sábado, 19 de diciembre de 2009

¡Uf! Más carbón para Navidad

¡Uf! Cuando muchos están viendo llegar los días de permiso, revisando equipajes, comprando regalos y preparando el coche para viajar, un servidor está odiando la Navidad desde finales de noviembre, y no sabéis cuánto. Os explicaré por qué, y así de esta forma os hacéis una biografía rápida (de primeros auxilios), y descubrís a este pizpireta que soy yo, que se sienta (aunque sea a descansar y no por comodidad) y se dice llamar MiánRos.

(Las fotos corresponden al año 1995; arriba estoy en pleno currito; abajo está la valla terminada.)

Pues bien, tomo la primera persona...

Ahora soy trabajador de El Corte Inglés (después de quince años, ocupado entre botes de pintura y miles de colores y pinceles, rotulando vallas, lonas, coches y autobuses subiendo andamios arriba y abajo, y vinculado al gremio de la publicidad; el destino me ha llevado de nuevo a mis comienzos, ejerciendo como hombre ecológico de la fruta, cara al público, ¿quién me lo iba a decir?). Es una larga historia... solo espero que el azahar aún siga cambiando y me traslade de nuevo a mi lugar. Por el momento seguiré siendo el hombre ecológico... Y esto lleva implícito (en estas fechas) trabajar todos los domingos e incluso los días de máxima afluencia de clientes con doblajes de jornada y demás; otro ¡uf! ¡Qué quedará de mí, pasado el día de reyes...!

Pido al Supremo acabar sin contracturas y esas cosas por la desproporción de horas, Dios mío. Aunque mirándolo desde el punto de vista positivo es de agradecer que el gimnasio es gratis, algo es algo. De esta manera me mantengo en forma. No hace falta que salga a correr, con lo que uno se menea en el departamento es más que suficiente (miles de kilos, haceros a la idea). Aquí va otro ¡uf!

Luego llegan (las minucias varias) las horas de estar sentado en el ordenador escribiendo donde el óxido llega tras largo lapso anclado, alejado de sí mismo, ya sabéis... A partir de ahí es cuando el chirriar se hace notable, me levanto para traer otra botella de agua o ir al baño, las bielas rechinan durante el paseo como viejas refunfuñonas al perderse una apacible tarde de sol. Pero bueno, qué le vamos a hacer...

Este mes no podré escribir y atender el blog, comentarios y demás, como quisiera, o realmente me gustaría. ¡BUUAAHHhhhhhh...! ¡Vale! , me he pasado...

Prosigo; ejem...

Esto repercute en la novela que estoy escribiendo (lo siento por ella), tendré que pararla, al menos hasta la segunda semana de enero que terminan los domingos de apertura. No sé si aquí iría otro ¡uf!, bueno, ya está puesto.

También detendré el impulso de escribir algún que otro relato que vive en mí (¿que vive en mí!?¿y sin pagar?; creo que estos peregrinos se llaman ocupas), aparcaré la idea para cuando los periodos de ordenador sean más extensos y favorables y pueda desarrollar todo con cierta garantía (musas mías, ¡estáis despedidas! Podéis ir a cubrir otro pensamiento; ¡Ah! y gracias) Si alguien está necesitado seguro las encontraréis en el INEM; yo iría allí si me quedo sin trabajo. ¡Vamos!, digo yo. ¿Por qué van a ser distintas las musas?...

Dicho semejantes improperios, solo me queda señalar que me gustaría que las circunstancias se comportaran como yo suelo comportarme con ellas, más o menos bien. Pero de nada me vale, las circunstancias son las circunstancias, se suelen comportar como circunstancias. Sin embargo yo tengo una ligera idea de lo que ocurre. Creo que la culpa la tiene el gato negro que vive en el garaje del edificio donde duerme mi coche ¿Por qué se tiene que cruzar todos los días que tengo que salir? ¿Y por qué duerme en el capó cuando le viene en gana? No es que sea supersticioso pero... ya me mosquea, ¿o no es para estarlo? ¿Y a qué viene esto? pues veréis, entre tanta aceleración previa a las fiestas uno sigue recogiendo negativas; esta vez ha sido otra agencia la que me envió un e-mail diciendo que me alejaba mucho de lo que estaban buscando. Bueno, por lo menos tienen claro lo que están buscando, hay quien no sabe ni lo que está buscando... Y me pregunto yo, ¿qué estarán buscando? Tendrá algo que ver con la arqueología, tendrá la crisis buena culpa de lo que buscan...

En fin, más carbón por Navidad para MiánRos.

Dejando a un lado el pesimismo, no quiero cerrar esta entrada sin antes dar las gracias a todos los que me mostráis vuestro cariño y aliento en cada uno de los comentarios. No sabéis lo agradecido que estoy de que paséis por este humilde blog, un Cuartito de Estar donde podemos charlar y disfrutar de aquello que nos une: leer, escribir y exponer todo cuanto bulle en torno a este mundo maravilloso que es la literatura. Gracias.

Antes de que me vuelva meloso, corto aquí. Os dejo con este breve fragmento del inicio de mi novela Ángeles de Cartón. Espero sea de vuestro agrado.

Felices fiestas, AMIGOS.

ÁNGELES DE CARTÓN
1. Delirios (1/3)

La mujer parece cansada, y quizá lo esté. Sin embargo intenta no volver a huir de las primeras líneas del texto, sin atreverse a más.

Sólo un pestañeo acompaña la profunda inhalación donde dosifica el poco aire no afectado que aún perdura en la habitación, al tiempo que, posiblemente, su conciencia desmenuce un último recuerdo ya vivido, insensible, ojeando por el rabillo del ojo el descolorido gris del cielo que tapiza la ventana. Tal vez no sea ésta la razón que retiene su yo más íntimo la que le produce esa sensación de nostalgia, sino que medite sobre las primeras líneas del texto que acaba de leer y que le han llegado al corazón. Sea como fuere, se aleja del pliegue del cielo y vuelve al cuaderno y a esos primeros párrafos que ha llegado a memorizar, y como es lógico, no le hace falta volver a repetir para proseguir la lectura, aunque esta vez se compromete para sí a no parar. Y lee... pero, inconscientemente, lo vuelve a hacer desde el principio.

*** * * * * * * * * * * * *

Ha empezado a llover. Fiel a mis costumbres y a la tristeza que me abriga en estos días de media luz, me he puesto a escribir.

Era de esperar, todo mi engranaje ha arrancado, y como fruto, las líneas de mi compañero BIC aparecen sin pereza. Es una danza de pasos azulencos que surge como de un sueño y se alinea hermanada al papel frente a mis ojos. Son trazos elocuentes, sencillos y sinceros, y esculpen con la misma facilidad que respiro lo que guarda mi alma; espero al menos durar lo suficiente para darle un final digno a esta complejidad de formas que llamamos escritura.

*** * * * * * * * * * * * *

Por un segundo la emoción la supera y deja de leer. Se ha vuelto a fallar a sí misma, y lo sabe. Todo está demasiado reciente, y también lo sabe; y a pesar de que quiere ser fuerte, está a punto de cerrar el cuaderno y posponerlo, que no a olvidarlo. Sin embargo es prudente, pues sabe que todavía no está preparada para dominar sus sentimientos de lo que pueda llegar a leer; pero eso... también lo sabe.

No obstante, observa el texto y cree verle: escribiendo aquellas líneas en el rincón junto a la ventana, o sentado en la cama, acurrucado y sin hacer ruido; nunca lo hizo. Cinco segundos de reflexión donde toma la determinación que le falta, y sus ojos femeninos, tan cerca de la conmoción como lejos de la alegría, caen sobre lo escrito y se obliga a no parar... esta vez cree que no lo hará...

Y con una necesidad palpitante, continúa leyendo...

*** * * * * * * * * * * * *

Creo que es lunes, y por el trasiego y la forma de caminar que se respira en la calle es una hora punta, no me cabe duda. Inspiro y trato de filtrar la manifiesta agitación que registro; el olor que me invade es distinto, las ropas que percibo son distintas, y hasta la prisa que descubro es diferente al asomar la primera luz natural que hace añorar el fin de semana. Siempre ocurre lo mismo; lunes de resignación, rostros desanimados, posturas conformistas. Así es el mundo, lleno de lunes, y empieza a bullir uno de tantos.

Y yo, enfundado en el papel de indigente que yo mismo me he atribuido, me filtro en él como un autómata más, decorando el ajetreo de la calle. Husmeo, siento la temprana palpitación, y sé que es una agitación desmesurada de reiteradas actitudes anteriores. Prisas, a fin de cuentas, que no dejan de ser malas consejeras, como cierto día asimilé. Y es por ello que tengo un nuevo miedo incrustado, de que ni siquiera los consejeros de estos tiempos que corren son mejores que los de hace miles de años, ni yo el mejor escriba para contarlo en este humilde cuaderno de viaje que corrobora la corriente de este mundanal cauce que nos distrae.

No me considero un escritor, aunque emule las formas sobre estas hojas, es más bien un modo de mantener mis sentidos ocupados, o un no sé qué, que no puedo llegar a reprimir.

Por escribir... diré que estoy sentado, más que aburrido entre las grasas de este viejo ancestro y conglomerado Madrid donde intento respirar. Y mi improvisado y nuevo hogar, ay mi hogar; no es muy grande, pero tampoco pequeño... simplemente, es; y simplemente, me basta.

Pero para que no os hagáis una idea desacertada del lugar donde subsisto, debéis saber que es la entrada de un viejo caserón en ruinas, un portal imperfecto y deteriorado; y no hay más. Aunque una parte de mí está complacido puesto que este cúmulo de vigas sin paredes es efectivo y me cobija, sólo en parte, de las heladoras penurias que despierta el invierno. No obstante, me identifico con él, como si fuéramos dos veteranos supervivientes de los días. Él, apuntalado con esas tiesas pilastras de hierro donde se enroscan miles de tornillos que lo sustentan antes de ser reformado o derruido por completo. Y yo, con el mismo aspecto defectuoso, pero vestido de hombre, donde se enroscan miles de recuerdos que sustentan mi organismo. Sin ellos, toda mi estructura argumental se vendría abajo. Si bien, y no me cabe duda, ambos somos iguales: fiel reflejo de los bocados que da la vida, y esto sí que me importa y pienso que demasiado.

Es obvio. Un día amanecerá sin mí. Y peor aún, puesto que quizá en un mañana, al paso que vamos, amanecerá para nadie. (continuará)
(MiánRos) (Quedan reservados todos los derechos sin el consentimiento del autor)
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miércoles, 9 de diciembre de 2009

EL MONSTRUO DE LA NAVIDAD

El frío progresa como una gran ola imparable. Muy pronto, el otoño dejará paso al invierno, ya sin remedio. Y antes de que nos demos cuenta, se nos habrán echado encima las fiestas navideñas; días entrañables donde el calor del hogar y los nuestros necesitarán mayor atención y recogimiento.

Por otro lado, es hora de desempolvar parte de los ahorros. Invertir un tanto de la paga en adornar una porción de nuestra alegría, y consumir seguramente más de lo debido (arrastrados por la inercia de la vida), influenciados por este monstruo en que se ha convertido la Navidad.

Qué lejos ha quedado el canto de villancicos tamborileados entre panderetas. Joviales íbamos de puerta en puerta pidiendo el aguinaldo, excitando a ajenos y vecinos con nuestra generosa desvergüenza.

La Navidad... ¿Qué queda de esa Navidad? La Navidad blanca de polvorones y mazapanes y ralladura sin igual de botellas de anís, donde un beso y un abrazo lo eran todo.

Ahora veo un monstruo grande, de manos rechonchas, que se dice viejo por tener largas y blancas barbas, y no hace sino empujarme mientras se ríe (será de mí). ¡Vamos! Jo, jo, jo! ¡Pasa! ¡No te quedes ahí! Tengo el regalo que tú necesitas, jo, jo, jo...

¿Consumir? Perdona, esto no es lo que yo había aprendido de la Navidad; mi Navidad...

