martes 14 de febrero de 2012

HOY (relato corto por Mián Ros)

HOY


Si algo he aprendido Hoy, es a mantenerme al margen. Al margen de Mañana, que preñará otro Hoy cuando se acerque. Margen disfrazado si la distancia que lo separada de uno se desliga del filo. Filo de la incipiente piel, mi piel. Piel que lleva el riesgo. Riesgo de tropiezo. Riesgo de alcanzar a no sentirse. Y cuando pronuncio “no sentirse”, mi voz se llena de palabra. ¿Quién no ha llegado a no sentirse alguna vez? No ver el Hoy que traerá el mañana. La mañana de millones de mañanas que se acercan sin dolor. Y, sin embargo, lo hay, hay dolor, y siempre imaginado.

Al contrario que la Luz. Ella surge, se eleva y viaja, desciende y después se va. Pero vuelve, siempre vuelve, y lo hace sin dolor.

En cambio yo, tomo impulso, casi necesario, avanzo y voy, a veces con dolor, a veces no, pero siempre voy, aunque descanso; del mismo modo que descanso cuando no voy, pero voy, nunca vuelvo. El día que vuelva será para nunca más volver a ir.

Y he aquí la encrucijada, y yo ahí clavado en ella. En ocasiones distraído. En ocasiones dispuesto más que aburrido, pero ahí, pétreo y fiel. Y firmaría incluso que curioso, tanto o más que un vigilante, como lo fueron y serán las Cosas que desde su perseverante posición se atrevieron y se atreven a observarnos. Y, por tanto, nos juzgan, acaso el paso por ejecutar, que no el ejecutado, ya olvidado y sin enmienda.

Y yo, ufano, arrogante por cobarde necesidad Hoy, o cobarde por accidente acaso en otro Hoy. Abrigado y hasta remangado. Dispuesto a no estarlo. Indispuesto pretexto a estar dispuesto a hacer algo pequeño que se vea grande, o grande que se vea maravillosamente pequeño, quién sabe; me conformo con que el tamaño adquirido levante sombra, sombra bienvenida y requerida.
Eso sí, calzado con hormas de Calma y vestido de falsa Prisa. ¿Quién desea correr?

Ya perdí un zapato entonces, no pretendo arriesgar el otro; las prisas son para los jóvenes, como los jóvenes son para las prisas. La Calma no será Calma si es asaltada por la Prisa. Y no es Prisa, sino Calma, la que preciso. Ya caminé a ciegas sin camino, corriendo por vivir.

Si algo he aprendido, ha sido Hoy. Camino sobre el camino. Camino sin camino. Cadencia repetida que acompañó mi crecer, el amanecer. Y así será también Hoy, cuajado por la luz de la mañana.

Y hoy cargo sobre mí, otro HOY. Y ahí va o voy, mi yo y HOY, uno sobre otro, y otro sobre uno, formando un dejo divertido. Pero mi dejo no es dejo cuando dejo a lo lejos el margen y veo El Bote. Ahí viene, o va. Tal vez si va, lo coja, si viene, no; no preciso venir, sino ir. El Bote. Es de larga proa. Descubro gestos perfilados de rimel descorrido; labios apretados en rictus doloridos, afónicas arrugas que se niegan a morir.

El Bote. No siempre se arrima lo necesario, ni necesario es o será siempre que se arrima; pero esta vez lo hace, como tantas veces. Y heme aquí visto desde allí; y siento que me ve. Enfila la orilla, mi orilla. El margen de todos los márgenes. Y va... no viene. Y hay dolor, y no lo hay...

Y, sin embargo, si algo he aprendido, ha sido Hoy.

MiánRos  (quedan reservados todos los derechos sin permiso de su autor)
(Texto creado el 08/12/2008 y corregido el 14/02/2012)

Pido perdón por el instante que os he robado. En fin, id y consumir el tiempo en cosas más productivas. Sorry de nuevo...

