domingo, 27 de septiembre de 2009

El Señor del Bosque. Como apunte curioso sobre este capítulo decir que en vez de rodearme bajo un denso bosque para la inspiración del mismo, lo escribí a mano (en el bloc de notas) debajo de la sombrilla playera huyendo de un intenso día de sol, justo a los pies del incansable oleaje que nos brindó aquel día el mar (dos refrescantes baños necesité como descanso).

18 El Señor del Bosque
(...)
Miraron a su alrededor, arropados por las sombras de la noche. Ambas lindes a sus costados estaban cubiertas por una tupida vegetación. Una hondonada se precipitaba entre ellos y el fondo gris y oscuro del horizonte que les cortaba la visión. La brumosa noche hacía el resto, un paraje incierto y misterioso donde anidaba una tremenda quietud. Aquella situación acompañaba a la mente a crear una incertidumbre que Dhàniel tenía que registrar a cada segundo, y le provocaba un placer insospechado que no paraba de crecer. Un aire de invasión hacia una zona virgen y que jamás el hombre había contemplado. Le daba la sensación de estar andando de puntillas aún entre sus sueños.
─¡Allí! ¿Los ves? ─esputó en voz baja el rubio Orador apartando con su mano el forraje que entorpecía la vista y advirtiendo a su vez unas siluetas inmóviles y oscuras a lo lejos en medio de la hondonada.
─¿Jabalís? ─dijo Dhàniel, bajo una incrédula mirada─. ¿Me has despertado para ver jabalís? ─volvió a inquirir en tono desafiante. El placer que sentía desapareció sin avisar, tan rápido, como desaparece una gota de agua cayendo al mar.
─¡Jabalís, eso es, muchacho! ¡Comida! ¡Comida, para más información! ─replicó Grynn un tanto indignado─. ¿Acaso no quieres comprobar la efectividad de tu arco? Sería un buen momento para mostrar tus habilidades.
Dhàniel apartó la mirada de su compañero y observó cómo algunos miembros de la manada descendían a la vaguada entre helechos y desprendidas cortezas en busca de raíces frescas y bulbos junto a los árboles.
Se volvieron a mirar sin mediar palabra, sumergidos bajo un techo de ramas oscuras y grises flotando sobre el silencio. Dhàniel sospechó los propósitos de su Hurón; esa indagadora mirada desnudaba su alma, y como un libro abierto, Dhàniel podía leer en aquellos ojos los deseos que allí se mostraban.
─¡Están muy lejos! Apenas se aprecian en la oscuridad desde aquí ─dijo Dhàniel, turbado quizá aún por el cansancio, o tal vez retenido por el inesperado momento. ¿Sintió miedo, quizás? No sería esta posibilidad tampoco. Más bien una mezcla de juventud e inexperiencia le agarrotaba.
Sin embargo, clavó su mirada en aquellas siluetas que hozaban tranquilas, y durante un largo instante, meditó.
─Yo nunca he salido de caza ─le dijo a su maestro después de la pausa─. No recuerdo haber matado ningún animal salvaje. No sé si podría hacerlo, Grynn. ─Éste, estiró el brazo cediéndole el arco, cuya cimbrada silueta quedó recortada con el claro del bosque por un segundo.
Dhàniel recibió el arma sin apartar la mirada de los animales. Se esforzó por no pensar en nada o, al menos forzar su entereza, pero la escalera de la vida se le apareció de pronto entre los forcejeos de su pensamiento. Una escalera llena de peldaños. El hombre arriba, en todo lo alto; los animales por debajo. Una valoración evidentemente creada por la mente de un humano. Cualquier animal, seguro habría alterado ese orden, pensaba Dhàniel. Apartando todo pensamiento, sabía que no podía fallar a su Hurón. Afrontar la enseñanza era lo mínimo que podía ofrecer un alumno, y él lo sabía. Pero Dhàniel, frágil y sensible para el rudo mundo, se abatía torpe y desconcertado como un cachorro abandonado por su madre en pleno bosque a la voluntad de los colosos de hojas rojizas y los espectrales animales que en él habitaran. Pronto, en su mano recibió la flecha que como afilado verdugo le cedía su acuclillado maestro.
A su vez Grynn señaló un distinguido macho que hozaba cerca del escarpado donde ellos se apostaban.