En cualquiera de los casos, hace unos días le dejaba un comentario a Blanca Rosa Roca (editora de la editorial Roca), precisamente sobre este tema de la Navidad. Pero más en concreto sobre los excesos de comidas y compras que hacemos en estas fechas, arrastrados por un no sé qué, que se desborda bajo el atrayente influjo de calles y árboles adornados de luces de colores, y escaparates supermegarequeteadornados que nos abducen como moscas al pastel. Y aún más en concreto, en hacer acopio de montones de regalos (que no me falte nadie, por Dios). Y precisamente, uno de esos regalos, por descontado, será un libro, al menos, sobre todo a los que nos gusta regalar “semejantes joyas”.

En fin...

El comentario decía así:

Si hay una campaña propicia para suposiciones, ventas y desbordamiento contra pronóstico, es ésta, la navideña.

Los carros se van llenando de comida, de regalos (vicios y compromisos adquiridos de difícil desligamiento), en los que, luchando entre la montonera de cosas que colman nuestro antojadizo límite, caerá como mínimo un libro. De seguro y en la mayoría de los casos, éste, ha sido del pilar impuesto (voluntad estudiada de los que rigen las tiendas y los espacios de los centros comerciales).

El volumen escogido llegará a manos de otro, como regalo. Lo mirará con ojos saturados de langostinos y mazapán, y como años anteriores, quizá le dé una oportunidad tras el desbordamiento de fiestas, o quizá no, o quizá acabará (con suerte) en terceras manos, o caerá rendido en el hueco de sobra conocido: la estantería donde cabecean afónicas el resto de familias de papel.

Pero él no lo sabe aún, ajeno al mundo; es una materia joven. Huele fresco. Espera enamorar. Debe aprovechar sus primeras horas de gloria. Llegará rebosante a la par que brillante dispuesto a ofrecer su mejor perfil; no tardará en descubrir el codazo de la indiferencia tras verse cubierto de polvo como sus hermanos, para más tarde (en un futuro no muy lejano), verse achicado por el nuevo pariente (chispeante y de maravilloso porte) que se acercará, como lo hizo él, y le relegará de la magnífica posición que ostentaba con la mera simpleza de un andar distinguido exhibiendo sin medida su pavonada carta de presentación: estampa fuerte e intensa como el fuego, con chispazos de nácar.

De inmediato se sentirá inferior, se vendrá abajo su soberbia, se recogerá su brillo, y con él su encanto, al punto que empezará a comprender a sus hermanos de repisa; sentirá cómo se aleja la suerte de su lado; quién sabe, si sólo es un malestar pasajero. A lo mejor es consciente (pero nadie se lo ha dicho), que el tiempo tiene "el don" de concederle el rango y la calidad que merece, lejos de la apariencia; ser un alma extraña y sin par, merecedora de ser reconsiderada, o ser olvidada para siempre.

Sin embargo, y antes de que todo eso llegue, vendrán más hermanos a ocupar el trono, más regalos, más compromisos, muchos más, más que navidades.

Un abrazo, Blanca. Felices ventas.


Bueno, habrá que vivir con lo que nos toca...

“La bondad es ilimitada, el dinero no, ¡cuidado!” (MiánRos)


Un fuerte abrazo de todo corazón a los seguidores de Literatura Horizontal.

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miércoles, 2 de diciembre de 2009

HOY

Un saludo a los seguidores de Literatura Horizontal MiánRos.
Hoy traigo bajo el brazo uno de mis escritos excéntricos a golpe de diapasón. Tal vez rece algún día como estupidez o sea subrayado, de alguna manera, como liviana necesidad y entre sin previo aviso como materia de examen .

Bromas aparte, y es que cuando uno suelta el lastre que le ata a la realidad y deja libre al caprichoso pensamiento, surgen poco menos que, textos absurdos, o extraordinariamente absurdos, o mágicamente maravillosos dentro de la estupidez del instante, pero, al fin y al cabo, absurdos (sería alguna de las   definiciones); cuando leas el relato podrás escoger cualquiera de ellas, o tal vez añadas la tuya propia.

En fin, como iba diciendo antes de salirme de la calzada, cuando uno suelta la tensión del día y deja que fluya la esencia de aquella parte a la que denominamos interior, la cadencia de verbos se alinean y posicionan hasta quedar dispuestos. Al levantar la cabeza y comenzar a leer, el resultado que se distingue es un compendio de letras legibles (que no entendibles en su contexto, en este caso que nos atañe), y hasta podría llamarse al término, Relato. Así nació, HOY (en el paréntesis de unas horas de descanso que me tomé tras la novela que estoy escribiendo).

HOY, es un pensamiento que emergió desde la zona más oscura de mi alma. Un Niñorelato hogaño y extraño que vivirá (espero) muy pronto dentro de ti.

Está sin cortes, tal y como mis dedos impulsaron las teclas de cuanto pasó en ese momento por mi cabeza.

Espero que NO te guste, si no, HOY, estará dispuesto a perdurar, lejos de mí, para siempre.

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HOY


Si algo he aprendido Hoy, es a mantenerme al margen. Al margen de Mañana, que preñará otro Hoy cuando se acerque. Margen disfrazado si la distancia que lo separada de uno se desliga del filo. Filo de la incipiente piel, mi piel. Piel que lleva el riesgo. Riesgo de tropiezo. Riesgo de alcanzar a no sentirse. Y cuando pronuncio “no sentirse”, mi voz se llena de palabra. ¿Quién no se ha llegado a no sentir alguna vez? No ver el Hoy que traerá el mañana. La mañana de millones de mañanas que se acercan sin dolor. Y, sin embargo, lo hay, hay dolor, y siempre imaginado.


Al contrario que la Luz, que viaja. Ella surge, se eleva, baja y después se va. Pero vuelve, siempre vuelve, y lo hace sin dolor.

En cambio yo, tomo impulso, casi necesario, avanzo y voy, a veces con dolor, a veces no, pero siempre voy, aunque descanso; del mismo modo que descanso cuando no voy, pero voy, nunca vuelvo. El día que vuelva será para nunca más volver a ir.

Y he aquí la encrucijada, y yo ahí clavado en ella. En ocasiones distraído. En ocasiones dispuesto más que aburrido, pero ahí, pétreo y fiel. Y firmaría incluso que curioso, tanto o más que un vigilante, como lo fueron y serán las Cosas que desde su perseverante posición se atrevieron y se atreven a observarnos. Y, por tanto, nos juzgan, acaso el paso por ejecutar, que no el ejecutado, ya olvidado y sin enmienda.

Y yo, ufano, arrogante por cobarde necesidad Hoy, o cobarde por accidente acaso en otro Hoy. Abrigado y hasta remangado. Dispuesto a no estarlo. Indispuesto pretexto a estar dispuesto a hacer algo pequeño que se vea grande, o grande que se vea maravillosamente pequeño, quién sabe; me conformo con que el tamaño adquirido levante sombra, sombra bienvenida y requerida.

Eso sí, calzado con hormas de Calma y vestido de falsa Prisa. ¿Quién desea correr?

Ya perdí un zapato entonces, no pretendo arriesgar el otro; las prisas son para los jóvenes, como los jóvenes son para las prisas. La Calma no será Calma si es asaltada por la Prisa. Y no es Prisa, sino Calma, la que preciso. Ya caminé a ciegas sin camino, corriendo por vivir.

Si algo he aprendido, ha sido Hoy. Camino sobre el camino. Camino sin camino. Cadencia repetida que acompañó mi crecer, el amanecer. Y así será también Hoy, cuajado por la luz de la mañana.

Y hoy cargo sobre mí, otro HOY. Y ahí va o voy, mi yo y HOY, uno sobre otro, y otro sobre uno, formando un dejo divertido. Pero mi dejo no es dejo cuando dejo a lo lejos el margen y veo El Bote. Ahí viene, o va. Tal vez si va, lo coja, si viene, no; no preciso venir, sino ir. El Bote. Es de larga proa. Descubro gestos perfilados de rimel descorrido; labios apretados en rictus doloridos, afónicas arrugas que se niegan a morir.

El Bote. No siempre se arrima lo necesario, ni necesario es o será siempre que se arrima; pero esta vez lo hace, como tantas veces. Y heme aquí visto desde allí; y siento que me ve. Enfila la orilla, mi orilla. El margen de todos los márgenes. Y va... no viene. Y hay dolor, y no lo hay...

Y, sin embargo, si algo he aprendido, ha sido Hoy.

MiánRos (quedan reservados todos los derechos sin permiso de su autor)

Pido perdón por el tiempo que os he robado.
Id y marchar a enredar (sin descolocar, por favor) con cosas más productivas.

UN ABRAZO A TODOS.

lunes, 23 de noviembre de 2009

DE IMPERATIVO IMPRUDENTE

"Este argumento ya lo habías presentido."
─¿Quién ha dicho eso?
"¡Vamos!, reconoces de sobra mi voz. Si no te conociera diría que te gusta el protagonismo."
─Y así es, huyo de él como los vampiros lo hacen de la luz del sol.
"Endémico modesto."
─Te agradecería que me dejaras un rato tranquilo. Sabes que me molesta cuando invades mi área de flotación.
"Cazo tu mensaje. Pero sé que la incomodidad te zarandea sobremanera en este mismo instante; no quiero que te hundas..."
─Ni pienso hacerlo. ¿Qué quieres?
"¿Ves?, no suelo fallar. Tu propia voz agita las aguas que lindan tu reposo. Has llevado un pretérito casi perfecto, llevas un presente imperativo imprudente (eres terco); de ese modo, te vislumbro a todas luces un futuro inseguro y problemático. Pese a todo, te diré lo que siempre te he dicho: no quiero nada, sabes que estoy exclusivamente para ayudarte, que permanezco a la espera; cuando reclames mis servicios, aquí estaré; cuando no lo hagas, también; y aun cuando reniegues de mí, seguiré estando."
─¡Vamos!, todas tus intervenciones llevan algún fundamento, pregunta ya; ¡dispara y déjame!, hay momentos que es mejor estar en paz consigo mismo, recostado entre el silencio. Hasta tú necesitas de esos momentos. Si tanto me conoces habrás podido captar que ahora no preciso almohadones donde reposar mi rigidez, ni siquiera es bienvenida tu acústica pues alteras la armonía que preciso. Cuando intervienes siempre es por algo...
"Así es. Y mi pregunta nos lleva al principio: este argumento ya lo habías presentido ¿cierto?"
─¿Por qué vuelves a empezar?, ¡acaba!
"La agitación descubre el estado de ánimo mostrando tu pesar, que no es otro que lo efímero que es el placer."
─Correcto.
>Esta mañana un compañero de trabajo me ha parado un segundo, dispuesto a contarme cosas; desde ese momento ha despertado una satisfacción que andaba dormida en algún lugar de mi alma; su hijo, de unos veinte años ha terminado de leer mi novela, La Leyenda de Almaranthya, y me ha felicitado en su nombre de un modo sorprendente, todo él sumido en un gesto de satisfacción como si la hubiera leído el mismo, "Le ha encantado ─me ha dicho─. ¿Tienes terminada la segunda parte? Está deseando continuar la aventura; has dejado muchas cosas en lo mejor. (Pero eso no es todo) Mi hijo le ha pasado el libro a un amigo suyo que también lo ha leído y le ha gustado mucho... Ya tienes unos seguidores para la saga..."
"Ha sido hermoso."
─Mientras ha durado la conversación con él y hasta que he llegado a casa, sí, no lo voy a negar.
"Ahí es cuando sientes que tu trabajo se ve recompensado ¿no?"
─Así es; tal vez lo demás carezca de importancia; esa fue una de las principales misiones que me propuse al comenzar a escribir la novela.
"¿Qué ha pasado después para que te muestres un tanto desmoralizado?"
─Poca cosa, o mejor debiera decir que, muchas cosas, sobre todo fuertes sacudidas en la zona que no podéis ver; aunque sólo ha sido un repentino empujón en realidad. Pero qué te voy a contar que tú no sepas. Una vez en casa y según he terminado de comer, he abierto el correo, como suelo hacer casi todos lo días. Al instante, imagínate, tan rápido como cae un vaso de agua al suelo, ¡zas!, el primer mensaje que he leído ha derramado la alegría acumulada durante la mañana; la imagen de mi compañero y el imaginado entusiasmo de mis jóvenes lectores se ha caído a plomo ante mis pies.
>Era el correo de un agente literario, el cual no citaré su nombre (quien quiera publicidad que la pague), exponiendo cuatro míseras frases prediseñadas: "Lamento comunicarle que de momento, y por un tiempo indefinido, no voy a ampliar mi lista de autores pues he comenzado a representar editoriales españolas en el extranjero y viceversa, y no podría dedicarme como es debido a ambas cosas. Agradeciéndole la confianza depositada en mi Agencia, le deseo el mayor éxito en la publicación de su obra."
"Entiendo tu desazón."
─Creo que razonas incluso mejor que yo.
Silencio.
"¿Te dejo sólo?"
─Sí, será lo mejor. No obstante, no quiero que pienses que estoy desmoralizado, y aún menos, hundido; sé que el agente literario ni siquiera ha leído un párrafo del original; me hago cargo y soy consciente del atasco que deben de tener (no han transcurrido siquiera cuatro semanas desde que envié la carta de presentación con los dos capítulos de mi original anexados), pero no importa, hay tantos lectores como días, tantas opiniones como instantes por venir.
Silencio.
─Ah, espera. Antes de que te vayas quiero darte las gracias. Eres un punto donde poder acudir; mi yo fantasma que falla y aprende conmigo.
"No me des las gracias. Sólo piensa en lo que vas a hacer a partir de este momento."
─¿Tú qué crees?
"Pues si no te conociera, quizá harías cualquier cosa, a saber. Pero como te conozco, diría que vas a escribir."
Silencio.
"Bueno, entonces no te entorpezco más."
Media sonrisa sigilosa.
─Voy a tomar un café. ¿Ves?, ni siquiera tú me conoces...
Silencio.