UN ABRAZO A TODOS.

viernes 20 de enero de 2012

El Manuscrito I. El secreto, de Blanca Miosi

El Manuscrito I. El secreto, ha sido una de esas novelas que he tenido la suerte de saber de ella desde sus inicios, desde que la encomiable escritora Blanca Miosi, nacida en Perú y afincada en Venezuela hace ya algún tiempo, mencionase en su blog y redes sociales estar entregada en cuerpo y alma a dicho proyecto: el primer borrador de la novela.
Esta primera entrega de Nicholas Blohm, escritor sin mucha fortuna y sin demasiada fe en sí mismo, nos pone sobre la pista de un peculiar personaje que se cruza en su camino. El individuo le hace entrega de un manuscrito singular, del cual emergen una serie de acontecimientos registrados en el libro y en los que curiosamente Nicholas parece estar involucrado. La sola idea de poder plasmar cuanto lee y cuanto le está sucediendo para una futura novela le apresa en su propia trama de tal manera, que ve una oportunidad inmejorable y única para reflotar su ánimo y poder crear una novela brillante a la vez que diferente.
Los hechos que va descubriendo le arrastran a profundizar en la veracidad de cuanto está escrito. De esta manera conoce a Dante Contini-Massera, sobrino del conde Claudio Contini-Massera, que está apunto de recibir de su tío una herencia incalculable que apenas entra en la mente de cualquier mortal, y a saber de la espeluznante historia que concierne a Josef Mengele, médico y criminal de guerra nazi, especialmente reconocido por sus esperpénticos experimentos con seres humanos.
Blanca Miosi nos lleva hábilmente de la mano de Nicholas Blohm a conocer antiguas bibliotecas y a descender a viejas catacumbas en Armenia. Todo un entramado entretenido donde el lector se sentirá en todo momento atrapado por la historia, y con la curiosa necesidad de resolver todos los enigmas que persiguen la propia conciencia de Nicholas Blohm.
En definitiva, El secreto es una novela de intriga con algunos toques de Historia bien entrelazados con la ficción. Quizá echo en falta (en este tipo de aventura, y a modo muy personal) ciertos puntos de acción que hubieran realzado los momentos de mayor tensión de la trama. Pero en definitiva, es una novela muy recomendable a la que Blanca Miosi nos tiene acostumbrados con su elegante y accesible narrativa.


Datos de la novela.

Nicholas Blohm, un escritor frustrado, encuentra cierto día en el parque un extraño personaje: un comprador-vendedor "al peso" de libros usados. El hombrecillo lo reconoce por haber leído de él un par de libros, y decide obsequiarle un manuscrito que extrajo de la colección que guardaba en una enorme bolsa plástica negra.
El escritor empieza a leerlo y nota que el manuscrito es especial. Cuando lo cierra desaparece la historia, es decir, todo lo que en él había escrito. Se desespera, pues su intención es apropiarse de la novela, y en medio de su ansiedad por encontrar respuestas decide buscar en Internet. Encuentra que los personajes que figuraban en el manuscrito sí existen y que justo está ocurriendo lo que decía que iba a suceder. 
Viaja a Roma a encontrar a los personajes de "su novela" y de pronto se ve involucrado en la trama. 
A lo largo de la novela junto al personaje principal debe encontrar el secreto dejado por el conde Claudio Contini-Massera a su sobrino. Un secreto que de llegar a cristalizarse involucra una gran fortuna, una búsqueda que apela a la inteligencia de ambos: sobrino y escritor; y que los lleva a bibliotecas encadenadas, a las catacumbas de Armenia y a la Isla de Capri. 
La novela transcurre en catorce trepidantes días. Es una novela corta, que en su versión papel podría contener 260 páginas.

*  *  *  *  *  *  *

Blanca Miosi nació en Perú  y vive desde hace décadas en Venezuela.
Publicó su primera novela El pacto en 2004 y en 2005, otra obra suya, El cóndor de la pluma dorada, quedó finalista en el concurso Yo escribo. La búsqueda, Roca Editorial 2008, Barcelona España, un relato basado en la vida de su esposo, prisionero superviviente del campo de concentración de Auschwitz, tuvo una gran acogida. Fue ganadora del Thriller Award 2007.
En 2009  publicó  de la mano de Editorial Viceversa, Barcelona, España: El legado.  Un fascinante relato sobre una saga familiar basada en el personaje de Erik Hanussen, considerado durante muchos años el mejor vidente de Berlín y consejero personal del Adolf Hitler. A la venta en España, Sudamérica y ahora en Amazon en formato Kindle y de papel. Actualmente es representada por Antonia Kerrigan Literary Agency.
Otras obras publicadas en Amazon:  Dimitri Galunov El manuscrito.