Dhàniel incorporó en el arco la rígida y punzante segadora de vida. El olor a Tardo aún permanecía en el contorno del arma cuando tensó. Apuntó al despreocupado ejemplar y esperó el instante. De reojo advirtió a Grynn. Aquella impaciente mirada que sostenía, se le antojó severa, y de seguro ya habría matado a aquel animal. Indudablemente sus ojos encendidos como las llamas del Infierno ya tusturraban la rojiza carne al fuego de una hoguera. Mientras, el hedor de las bestias como vapor de agua flotaba por la ladera y se posaba en el angustioso momento aguantado bajo el respiro joven del cazador.
El gran macho esquivó el terreno y avanzó olisqueando el aire. Alzó los ambarinos colmillos y se detuvo adivinando a los hombres. Sus ojos miraron alrededor, pero fue en lo alto donde se apostaron. El cuello del animal se perfilaba en la punta de la flecha que sostenía Dhàniel, al tiempo que mantenía el aliento, cuando su pulso tembló. Una fisura en la mente del joven le hizo reaccionar. Sintió un fogonazo de luz que estallaba dentro de su cabeza, como si despertara de repente, como si hubieran manipulado sus deseos contra su propia voluntad arrastrándolo hasta allí. Quizá envuelto entre sueños y alucinaciones fue cuando se dio cuenta que aquellos ojos salvajes que le habían descubierto, le miraban. Distinguió que eran sabios y, después de meditar, vio que eran viejos en su concavidad profunda pero de brillo joven y nuevo, seguramente expertos en la noche, como nacidos en cada luna nueva tras siglos de plenilunios que habían endurecido aquella piel áspera y ruda de púas agudas e inquebrantables forjando al Señor del Bosque que se encontraba, abajo, frente a él.
La mente de Dhàniel se abrió. Era un enorme Edén, verde, amplio, y lleno de un sinfín de verjas. Puertas relucientes y plateadas que centelleaban en diferentes niveles de cadenciosas laderas, distinguidas arriba y abajo en las distintas alturas a la serena luz. Sin embargo, allí dentro de ese Edén no había Sol, ni Luna, ni ninguna potencia que creara luminosidad. Aun así, aquella claridad que fluía era placentera sobre todo, y todo ello, al ritmo del canturreo de un arroyo que se descolgaba sobre abdómenes altos y verdes. Un paraje transparente y luminoso, en armoniosa caída de aguas. Era la luz de la paz interior de aquella mente joven, joven de malicia, joven de mancha, de aire voladizo y envolvente que inspira a los sueños, ofreciéndose noble y sin dobleces para ser contemplada. Era un mundo nunca visto por el resto, su Edén, el jardín de la ilusión de Dhàniel, el gran espacio de sus sentimientos, su existencia, su todo. Y a las puertas de aquella cancela de rimbombantes aceros blanquecinos, algo parecía esperar, reposado y observando desde fuera el íntimo jardín, un terreno fresco y tierno de primeriza piel para las recias y resabiadas patas de aquel extranjero, un viejo jabalí macho.
Allí, a lo lejos, donde la cambiante luz descendía hasta casi extinguirse en tenues grises, cerca del arroyo y detrás de las finas lanzas de plata de las verjas, la imagen del extranjero asomaba, no desafiante, no violenta, pero sombría y cubierta de misterio. La verja cedió despacio. Ningún ruido acompañó la voluntad de aquellos hierros, abriendo el paso de la imagen oscura. La hoja del portón centelleó, quizá en alarmante aviso. Entonces la cancela se detuvo. Tal vez fue Dhàniel, su dueño, quien retuvo su avance. Ahora la velada figura del forastero avanzó, no conocía aquel jardín, pero no por ello mermó su empeño de caminar y pasar adentrándose en el nuevo verdor, joven y apacible.
No tardó en pararse, donde el llano se alejaba de las altas verjas y las puertas se divisaban lejos, siempre arriba y abajo, fuera del alcance del aquel ser, primerizo para el Edén de Dhàniel. Aquella criatura detuvo sus pasos en medio de un pórtico natural sin sombras. Siempre silencioso, como fiel emisario, y esperaba sosegado, paciente, dominante y distinguido a ser recibido.
Al principio, no obtuvo respuesta, pues aquel Edén parecía estar desierto, pero no, Dhàniel, su anfitrión estaba allí, aunque agazapado, obnubilado y atónito observando al visitante.