MiánRos

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Se me olvidaba deciros (¡vaya cabeza la mía!), que he abierto un blog paralelo con la única finalidad de exponer parte de mis escritos: relatos reales y ficticios, prólogos, microrrelatos y capítulos de originales. Está en pleno montaje pero ya se puede acceder. Pienso ir subiendo poco a poco más archivos para engordar el estómago de La Cueva del Eskarkam.

Espero que paséis momentos agradables a todos los que os apetezca entrar y leer en la Cueva (es atípica pero cómoda y confortable).

UN ABRAZO A LOS SEGUIDORES DE LITERATURA HORIZONTAL.

MiánRos

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jueves, 12 de noviembre de 2009

Relatos del Latifundio Antiguo. AGUA DE LUNA

Agua de Luna
Lo que aconteció en la ciudad de Naghúm, antigua tierra sagrada de Grey-An, quedó escrito para ser contado y recordado, y ahora leído para todo aquel que esté dispuesto a escuchar.

El relato decía así:

Ni siquiera la penumbra de la gruta era rival sorprendente como el pesado silencio que soportaban los oídos de los dos muchachos, atrincherados en el diminuto codo que les concedía la sepultada construcción.

No apreciaban movimiento alguno, ni luz natural que habitara allá donde se habían atrevido a descender. La antorcha que los había guiado por sendas y túneles estaba consumida sobre el terreno expuesta al deterioro del olvido, junto a la pequeña bolsa de piel que habían llevado con alimentos (casi vacía con el paso de los días). Sólo el tosco olor de la madera quemada permanecía presente, y se alargaba por la profunda oquedad flotando más allá en su conquista, llegando a terrenos prietos y aislados.

Durante el viaje los dos muchachos habían determinado un pensamiento: dejar arriba el miedo antes de exponerse al reto y a la incertidumbre de aquel estómago de arena y piedras.

Por encima de sus cabezas habían recorrido un primer nivel, consolidado por galerías y cámaras donde dormían erguidos muros primorosos y labrados casi en su totalidad. Dando forma a las demarcaciones, trabajadas columnas en la roca viva que soportaban pórticos engalanados de estatuas, muchas rotas, muchas rendidas en el suelo, semienterradas. Efectivamente, el soterrado enclave era un visible retumbo de una civilización antigua y próspera, y dichosa, que habitó núcleos íntimos ocupados por claustros llenos de vida, donde ahora sin embargo, se mantenía como única criatura viviente el ancho brazo de la tiniebla y el temerario ser que osara adentrarse en ella; lejos, muy lejos quedaba la Esencia de la Luz de las gemas que alumbró la presencia Célica en aquella gruta.

Sobre el deforme techo de las cámaras de la primera zona se encontraba otro nivel, el más alto, la superficie. Y a ras de ésta, una vasta extensión donde se ensanchaba la ciudad de Naghúm; urbe de glorias reunidas; construcción siempre vigilante desde períodos lejanos, que reposaba ahora ante la observadora diosa, la noche.


Un suspiro, reflejo de cansancio o quizá resignación acumulada, reverberó en la bóveda.

─Vuelvo a tener hambre ─musitó Arhel. Su voz desveló la creciente debilidad que sostenía tras el paso de las horas, incalculables en medio de la negrura; sujetos a su voluntad, movidos por el mandato.

No había sido fácil llegar a la hendidura indicada, y los desacostumbrados músculos de los dos muchachos aún no se habían recuperado del esfuerzo realizado. Y, sin embargo, se esforzaban por desterrar de su lado el desaliento. Tal vez se tuvieran que comer a los Othays, ya que éstos, además de emitir una liviana luz biliosa y pobre que dejaba distinguir los contornos alzados alrededor del campamento, eran larvas bastante apreciadas en los guisos Quibeys; alimento distinguido que daba vigor a todo aquel que se aprestara a comer tal exquisitez; difícil de encontrar lejos de Naghúm, por otra parte.

─No desesperes ─sugirió la sombra que estaba junto al joven Arhel─, ya oíste a Padre: "...que vuestra mirada no sucumba a la pereza de la soledad, ni la ansiedad se anticipe a la intuición. Dormir en turnos, dentro de lo posible, pues el conjuro de la tiniebla es pesado y burlón y tratará de bloquear vuestra certeza, alterando la inclinación de las sombras y enredando la disposición de los caminos; bajo Naghúm uno mismo cambia, como las negras arcadas, gemelas al novicio ojo".

>>"Cuando creáis haber alcanzado el lugar, emplearos en el silencio y la calma; aguzar el sentido; el instante no será largo, pero sí el preciso. Sólo entonces vuestra visión llegará desde el corazón, confiar en él. Luego de haber hecho lo debido, guardar fuerzas para la vuelta, pues muchos no regresaron, y muchos otros que aún están por marchar tampoco volverán del imperial dédalo que vais a enfrentar ahora. Suerte, hijos míos".

Aquellas palabras de Padre fueron reforzadas por la mano de Hyuna, que intuyó a su lado el hombro de Arhel y lo sujetó con toda voluntad, quien sintió la fuerza del consuelo y se estremeció, dejando escapar otra muestra de impaciencia.

Los Othays parece que brillaron con mayor intensidad y propagaron su luminaria esbozando pequeños perfiles revelando muros adyacentes, e incluso se distinguió por un momento el remanso de agua viva que manaba silenciosa del interior de la roca; una extendida seda que parecía dormir en un recortado remanso, estancado y gris, desolado al punto de oscurecerse para siempre. Al cabo, la luz de los Othays menguó; inesperadamente, el filo de las rocas y el puñado de sombra que formaban los dos hermanos se disipó ante la oquedad profunda del atrio, allá distante. No obstante, no hacían otra cosa que mirar el estanque, mudos y sin movimiento alguno, cual guerreros al acecho de una presa.

Tremendo error, pues Arhel estaba lejos de tal grado; era una cuarta más pequeño que Hyuna, aunque nunca lo había tomado en cuenta, porque sabía que tarde o temprano y con el favor de los alimentos y el goteo de los días crecería hasta alcanzar a su hermano. No es que Hyuna fuera alto, y mucho menos guerrero todavía, y aunque le faltaba poco para serlo, ya había batallado con muchachos incluso más altos que él, que entrenaban sin reservas para serlo. Sin embargo, uno y otro eran aún pequeños; la coronilla de Hyuna no superaba todavía el pecho de Anthygua, su padre: grueso y alto donde los haya, sobre todo si hubiera nacido roble. Era sabio hasta lo que puedo contaros de él, de zancada corta, mirada profunda, y ojos rasgados de pupila oscura coloreada por vetas verdes y brillantes, eso sí; fiel semilla se advertía en sus hijos. Era vetusto a la par que solemne, y distinguido, me atrevería a acrecentar sin duda; testarudo además. Pero sobre todo, su voz era respetada y seguida entre las familias más antiguas que habitaban las primitivas casas de la ciudad de Naghúm. Mas era Quibey, signo inequívoco de raza tenaz y diestra, de cuerpo escudado y rocoso como armadura; así era Anthygua, como así era la pretensión que anhelaba o quizá mayor, indudablemente, para sus hijos.

El frío empezó a ser más intenso y húmedo dentro de la cámara. Imaginaron el exterior: un ardiente crepúsculo habría dado paso a la noche cerrada.

─Empiezo a temer ─advirtió Arhel en voz queda, para luego enlazar una duda en voz alta─: ¿Puede que haya más cámaras con escurrideros de agua como éste?

Fueron palabras impacientes que buscaron sin pretender una respuesta de inmediato, pero ésta, no llegó. Mientras, sus ojos se volvieron a relajar en la superficie del agua.

Al cabo, el suspiro de resignación despertó sin embargo en los labios de Hyuna, quien habló:

─Creo haber seguido bien las indicaciones, no temas ─dijo.

Palpó el pellejo de viandas y extrajo el último trozo de queso. Lo cortó en dos con sus propios dedos y tendió a continuación la porción más grande a su hermano.

─Anda, come ─aconsejó─. El camino de vuelta a casa será complicado. Debes coger fuerzas.

En el curso de las horas siguientes: silencio, negrura y una inquietante soledad, la misma ensordecedora secuencia que habían llevado hasta ahora.

Tal vez la derrota y el sentimiento de fracaso empezaban a hacer mella en los dos muchachos, a medida que intuían el final de la aventura y el momento de regresar. Era entonces cuando sobre sus conciencias aparecía la cara de Padre, y aún más su estertórea voz, sembrando el entorno con un autoritario regaño por haberle fallado; no llevarle a Madre, enferma desde la víspera de su cumpleaños, El Don de las Profundidades sería lo peor si el resultado se agravara y ocurriese algo irreparable; sus conciencias no se perdonarían aquello mientras viviesen.

Sin embargo, la sensación de estar haciendo lo debido les sujetaba como un gancho a la inseguridad existente.

De súbito, un alarido cual bostezo profundo de la cueva los hizo tensarse y clavar sus ojos a uno y otro lado; Hyuna echó rápidamente la capa del tabardo sobre los Othays para evitar ser vistos y aferró con mayor empaque su arma, controlando el punto donde había desaparecido su propia sombra momentos antes. El miedo blandió su terrible arma dentro de sus cabezas, e hizo que sospecharan que las estatuas cobraran vida por momentos; ilusoria atracción. Se mantuvieron juntos bajo la brutal afonía dañina y temida que les hizo retener el aliento. Rastrearon las cambiantes formas que los rodeaban, temiendo cualquier asalto.

Habían oído hablar de Kär Imvhergaem, El Bárbaro del Destello Herrumbre; se decía que era una criatura inhumana, mitad Quibey mitad Estelión, que iba y venía como un dolor; arrastraba una espada tan ancha y larga como arcana, tan afilada y temida como el poco lustre que exponía ante los largos lapsos de hastío, invernando entre raíces de piedra bajo el mundo; la empuñadura y el acero de la hoja habían sido forjados en otro tiempo por manos honorables, y era sabido que aquel arma era desigual al resto, pues cobraba vida ante el enemigo como Cabeza de Eskarkam de Fuego. De ese modo, Imvhergaem y su podrido lamento vagaba entre las arterias ocultas de los túneles guardando los tesoros que aún permanecían enterrados tras insondables murallas hundidas de la vieja ciudad de Grey-An. No obstante, poco a poco aquella sensación de vigía de Hyuna y Arhel, se fue aflojando y todo volvió a la normalidad. El chirriar del acero de Imvhergaem rayando el suelo fue siquiera una vaga sospecha que no emergió más allá de sus mentes, al igual que las estatuas movidas únicamente por el miedo.

