jueves, 23 de julio de 2009

AFECTADO E IMPOTENTE, viendo cómo nuestros BOSQUES arden sin poder hacer nada, salvo alentar desde mi lejana ventana a las personas que arriesgan sus vidas por remediar el mal de otros o la protesta de la Madre naturaleza que se revela contra el Hombre. Quiero dar las GRACIAS a todos ellos, vosotros sois los verdaderos HÉROES.

Bueno, dejando a un lado las desgracias, y, después de cuatro o cinco días de trabajo productivo en la novela que estoy trabajando, La Caja de Pinceles (quizá después de todo esto sea lo de menos), hago un alto en mi camino para descansar mis piernas junto al remanso de mi Blog. Y, aprovechando la otra distracción del personal, justo en estos días agitados de continuos vaivenes, de permisos y ausencias laborales, queriendo ir a descansar sin descansar, dormir sin poder hacerlo, buscar un Sol en los días nublados. Y, casi queriendo y sin querer quiero, y encuentro, algunos apuntes donde tengo escrito refrancillos míos y frases inventadas que quiero compartir contigo.
Ah, aquí están. Bien.
Son desnudos pensamientos que se me ocurren y que voy recopilando y guardando en papel para que mi cerebro de Pez no los llegue a olvidar. Subiré una breve representación de las muchas cosas que me vienen al Norte de mi Fortaleza; algunas quizá ya las hayas leído en algún final de mis comentarios y escritos o en alguna de mis novelas. Quizá sea un tanto maniático, no obstante, me gusta dejar mi huella, mover una piedra y dejarla sobre la arena para reconocer la playa que he visitado. Siempre desde el sentido literal, por supuesto.
A estos retazos yo los llamo, "Pequeños Desprendimientos del Líquido Cerebral". Pero hoy en día se suelen conocer en el argot urbano como: "Idas de Olla", o "Escapes de Pinza".
¡La de sandeces que le pasan a uno por la cabeza!
¡Por Dios! Dame el Tiempo, que las trastadas de mi alma ya las educo yo.


"Pequeños Desprendimientos del Líquido Cerebral". Sé que hay cura... sin embargo no quiero operarme. Estoy afectadamente insano y lo sé, pero soy feliz con mi Literocura.

Gotas de tinta que manchan visiblemente el final de mis escritos:

*"Todas las novelas son buenas, mientras no se demuestre lo contrario".

*"Sé tan poco, que tardaré siglos en colmarme por entero".

*"He encontrado la Luz de la Noche, allá donde reinaba la Grama Oscuridad del Día".

*"No te bebas la vida a morro, te atragantarás".

*"Sé incómodo. No pares de buscarte".

*"Dichoso es abrir los ojos e inundarme de colores. Y más hoy, pues tras mi ventana el cielo es más azul que ayer, pero infinitamente inferior al que espero descubrir mañana".

*"Quién fuera tilde de ángel, para volar por encima del Azul".

*"... y por decir, lo digo. No lo digo por decir".

*"Quisiera consumirme estacionado en una década, y digo bien... quisiera".

*"No te alejes mucho de ti mismo, podrías no encontrarte".

*"La Fantasía tira de mí, como yo de ella".

*"Mira si me conoceré, que llevo toda la vida soportándome".
****

*"Dios mío, dame valor,
y no dejes que el propio camino
devore mis piernas a mi paso". (Fragmento, Ángeles de Cartón).

****

Resurgirá en silencio el vestigio dormido
tras salpicadas lágrimas de bruñida plata.
El príncipe del vulgo abrirá el párpado portón,
y a lomos de Macrodonte, el elato, el renacido,
desdoblado del sereno muro de su regazo, ensartará las sombras.
Y con empuñadura justa, impartirá el añejo talión del legado brillo.

Almaranthya no duerme, no habla, y llora ahora en los sombríos días
mientras la funesta oscuridad crece.

Descorrerá el cortinaje de manchadas nubes
hacia un renovado amanecer de amarillenta piel.
Sólo entonces, regresará el sol al vacío hueco abandonado, y con él,
rebrotará la esperanza en tronco triste.
Permutará la desecada vida en tierna hoja.
El reflejo volverá a la empañada superficie,
y brotará el -nuevo hombre- como vástago naciente.

Almaranthya, esquirlas de savia nueva.
Almaranthya.
(Algunos párrafos de la canción de Iris a su hijo Dhàniel. "Fragmento de la novela, La Leyenda de Almaranthya. 1- El despertar").
***

*"Disfruta de la Vida, como Ella disfruta de ti".

FELIZ VERANO A TODOS (MiánRos)

jueves, 16 de julio de 2009

Pobre de mí... qué pamplonica ha sonado. En fin, a ver, cómo decirlo... Cada vez que hago un repaso a la lectura de La Leyenda de Almaranthya, me dan ganas de cambiar tantas cosas (no de guión, por supuesto), sino eliminar frases, expresiones, e incluso reducir las interminables oraciones y dejarlas sin tanta floritura para no distraer la mente del lector. Y corregir algún que otro fallo ortográfico que sigo encontrando.
Comprendo que han pasado sólo tres años desde que escribí estos textos, pero incluso los gustos cambian rápidamente. Por aquel entonces experimentaba embelleciendo el texto en exceso. Pensaba que entre más lo hacía, más bonito quedaba. De ese modo ganaba el enajenamiento del que estaba al otro lado del libro (insulso principiante). Ahora veo mi terrible error, ya que despista y se pierde la trama con demasiada asiduidad, envuelta ésta entre tanto adjetivo rimbombante del que se puede prescindir. Pero en fin, era mi primera novela y tampoco quisiera ser muy duro juzgándola... no haré más leña del árbol caído.
Pese a todo, La Leyenda de Almaranthya, es una historia que está muy unida a mí. Y el resultado, lo digo por las personas que la han leído (y no son pocas ya), ha gustado. Y, coincidentemente, la pregunta que me hacen al término es: ¿para cuándo la segunda parte? Es curioso cómo todos repiten lo mismo.
A Alberto Santos, editor al que tuve el gusto de conocer en el Salón del Comic, le traspasé el manuscrito de Almaranthya, de esto hace ya dos años. Después de un año sin verle, volvimos a coincidir ─en el Salón del Manga de este año─, y me habló de la valoración de Almaranthya. La primera reacción fue positiva, en cuanto al trabajo realizado sobre la obra. Sin embargo y, simplificando, cuando llegamos al tema de editarlo ─él edita con su propio nombre, Alberto Santos, y también como socio del sello imágica─, bueno, pues me dijo:
─La historia está bien, pero cuesta leerla. Es un problema en la semántica; habría que arreglar el libro por completo.
─Puf... por completo ─fue el pesar que me persiguió en los días siguientes.
Ya lo intuía, cuando el editor coincidió en sus palabras con mi mujer, a la que agradezco su eterna paciencia de releerlo mil veces (quizá me esté quedando corto), mientras lo corregía. Ella me decía que escribía frases larguísimas, interminables, algunas que no llegaba a comprender.
Por una parte empezaba a pagar la torpeza del novel, y por la otra se escapaba la ilusión que había puesto en ese escrito. ¿Tal vez no fuera tan bueno? En fin...
Tuvo que venir Alberto Santos para gritar en mi oído y despertarme definitivamente de lo que mi mujer me estaba reclamando desde los primeros capítulos... ¡Dios mío! Sólo entonces tomé plena conciencia de que la novela estaba demasiado recargada... No obstante, tomé el argumento de Alberto Santos como una excusa para que me alejara de él y me olvidara de su publicación, ya que, al menos él no iba a apostar por la primera parte de un primer libro de tres, de más de seiscientas páginas de quien nadie conoce al autor, sino su pequeño círculo de allegados y familiares.
Desde el último borrador, Almaranthya ha visitado casi diez editoriales, de las cuales, todas han alabado el laborioso trabajo que se encuentra entre sus hojas (año y medio lo avalan) Pero... ¡maldito pero!, no se atiene al catálogo que estamos preparando para futuras publicaciones. O, como me notificó Alfaguara ediciones: lo sentimos, no estamos especializados en literatura fantástica... ¡Patético! ¿Cómo qué Alfaguara no publica fantasía?, y la Historia Interminable ¿qué es, una novela policíaca?... ¡Por Dios! Díganme a las claras que no desean publicarla... ya no soy un niño...
Tal vez algún día reduzca la versión actual de Almaranthya. Quitarle peso a esas 640 páginas que seguramente asusten a todo editor. Pero eso será... algún día, sí algún día.

