene que estar entre 650 y 800.
─Máximo 3 relatos por concursante. No se puede mezclar en la misma historia distintos personajes.
─Los relatos debéis mandarlos en formato Word a:
info@tolkymonkys.com. O, registraros en Bubok y subirlo como si fuera uno de vuestros libros pero con el título: “Concurso Relatos Cortos Tolky Monkys Bubok”.

Para todos los que estéis interesados, aquí os dejo los enlaces por si queda alguna duda.

*Ver Bases completas del concurso Tolky Monkys.
*Ver listado de personajes de concurso.

Afilar vuestro ingenio. Quizá estas navidades vuestra historia esté en los hogares de muchos niños, como el turrón.

SUERTE.

lunes, 14 de septiembre de 2009

HE SALIDO A PASEAR, y he cruzado mi mirada con la gente. He surcado por entre el cauce de murmullos, de comentarios, de expresiones y hasta he curioseado el descaro que muestran sus rostros al hacerlo. Quizá lo haya hecho contigo, y lo más seguro es que no te vuelva a ver jamás, al igual que a ellos, pero no importa. Quizá algo valió de cuanto vi. O quizá no, y regrese de vacío, con la simple sensación de bienestar de un paseo más, salpicado por el frescor de la mañana. Pero si por el contrario he hallado una descarga en mi interior... el bienestar me abrigará, y se encenderá la chispa que prende el fuego que estoy preparando con recios brazales de leños y ramas. Es mi forma de darle forma (permitidme la redundancia), para establecer el ambiente requerido en mis escritos. Que luego espero leerás (quizá tardes años) algo que descubrí en otro o en ti.
Leerás sentado o tumbado pero tranquilo, al cobijo de esa lumbre que preparé con cuidado para ti, mientras yo volveré a estar lejos, paseando, buscando, experimentado sensaciones que me llenen de inspiración, pues mi vida y cuanto escribo está lleno de instantes tuyos... y tuyos... y tuyos también. Aunque quizá cuando tus ojos aún estén leyendo lo que escribí, yo esté más lejos que ayer; tal vez allí, bajo la frescura que me ofrece aquel árbol prieto en hojas, copiando su reposo y su aliento, sin prisas, asomado sobre el arcón de mis recuerdos, desempolvando algún instante que quizá viví junto a ti y guardé para escribir.

Mañana saldré a pasear, quizá esta vez sí me cruce contigo...

MiánRos

martes, 1 de septiembre de 2009

FIEBRE EN EL ESPÍRITU. Es la sensación que se repite un año más al volver de las vacaciones; el daño, íntimamente recibido, es el mismo o similar que resultados anteriores.
Es como un globo que hubiéramos hinchado en el transcurso de los meses con pedacitos de muchas ilusiones, y mientras gozamos de las horas vacacionales se fuera deshinchando hasta arrugarse por completo de regreso a casa; aunque nuestro deseo será volverlo a inflar con renovado entusiasmo. Pero para entonces, ya estaremos infectados por el mal.

La consecuencia de la perdida de Los Días tan Esperados, es el tremendo “bajón” que se instala sin avisar en un rincón de nuestra voluntad, horas previas a la jornada laboral, intensificándose, aplomado y audaz, e incomodándonos tras el paso de los primeros días. Sin embargo, la apática restauración del desarreglo espiritual que padecemos es lenta, pero salvable.

De ese modo, os podéis hacer una idea de cómo me encuentro...

En fin, dañado mi ánimo y llevado por esa flojera mental, profunda e inapreciable, pero que conozco bien, sabedor de que es un contagio pasajero cuyo remedio suele atenuarse tras el paso de los días, como he dicho; he empezado a insuflar aire al nuevo globo. Pues bien, ocultando de la mejor manera posible mi desazón, lejos del exterior, y mostrando de este modo mi parte más hipócrita, soportando la machacona y poco innovadora pregunta que sobrevuela en las últimas horas a mi alrededor, y que no es otra que:

-¿Qué tal las vacaciones?

¡Ah, qué original! Ahí es cuando llega, empujada por accidente, mi inconfundible respuesta:

-Bien, pero cortas -espeto, y me quedo más ancho que largo.

Certifico que el resultado de mi espontaneidad será idéntico o similar al vuestro, fingidamente acertado a la vez que discreto, aunque la verdad fuese otra, y nos hubiésemos aburrido como una ostra. Casualmente dicha respuesta también se repite como todos los veranos anteriores.
Luego viene lo demás, que significativamente y, aun variando de decorado y lugar, es una representativa retahíla de acontecimientos, ya incluso un tanto lejanos para la memoria; la comida, el tiempo, lo mucho o poco bronceado de la piel y todo eso. Ah, y si no hemos hecho nada, pero nada de nada, ya se considera una aplaudida dicha; ¡por Dios! ¡VAYA PEDAZO DE VACACIONES!

Con todos estos regodeos y cruces de satisfacciones de las múltiples entrevistas, estaremos dando definitivamente carpetazo a los días de asueto para enlazar nuestras venideras horas de trabajo hasta igualar la habitual monotonía perdida tras el mes vacacional, donde poco a poco empezaremos a sentirnos, más bien más que menos, preparadamente resignados -pero eso sí, ordenados- como fieles borreguitos tras el cercado, con nuestra insalubre “odioquerida” rutina laboral.

Yo, diente de engranaje, ya he empezado a girar en mi rueda dentada; ¡Ay del que no se sienta diente de la Máquina...!

Pero sólo entonces, y con el paso de los meses, llegarán a uno los verdaderos recuerdos que han ahondado en nuestro interior, sobre todo, los días de sosiego y paz disfrutados lejos de casa. Recordaremos vagas escenas vividas, y ésas, sin ninguna duda, serán las auténticas señales de lo que realmente quedó y quedará grabado en nuestra alma para siempre.

Yo espero recordar el VERDE del paisaje; la profundidad de los VALLES, y el estremecedor SILENCIO, mientras mi corto paso y el de los míos caminaba flanqueado junto a las más inverosímiles y admirables MONTAÑAS.

“Sólo las suelas de mis botas saben cuánto he caminado, y el peso que he soportado en este viaje".
MiánRos

FELIZ REGRESO A TODOS.