Con todo, tal vez el azahar quiso recompensar a los dos muchachos Quibeys y, poco más tarde y antes de que Hyuna dejara al descubierto los cuerpos resplandecientes de los Othays, un camino de luz se abrió paso... semejante al que habían supuesto durante el viaje, e incluso momentos antes donde sus corazones se agitaron. Habían esperado aquel instante tanto tiempo que parecía una nueva ilusión que volviera a despertar tras la revelación que les hizo Padre, sentado junto al hogar. Sin embargo ahora podían percibir e indagar con sus pupilas aquel testimonio que se alojó y viajó en sus conciencias.

El ánimo perdido pareció rebrotar.

─Aquí está ─señaló Hyuna; y su mirada destelló como un Othay en la noche al roce de la luz.

Arhel renunció a respirar. Su boca se quedó pausada al igual que sus fatigados ojos, que miraban con asombro el destello que irradiaba y daba forma a la senda; la estela chocaba en las cortinas calcáreas e iba de alguna manera instintiva y sobrenatural por entre márgenes angostos aquí y allá, entrando desde arriba, despejando sombras pese a todo, estrechando su luminaria forma donde era preciso, tan persistente y caprichosa como audaz hasta llegar a la altura del agua, junto a los dos muchachos. Una vez allí, mágicamente se deslizó sobre la superficie hasta que el reflejo dibujó una majestuosa luna, blanca y serena como la esperanza que habían llevado hasta alcanzar aquella reunión de agua que constituía el manantial sagrado de Naghúm; la superficie quedó colmada en el centro por un escudo esférico de plata.

Hyuna, abandonando el arrobamiento de su espíritu y recordando las palabras de Padre, "... el instante no será largo, pero sí el preciso", extrajo del pellejo donde había llevado las viandas, el odre que había cargado antes de emprender el viaje; el recipiente no era más grande que su mano. Lo acercó con delicadeza sobre el agua, lo hundió un tanto y lo deslizó hasta atrapar el reflejo; toda la refulgente esencia de la luna cayó dentro del pequeño depósito. Para cuando el camino de luz avanzó y desapareció, Hyuna había taponado la entrada del odre con un trapo, a modo de torunda, y enlazado con una cuerda diestramente para no verter nada y afrontar sin peligro el camino de regreso.

La vuelta se hizo más corta, tal vez las zancadas eran impulsadas por el ánimo del éxito, o era por el miedo al retraso y el agravamiento de Madre, o tal vez fuera simplemente el deseo de llegar junto a los suyos.

Cuando Hyuna alzó la cabeza, después del esfuerzo de un día entero consumido en subir a la superficie y caminar por ella, allí estaban, a lo lejos, donde moría la prolongada loma: Padre, Madre y hermanos mayores que él, perfilaban el horizonte junto a la casa. Al ver la figura de los dos pequeños, empezaron a sacudir los brazos en señal de bienvenida, mientras esperaban. No así Anthygua, erguido e inmóvil como la mirada exigente y seca que atesoraba en aquel momento; tan impertérrito como el hacha que pendía de su mano derecha, y tanto o más silencioso que los troncos que acababa de cortar, apilados entre el galpón y sus pies.

Arhel echó a correr hacia ellos, llevado por la ilusión y la luz del sol del nuevo amanecer.

─Padre ─gritó, al tiempo de recorrer la pendiente─. La hemos encontrado, El Agua de Luna.

De repente su cara se nubló al chocar con los excitados ojos de Madre, que le miraban retraídos por la emoción.

─¿Ya estás bien? ─preguntó Arhel, a su llegaba.

Ella esbozó una mueca alegre que bastó para que éste se abalanzara y la estrechara con fuerza a punto de romper a llorar.

─La hemos traído para ti ─dijo─. Te pondrás mejor. Ya lo verás. ─Sin embargo, la encontró débil, aun cuando la última mirada que recordaba de ella carecía de luz en los ojos. Pero había salido a recibirlos, era una obstinada Quibey; los dos hijos mayores la sostenían con brazo fuerte, casi en bolandas. Sólo el ver a sus hijos de vuelta, sanos y salvos, parecía el bálsamo de cura; ella se esforzaba por avivar el gesto y mejoraba por momentos.

Anthygua se atusó el mentón, satisfecho al oír las palabras de su pequeño; lo habían traído, lo habían hecho. Luego se detuvo a observar a su tercer hijo, Hyuna, que llegaba caminando y se paraba junto a él, sacaba con precisión el odre y lo tendía con cierta vacilación en su mirada para que Padre lo recogiera. Efectivamente, aquel recipiente demostraba el atrevimiento de los dos más pequeños de la familia; demostraba el triunfo.

Sin embargo Hyuna, aunque era pequeño conocía a Padre, y supo valorar aquel encuentro, frío, muy suyo, expuesto a similares pruebas que habían pasado ya alguna vez.

"Madre nunca estuvo tan enferma ¿verdad?", quiso decirle al punto que era desposeído del recipiente, pero su voz no surgió. Sentía ante todo respeto. Pero Hyuna no podía esconder aquella desilusión, que se despeñaba por sus ojos cada vez que terminaba un mandato, de alguna manera se sentía manipulado. El profundo gesto de Padre clavando sus pupilas en él le dieron la respuesta, aun sin pedirla; no tardó en escuchar la voz profunda que siempre había reverenciado desde que tenía uso de razón.

─El don del manantial sagrado es culto para muchos ─dijo─. Pocos saldrán a la luz de las ruinas con el sentimiento consumado. Y aún menos los que habrán alcanzado el conocimiento que fueron a buscar. ¿Lo entiendes, Hyuna?

El muchacho dio muestras de asentimiento, un tanto achicado por el tono solemne de la voz; mas no habló.

─Los dioses expresarán su voluntad cuando sea preciso ─declaró Anthygua, tras la breve pausa─; no podemos negarles lo que nos dieron cuando ese momento llegue. Madre se irá igualmente como me iré yo, como marcharemos todos, pero ahora ella no necesita más ayuda que el regazo nuestro, que sus ojos perciban cariño y se sienta feliz.

Anthigua dejó caer el hacha de un modo diestro; éste se clavó en el suelo.

─Qué lejos me quedan tus lloros ahora, Hyuna ─expresó a continuación, y no sólo miró fijamente al muchacho, sino que paseó también el orgullo de su gesto hasta topar con su hijo pequeño─. Igualmente los tuyos, Arhel ─añadió─. Aún cercanos, se atisban impetuosos en mi cabeza apartándose veloces junto a los de Hyuna. Habéis crecido rápido con los días. Doy gracias por ello a la diosa Eihes que parece velar mis deseos y los de vuestra madre, y ensancha una calma alrededor de este hogar en mi ausencia durante algún viaje.

Los dos muchachos Quibeys cruzaron miradas. No importaba que el agua del recipiente fuera a salvar la vida de Madre realmente. Lo habían hecho. Y habrían ido hasta el corazón del Latifundio Antiguo para salvarla si fuera necesario. Sólo por eso se sentían orgullosos, hubiera sido premeditado o no, hubiera sido una nueva lección o no, o cualquier otra cosa que Padre hubiera hecho por el bien de su familia, el Quibey había nacido para aprender, y aprendiendo moriría. Y si apuntaron alguna otra duda, la sonriente faz de sus hermanos la desveló, educados ya de cómo prosperar sobre aquellos caminos donde habían dejado su huella tiempo atrás. Y fue desde aquel momento que entendieron todo. Entrelazaron risas, y conversaron satisfechos entrando a la seguridad del hogar. Y dichosos brindaron con Agua de Luna; y Madre mejoró con el paso de los días y los cuidados de su hijo Arhel.

No quedó escrito si Arhel e Hyuna comunicarían abiertamente lo que habían aprendido en las tinieblas de las grutas. Sin embargo, y a partir de aquel amanecer fueron conscientes, y aun diría que crecieron de espíritu y de cuerpo (grandes guerreros se hicieron), del verdadero don del manantial sagrado y el valor que encerraba aquel remanso íntimo, donde se fraguaba sólo determinados días, El Agua de Luna.


De esta manera afectuosa acabó la aventura de los dos muchachos Quibeys. Y no sería ésta la última enseñanza de Anthygua para forjar el corazón de sus hijos. Pero sí que llegó a ser la más cercana al fracaso que de los dos muchachos se recordaba.

No obstante, tuvieron muchas más enseñanzas... Si bien, las aventuras que corrieron los jóvenes quizá queden aún más lejos que el profundo manantial sagrado donde se descolgaron una vez. Y de seguro menos relevantes y venideras que los montones de historias que os quiero contar.

Mas no toméis prisa, tal vez me apreste a leer cuando os vea de nuevo por aquí. Pero eso será cuando proceda, sí. Todo a su debido orden, hay que guardar la postura.

Mientras tanto, llevar prudencia, superar la adversidad apartando el miedo, y caminar en lo posible al filo de la dicha alojando una esperanza, como ocurrió bajo las ruinas de Naghúm.
Muy pronto, abriré el Libro y os contaré otro relato que aconteció en el asombroso mundo del Latifundio Antiguo.
(Mián Ros)
UN SALUDO A LOS LECTORES DE LITERATURA HORIZONTAL (Mián Ros)
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jueves, 5 de noviembre de 2009

Ganador entre ganadores del concurso Tolky Monkys

Mientras uno se limita, dentro de lo posible, a los quehaceres de ajustarse a la trama que ocupa la casi totalidad de las horas que dedico a la escritura, de súbito, me llegan noticias del otro lado.

Ha sido bastante grato el instante cuando estos ojos, cargados con medio día ya, han leído mi nombre entre los quince ganadores del concurso de Tolky Monkys que junto con Bubok celebra la 1ª edición de relato corto; personajes para personajes.
(Presentación de relatos, 82).

Como dije en días pasados y entradas anteriores, fue leer la convocatoria del concurso, bases y demás, y saltar un destello que podía ser; y lo fue. ¡Y vaya si lo fue!

Bueno, no es que sea un concurso relevante, pero como dice alguna voz, a nadie le amarga un dulce... ¡Vamos! Suficiente premio el conseguido para remover la monotonía en la que asumo el papel de hombre atareado (no siempre) en este engarzado desfile de días que mueren y nacen, y que antes que estuviera yo en alguna parte, decidieron llamar, semana.

Para los que no leísteis en su día el relato y estéis sobrados de tiempo (qué gusto), aquí dejo el enlace de la propia página de Tolky Monkys; también podéis leerlo en la entrada de abajo de este mismo blog, día 30 de septiembre.

Y sobre todo, gracias a Abram, el vampiro disfrazado de conejo por prestarse a mi endiablado potaje mental adulterado por, digamos que un mal día; lo siento Abram.
¡Qué guapas van a quedar sus ilustraciones en el libro de estas navidades!

Relato: Abram, el nuevo Conde de los Vampiros.

Enlace a la noticia de los ganadores.

"Quiero esforzarme por saber, pero al saber que no sé, mis esfuerzos quedan vanos sin saberlo". (Mián Ros)

Un fuerte abrazo a todos.

¡¡¡Ser güenooooossss!!!

miércoles, 28 de octubre de 2009

David se cargó a Goliat

¡Qué recuerdo! Snif, snif...

Parece que fue ayer y han pasado ya seis años de la realización del dibujo que pende de la parte izquierda de este texto (pincha en la foto para verlo ampliado).

Permitirme que esta vez me desligue de la literatura, que no de la vena creativa que siempre he llevado, pues este trabajo (efectuado con la herramienta Photoshop) ha pasado ante mis ojos casi por casualidad.

Estaba haciendo reunión de archivos y carpetas, ya sabéis: pasando el plumero, sacando brillo y llevando a la papelera del reciclaje ficheros inservibles y otros enseres que embrutecen cualquier aposento, para que C y D (hermanos casi gemelos que comparten el mismo estómago de mi máquina) luzcan sin tanto peso y se haga menos tedioso y más ligero los ratos que paso delante de la pantalla del ordenador. Cuando... ¡Zaass!, lo he visto. ¡Anda estás aquí!
Bueno, no voy a contar los sentimientos que se han despertado en mi interior al ver el dibujo nuevamente, os podéis hacer una idea.

Pues bien, y a cuenta de qué todo esto, os preguntaréis. Por qué subo un chisme relacionado con el Real Madrid. Pues porque además de la casualidad de encontrar este archivo JPG, el equipo que me ha brindado tantas alegrías (también berrinches), perdió estrepitosamente ayer por la noche.