Con todo, creo en mi obra. Creo en lo que hice, con todos sus defectos pero con todas sus virtudes, que también las hay, y quiero pensar que son muchas...

He trepado hasta la cima de mis ojos
para poder asomarme al exterior.
Ahora... sólo ahora puedo veros.
MiánRos

Prólogo de La Leyenda de Almaranthya, escrito a principios del año dos mil seis.

Juzgad vosotros mismos.

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Si un día despertaras barruntando tu muerte tras el próximo crepúsculo, ¿acudirías a su encuentro? Ella, Lanyamell, la joven inmortal célica, sí lo hizo, atraída por el irrefrenable don al que están expuestos todos los seres humanos, y a los que ni siquiera las vendas negras del destino sobre ojos desnudos conseguirían detener: el amor. Pues como todo el mundo sabe, nadie es capaz de vivir para siempre.
Y ella lo sabía, la voluntad de los dioses difícilmente puede ser alterada, y aún más que nadie entendía, con ese don con el que había sido regada desde los amaneceres antiguos, que el ojo divino alcanza siempre a los hombres por mucho que éstos se quieran esconder. Y así, apoyada, aunque de puntillas, en aquel influjo de razonamiento, había emprendido viaje.
Aquel plenilunio, como repetidas noches anteriores, el elegante vuelo del Eskarkam ─híbrido legendario, reptil-ave─ se empuntaba sobrevolando las plateadas aguas del Océano Díscolo trasportando en su lomo a la mujer y a su amado hacia el lugar elegido.
Todo era dulce y sutil, pero de una similitud aplastante, tal como lo había presagiado Lanyamell. Y sin embargo lo temía, lo temía en silencio, llegando a reprimir sus emociones al volver a vivir aquella terrible premonición. Mas ni siquiera había sido capaz de revelar su temor a nadie, ni siquiera a él, y se preguntaba por qué no lo había hecho, por qué no había tenido el valor de revelárselo, al menos, para que estuviera preparado para lo que pudiera venir.
La luna llena se encontraba reproducida como en su sueño, por encima de las oscuras vertientes, como debía de ser, como debía de brillar, simplemente, como debía, pese a la obstinación de la joven Lanyamell porque aquello cambiase de alguna forma y manera. Pero no había modo de pararlo, porque ella sólo ansiaba estar junto a él, al lado de su amado, bajo aquel influjo que desprendía la bola blanca y límpida que refulgía ufana allá en lo alto con su vestido evanescente de blanco talle, como todas las noches, radiante entre las algodonadas nubes.
El viento también acudió a la cita, sabio y obediente, secuenciando el momento y la orden del destino, suave y primaveral, sacudiendo las aguas contra el precipicio de confusa imperfección para que todo estuviera dispuesto, para que nada fallase, para que aquel presentimiento de la joven de sangre célica se colmara sin fallo alguno... como en su premonición.
Diestramente el Eskarkam avistó el barranco, que se cortaba verticalmente a plomo en la zona suroeste de la Isla de Gavión, la mayor de las cinco islas que conformaban el archipiélago Anular de Almaranthya.
Cientos de cuevas se extendían por el desplegado acantilado, muchas de ellas creadas por los ejércitos de la naturaleza, otras, por los ejércitos del hombre. Un hombre que desde que se armó en barro y caminara por la superficie de la corteza elemental, avasalló sus rocosas entrañas en beneficio de sus propios intereses de guerras pasadas. Desde antaño, los hombres que dominaron el Latifundio Antiguo y lo sometieron a sus formas y caprichos introduciéndose en sus ocultos Imperios le pusieron nombre al anguloso abismo: Las Mil Bocas del Mundo para recuerdo de postergadas especies erguidas sobre dos piernas.
Y era aquel el lugar escogido, donde una de las cuevas de las Mil Bocas del Mundo les esperaba.
El Eskarkam rastreó la zona planeando sobre los muros y las clamorosas olas del mar penetrando en el aire con majestuosidad, virajes perfectos que apenas ofrecían resistencia a pesar de su inmenso volumen.
El jinete que montaba gobernando la bestia era el príncipe Evhan Shar, hijo de Agrión el Esplendente y futuro heredero al trono de Almaranthya como único y legítimo en la descendencia de la sangre real. No obstante, era muy joven aún. Se decía que tenía dieciocho años pero ningún plebeyo fuera de las habladurías de la corte se atrevía a pronunciar tal sensatez. Agrión, el rey, fuera de toda especulación sobre la edad de su hijo, había procurado que fuera instruido inteligentemente en las complicadas ciencias del saber, como así lo requería un sangre real, ilustrado en las ciencias y la política por los más célebres sabios y maestros del Imperio. Asimismo, había sido entrenado para la guerra desde su niñez por los maestros de armas más codiciados de los reyes y pulido por decenas de preponderantes magos, fieles seguidores de su padre en el respetuoso culto a la magia, con todos los límpidos dones que ese místico y envolvente mundo conlleva. Sortilegios mágicos, trasformaciones, gracias curativas, tantas y tantas virtudes dentro de ese don especial del que los elabora, reversible todo ello, a pesar de todo. Como también había podido aprender Evhan Shar; el límite oscuro al que conducen los caminos paralelos de las energías mágicas; místicas y poderosas. Ambiguas, además de complicadas, en cierto modo, si no se tomaban las precauciones sobre el camino correcto a seguir.
Los esfuerzos de su padre bien habían valido la pena, pues Evhan Shar, inmaduro todavía, se había entremezclado desde bien pequeño habilidosamente en la política y los conflictos de su reino, e incluso yendo más allá, fuera de él y sus comarcas, donde se había ganado, a pesar de su inmadurez, un solemne puesto de honor entre los distinguidos miembros del consejo establecido para mayor orgullo de su padre el rey.
Sin duda, Agrión, el rey, había forjado una gran espada con la que defender y continuar su descendencia para el imperio almaranthyo. Pero la suerte de un pueblo, con tan sólo una espada en la que depositar sus esperanzas, era endeble, y el vulgo lo temía. “¿Para qué más?”, decía Agrión para tranquilizar a su gente en las reuniones, si el filo de la única espada heredera tenía una presencia descollada y sin parangón y una vez se enlazase a una doncella traería descendencia suficiente para serenidad del Imperio. Sin embargo, aquella apuesta de Agrión era peligrosa para la suerte de un pueblo, ya que la buena fe de los hombres desaparece de la noche a la mañana, moldeándose en las enfermizas mentes donde la codicia se satisface sola y sin avisar, pudiendo dilapidar los deseos del mismísimo rey.