Y fue el viejo jabalí, en medio del pórtico de sombras, quien lanzó un mensaje a la mente de Dhàniel, el anfitrión.
─Refrena tus actos ─sugirió─, no son dignos de tu sangre, joven caminante. Escucha las palabras de quien ya es camino. No es tu instinto el que te acerca a la carne
Dhàniel sintió, traspasada ya la puerta, lejos de la entrada de su pensamiento, cómo aquella voz prendía en su interior. El Señor del Bosque había roto sus defensas, había penetrado en sus dominios y retozaba ahora a la espera de ser consentida su presencia en el joven territorio de su Edén, su mente. Pero lo que más había desconcertado a Dhàniel no era la presencia del centenario animal, sino que le había adivinado sus pensamientos. Un escalofrío le persiguió de súbito y los pelos se le erizaron.
─¿Por qué obedeces a otras voluntades, si la tuya, aun siendo joven brote, es sincera y pulida como los años?
─¿Quién eres? ¿Qué siniestra voluntad sería la que puede penetrar en otra sin ser llamada? ─pensó Dhàniel en respuesta, endureciendo el rostro. No sabía que con aquel pensamiento estaba respondiendo al curioso invitado de su Edén.
Dhàniel tenía fijado con su arma el objetivo, pero permaneció paralizado, expectante, y tensó un poco más la cuerda de su arco. Aunque no había maldad en aquellas palabras para disparar, aun así, no aflojó su brazo y lo mantuvo en tensión.
─Te diría que soy el poso de la vida, la experiencia viva, la Madre y el conocimiento de los míos, cuando tú aún eres joven semilla sin lugar donde extenderte. Aprendiz de todo para los tuyos. Pero... ¿de qué vale toda mi sabiduría de los días bajo la amenazante punta de la muerte? ─El mensaje se quebró por un momento. El viento merodeó la noche─. Tu voluntad es joven pero el instante está de tu parte, sin embargo, tu pulso tiembla; una voluntad que tiembla se hunde en las Sombras.
─No tientes tu suerte viejo sabio ─respondió Dhàniel─. Nunca he matado, pero este pulso encontraría el temple si he de hacerlo, porque para todo siempre hay una primera vez ─el crepitar de la cuerda advirtió la intención de Dhàniel. Aunque aquellas palabras habían topado en los muros del antiguo jabalí, ufanas, pero no para el conocimiento placentero de aquel animal, rey entre los suyos, que desdoblaba y desnudaba los pensamientos del inocente muchacho antes que sucediera.
─El viejo Rhamga habla de ti en las alturas, pequeño príncipe. ─Dhàniel quedó desarbolado al oír aquello y por un momento creyó perder la visión. Otra vez había adivinado. No fue su voluntad la que le hizo retroceder, sino el desconcertante misterio que rodeaba a aquel animal, enmarañado, cual espejismo tenebroso y vidente de todos sus pasos anteriores. En verdad era sabio y agorero místico a su efebo entender.
Dhàniel, inconscientemente, se encontró de pronto frente al rostro de Grynn que le miraba de forma severa. El maestro, con un gesto perspicaz apretó los labios. Dhàniel parecía intuir en aquella mueca que su maestro había descubierto el cruce de declaraciones mentales. Sin darse apenas cuenta, los ojos de Dhàniel buscaban de nuevo al atrayente ejemplar salvaje que se perfilaba ahora en el inapreciable camino hacia las sombras, siempre en el punto de mira de la afilada y predispuesta flecha.
La voz del Señor del Bosque Rojo se lanzó nuevamente como el aguijón de una avispa hacia su piel, clavándose en el Edén.
─¿Por qué te conmueves?
─¿Tú conoces a Rhamga, el Gran Halcón? ─preguntó alterado Dhàniel. Una extraña sensación albergaba todo su cuerpo, como si estuviera atravesando una ciénaga desierta y lúgubre, pero un instinto sobrenatural brotaba en su cabeza y le instigaba a seguir ¿cómo resolver aquella extraña situación?
─No más que tú, que le has visto ─respondió.