El equipo de segunda B, Agrupación Deportiva Alcorcón, endosó, al todo poderoso equipo de Primera, el Real Madrid, nada menos que 4-0, ahí es nada. Un resultado que escocerá, y mucho, a los seguidores blancos. Y tener en cuenta que este resultado entrará en la historia de las humillaciones más grandes del prestigioso club de la capital (David se cargó a Goliat).

Esto me lleva a pensar que hasta la cosa más inverosímil y pequeña puede hacer cosas grandes. Llevado al terreno de la literatura... yo, que a veces me siento más pequeño que lo pequeño que se sienten los más pequeños, quizá llegue a sobresalir y asome entre algo medianamente grande... por qué no, pero eso... eso es otra historia, como terminan diciendo muchos cuentos.

Cuidaros. Hay alguien por ahí, en alguna parte, disfrazado de Calabaza (esta semana de muertos) que quiere haceros, truco o trato.

“¡Andar con Ojo! Los zapatos son para el distraído...” (Mián Ros)

UN ABRAZO A TODOS, SÍ A TODOS...

martes, 20 de octubre de 2009

Conjunción de ilustres

Si te dijera el nombre de John Ronald Reuel; el arrugamiento fundado dentro de tu conciencia sería transportado y emitido a tus cejas que se manifestarían comprimiéndose en un acto reflejo casi por completo, y lo más probable es que espontáneamente al acto realizado, comentaras: no me suena... ¿quién es ese señor? La voz llevaría la perplejidad implícita y manifiesta anterior acentuando la cara de una persona totalmente contrariada; aunque otros (o tal vez tú), sí habrán adivinado de quién se trata el personaje en cuestión primeramente mencionado.

Y si te dijera, sin rodeos, Tolkien. Ah, el gesto que imagino ahora es bien distinto; una cara distendida y resabiada puntea mi malandrina conciencia en plena clase de bellas artes. Pues bien, ya sabemos del hombre de quien estoy hablando y del que hablaré. Sólo decir Tolkien y un abanico de ideas se desprenden de algún lugar y salen a la superficie superando todo lo demás: escritor, El Señor de los Anillos, El Hobbit, Frodo, Gollum, Gandalf, elfos, etc, etc...

Pero para llegar a eso debo nombrar a otro personaje que acompañe al ilustre escritor citado, aunque esta vez os doy ventaja y adelanto que la siguiente persona a la que quiero aludir es: feminista, ecologista y pacifista confesa (con estos datos al menos te zampas todos los autores masculinos que estuvieras pensando de un zarpazo, ¿o no?, ¿eh?

Pues sin dilación (carraspeo) saco a relucir el siguiente nombre. Obviamente es una mujer (diva mía de la novela fantástica, para más apunte), Ursula K. Le Guin, autora americana de cuentos, poesía y crítica (su longeva obra ha sido galardonada en múltiples ocasiones).

¿Qué os parece? Quizá el nombre después de todo no os diga gran cosa. ¿Pero qué ocurriría si los dos escritores a los que tanto admiro se fundiesen en una noticia? Qué maravilloso, ¿verdad?; el sol y la luna rielando sobre el mismo mar...

Eso mismo pensé yo tras leer una entrevista de la escritora californiana hablando, no sólo de su obra, sino del escritor británico J.R.R. Tolkien y la clásica El Señor de los Anillos. Saber el versado pensamiento de una de las obras que tanto me han encandilado, y nada menos que de la mano de una profesional, ¡y qué profesional!, la mismísima Ursula, por la que bebo los vientos, ¡ahí es nada!

Fundo a los dos ilustres en la noticia y hago un pequeño homenaje en este post a ambos. Gracias por cuanto he disfrutado con vuestra escritura, y espero disfrutar de las obras que aún me quedan por leer de vuestros trabajos.

Las palabras de Ursula sobre el sentimiento hacia la novela de Tolkien tienen una sinceridad encomiable, no presenta desperdicio. Para los que no conozcáis la obra de Ursula K. Le Guin, es autora de más de 20 novelas de ciencia ficción y fantasía, más de 100 cuentos cortos y varios libros infantiles, libros de poesía, colecciones de ensayos y traducciones; millones de lectores han disfrutado con Historias de Terramar (su saga cumbre), la cual recomiendo encarecidamente.

Fragmento de la entrevista - Página oficial de Ursula K. Le Guin.

P: Doce Moradas (16 de noviembre de 2006, a las 23:35).

(...)


P: Cuando contactaron con usted para realizar la primera película sobre Terramar, encontró muy interesante que Philippa Boyens estuviera designada para realizar el guión. ¿Cree que ella (junto con Peter Jackson y Fran Walsh) realizaron una buena adaptación de El Señor de los Anillos de J.R.R. Tolkien? ¿Cree que las licencias (muy criticadas por algunos fans de Tolkien) que se tomaron con el trabajo original, son aceptables en un proyecto como éste? ¿Cree que es más difícil llevar el mundo de Terramar a la gran pantalla que la Tierra Media?
R: Creo que el guión escrito para la película de Peter Jackson era en muchos sentidos realmente maravilloso. Y creo que debe permitirse a un cineasta tomarse todo tipo de libertades al convertir una novela en una película. ¡Son dos medios tan distintos! Lo que me resultó insatisfactorio de la película fue su creciente obsesión por las escenas de guerra y batallas; y sobre todo, su fallo al atrapar algún detalle de lo que yo considero el secreto de la magia narrativa de Tolkien: la constante y poderosa alternancia entre la tensión y la relajación, la guerra y la paz, lo público y lo doméstico, el miedo y el consuelo, la luz y la oscuridad... Su libro tiene el ritmo de un latido de corazón; de una persona que camina; del día y la noche sucediéndose el uno al otro... Eso es por lo que la gente que lo lee "vive dentro del libro" - posee el ritmo de la vida -. La película, por supuesto, es un tipo de drama, y debe ser más concentrada, más rápida en su ritmo; pero la película va demasiado en esa dirección. Es todo acción, poca reflexión; todo ruido, nada de tranquilidad; todo Yang, nada de Yin. Y por tanto, aunque hermosa y entretenida, es profundamente desleal con la historia de Tolkien.

(...)

La entrevista, como habrás podido imaginar, es bastante más amplía; Ursula intima con alguna de sus novelas y con la posibilidad de volver a llevar Terramar al cine y darle la dimensión que alcanzó en su día El Señor de los Anillos (lejos del resultado de la serie emitida por Sci-Fi y el animé de Goro Miyazaki); tan solo necesitaría un gran director de cine como Peter Jackson, aunque no es fácil (esta es una opinión personal). Ojalá los seguidores de la obra de Ursula despierten un día con el atrevimiento de un director que ancle y sepa visualizar la fuerza que encierra Terramar.

Para quien esté interesado en leer la entrevista completa puede pinchar aquí.

A los que la cena, desayuno, comida u otros menesteres les quede un tanto lejana todavía para soltar suspiros lejos de la silla y se hayan quedado con ganas de seguir leyendo, endoso en el final unos cuantos enlaces de mis primeros escritos y relatos.
Y a los que tenéis prisa, incómodos de firme raigambre de índice audaz y diestro, feliz regreso de camino a casa, y cuidado con los radares, pronto multarán por superar las 3 megas de velocidad...

LECTURAS:

UN SALUDO A TODOS LOS LECTORES DE LITERATURA HORIZONTAL.

martes, 13 de octubre de 2009

DÉJAME SOÑAR Y CREERME SUEÑO

Estos días he ido de acá para allá, de blog en blog, y es curioso la ansiedad descubierta que persigue a todos los noveles que intentan abrirse un hueco en esto de las letras (entre los que me incluyo dentro de este paréntesis junto a ellos, amigos y compañeros). Parece mentira que seamos tan inquietos, tan temerarios a veces y no tanto otras. Pero es así, y todo cuanto he leído ha sido fascinante; aunados por un sueño, eso es lo más importante: escribir, y poder mostrar al mundo algún día nuestra escritura. Pero debido a esa ansiedad surgen y seguirán surgiendo alrededor de nosotros (como inagotable manantial), una infinidad de preguntas:
¿Cómo hemos llegado a la convicción de escribir una novela? ¿Con qué propósito? ¿Por qué lo hacemos? ¿Estamos preparados para hacer lo que hacemos? ¿Tendríamos la fuerza para dejar de hacerlo? ¿Qué es necesario para que una obra pase la barrera del anonimato y llegue a ser publicada? ¿Es realmente mejor apuesta como primera opción a un manuscrito, un editor o un agente? ¿Hacemos bien en mandar nuestros trabajos a decenas de editoriales o agentes? ¿Caerá en las manos correctas? ¿Sí? ¿No? ¿Debiera apostar como primera opción por algún certamen? ¿Estaremos invirtiendo nuestro tiempo en el género adecuado? ¿Les importamos en realidad los noveles? ¿Serán capaces los expertos de leer, siquiera, cuatro o cinco párrafos de mi obra?

¿Quién tiene las respuestas? Seguramente y llegado el caso, los agentes o editores ni siquiera abrirán el manuscrito en el 99% de las veces. La sensación de estar mandando el trabajo de meses (tu sueño) e incluso años a un destino incierto empieza desde el momento en que sellamos el paquete y vuela hacia el destino escogido; "a ver si hay suerte", y con este sentimiento ambicioso pero expuesto al devenir de las cartas que nos reparte el azahar, nos preparamos para una resolución que tarda en llegar, si lo hace; en otras ocasiones la respuesta se va resolviendo con los días tras la suma de: vacío e indiferencia, y la intuida no-respuesta del otro lado que navega por nuestra alma da el coeficiente final; la intuición que atesorábamos se sale una vez más con la suya. Esto lleva implícito un malestar que se amplifica con el paso de los días, y los gritos dentro de la cabeza resuenan por todas partes sin dejar hueco a la concentración de otros menesteres, ni cabida para el descanso y los silencios siempre necesarios. La indiferencia que hemos recibido es el peor de los tormentos: "Te han ignorado. Tu novela no vale". Sólo entonces la esperanza y la distancia que te separan de publicar se convierten, no en un obstáculo, sino en una pendiente vertical casi imposible de remontar. Y, reciba un cordial saludo, o, pruebe suerte en otras editoriales, se clava en nuestro pecho azuzando nuestra impotencia y despertando una vez más nuestra rabia.

Pero yo quisiera ir más allá y lanzar otras preguntas que se suceden tras esas preguntas, cuando la esperanza de uno se va alejando poco a poco de los sueños de edición y las distancias entre editorial y noveles son casi infinitas. Y son:
¿Estamos realmente preparados para afrontar el rechazo? ¿Seguiremos escribiendo con la misma intensidad y afición después de las negativas? O, tal vez, estos golpes hagan flaquear nuestra moral y nos surjan otras preguntas, que han cohabitado con nosotros pero que no les queremos prestar el debido interés: ¿quizá la novela no sea tan buena? ¿Y si yo no valiera para esto? O por el contrario, el NO recibido, ese que se instala en el subconsciente nos llegue a servir de estímulo para aunar todo el ingenio del que somos capaces, superándonos a nosotros mismos (más si cabe), para salvar el insondable escollo y alcanzar las pretensiones que ambicionábamos desde el principio. Si bien, dicen que la perseverancia suele acarrear triunfos; y de los golpes duros también se aprende; pues aprendamos.