No obstante, su hijo el príncipe lo tenía todo: fama, poder, inteligencia, compostura, todo ello recubierto con elegancia, reflejada en los perfiles de su apuesta figura, lo que le llevaba a ser anhelado por cientos de doncellas de clase noble y de las que no lo eran, de cualquiera de las comarcas, de cualquiera de los confines del Latifundio Antiguo, de todas, sin excepción. Todo lo que un sangre real podía reunir y de lo que sentirse orgulloso, lo tenía él, Evhan Shar, el único príncipe que podría heredar el cetro de Almaranthya, codiciado por muchos, soberanos o no. Pero toda esta jactanciosa pompa de brillantez que le rodeaba no se afinaba a la sencillez que habitaba en aquel cuerpo adolescente, trasparente y sencillo, como cualquier otro muchacho de sangre humilde, con los defectos que eso implica en toda joven piel, repleta de imprudencia y de locura, cosida a su estructura con los hilos de la inexperiencia.
En Evhan, esa locura se había desatado en su interior y le había llevado sin frenos a enamorarse de una de las personas de las cuales no debía haberse enamorado, pero aquellos hilos, delicados y novatos le habían arrastrado a pecar, pues la ley vigente lo contemplaba. Él lo sabía de buena tinta, como máximo miembro del Pacto de los Cielos. Si bien aquel Pacto de los Cielos vetaba entre sus leyes la mezcla entre las razas. Su amada era célica, de linaje inmortal de otro tiempo. Él, a pesar de ser un sangre real, era un hombre, simple y llanamente mortal.
“Nada ni nadie podrá mezclarse ni ser mezclado bajo el cielo de los dioses. Todo mestizo vivirá absorto dentro de su mundo de agonía. No podrá detenerse ni dormir, pues si esto ocurriese y se atreviese a descansar y cerrar sus ojos, las afiladas dagas del Imperio como castigo, una vez dado caza al “pecado”, que no a los pecadores que concibieron tal ofensa al Reino, el “pecado” será sacrificado. Del mismo modo se imparte la ley para todo el pecador que sea descubierto”.
Era la rúbrica impuesta de la política en los imperios y sus tratados.
Evhan Shar en la silla del antiguo Eskarkam parecía endeble y frágil mientras dirigía las maniobras del vuelo. Pero no era así. Su fornida y entrenada anatomía se distinguía sin miedos en las alturas. Como su pardo pelo de larga melena bandeada al viento, resistiendo las acometidas del impetuoso planeo del animal arcano. Sus ojos, grandes y rasgados tenían el color de la miel, y su nariz, era refinada por encima de un despoblado bigote y una fina barba que llevaba siempre arreglada con mesura arropando unos labios de agradable sonrisa, escoltada por dos redondeadas orejas de piel oscura y unos dientes blancos, tan blancos como la más pura nieve que cae en el invierno. Todo ello consumaba un rostro fuerte y joven que rezumaba templanza por cada poro de su piel. Sus enérgicas manos, limpias de atuendo, agarraban con autoridad las riendas de la enorme criatura que obedecía fácilmente los arrojos de su amo.
En la complicada maniobra, Evhan, se manifestó atrevido, ante la arrebatadora luz de la noche. La bella empuñadura de Sârcodon, la “espada única”, que tan sólo un sangre real puede merecer y portar, centelleó arrogante acrecentando la figura del príncipe. La vestimenta utilizada era toda oscura, elegida a conciencia por él mismo para que su estampa se disimulara como una sombra entre las sombras en medio de la noche.
Detrás del vigoroso joven montaba ella, Lanyamell. Se la veía joven y hermosa, pero no únicamente hermosa por sus rasgos y sus pulimentadas formas mostrando con ello la perfección a la que puede llegar un ser humano en la apariencia estilizada de mujer, sino hermosa en su indescriptible condición divina defendida por aquel cuerpo mágico, brillante y claro en la luminaria de la noche. Su pelo rubio brincaba y retozaba con el empuje del mensajero intocable del mundo. Sólo él, el viento, se atrevía sin pudor a peinar semejante melena, suave como diente de león. Estaba coronada por una fina diadema de centelleantes jades de colores, casi inapreciable entre la juguetona cascada dorada de su melena. Sus ojos eran verdes e intensos y tenía en ellos una mirada amplia bajo unas cejas áridas, delineadas sobre una piel tersa y blanca como la luna en noche despejada. Una sonrisa de distinguidos labios se entregaba fácil bajo la graciosa nariz respingona que agraciaba su perfil, con ella inspiraba hacia su fortaleza interior todo el impulso natural de la vida. Lucía un vestido largo de color azulenco con anchos bordados en los costados de matices ígneos, y un cinto de triple trenza que coincidían en una gran hebilla con un alegórico símbolo central en su relieve. Era el emblema de su comunidad célica; tres gotas de agua que centelleaban con insistencia en el centro de su ser.
Lanyamell, la llamaba él, entre susurros y risas siempre en su boca. Ella le atesoraba con fuerza callando para sí su desdicha. Sin embargo no se atrevía a desvelar su presentimiento, aferrándose a él cada vez más fuerte para que el destino pasara de largo y al descuido de la noche se olvidase de los dos.