Dhàniel retrocedió en un respingo. Comprobó de súbito que la mirada de Grynn se había posado rápida en él, advirtiendo ese nerviosismo. Antes de que sus labios dijeran nada y su estado se desprendiera de la sorpresa, la antigua voz del Bosque le apuntilló acorralándolo entre barrotes de sospecha. Dhàniel se vio totalmente cercado, abstraído, y en cierto modo sumergido en el mundo del Señor del Bosque, pero veía más allá y respiraba en verdad una certidumbre pura y sincera, aunque no por ello bajaría la guardia de su arco.
─¿Qué sabes... qué tienes que decirme? ─dijo Dhàniel en trémulo mensaje, no queriendo añadir nada más, como si algo le hubiera pinchado desde su interior. Aun así amplificó por último, con cierto resquemor─: ¿Qué puedes ofrecerme para que te perdone la vida? ─Al momento Dhàniel pareció meditar aquellas palabras, que nunca debieron salir de donde dormían, aunque el viejo Sabio podría volver a adivinar aquella joven e involuntaria intención del muchacho nuevamente.
─¿Me sugieres... vivir o morir? ¿Simplemente eso? ─la vieja estampa velada bajo los negros árboles meneó levemente la cabeza, con síntomas de desaprobación. El diminuto rabo, cual látigo de verdugo, se soltaba asimismo de las ataduras de la quietud.
»El Hombre Erguido nunca aprenderá ─añadió─. ¿Acaso tengo que implorar tu perdón, sin haber sido yo quien haya invadido tu senda?
─No es ninguna exigencia, en verdad lo que te pido, sino que me muestres lo que yo desconozco. Prácticamente para ti acabo de nacer. Tú puedes acercarme la verdad sin envolturas no como los hombres hacen.
El gran ejemplar macho giró sus ambarinos colmillos hacia Dhàniel, que brillaron en la noche.
─Los No-Erguidos no quebrantamos los caminos de los Erguidos ─dijo─. No somos nosotros los que rompemos el equilibrio de lo establecido por la naturaleza, ni el sentir de vuestros dioses. Nos mantenemos al margen, y así es, o así debiera ser. Son los tuyos, los Erguidos, los que establecen las leyes, unas leyes que ellos mismos quebrantan. Mienten, acusan y llegan a matar, algunos por placer, para implorar otras nuevas. Es por ello que los No-Erguidos os veamos como una raza inestable y carente de integridad. Erguidos siempre en busca de la cercanía de los cielos, cuando la Tierra es la Madre y el alma de cuanto os rodea y nos rodea. La Tierra nos oye y nos arropa. Pero vosotros lo ignoráis, os sentís amos y señores de todo, desde que os alzáis de pequeños para mirar henchidos ¿hacia dónde? se preguntan los míos. Os resistís a comprender las vidas que se mueven a vuestro alrededor, sin mirar a la Madre, a la Tierra. Vosotros lo llamáis Latifundio Antiguo pero vivís en un mundo aparte, en un mundo que vosotros mismos habéis creído crear, aparte de todo y de todos los demás, sí, y aparte seguiréis mientras vuestros oídos ignoren la voz de la Tierra, su hijo el viento y su voz, la verdadera voz. Si escucháis, la oiréis. Oiréis el habla del Mundo. En esas corrientes los No-Erguidos transmitimos nuestro sentir, no nos hacen falta caballos, ni Eskarkams, ni Lûbias como los primeros Erguidos, pálidos y sabios de alma, en estas arcanas tierras. El conocimiento vuela con ese hijo del mundo, el viento. Y nosotros, sin tener que viajar, yo, he sabido de ti, de tu gente, de tu rey, el amo de vuestro bosque, cuyo río de sangre noble se asemeja a la tuya, pero esa sangre longeva se debilita y se apaga. Pronto se extinguirá en el jergón de oro en el que ahora reposa.
A Dhàniel, perturbado en su escucha, le latía aceleradamente el corazón e, incomprensiblemente, se dio cuenta que apretaba los dientes con dureza. Con todo, sentía una sensación extraña que los alejaba a ellos dos de allí; a él y a la criatura, como si emergieran de una superficie plana proyectando dos largas sombras lejos de aquel valle de bruma, y todo a su alrededor fueran altos muros de piedra forjadas por el silencio que nadie podría atravesar para escucharlos.
Aquel instante había quedado paralizado, como en un tiempo paralelo. Dos mentes conectadas en sincrónica quietud, donde los segundos eran días y los momentos años, albergando entre los ojos el poder de los dioses. El poder de poseer el tiempo.