En fin, yo empecé a escribir casi por accidente. Mi primera novela (manifiesto uno de tres) empezó a ser una intención sin mucha convicción (pongamos que deleite personal), al principio el reto era poco pretencioso: que la leyera mi hija (por aquel entonces lectora de libros de Harry Potter). Según me fui implicando con los personajes y el mundo imaginario donde envolví la trama, me creé un hábito de escritura, una ilusión, un hermoso sueño aun con los ojos abiertos; esto hizo que cogiera cariño a los personajes y conviviera junto a ellos (algo maravilloso) hasta llegar al final de la aventura. Así, había alcanzado la primera de las metas, acabar la novela. Pero lo bueno estaba por llegar ya que había sentido la necesidad de seguir, parecía que el subconsciente me empujaba hasta el país mágico que vivía dentro de mí; había tantas almas que salvar, tantos sentimientos escondidos que dar a conocer que supe que ya no podría parar estas manos y pies que habían tomado carrerilla.
Desde entonces no lo he hecho (cuatro años pasan volando), no es mucho, bien es cierto; mi pluma está poco educada, pensareis, pero no siento vergüenza por ello, ya que una vez aprendí que en la vida el curso de aprendizaje no concluye jamás.
Sin embargo y sin deliberar demasiado si estaba preparado, incluso después de acabar un segundo libro (independiente) y continuar con la saga del primero, miré hacia el otro lado, de puertas para afuera; pensé que había llegado el momento de mostrar mi trabajo, animado por las personas que se habían bañado en la misma ilusión que la mía.
Cuando llegó la hora de la verdad, asomarse al mundo de la edición, ¡amigo!, aquí me di de bruces con un laberinto brumoso e intransitable donde los caminos que tenía que atravesar si quería llegar hasta el final de mi sueño, eran estrechos y flanqueados por horribles manos de ganchudas uñas esperando vislumbrar una simple tacha “no sé dónde ni en qué parte del escrito, lo juro”, pero suficiente para empujar tu sueño al despeñadero que conduce al vacío más exasperante. Y qué nos queda después del seco y frío NO, sino resignación y seguir escribiendo.

Si el tiempo pone a todo el mundo en su lugar como dicen, que éste reconsidere la posición que aspiro y me conceda un hueco entre aquellos, amigos e ilustres escritores consagrados y noveles, pues no me siento más que nadie, pero tampoco menos que el resto.

No obstante y pase lo que pase, creo que merece la pena continuar calzando estos zapatos para recorrer el mundo y llegar a tus sueños... aunque los sueños, sueños son, como dijo Calderón de la Barca.


Gracias a todos los que habéis llegado hasta aquí; gracias por leerme; gracias por todo lo que aportáis (aun sin saberlo) a mis sueños; os aprecio de veras.

Que vuestra fe os guíe, a todos.


Cuando abro los ojos siento descorrer la gasa y penetrar en otro sueño; el sueño que soñé cuando mis ojos aún no habían bostezado a la luz. Déjame soñar y creerme sueño. Abrir los ojos y no saber qué es real, sino soñar sin sueño que lo mejor está aún por llegar... mis sueños.
(MiánRos)

martes, 6 de octubre de 2009

EL CABALLERO DE LA ARMADURA AMARILLA

La historia que os voy a contar ocurrió hace algún tiempo, no tanto que se escape a la memoria, ni tan cercano que se adelante a los recuerdos. Fue una historia que se instaló en mi conciencia justo en la estación de una era intermedia; al término de una primavera próspera, de días largos y noches cortas, donde los crepúsculos se entregaban dichosos a cientos de golondrinas de alas negras y picos dorados y chillones; de diminutos cuerpos allá en lo alto (se diría casi mosquitos), aves veloces e inquietas como veintenas de manos sucias, casi negras, intranquilas y hambrientas.

Hace tiempo, sí.

Todo ocurrió al caer la noche, la noche que tomé la puerta y salí de casa, despacio, diezmado por la morriña, con la mirada baja, como poseído por el alma de un errante, siervo de la propia calzada que debía recorrer; no hacía falta el instinto, no hacía falta querer, sino dejarse llevar, pues el recorrido y el lugar que debía alcanzar eran de sobra conocidos; la repetición se hacía con los días aburrida... lo llegaba incluso a detestar.

Sin embargo, aquel desenlace, lejos de la rutina, iba a ser diferente a los demás. Fue alzar los ojos, y una sensación cálida al roce del bochorno me anegó por completo, como el insoportable calor que sometía al mundo aquella noche. A golpe de corazón, lo vi; allí estaba, caído; tenía la armadura amarilla casi deshecha, apenas podía hablar, creo que ni lo hizo, ni siquiera estaba en condiciones para reclamar auxilio. Si bien, ecos de una gran batalla se podían presumir fluyendo a su alrededor, sombras inciertas y dispersas, acaso lejos, habían escarbado junto al vencido. Pero seguía allí, su cuerpo era un escombro borroso casi indivisible de la oscuridad y el resto de siluetas arruinadas, yaciendo entre montones apilados de deshechos; escombros y más escombros sin valor, olores y más olores nauseabundos y repugnantes que contrastaban de bruces con la soberbia presencia, aun abatida y rendida, del Caballero de la Armadura Amarilla.

-"¿Quién te ha hecho esto, Caballero?" -preguntó mi propia alma, encogida por entero.

Él no contestó.

No podía ser cierto lo que estaba viendo, pero lo era. Y no tuve por más que reaccionar: tendí mi mano y le levanté. Él se dejó hacer, vulnerada toda condición, toda gallardía, lejos de su brío en las praderas de la guerra, donde en condición digna, lucharía de igual a igual y donde su honor reñiría con casta por no volver a ser herido. No obstante, ahora su aspecto era débil, se veía derrotado, casi perdido. Pero eso no era lo peor para un Caballero de su rango, lo peor era sentirse inútil, olvidado, sin un señor ni imperio a los que servir.

Y fijaos que aparte de mí, sólo los ojos de la soledad fueron testigos de lo que os cuento; y aunque quizá hubiera miradas escondidas entre las sombras, y digo quizás, ya que los ojos escondidos en las sombras son curiosos y, de tanto en tanto, practicantes a la hora de intercambiar miradas con otros ojos. Por tanto, arriesgado es y casi mágico por mi parte, si esto que os digo lo pudiera afirmar; y si las hubo, de nada me inquietó que me observaran.

Arropé al guerrero con mi brazo amable y lo guié hasta mi hogar, como bien podéis imaginar; no sin reunir, incitar y blandir mi Ejército de Iras contra el enemigo que había amputado la dignidad de un Caballero.

Ya, bajo techo, lejos del raso y del redil brillante de la luna, El Caballero de la Armadura Amarilla empezó a cambiar. Sí, debéis creerme, pues su cuerpo a la luminaria y al abrigo de paredes humildes y desnudas, empezó a relumbrar. Un suspiro, no sé si suyo o llegado de mi anhelo, envolvió el instante.

-"¿Quién te ha hecho esto, Caballero?"-repitió mi alma, tras estrellar de nuevo mi vista con su maltratada estampa.

Aquí viene lo que él me dijo, apretado en deseos que no en la palabra, luego no habló. Podéis creerme y cierto es, pues no hicieron falta voces, ni gestos, ni miradas, para saber lo agradecido que estaba. Adiviné su sonrisa, fiel y diestra de su raza, sirviente de su Señor, siempre esclavo en cuerpo y alma. Ahora me servía a mí, yo que nunca he sido nada, y menos de inclinación solemne, de espalda reposada en tronos, de esos de oro, de esos de terciopelo suave y grana.

A su deseo, mi gracia. Le dediqué mi tiempo; atendí a su historia; y era grandioso, muy grandioso lo que en ella me contaba. Y he aquí, que renacieron sentimientos de otra era, pero de gentil palabra. Y su historia me envolvía, y me alejaba de mí, y me llevaba lejos, más lejos, junto a los hombres de hazañas, junto al Gran Alejandro, junto a su única estampa; una estampa de sobra conocida, soberana, diestra y magna; al grito de su infantería, al grito de sus falanges, al grito de miles de hombres a una sola garganta:

"¡Alalalài! ¡Alalalài!".

Él se divertía de narrador, yo me deleitaba de confidente. Y pasaron los días, uno tras otro, y El Caballero me contó toda su historia, pero no cualquier historia, sino la que llevaba tallada en su corazón.

No obstante, y por muy bella y épica que fuera aquella historia que El Caballero me contó, más bellas y grandiosas historias atisbé, estacionadas entre sus silencios. Y sin saberlo e incluso sin querer, caí en la cuenta y descubrí su poder, su escondida fuerza y la auténtica honestidad por la que El Caballero luchaba. Ahora era consciente de su influjo. Conocía parte de mi historia, mis movimientos, mis gustos, mi vida, pues habíamos compartido el tiempo; se había colado en mi casa, había conocido a los míos, y a la par que me contó su vida, había atesorado la mía, poquito a poco, sí, la mía. Hasta mi huella había quedado grabada en su Armadura Amarilla para siempre, como todas las demás. Ahora yo formaba parte de esas historias que él velaría abrigado en sus largos periodos de soledad.

Y debéis saber que El Caballero vigila siempre mientras sostiene la ilusión, esperando el momento de sentirse útil y terciar en la batalla; abrir su corazón a los nuevos señores, aunque quizá lo haga con el mismo que ahora le mantiene, sólo éste tiene en su mano la suerte de concederle tal esperanza. ¿Acaso se baña en esa seguridad? Sí, seguro que sí. Pero es prudente; la prudencia no desmerece la valentía. Mas se siente confiado y tranquilo de que su señor no acabará avergonzándole, arrojando su cuerpo entre montones de deshechos malolientes que crecen cada vez más a menudo por el mundo.

Él es, ante todo, un Caballero...

MiánRos

La historia (aunque metafórica) que os he contado, es real. El libro en cuestión es, "Aléxandros. Las arenas de Amón", del escritor Valerio Massimo Manfredi. (Historia espectacular y recomendable, con un Alejandro Magno cercano, como todos los generales y enemigos que aparecen en la novela; enfrentamientos y conquistas verdaderamente loables y con un ritmo generoso y atrevido, donde Alejandro como hombre se vuelve terrenal, lejos de la imagen magnánima del soberano de leyenda que todos hemos aprendido).



¿Qué alma puede tirar una novela al contenedor de la basura? ¡Dios mío! Gracias que la influencia de un dios condescendiente guió mis pasos aquella noche hasta allí. Cuántos Caballeros habrán caído antes y desde entonces... y cuántos estarán aún por perecer al capricho de sus señores. Mejor no pararse a pensar...

Cuida a todos y cada uno de tus Caballeros, sólo ellos pueden transportarte a la gloria.

Un abrazo para todos. MiánRos.

miércoles, 30 de septiembre de 2009

CONCURSO TOLKY MONKYS. Son, las 18:55 y he pasado un día para olvidar. Me ha perseguido un dolor de cabeza desde que desperté esta mañana que no se lo recomiendo ni siquiera a los que la tienen pequeña; aún así sería insoportable.

En fin, prometí subir el día 30 el relato corto del concurso Tolky Monkys al blog, y lo haré. Como dije en días pasados, fue leer la convocatoria del concurso, bases y demás, y saltar un destello que podía ser; y lo fue. Quiero recordar que me puse a escribir y no había transcurrido la hora cuando ya estaba repasando y retocando alguna que otra cosa para dejarlo acabado. Y, aquí está el resultado.

(Pincha la foto para leer)

Bueno, un musitado saludo, que me vibra todo. Pienso que mañana veré la vida de distinta manera sin esta cabalgante jaqueca.

“Quisiera consumirme estacionado en una década, y digo bien... quisiera”.(MiánRos)

martes, 29 de septiembre de 2009

Hoy día 29 es un día especial. Me inserto en un paréntesis temporal hasta el 30, ya que es mi santo, San Miguel.
Un abrazo a todos los que leéis LITERATURA HORIZONTAL, MIÁNROS; y a todos los "Migueles", por supuesto.

Gracias Luci, TE QUIERO. Sin ti sería el 50% de mí; una media naranja expuesta al aire, a la deshidratación y a la podredumbre del camino; gracias por acompañarme en el verdadero viaje. Juntos, mi parte expuesta se consuma; ahora ya puede llover, ventear y que salga el sol por donde quiera; ya NADA puede ensombrecer nuestro paso.

"Si la vida te da limones, no hagas limonada.
Recoge la semilla y siémbrala.
Quizá la sombra del limonero que brote, la necesites mañana.
Ahora sí, bajo el bosque de limoneros, brinda con limonada."
MiánRos.

lunes, 28 de septiembre de 2009

1. Delirios
(...)
Qué casualidad, de repente una moneda chinchinea en la acera y me aleja por un segundo de lo que escribo. Son veinte céntimos de euro, dorados como alguno de mis sueños, que desaparecen de inmediato bajo un guante de color verde pistacho, roto en sus extremos, por donde asoman unos dedos mal lavados, mejor dicho, sin lavar; son de mi compañero de cartones; todo el mundo le conoce como Casca, yo también, y me satisface que camine junto a mí en la senda que me tiende la vida.