Se dirigían ahora hacia poniente en vuelo plano sobre el agua, salpicados sus radiantes cuerpos en cada empentón que el animal acometía con su vientre por encima de las intranquilas olas. Disfrutaban de un armónico vuelo, ajenos a los ojos de los animales nocturnos y de las miradas de los hombres que se escondían aquella noche en las profundas cuevas del abismo. Perversas y diabólicas eran las miradas que escudriñaban desde la oscuridad las vertiginosas maniobras del vetusto Eskarkam, relamiéndose ante el cercano olor de la muerte.
Pronto, el Eskarkam empezó a volar en círculos sobre el enmarañado acantilado de la gran isla. Un meritorio descenso los acercó a los pies de una de las grutas. Las portentosas garras del enorme volador aferraron las rocas. Aflojó su batir de alas hasta plegarlas y detener su impulso junto a la desembocadura de la caverna al pie del doliente abismo. La maniobra había finalizado.
Desmontaron mientras Evhan oteaba el horizonte, receloso de miradas delatoras. Pronto, el sigiloso muchacho, y una vez acabado el reconocimiento, tomó con delicadeza el brazo de su amada Lanyamell y encaminaron sus pasos hacia el interior de la cueva donde las grandes fauces de la negrura los engulló finalmente. El atrevido Eskarkam quedó erguido y silencioso delante de la caverna, como guardián de su amo y de la dama célica.
─El cortejo se viene repitiendo cada vez con más asiduidad, y siempre se ocultan ahí, en Típula, una de las grutas más pequeñas del archipiélago ─dijo una voz vibrante inmerso en las profundidades de una oscura grieta, al mismo tiempo que señalaba en el horizonte el lugar donde el imponente Eskarkam montaba guardia en el acantilado.
─Indudablemente es él. Evhan, el príncipe ─atestiguó una segunda voz, redomada y embutida a su vez en una capucha oscura, más aún que la negruzca bóveda de piedras donde se encontraban sumergidos los dos seres.
Fue entonces, nunca antes, cuando el hombre encapuchado observó silenciosamente a lo lejos sobre el escarpado, a la derecha de su ángulo de visión corroborando su sospecha como él mismo y, deliberadamente, había requerido. Estaban allí, ocultos. Eran tres humanos que arriesgaban sus cuerpos en el peligroso terreno, esperando a lo largo de una escalinata natural en el rocoso precipicio. Y todo para hacer valer un miserable y corrompido deseo. Uno de ellos era alto y espigado como un independiente ciprés que hubiera crecido entre las arriesgadas piedras del barranco, de cabello largo y crespo, de pronta mirada y más prontos actos. Los otros dos furtivos, a pesar de la lejanía, aparentaban escasa altura, aunque anchos y fornidos como los viejos chaparros, lentos pero precisos como podría llegar a ser la más dura de las torturas. Los tres mantenían guardia con sus arcos acordados, descansando su flexible perfil en sus vastas manos. En cada una de las secretas espaldas reposaba un carcaj con flechas de “Muerte”. Unas flechas de “Muerte” cuyo vértice estaba trabajado con puro granito pulido, mezclado con incrustaciones de diamantes de los alcores de Punta Negra, fraguada con el más temible de los venenos y empenachadas a modo exquisito en el extremo opuesto con plumas de ánsar salvaje. Un arma urdida en las mismas llamas del infierno para exterminar la vida de cualquier criatura mortal e inmortal, penetrable e impenetrable que se pusiera a su alcance.
Los misteriosos hombres permanecieron expectantes. La luna fue progresando hacia el oeste perfilando las pequeñas nubes imponiendo un tapiz de ensueño en la bóveda del cielo. Un tapiz que puede trasportar a dos mundos diferentes dependiendo del estado y la situación de la mente que lo contemple. Aquel cielo, trasparente y primaveral podía evocar a Evhan y a su amada Lanyamell a la tranquilidad y la belleza inconmensurable de una noche de pasión sin frenos. Sin embargo, para los hombres ocultos, aquel cielo no era más que una simple y enmarañada cúpula de nubes que les trasmitía todo lo contrario. Un escenario terrorífico y tenebroso de perfecta luz noctámbula, de vaporoso misterio, como el que suele atraer a las mentes retorcidas bajo aquel influjo de aquella silenciosa luna. Una Luna que sería testigo presencial de aquel villano acto que estaba a punto de producirse.
No obstante, las sombras de la noche para bien o para mal crecieron en el acantilado, ocultando el profundo lecho de piedras que custodiaba la primitiva bestia; criatura divina o diabólica, allá cada cual y su reservada opinión al contemplarla.
El tiempo se movía y la noche avanzó del mismo modo que el destino imaginado por Lanyamell. A la desidia de la espera se le unió el compás de las olas, empenachadas de espuma, rompiendo sin descanso contra la vertiente y levantando el olor a salitre, fuerte y húmedo, llegando a los sombríos rostros que vigilaban en silencio.
El repentino movimiento del Eskarkam girándose hacia la negra boca de la cueva alertó las miradas de los furtivos. Si la Luna se hubiera desplomado sobre las aguas en ese mismo instante ninguno de los ocultos se hubiera percatado. Sus ojos, clavados como puntas de acero en el híbrido-antiguo, apuntalaban cada uno de sus movimientos con sus brillantes pupilas. Por fin, detrás del inquebrantable animal aparecieron los dos jóvenes cogidos de la mano. Se mostraron felices a la tibia luz; sonrisas renovadas alimentadas con delirio. Entre abrazos y zalamerías se acercaron a la criatura voladora que ya inclinaba dócilmente su cuerpo, amaestrada de forma sublime por los instructores de ejército alado; Evhan Shar y Lanyamell escalaron hasta su lomo.
Fue entonces cuando el oscuro ser de la capucha se volvió a mover en la oscuridad de la gruta donde enterraba su forma. Miró sobre su hombro apretando su ira contra sí y proyectándola sobre los dos jóvenes que a lo lejos se apresuraban a acomodarse en el bravo Eskarkam.
─Es ella ─resopló a su vez con fuerza. Como lo haría una fiera a punto de embestir resentida por alguna cornada─. Es la joven inmortal de la que tanto hablan ─añadió con un ardor que parecía carcomerle las entrañas. En ningún momento apartó el tono áspero de su boca.