De pronto, Dhàniel cruzó junto al umbral de una de las puertas de su pensamiento. Allí, frescas y flotantes, tras otra puerta blanca e impoluta, se encontraban las palabras del mago Trumba: "No creas todo lo que oigas, y de lo que oigas escoge la mitad. Llegará un momento que lo que no oigas tenga más verdad que lo escuchado, pues el silencio en ocasiones es más sabio que las palabras." Le albergó la duda, y meditó por ello hasta llegar a preguntar al viejo jabalí: ─¿Cómo puedo saber si lo que me estás diciendo es cierto?
─La verdad ─contestó sin espera alguna─, ¿por qué tratáis siempre de encontrar la verdad? ─su tono había aumentado─. ¿Por qué inventasteis entonces la mentira? Incansables mentes del desorden. Desordenáis lo ordenado y después buscáis respuestas. Vuestra inquieta mente os lleva a veces hasta donde no queréis llegar. ¿Por qué ir allí donde tu voluntad se resquebraja y los muros os cierran el camino, como sendero sin salida?
─¿Cómo creer, si apenas te conozco? ─inquirió ceñudo Dhàniel, envuelto en dudas.
La vieja estampa velada del Señor del Bosque se removió agitada, enterrándose un poco más en la negrura de la vaguada. Resentida y molesta, aun así, esparció calma y tranquilidad a su manada. Los ojos se le iluminaron entonces y habló:
─No has aprendido nada ─dijo─. Sólo has escuchado lo que te ha convenido. ¡Debes aprender aún a escuchar! No son los míos los que destaparon de las sombras la mentira.
─Dime una cosa y no te molestaré más ─cortó Dhàniel─, ni a ti ni a los tuyos, viejo sabio. Si tus palabras son ciertas como dices, ¿con cuánto tiempo podemos contar en el reino con la presencia en vida de nuestro rey?
─Tu voz está llena de solemnidad ahora. Tal vez has aprendido a sostener tu espíritu y tu mano ya no tiembla. Quizá ahora tiemblo yo por ello, sabiendo que no errarías el disparo. Has afianzado tu miedo, superándolo. Y el tiempo... quién sabe del avance de las horas y los días. Tu rey está dañado ya, sin esperanza, sin camino de vuelta, si es lo que querías saber... pero el tiempo... nadie sabe el tiempo... Quizá un solo amanecer, quizá... ─unos segundos se alzaron de silencio, luego de la leve pausa, continuó el mensaje─. Te he acercado la voz y el sentir que se extiende con el viento, el susurro de la Tierra, el estremecimiento que vuela desde el norte y se propaga en todas las direcciones. Ya lo sabes, joven príncipe, hijo de Evhan, tu sangre se detiene allá arriba en la insondable fortaleza de tu linaje. Sabed también que tu madre espera ya en el campamento. Debes tomar rápido una decisión, te he aventurado mi olfato, adivinando las afiladas emisarias de tu compañero y además parecen impacientarse por tu tardanza. Él lo hará por ti si dudas.
La mente instintiva de Dhàniel pareció chocar contra la coraza de púas, tupida por los años del viejo sabio. Sin dejar de apuntar, al fin su decisión estaba tomada y soltó la cuerda de su arco en arrogante gesto de ansia contenida. La flecha silbó en las sombras. La punta quebró el aire y con el aliento sombrío de la angustiosa noche se incrustó en el recio tronco del árbol donde se encontraba el gran ejemplar. El Señor del Bosque rebudió, retumbando en la hondonada. La manada a la estentórea voz del gran macho huyó perdiéndose en la lejanía entre las sombras. Pronto un sentimiento de desolación se alzó como si el propio bosque los hubiera devorado.
Dhàniel se giró a mirar. Allí estaba ya la arrogante mirada de Grynn, de fuego, de candentes llamas, que saltarían en cualquier momento para quemar al desconcertado principiante que había dejado marchar al distinguido macho.
─A veces hay que hacer cosas, aunque a uno no le gusten, Dhàniel ─le advirtió de manera desdeñada.
De sobra sabía el Hurón que aquella flecha había buscado aquel árbol intencionadamente.
(...)
(Fragmento del capítulo 18 - La Leyenda de Almaranthya. 1 El despertar. 2006/07)
Un abrazo.
"La Vida es un regalo. La Muerte, la devolución del mismo."(MiánRos)

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