Le veo que saluda respetuosamente a la persona que le entrega un poco de bondad. Me guiña el ojo mientras me nombra:

─Champalán ─murmura con su particular forma de pronunciar la "c" que muda a favor de una "s". Champalán es el nombre con el que me bautizó él mismo cuando nos conocimos, no sé a santo de qué, pero la verdad, no me incomoda demasiado. Hasta estoy consiguiendo amoldarme como si hubiera respondido a ese apodo toda la vida, sólo espero no olvidar mi nombre verdadero, el que dejaré en la memoria de los que me conocen cuando me vaya.

Vuelvo a lo mío, pero antes veo a Casca que se levanta, se aleja de mi lado y se va. En fin, soy sumamente sensato para saber que no tengo el aspecto de un indigente, como puede tenerlo él, aunque ahora empiece a sentirme como uno de ellos, y viva, en cierta forma, como lo hacen ellos. Pero por desgracia es algo más que esta exigencia mía que insiste en relacionarse y filtrarse entre los vagabundos más necesitados de la ciudad. Quizá esté equivocado, pero siempre me he dejado guiar por mi intuición. Y esta vez, cómo no, ha sido una señal la que me puso sobre el paradero de mi niña. De alguna manera esa señal me decía que debía zambullirme entre la pobreza más indigente de estas calles de Madrid, sólo así sería capaz de dar con mi hija. Y aquí estoy, sin más armas que mi anhelo, y sin más consuelo que el de escribir, con la esperanza de encontrarla en algún momento...

Y es por ello que diariamente analizo cientos de transeúntes, qué digo cientos, miles; la condición de vivir en la calle me da ahora ese privilegio que otros apenas se han parado siquiera a pensar. Aunque he comprobado en mis carnes que es un privilegio demasiado caro para la agonizante miseria que he llegado a respirar, noche tras noche, en este asfalto plagado de escondrijos rociados de orín que se mezclan con las ambiguas sombras de la ciudad. Aun así no renuncio a pervivir entre los necesitados y los flojos de voluntad. Mucho antes de sentir la señal de Ángela y echarme definitivamente a la calle, yo tampoco me hubiera visto así, en medio de toda esta penuria. Pero he sido yo, no culpo a nadie carnal que sí a las circunstancias, el que ha roto este raíl para que el vagón donde viajaba volcara, y así poder vivir, fuera de la ruta donde estaba encarrilado como si fuera un número de una serie matemática interminable.

Aún trato de recomponer los trozos rotos de mi vida, pero cuando busco, algunos pedazos se han perdido y otros no encajan en el maltrecho mosaico de mi razón.

Entonces caigo en la cuenta y me sostengo con el bálsamo del consuelo, pues dicen que: "la vida te da una segunda oportunidad..." Yo, sentado en este aislado apeadero, sigo esperando. Mientras, muevo y giró las piezas que todavía están aún por ajustar en el incompleto puzzle que una vez se revolvió empañando mi memoria.
(...)
(Pequeño fragmento del capítulo uno de la novela, "Ángeles de Cartón").

*********

Paulina, boluda, algún día daré con el lugar donde me dejas tus comentarios. Un abrazo muy fuerte para ti.

Y otro para cada uno de los seguidores y lectores de LITERATURA HORIZONTAL (MiánRos).

domingo, 27 de septiembre de 2009

El Señor del Bosque. Como apunte curioso sobre este capítulo decir que en vez de rodearme bajo un denso bosque para la inspiración del mismo, lo escribí a mano (en el bloc de notas) debajo de la sombrilla playera huyendo de un intenso día de sol, justo a los pies del incansable oleaje que nos brindó aquel día el mar (dos refrescantes baños necesité como descanso).