Enseguida, giró su rostro advirtiendo a su lado al hombre alto que le escoltaba; el mismo que le había conducido hasta el recóndito lugar para confirmar el murmullo que se repetía en las ciudades y aldeas sobre el idilio de los dos ilustres jóvenes. Un rumor que había crecido en los últimos meses y se esparcía rápido como el fuego que carboniza el bosque un día de viento.
Enterrado bajo la caperuza bufó de rabia, y esta vez su voz surgió ardiente y sucia a la vez. Su decisión embaucó los perfiles oscuros de aquella cueva como si ese murmullo hubiera nacido de otro ser tenebroso que habitara en la negra profundidad de su vestimenta. Sin embargo, la voz llegó clara y concisa a los oídos del gigantesco cuerpo de voz vibrante que le flanqueaba. Éste asintió, se volvió hacia su costado derecho y posicionó una de sus manos contra su boca como para dirigir la voz. Ululó al aire. La señal sonó como el canto de un mochuelo en la noche. La orden llegó nítida a las tres figuras camufladas no muy lejos de allí. Tomaron posiciones, cargaron en los arcos las flechas de Muerte y esperaron una nueva orden.
El Eskarkam abrió sus espléndidas alas, plumosas como las de un águila, aunque estas eran inabarcables entre ocho o diez hombres que se juntaran a su alrededor. De la vieja escuadra de Eskarkams de las tropas de Almaranthya, Macrodonte, como así llamaban al animal alado desde que saliera del huevo, era de los más viejos. Se decía que superaba ya los quinientos años. De ahí su portentoso tamaño, mas no paraban de crecer, decían también. Los dos jóvenes eran simples fardos en el lomo del animal como dos minúsculas jorobas.
Evhan, bien aferrado a la silla, volvió a coger las riendas dejando a Lanyamell como acostumbraba en la parte posterior de la larga silla. Macrodonte, sin coger apenas impulso, sacudió sus alas y se lanzó al vacío del negro acantilado. Estiró sus alones justo un instante antes de topar contra las enfurecidas aguas, remontando el vuelo vertiginosamente. Las carcajadas y el júbilo de los dos jóvenes rebotaron en el precipicio con una respuesta eficiente del eco.
Viraron muy cerca del acantilado, motivo que les llevó de nuevo a encoger el aliento al pasar arañando el desfiladero. Lanyamell se agarraba con fuerza a su amado en las complicadas maniobras, pese a sentirse segura junto a su joven príncipe.
De repente, el nuevo giro del híbrido-vetusto les posicionó a una buena distancia de tiro. Las lianas de los arcos crujieron en algún lugar de la penumbra. Estaban a punto de entrar de lleno en la trampa. Los cazadores mantuvieron la respiración, acribillando con la mirada la presa.
Un golpe de viento sopló bamboleando las hierbas altas y matorrales de los riscos. Cuando éste cedió, la esperada orden llegó. Tras ella, tres flechas zumbaron en la noche, renegreando fugaces a la luz de la luna.
Una encontró el largo cuello del Eskarkam, que bramó amargamente al contacto con el acero y su veneno interrumpiendo su vuelo. El torpe golpeteo de las alas confirmó el disparo. La carne vomitó la sangre brillante al exterior como manantial de plata. Otra punta de Muerte encontró el pecho del joven. Evhan apenas chilló. No obstante, su sonrisa se escondió de golpe, sus ojos vagaron sin rumbo quedando a merced del impacto. Cien lunas aparecieron frente a sus ojos. Se vio morir. Su mano derecha aferró con ardor la herida. Rígido y apenas sin respiración apretó trabando la convulsión que había formado la flecha intentando detener el cauce de sangre. Fue inútil, su mano se encharcó al igual que su ropaje. Valeroso el joven, aún sabiendo del mortal disparo no soltó la brida del animal valiéndose de su otra mano. La tercera y última flecha había quebrantado el costado de la muchacha, que respingó con un lamento seco como tragándose su propio gemido e intentó mantenerse erguida sin caer. Aquella visión se había vuelto a producir, pero esta vez, aquello no era una perspectiva supuesta. Pobre Lanyamell, ni siquiera su don la había podido salvar. El destino, amargamente, había alcanzado su presa.
La estampa del animal alado se remolinó fieramente cayendo al abismo sin poder recuperarse.
Tres nuevas flechas fueron disparadas antes de que los cuerpos se perdieran entre las oscuras aguas y el abismo de las Mil Bocas del Mundo. Las tres volvieron a encontrar su objetivo en el lance.
El encapuchado, pétreo como el suelo que sostenía su concentrada estructura, certificó la caída de los dos jóvenes y de su apreciada criatura antigua. Fue entonces cuando bajó el rostro, gruñó de rabia contra el suelo, y con los mismos fríos movimientos que había desplegado durante la noche, reparó de nuevo en el ser alto y enigmático que permanecía de igual modo junto a él, imperturbable en las tinieblas. Le entregó un saquito que chinchineaba repleto de monedas y un pergamino, al tiempo que le barboteaba:
─ ¡Tomad!, lo acordado ─espetó.
El desgarbado hombre se giró arrogante para cobrar el trabajo. Su extraño perfil se consumó a la luz de la luna; sobre sus cejas, unas sombras se sacudieron amenazantes. Extendió su brazo y cobró su cuenta. Desanudó hábil el papiro y gesticuló irónico y agradecido al comprobar el escrito. Enseguida valoró el peso y el volumen del oscuro saco bajo el sonido de las monedas, lo escondió al igual que el papiro entre sus ropas y se volvió hacia el vertiginoso barranco donde ululó al aire nuevamente. Los tres arqueros, ocultos, entendieron que el trabajo había sido cobrado.
El encapuchado dio una última orden:
─Recoged los cuerpos y llevadlos a la Torre de Melolonta ─decretó─. Allí, sin el estorbo de ojos molestos serán sepultados en secreto. El Eskarkam quemadlo y destruid todo vestigio. Nada debe prevalecer de esta noche.
Aquel ácido gruñido final, dictado desde la entraña del ancho caperuzón, se dejó sentir en la concavidad de la cueva como un desgarro de las rocas. Se giró hacia las sombras maldición la noche y se precipitó finalmente hacia la oscuridad. Su figura fue devorada rápidamente por la tremenda boca de las tinieblas.