18 El Señor del Bosque
(...)
Miraron a su alrededor, arropados por las sombras de la noche. Ambas lindes a sus costados estaban cubiertas por una tupida vegetación. Una hondonada se precipitaba entre ellos y el fondo gris y oscuro del horizonte que les cortaba la visión. La brumosa noche hacía el resto, un paraje incierto y misterioso donde anidaba una tremenda quietud. Aquella situación acompañaba a la mente a crear una incertidumbre que Dhàniel tenía que registrar a cada segundo, y le provocaba un placer insospechado que no paraba de crecer. Un aire de invasión hacia una zona virgen y que jamás el hombre había contemplado. Le daba la sensación de estar andando de puntillas aún entre sus sueños.
─¡Allí! ¿Los ves? ─esputó en voz baja el rubio Orador apartando con su mano el forraje que entorpecía la vista y advirtiendo a su vez unas siluetas inmóviles y oscuras a lo lejos en medio de la hondonada.
─¿Jabalís? ─dijo Dhàniel, bajo una incrédula mirada─. ¿Me has despertado para ver jabalís? ─volvió a inquirir en tono desafiante. El placer que sentía desapareció sin avisar, tan rápido, como desaparece una gota de agua cayendo al mar.
─¡Jabalís, eso es, muchacho! ¡Comida! ¡Comida, para más información! ─replicó Grynn un tanto indignado─. ¿Acaso no quieres comprobar la efectividad de tu arco? Sería un buen momento para mostrar tus habilidades.
Dhàniel apartó la mirada de su compañero y observó cómo algunos miembros de la manada descendían a la vaguada entre helechos y desprendidas cortezas en busca de raíces frescas y bulbos junto a los árboles.
Se volvieron a mirar sin mediar palabra, sumergidos bajo un techo de ramas oscuras y grises flotando sobre el silencio. Dhàniel sospechó los propósitos de su Hurón; esa indagadora mirada desnudaba su alma, y como un libro abierto, Dhàniel podía leer en aquellos ojos los deseos que allí se mostraban.
─¡Están muy lejos! Apenas se aprecian en la oscuridad desde aquí ─dijo Dhàniel, turbado quizá aún por el cansancio, o tal vez retenido por el inesperado momento. ¿Sintió miedo, quizás? No sería esta posibilidad tampoco. Más bien una mezcla de juventud e inexperiencia le agarrotaba.
Sin embargo, clavó su mirada en aquellas siluetas que hozaban tranquilas, y durante un largo instante, meditó.
─Yo nunca he salido de caza ─le dijo a su maestro después de la pausa─. No recuerdo haber matado ningún animal salvaje. No sé si podría hacerlo, Grynn. ─Éste, estiró el brazo cediéndole el arco, cuya cimbrada silueta quedó recortada con el claro del bosque por un segundo.
Dhàniel recibió el arma sin apartar la mirada de los animales. Se esforzó por no pensar en nada o, al menos forzar su entereza, pero la escalera de la vida se le apareció de pronto entre los forcejeos de su pensamiento. Una escalera llena de peldaños. El hombre arriba, en todo lo alto; los animales por debajo. Una valoración evidentemente creada por la mente de un humano. Cualquier animal, seguro habría alterado ese orden, pensaba Dhàniel. Apartando todo pensamiento, sabía que no podía fallar a su Hurón. Afrontar la enseñanza era lo mínimo que podía ofrecer un alumno, y él lo sabía. Pero Dhàniel, frágil y sensible para el rudo mundo, se abatía torpe y desconcertado como un cachorro abandonado por su madre en pleno bosque a la voluntad de los colosos de hojas rojizas y los espectrales animales que en él habitaran. Pronto, en su mano recibió la flecha que como afilado verdugo le cedía su acuclillado maestro.
A su vez Grynn señaló un distinguido macho que hozaba cerca del escarpado donde ellos se apostaban.
Dhàniel incorporó en el arco la rígida y punzante segadora de vida. El olor a Tardo aún permanecía en el contorno del arma cuando tensó. Apuntó al despreocupado ejemplar y esperó el instante. De reojo advirtió a Grynn. Aquella impaciente mirada que sostenía, se le antojó severa, y de seguro ya habría matado a aquel animal. Indudablemente sus ojos encendidos como las llamas del Infierno ya tusturraban la rojiza carne al fuego de una hoguera. Mientras, el hedor de las bestias como vapor de agua flotaba por la ladera y se posaba en el angustioso momento aguantado bajo el respiro joven del cazador.
El gran macho esquivó el terreno y avanzó olisqueando el aire. Alzó los ambarinos colmillos y se detuvo adivinando a los hombres. Sus ojos miraron alrededor, pero fue en lo alto donde se apostaron. El cuello del animal se perfilaba en la punta de la flecha que sostenía Dhàniel, al tiempo que mantenía el aliento, cuando su pulso tembló. Una fisura en la mente del joven le hizo reaccionar. Sintió un fogonazo de luz que estallaba dentro de su cabeza, como si despertara de repente, como si hubieran manipulado sus deseos contra su propia voluntad arrastrándolo hasta allí. Quizá envuelto entre sueños y alucinaciones fue cuando se dio cuenta que aquellos ojos salvajes que le habían descubierto, le miraban. Distinguió que eran sabios y, después de meditar, vio que eran viejos en su concavidad profunda pero de brillo joven y nuevo, seguramente expertos en la noche, como nacidos en cada luna nueva tras siglos de plenilunios que habían endurecido aquella piel áspera y ruda de púas agudas e inquebrantables forjando al Señor del Bosque que se encontraba, abajo, frente a él.
La mente de Dhàniel se abrió. Era un enorme Edén, verde, amplio, y lleno de un sinfín de verjas. Puertas relucientes y plateadas que centelleaban en diferentes niveles de cadenciosas laderas, distinguidas arriba y abajo en las distintas alturas a la serena luz. Sin embargo, allí dentro de ese Edén no había Sol, ni Luna, ni ninguna potencia que creara luminosidad. Aun así, aquella claridad que fluía era placentera sobre todo, y todo ello, al ritmo del canturreo de un arroyo que se descolgaba sobre abdómenes altos y verdes. Un paraje transparente y luminoso, en armoniosa caída de aguas. Era la luz de la paz interior de aquella mente joven, joven de malicia, joven de mancha, de aire voladizo y envolvente que inspira a los sueños, ofreciéndose noble y sin dobleces para ser contemplada. Era un mundo nunca visto por el resto, su Edén, el jardín de la ilusión de Dhàniel, el gran espacio de sus sentimientos, su existencia, su todo. Y a las puertas de aquella cancela de rimbombantes aceros blanquecinos, algo parecía esperar, reposado y observando desde fuera el íntimo jardín, un terreno fresco y tierno de primeriza piel para las recias y resabiadas patas de aquel extranjero, un viejo jabalí macho.
Allí, a lo lejos, donde la cambiante luz descendía hasta casi extinguirse en tenues grises, cerca del arroyo y detrás de las finas lanzas de plata de las verjas, la imagen del extranjero asomaba, no desafiante, no violenta, pero sombría y cubierta de misterio. La verja cedió despacio. Ningún ruido acompañó la voluntad de aquellos hierros, abriendo el paso de la imagen oscura. La hoja del portón centelleó, quizá en alarmante aviso. Entonces la cancela se detuvo. Tal vez fue Dhàniel, su dueño, quien retuvo su avance. Ahora la velada figura del forastero avanzó, no conocía aquel jardín, pero no por ello mermó su empeño de caminar y pasar adentrándose en el nuevo verdor, joven y apacible.
No tardó en pararse, donde el llano se alejaba de las altas verjas y las puertas se divisaban lejos, siempre arriba y abajo, fuera del alcance del aquel ser, primerizo para el Edén de Dhàniel. Aquella criatura detuvo sus pasos en medio de un pórtico natural sin sombras. Siempre silencioso, como fiel emisario, y esperaba sosegado, paciente, dominante y distinguido a ser recibido.
Al principio, no obtuvo respuesta, pues aquel Edén parecía estar desierto, pero no, Dhàniel, su anfitrión estaba allí, aunque agazapado, obnubilado y atónito observando al visitante.
Y fue el viejo jabalí, en medio del pórtico de sombras, quien lanzó un mensaje a la mente de Dhàniel, el anfitrión.
─Refrena tus actos ─sugirió─, no son dignos de tu sangre, joven caminante. Escucha las palabras de quien ya es camino. No es tu instinto el que te acerca a la carne
Dhàniel sintió, traspasada ya la puerta, lejos de la entrada de su pensamiento, cómo aquella voz prendía en su interior. El Señor del Bosque había roto sus defensas, había penetrado en sus dominios y retozaba ahora a la espera de ser consentida su presencia en el joven territorio de su Edén, su mente. Pero lo que más había desconcertado a Dhàniel no era la presencia del centenario animal, sino que le había adivinado sus pensamientos. Un escalofrío le persiguió de súbito y los pelos se le erizaron.
─¿Por qué obedeces a otras voluntades, si la tuya, aun siendo joven brote, es sincera y pulida como los años?
─¿Quién eres? ¿Qué siniestra voluntad sería la que puede penetrar en otra sin ser llamada? ─pensó Dhàniel en respuesta, endureciendo el rostro. No sabía que con aquel pensamiento estaba respondiendo al curioso invitado de su Edén.
Dhàniel tenía fijado con su arma el objetivo, pero permaneció paralizado, expectante, y tensó un poco más la cuerda de su arco. Aunque no había maldad en aquellas palabras para disparar, aun así, no aflojó su brazo y lo mantuvo en tensión.
─Te diría que soy el poso de la vida, la experiencia viva, la Madre y el conocimiento de los míos, cuando tú aún eres joven semilla sin lugar donde extenderte. Aprendiz de todo para los tuyos. Pero... ¿de qué vale toda mi sabiduría de los días bajo la amenazante punta de la muerte? ─El mensaje se quebró por un momento. El viento merodeó la noche─. Tu voluntad es joven pero el instante está de tu parte, sin embargo, tu pulso tiembla; una voluntad que tiembla se hunde en las Sombras.
─No tientes tu suerte viejo sabio ─respondió Dhàniel─. Nunca he matado, pero este pulso encontraría el temple si he de hacerlo, porque para todo siempre hay una primera vez ─el crepitar de la cuerda advirtió la intención de Dhàniel. Aunque aquellas palabras habían topado en los muros del antiguo jabalí, ufanas, pero no para el conocimiento placentero de aquel animal, rey entre los suyos, que desdoblaba y desnudaba los pensamientos del inocente muchacho antes que sucediera.
─El viejo Rhamga habla de ti en las alturas, pequeño príncipe. ─Dhàniel quedó desarbolado al oír aquello y por un momento creyó perder la visión. Otra vez había adivinado. No fue su voluntad la que le hizo retroceder, sino el desconcertante misterio que rodeaba a aquel animal, enmarañado, cual espejismo tenebroso y vidente de todos sus pasos anteriores. En verdad era sabio y agorero místico a su efebo entender.
Dhàniel, inconscientemente, se encontró de pronto frente al rostro de Grynn que le miraba de forma severa. El maestro, con un gesto perspicaz apretó los labios. Dhàniel parecía intuir en aquella mueca que su maestro había descubierto el cruce de declaraciones mentales. Sin darse apenas cuenta, los ojos de Dhàniel buscaban de nuevo al atrayente ejemplar salvaje que se perfilaba ahora en el inapreciable camino hacia las sombras, siempre en el punto de mira de la afilada y predispuesta flecha.
La voz del Señor del Bosque Rojo se lanzó nuevamente como el aguijón de una avispa hacia su piel, clavándose en el Edén.
─¿Por qué te conmueves?
─¿Tú conoces a Rhamga, el Gran Halcón? ─preguntó alterado Dhàniel. Una extraña sensación albergaba todo su cuerpo, como si estuviera atravesando una ciénaga desierta y lúgubre, pero un instinto sobrenatural brotaba en su cabeza y le instigaba a seguir ¿cómo resolver aquella extraña situación?
─No más que tú, que le has visto ─respondió.
Dhàniel retrocedió en un respingo. Comprobó de súbito que la mirada de Grynn se había posado rápida en él, advirtiendo ese nerviosismo. Antes de que sus labios dijeran nada y su estado se desprendiera de la sorpresa, la antigua voz del Bosque le apuntilló acorralándolo entre barrotes de sospecha. Dhàniel se vio totalmente cercado, abstraído, y en cierto modo sumergido en el mundo del Señor del Bosque, pero veía más allá y respiraba en verdad una certidumbre pura y sincera, aunque no por ello bajaría la guardia de su arco.
─¿Qué sabes... qué tienes que decirme? ─dijo Dhàniel en trémulo mensaje, no queriendo añadir nada más, como si algo le hubiera pinchado desde su interior. Aun así amplificó por último, con cierto resquemor─: ¿Qué puedes ofrecerme para que te perdone la vida? ─Al momento Dhàniel pareció meditar aquellas palabras, que nunca debieron salir de donde dormían, aunque el viejo Sabio podría volver a adivinar aquella joven e involuntaria intención del muchacho nuevamente.
─¿Me sugieres... vivir o morir? ¿Simplemente eso? ─la vieja estampa velada bajo los negros árboles meneó levemente la cabeza, con síntomas de desaprobación. El diminuto rabo, cual látigo de verdugo, se soltaba asimismo de las ataduras de la quietud.
»El Hombre Erguido nunca aprenderá ─añadió─. ¿Acaso tengo que implorar tu perdón, sin haber sido yo quien haya invadido tu senda?
─No es ninguna exigencia, en verdad lo que te pido, sino que me muestres lo que yo desconozco. Prácticamente para ti acabo de nacer. Tú puedes acercarme la verdad sin envolturas no como los hombres hacen.
El gran ejemplar macho giró sus ambarinos colmillos hacia Dhàniel, que brillaron en la noche.
─Los No-Erguidos no quebrantamos los caminos de los Erguidos ─dijo─. No somos nosotros los que rompemos el equilibrio de lo establecido por la naturaleza, ni el sentir de vuestros dioses. Nos mantenemos al margen, y así es, o así debiera ser. Son los tuyos, los Erguidos, los que establecen las leyes, unas leyes que ellos mismos quebrantan. Mienten, acusan y llegan a matar, algunos por placer, para implorar otras nuevas. Es por ello que los No-Erguidos os veamos como una raza inestable y carente de integridad. Erguidos siempre en busca de la cercanía de los cielos, cuando la Tierra es la Madre y el alma de cuanto os rodea y nos rodea. La Tierra nos oye y nos arropa. Pero vosotros lo ignoráis, os sentís amos y señores de todo, desde que os alzáis de pequeños para mirar henchidos ¿hacia dónde? se preguntan los míos. Os resistís a comprender las vidas que se mueven a vuestro alrededor, sin mirar a la Madre, a la Tierra. Vosotros lo llamáis Latifundio Antiguo pero vivís en un mundo aparte, en un mundo que vosotros mismos habéis creído crear, aparte de todo y de todos los demás, sí, y aparte seguiréis mientras vuestros oídos ignoren la voz de la Tierra, su hijo el viento y su voz, la verdadera voz. Si escucháis, la oiréis. Oiréis el habla del Mundo. En esas corrientes los No-Erguidos transmitimos nuestro sentir, no nos hacen falta caballos, ni Eskarkams, ni Lûbias como los primeros Erguidos, pálidos y sabios de alma, en estas arcanas tierras. El conocimiento vuela con ese hijo del mundo, el viento. Y nosotros, sin tener que viajar, yo, he sabido de ti, de tu gente, de tu rey, el amo de vuestro bosque, cuyo río de sangre noble se asemeja a la tuya, pero esa sangre longeva se debilita y se apaga. Pronto se extinguirá en el jergón de oro en el que ahora reposa.
A Dhàniel, perturbado en su escucha, le latía aceleradamente el corazón e, incomprensiblemente, se dio cuenta que apretaba los dientes con dureza. Con todo, sentía una sensación extraña que los alejaba a ellos dos de allí; a él y a la criatura, como si emergieran de una superficie plana proyectando dos largas sombras lejos de aquel valle de bruma, y todo a su alrededor fueran altos muros de piedra forjadas por el silencio que nadie podría atravesar para escucharlos.
Aquel instante había quedado paralizado, como en un tiempo paralelo. Dos mentes conectadas en sincrónica quietud, donde los segundos eran días y los momentos años, albergando entre los ojos el poder de los dioses. El poder de poseer el tiempo.
De pronto, Dhàniel cruzó junto al umbral de una de las puertas de su pensamiento. Allí, frescas y flotantes, tras otra puerta blanca e impoluta, se encontraban las palabras del mago Trumba: "No creas todo lo que oigas, y de lo que oigas escoge la mitad. Llegará un momento que lo que no oigas tenga más verdad que lo escuchado, pues el silencio en ocasiones es más sabio que las palabras." Le albergó la duda, y meditó por ello hasta llegar a preguntar al viejo jabalí: ─¿Cómo puedo saber si lo que me estás diciendo es cierto?
─La verdad ─contestó sin espera alguna─, ¿por qué tratáis siempre de encontrar la verdad? ─su tono había aumentado─. ¿Por qué inventasteis entonces la mentira? Incansables mentes del desorden. Desordenáis lo ordenado y después buscáis respuestas. Vuestra inquieta mente os lleva a veces hasta donde no queréis llegar. ¿Por qué ir allí donde tu voluntad se resquebraja y los muros os cierran el camino, como sendero sin salida?
─¿Cómo creer, si apenas te conozco? ─inquirió ceñudo Dhàniel, envuelto en dudas.
La vieja estampa velada del Señor del Bosque se removió agitada, enterrándose un poco más en la negrura de la vaguada. Resentida y molesta, aun así, esparció calma y tranquilidad a su manada. Los ojos se le iluminaron entonces y habló:
─No has aprendido nada ─dijo─. Sólo has escuchado lo que te ha convenido. ¡Debes aprender aún a escuchar! No son los míos los que destaparon de las sombras la mentira.
─Dime una cosa y no te molestaré más ─cortó Dhàniel─, ni a ti ni a los tuyos, viejo sabio. Si tus palabras son ciertas como dices, ¿con cuánto tiempo podemos contar en el reino con la presencia en vida de nuestro rey?
─Tu voz está llena de solemnidad ahora. Tal vez has aprendido a sostener tu espíritu y tu mano ya no tiembla. Quizá ahora tiemblo yo por ello, sabiendo que no errarías el disparo. Has afianzado tu miedo, superándolo. Y el tiempo... quién sabe del avance de las horas y los días. Tu rey está dañado ya, sin esperanza, sin camino de vuelta, si es lo que querías saber... pero el tiempo... nadie sabe el tiempo... Quizá un solo amanecer, quizá... ─unos segundos se alzaron de silencio, luego de la leve pausa, continuó el mensaje─. Te he acercado la voz y el sentir que se extiende con el viento, el susurro de la Tierra, el estremecimiento que vuela desde el norte y se propaga en todas las direcciones. Ya lo sabes, joven príncipe, hijo de Evhan, tu sangre se detiene allá arriba en la insondable fortaleza de tu linaje. Sabed también que tu madre espera ya en el campamento. Debes tomar rápido una decisión, te he aventurado mi olfato, adivinando las afiladas emisarias de tu compañero y además parecen impacientarse por tu tardanza. Él lo hará por ti si dudas.
La mente instintiva de Dhàniel pareció chocar contra la coraza de púas, tupida por los años del viejo sabio. Sin dejar de apuntar, al fin su decisión estaba tomada y soltó la cuerda de su arco en arrogante gesto de ansia contenida. La flecha silbó en las sombras. La punta quebró el aire y con el aliento sombrío de la angustiosa noche se incrustó en el recio tronco del árbol donde se encontraba el gran ejemplar. El Señor del Bosque rebudió, retumbando en la hondonada. La manada a la estentórea voz del gran macho huyó perdiéndose en la lejanía entre las sombras. Pronto un sentimiento de desolación se alzó como si el propio bosque los hubiera devorado.
Dhàniel se giró a mirar. Allí estaba ya la arrogante mirada de Grynn, de fuego, de candentes llamas, que saltarían en cualquier momento para quemar al desconcertado principiante que había dejado marchar al distinguido macho.
─A veces hay que hacer cosas, aunque a uno no le gusten, Dhàniel ─le advirtió de manera desdeñada.
De sobra sabía el Hurón que aquella flecha había buscado aquel árbol intencionadamente.
(...)
(Fragmento del capítulo 18 - La Leyenda de Almaranthya. 1 El despertar. 2006/07)
Un abrazo.
"La Vida es un regalo. La Muerte, la devolución del mismo."(MiánRos)