* * * * * * * * * *

La aciaga noche del joven príncipe y de su amada llegó a conmocionar a los hombres, y la desgracia se esparció rauda en las pláticas de ciudades y aldeas. Y durante los inmediatos años que acaecieron después del incidente, no hubo casa, tienda o posada que no relatase el amargo final de Evhan y la bella Lanyamell. Y fue un diálogo, siempre triste, de suspiros y añoranza.
De ese modo, escaló montañas, atravesó los amplios páramos y se impregnó en las casas, y no como una historia más contada por el hombre de verdugos y princesas, sino había crecido su leyenda, envuelta en un aura brillante y mágica Y se narró y cantó entre mayores y pequeños a la vera del calor del hogar. Y así perduró a los días y traspasó las fronteras por siempre.

¿Imposición? ¿Envidia? ¿Venganza? Toda pregunta quedó turbia y sin respuesta en el Latifundio Antiguo. Pero si alguien se valió de la ley impuesta de la prohibición de las mezcolanzas en los reinos queriendo acallar ese romance imposible, se equivocó. Con el paso de los años el corazón de los hombres se enraizó y se hizo uno, y no hubo nadie que no maldijese a las sombras asesinas.
E igualmente escrito en la historia quedó, a los pies del gran túmulo de piedra bruñida, hecho levantar por su padre, Agrión el Esplendente, rey de Almaranthya, en la Isla de Gavión en memoria a su hijo y a la joven célica. Un catafalco que sería siempre centinela de la gruta de Típula, la gruta sagrada desde entonces. En su base de mármol blanco, el recuerdo tallado de aquella noche vela en silencio:
“Entre los apéndices de Las Mil Bocas del Mundo y el gran e Infinito Cielo descansen: el príncipe Evhan Shar, hijo de Agrión el Esplendente, heredero noble, y Lanyamell Dê Ere´nea, la bella flor prohibida, del Templo de Arpiúm. Eximan sus almas en paz. Al Cielo Abierto entre los dioses.”¿Castigo? ¿Crimen? El paso del tiempo como juez, tendría la última palabra: entrar en La Leyenda de Almaranthya.

jueves, 9 de julio de 2009

DISCREPO DE MI PROPIO YO. Cada vez que entraba en el Blog sentía que me faltaba algo, que todo cuanto había creado y subido al servidor no se ajustaba a la necesidad para la que había sido creado este sitio verdaderamente. Este cuadrangular parpadeo de luz y lo que en él se podía leer, era bastante fiel a lo que mi mente había imaginado alguna vez. Pero no, no podía engañar a mi subconsciente, que trabajaba incluso después de haber hundido la tecla de salir. Seguramente el fallo radicaba en algo no visible que no acertaba a dilucidar, pero... ¿el qué? El misterio se repetía cada vez que accedía de nuevo al Blog; una termita me iba carcomiendo poco a poco, terriblemente inapreciable.
Cobijado en la sombra pícara de un “dejarme llevar”, sabía que era una cuestión meramente de paciencia. Y así se ha manifestado mi pesar, puesto que he necesitado el cúmulo de muchas semanas para darme cuenta del rumor que rasgaba la pupila de mis ojos y la apetencia que necesitaba mi espíritu para culminar el orden que reclamaba mi conciencia. Y por fin, caí en la cuenta de la carencia con la que me había infectado... Y si la razón del Blog era, de alguna manera, promocionar mis novelas, principalmente, ¿dónde diablos estaban éstas?
Ahí, radicaba la eterna incomprensión y el dolor y la flojedad que me seguían.

¡De acuerdo! Sé que hay un enlace para acceder a mis novelas en el Blog, pero creo que no es equiparable a la fuerza que alcanzan las carátulas al verlas nada más ingresar en el sitio.
Dicho esto, no hace falta que os las presente, ya que las estaréis viendo debajo de este mismo texto.
Para los que ya las conocíais, pues nada: caminar y enredar donde queráis, pero no mucho.
Siento que el vacío de mi conciencia parece restañado... ¿o quizá no?... Lo dejaré por hoy... sí, al menos por hoy.

Mira si me conoceré bien,
que llevo toda la vida soportándome.
MiánRos


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La Leyenda de Almaranthya.

1. El despertar.
Esta novela es la que me abrió el camino a la escritura. Quiso ser un pequeño “cuentoaventura” infantil que empecé a escribir a mi hija, puesto que ella andaba por aquel entonces leyendo a Harry Potter y El cáliz de fuego.
Todo empezó una noche, con la musa escapando por mis ojos, aquélla, que me brindó tantos momentos cuando dibujaba comics. Pues bien, le dije a mi hija: “¿quieres que te escriba yo una aventura de fantasía?" Ella no me dijo, ni que sí, ni que no... Pero lo que pareció empezar como un pequeño cuento, acabó en mi mente como una trilogía que podía resultar maravillosa. Y, como si fuera lo más sencillo del mundo, después de aquella noche, me puse en marcha... Anotaciones, mapas, runas de antiguos lenguajes Célicos, nombres, razas, bestias inimaginables, reinos imposibles y un sin fin de pasajes que vinieron a mi mente... ¡Válgame, Señor! Ya no había vuelta atrás... Tenía la aguja, tenía el hilo y, sobre todo, las ganas de trabajar. Pero para mí había algo aún más importante que todo eso, el lector más preciado estaría esperando el resultado final de mi trabajo; mi hija. Sólo había que encontrar la prenda donde trabajar, y la encontré...
Y me puse a escribir...


La Leyenda de Almaranthya es el inicio de los júbilos y prejuicios del Latifundio Antiguo; lugar donde se remueve la historia. Es un mundo donde lo irreal llega a ser sencillo, y lo real incomprensiblemente comprometido y arcano. En él viven magos que se pasean como siervos, y personas que se esconden bajo capas con un poder mayor que el de la magia. Alcanzarás una zona ilimitada junto a las criaturas más extrañas que hayas podido imaginar. Te arrastrarán al Dédalo de la Aventura de la cual, amigo mío, una vez inmerso, ya no podrás escapar.

No hace falta creer. No hace falta ilusión. Simplemente y, a voluntad propia, como lo hace todo el que llega hasta aquí, empiezas a formar parte de la Leyenda. Sólo por eso, tu conciencia está salpicada con la Esencia de Almaranthya. No busques la entrada por donde llegaste, pues el dios Naghúm la ha borrado... y aun si aciertas a encontrarla y consigues escapar... el remordimiento te seguirá allá donde vayas... tenlo presente antes de salir.

Bueno, aparte de lo que habéis leído y como novedad y avance, deciros, que la segunda parte de Almaranthya, que lleva como título: Interludio, está en marcha. Llevo escrito trece capítulos que abarcan una duración de ciento noventa y cuatro páginas hasta el momento. Os podéis figurar que la novela la tengo parada, obviamente, pues estoy volcado con la obra, La caja de pinceles, que quiero presentar en algún concurso otoñal.

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ÁNGELES DE CARTÓN. Es el título de mi segunda novela. No sabría explicaros como surgió la historia realmente en mi cabeza. Lo que sí recuerdo es que tenía muy claro que debía de ser totalmente distinta a Almaranthya, ya que la razón era presentarla en algún concurso -no fantástico- para darme a conocer, renegando de mi mayor placer y dándole la espalda a la fantasía. La obra ha sido finalista entre las veinte mejores del primer certamen literario que ofrecía Bubok por internet; me consuela en gran medida, pues para ser un principiante me llenó de ilusión ver mi nombre entre los mejores. Y, a sabiendas que era mi segundo trabajo, y que, os podéis figurar, que la escritura ha llegado a mí un tanto tarde, por decirlo de alguna manera.

Pese a la rareza que sentía inicialmente al escribir Ángeles de cartón, los personajes me animaron día tras día para que no los abandonara. Y no lo hice, fiel a mi paciencia viví junto a ellos, pasase lo que pasase. De ese modo, la chispa saltó y prendió en llama, la cual terminó por encender una escalofriante hoguera de placentera ascua como resultado de la historia. Ésta se retuerce una y otra vez sobre sí misma, trasroscada trama que hay que saber resolver para llegar a comprender...


“Ángeles de cartón”. Es el grito de un pensamiento, manifestado desde la zona más oscura de la mente. El temor de un hombre a afrontar los miedos que agarrotan su conciencia.

Miedo: perturbación angustiosa del ánimo por un riesgo o mal que realmente amenaza o se finge en la imaginación.

El hombre está lleno de miedos. Champalám lo sabe y es consciente de ello, como cualquiera de nosotros. Pero sólo él chocará contra su destino en esta intrincada historia, donde revelará, en un pequeño diario, todas y cada una de sus desagradables emociones bajo el fuerte shock en el que está inmerso tras el brutal accidente de coche sufrido junto a la pequeña Ángela, su hija de cuatro años de edad.

La carga emocional a perderla le transporta a un mundo incómodo y solitario, donde todo se confunde y desordena hasta límites insospechados, y donde encontrar la verdad ligada a la muerte, puede resultar la única salida.

Quién ha dicho que no se puede morir dos veces...

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miércoles, 8 de julio de 2009

LAO TSE. “No corras. Ve despacio. No hay adonde ir. Todo viaje empieza y termina en uno mismo”.
Esta perla de Lao Tse es una enseñanza filosófica que aguarda a todo caminante. Más de uno se la salta a la torera, pongamos como ejemplo a... Fernando Alonso... ¡Ejem, vaya! Soy consciente de que ha sido un chiste fácil y bastante malo. Yo tampoco tengo demasiada prisa, aunque al decir -demasiada- ya me estoy contradiciendo. ¡Mecachis! Esto es más difícil de comprender de lo que parece. Si es que las frases las carga el demonio... ¿o no era así?

No te alejes mucho de ti mismo, podrías no encontrarte.
MiánRos

martes, 7 de julio de 2009

...A VOSOTROS.
Me considero afortunado por cuantos me rodean, por cuantos me insuflan su ánimo, y por cuantos esperan algo de mí; eso hace que me sienta querido, GRACIAS. Aunque todo ello implique una responsabilidad que nunca había tenido a mi alrededor, al menos no de este modo, y en consecuencia, no quisiera decepcionar a nadie. Si bien, creo que poco a poco me siento capacitado y, aún espero estarlo más, a medida que el tiempo sea complaciente conmigo y la paciencia no se vaya de mi lado. Y no lo digo como un sentimiento arrogante, y mucho menos de consuelo personal, ni nada que se le parezca. Simplemente, el hecho de que estéis ahí, me hincha la corteza exigente que recubre mi aspiración. Es más, me siento dichoso. Dichoso del tiempo que puedo empeñar en todo aquello que me motiva y conmueve, entre las que se encuentra la ambición de escribir.
No es que posea todo el tiempo del mundo, y válgame que tampoco lo quisiera para mí, ya que lo poco gusta y lo mucho cansa; aunque considero que el dinero no se ajusta a este refrán. Lo digo, más bien, porque me da miedo llegar a los márgenes del tedio y perder esta motivación que engrasa la maquinaria cerebral que hace que mi deseo no se oxide; ya perdí otro interés por el camino cuando empuñaba los lápices y dibujaba... Ay, no quiero echar la vista atrás... canoso nostálgico, boberías inclonclusas que dejaste en los costados del camino como la brizna que barrió el viento y borró tu liviana pisada.
En fin, soltado los nervios del directo, como dicen los artistas, quiero dejaros un breve fragmento de uno de los capítulos de la novela que estoy fundiendo en la forja de Window. Todavía el escrito está sin la corrección exhaustiva, e incluso puede sufrir algún cambio de texto, ya que estamos hablando del primer borrador.

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(Fragmento: La Caja de Pinceles)
...
Giuliana no parece ser consciente de las súplicas silenciosas de su nieta y, embaucada en sí misma, abre el libro y rebusca la línea donde interrumpió la lectura.
Immacolata pierde por momentos la serenidad que había alcanzado y se entromete, a sabiendas del malestar que puede generar nuevamente en su querida abuela.
─¿Ha llegado el momento, para qué? ─le pregunta; alcanzando el tono de crispación que seguramente había pretendido.
Giuliana interrumpe un balbuceo, quizá debido a la satisfacción de haber encontrado el texto que buscaba, sin embargo alza los ojos. Enseguida tropieza con las pupilas desafiantes y negras de su nieta que parecen esperar una respuesta.
La abuela suspira, baja su mirada, cierra el libro y vuelve a levantar la vista hacia su nieta, todo de un modo tenso, pero perezosamente y por ese orden.
─¿Por qué te pones así? ─le pregunta.
─¿Ha llegado el momento para qué, abuela? ─repite la muchacha sin pestañear.
─Ay, la pequeña Maco. ¿Acaso has olvidado qué día es mañana?
Maco, como cariñosamente la llama su abuela, rebusca rápidamente en su conciencia, en medio del malestar que no hace sino alterar su comportamiento y... ¡No encuentra nada! “¿Qué tiene que ocurrir mañana? ¿Hay algo especial que he pasado por alto?”.
Maco sabe que mañana será un día de clase sin más, viernes para ser más exactos, y quizá las horas de clase sean tan aburridas como lo han sido durante toda la semana. Pero de pronto, cae en la cuenta de la pregunta de Giuliana, y la respuesta le viene a la memoria de sopetón. Justo cuando sus palabras quieren brotar de sus labios, su abuela se adelanta.
─Mañana es tu cumpleaños ─le recuerda su abuela; su voz y sus ojos se han llenado de satisfacción, a pesar de que su ánimo aún sigue dolido.
─Es cierto. ¡Qué tonta! ─se reprende a sí misma Maco.
Ella sabe de sobra que ha sido una semana extraña y dura, incluso ha discutido con mamá y con alguna que otra amiga del instituto en plena fase de exámenes. Quizá todo ese malestar se ha acumulado y haya repercutido en la febril indisposición actual.
─Dentro de unas horas cumplirás los dieciocho ─expresa Giuliana.
Maco no dice absolutamente nada. Se ha quedado en blanco, superada por su mala cabeza.
─Cierto día como hoy, y faltando unas horas para que yo cumpliera los dieciocho años, Bianca, mi abuela, puso en conocimiento mío estos escritos y el peso y la responsabilidad que significaban realmente.
Maco toma conciencia de lo que acaba de escuchar, simplemente por el tono confidencial expuesto por su abuela Giuliana. El día de su cumpleaños se va de golpe de su cabeza igual que vino, y su concentración se ajusta únicamente en la relevante noticia que acaba de recibir. Por tanto, su expresión cambia; por un segundo parece que hasta el malestar la ha abandonado.
─¿Un legado? ─pregunta, llevada por la curiosidad.
─Podría decirse que sí ─es la respuesta que recibe─. Y muy antiguo, Maco.
─¿Cómo de antiguo?
─La respuesta a esa pregunta, y cuantas te puedan surgir, están en estas mágicas hojas. Pero sin duda es un legado que data del siglo XVI, la época donde el Renacimiento se hacía paso en la vieja Europa.
─¿Y es muy importante?
─Ya lo creo.
Maco traga saliva, mientras las ganas de interrogar a su abuela la dominan irrefrenablemente. Sin embargo no sabe por dónde empezar, no sabe qué decir. Es su abuela la que interviene de nuevo, prosiguiendo con la importancia que rodea a aquella historia.
─Ahora este manuscrito te pertenece ─indica─, y lo que en él se manifiesta también, como a mí me perteneció hasta llegado este momento, y como a ti te pertenecerá hasta que la primera de tus nietas cumpla los dieciocho años.
─¿De abuelas a nietas? ¿Y qué pasa con las madres?
─Yo me hice la misma pregunta entonces, pero no obtuve respuesta. Así que no podría explicarte el por qué de esa irregular secuencia genealógica, y por qué una generación quedaba aislada del conocimiento de este legado, pero en fin, así es.
─¿Y si yo muriese antes de que llegase el día del traspaso del legado?
─Buena pregunta. Veo que eres más avispada y preparada que yo en mi tiempo. Yo sólo llegué a ese razonamiento muchas semanas después.
─¿Encontraste la respuesta?
─Debiera decirte que no; y así fue, pues no la encontré. Fue ella la que me encontró a mí.
─¿¡Abuela!? ─Maco cierra los ojos un tanto consternada.
─Es cierto Maco, no pierdas los nervios. Desde el momento en que recibí este libro antiguo una fuerza innatural empezó a fluir cada vez que me acercaba a él y lo tocaba.
─Ahora sí que parece un cuento, abuela.
─¡Puedes creerme! Ciertamente sucedía así. Era como si el Libro tuviera vida propia, y el Espíritu que custodiaba sus mágicas hojas me ayudase.
─¿Quieres decir que cualquier duda que te surgía entonces, el Espíritu del Libro te lo resolvía, sin más?
Giuliana simplemente despide una sonrisa involuntaria en respuesta.
─¡Oh, vamos, abuela! ¿¡No pensarás que voy a tragarme eso!?
Antes de que la protesta de Maco se aleje de sus labios, Giuliana abre de par en par sus viejos ojos y echa una mirada desafiante a su nieta.─Lo harás ─sentencia arrastrando su mirada hasta la joven─. Y cuando sepas el verdadero significado que trato que entiendas, aún más.
...

miércoles, 1 de julio de 2009

¿SABÍAS QUE...? A los que nos gustan los libros, en algún momento nos ha surgido esta pregunta: ¿qué libro impreso es el más antiguo que se conoce? Pues bien, yo, indiscreto pero sobriamente comprometido, me hice esta pregunta hace unas horas, e... implicándome para desenroscar la curiosidad crecida repentinamente en mi cabeza, que no nacida pues la cuestión ya descansaba en algún distrito de mi memoria, y no queriendo que se quedara esta vez en meras intenciones, me imbuí de cabeza -sin saber si el agua estaba fría- a la pesca del ejemplar que puede presumir de semejante gloria. Y aquí está, el resultado de mi búsqueda.

En occidente, el libro que se conoce como más antiguo es... la Biblia de Gutenberg, o Biblia de Maguncia; fue impresa por el alemán Johannes Gutenberg alrededor del 1450, en latín, de cuarenta y dos líneas. Se dice de él que fue el inventor de la imprenta de tipos móviles de Europa. Gutenberg, apostó a que era capaz de hacer a la vez varias copias de la Biblia en menos de la mitad del tiempo de lo que tardaba en copiar una el más rápido de todos los monjes copistas del mundo cristiano. Su proyecto se vio interrumpido en varias ocasiones por falta de dinero. No obstante, casi llegó a imprimir los 150 ejemplares que se propuso. Sólo quedan tres copias perfectas de las primeras Biblias de Gutenberg, una de ellas está custodiada en la Biblioteca Británica, otra fue adquirida por la Biblioteca del Congreso de Washington en 1930, y la última podemos visitarla en la Biblioteca Nacional de París. Hay hasta un total de 47 Biblias de Gutenberg que han perdurado al tiempo, pero no pueden presumir de tanta salud como sus tres hermanas. No se os ocurra ir a comprar ningún ejemplar ¡Agüita lo que valen! Y no lo digo por el money...
El 3 de febrero de 1468 Johannes Gutenberg muere arruinado. No obstante, nos dejó su experiencia y su nombre, y en la memoria de todos quedó como el inventor de la imprenta moderna.



Sin embargo, en oriente, más concretamente en el noroeste de China, se encontró un libro impreso en papel gris dentro de una cueva. El ejemplar contenía caracteres chinos y estaba enrollado en un cilindro de madera. La cueva registraba algunos libros más, pero ninguno con una fecha impresa como el Sutra del Diamante que es considerado el libro impreso más antiguo del mundo que se conoce en nuestros días. "El libro fue elaborado por un hombre llamado Wong Jei en mayo de 868 d.C, y la fecha queda recogida al final del texto", dijo Susan Whitfield, especialista de la Biblioteca Británica. Su texto budista está dedicado a honrar a los seres queridos del autor.

Web: Sutra del Diamante (traducido al español)