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domingo 8 de enero de 2012

Blanco

Empieza un nuevo año. Nuevos proyectos, nuevos sueños, nuevos relatos, nuevas novelas, nuevas lecturas; acabar aquello que también dejamos a medias. Todo se repite. Y dentro de esta secuencia llega el reto de  todo aprendiz de aprendiz de escritor, el reto al que nos enfrentamos cada día: la hoja en blanco. Una historia nos aguarda, una trama flota en un mundo paralelo. ¡¡Hagamos que el blanco cobre vida!!



BLANCO  (relato corto)

Blanco. Ante mis ojos solo veo el color blanco, como una faja que oprime todo, como algo que soy incapaz de dejar atrás. Pero mi límite avanza a través de este tono pálido, sin sombras, sin fondo, inexorablemente cauto pero sagaz, y no encuentra a su paso un haragán que guarde la senda, si acaso hubiera senda porque no la hay. La percepción del tacto solo percibe la vasta superficie lisa, clara, sin hilvanes, carente de todo y vasta en nada. Sin embargo, se advierte cordial, de mano nívea y tendida, de cabeza sabia y displicente abierta a saludar a mis legiones, quienes portan, a veces, el saco medio lleno de ocurrencias, medio vacío de confusiones. Pero no nos engañemos, algo aguarda, algo medita, algo quiere... ¿pero qué?
Es por tanto que mi avance sea cauto, lento, y hasta temeroso en algún tal vez, poco dispuesto en algún que otro instante, y novelero y atrevido al punto que mi deseo da muestras de convencimiento y mejora. Pero no hay nada, ni siquiera en qué tropezar, salvo la llanura: todo un muro salpicado de blanco, inmaculado y pulcro, puñeteramente cierto, rimbombante y cabal. Y no descubro, ni aun sospecho, un punto donde relajar estos hambrientos ojos prendidos de la curiosidad más espontánea.
Avanzo. Una nueva conquista me aguarda. Avanzo, sólo avanzo. El blanco siempre se rehace en esperas.
Me da miedo mirar atrás, pero lo hago. Y mis ojos reflejan una serpiente de letras que va quedando argollada a mi espalda como una cadeneta de fiesta, de sueños que prenden del sentido de mi marcha, dispuesta a perdurar, reptil opíparo a manos llenas, tajante y voraz; texto común advierte aquél, orgulloso de publicar el nombre; borrón que motea el claro colorido califica algún otro, más allá, en boca pequeña de acento frívolo. ¿Y qué más da?, responde una voz dentro de mí que parece mía y rumiase acentos sobrios en alguno de los pasillos más cercanos a mi alma: “La sirga es fuerte, aun más que recta ¿Son mis huellas?”... “Quizá lo sean”, insinúa en respuesta la voz del castro que gobierna mi conciencia. Pero me da miedo pensar, no estoy para pensar, ni siquiera podría certificar que estoy; voy a dejarme ir, voy a destensar, aflojar esta rueca de finales sin fin que me acerca a la incertidumbre inicial donde todo vuelve a comenzar. Y lo hago.
Comienzo.
De este modo, involuntariamente apresurado, corrijo la postura y traslado la mirada al lugar hacia donde me dirijo, empujado por una manía jocosa de régimen liberada. Algo me absorbe y me aparta por un momento del innegable umbral del blanco. Y aquí, escondido en el paraíso particular que me gobierna en este instante, recostado en el trono que nunca pretendí, relamo la vertical de mi prudencia, flotando en un lapso de tiempo, prisionero del momento. Ahí fuera, el mismo cuadro sin biseles, la pincelada del blanco persiste en masas que empuñan picas silenciosas y aguardan envueltas en capas aterciopeladas de tonos perplejos. Sí, aguardan. Sin embargo por momentos me descubro lejos de los ojos, lejos de las pupilas de cristal del ejército blanco que campa sin complejos. El blanco, algo aguarda, algo medita, algo quiere... ¿pero qué?
El silencio me limita, la percepción se dilata, me incomoda y alerta casi a la par. Mi instinto desatiende a la formación blanca. Ahora... solo ahora lo oigo. En algún lugar llueve, estoy seguro. Hay vida al otro lado. El olor es fresco, y me llega a borbotones. El llanto de un niño conquista la oscuridad de la habitación. El silencio salta despavorido por la ventana. Hay un segundo de traqueteos, de pasos. Una mano se mueve en la penumbra; la luz aparece, la noche huye. Alguien susurra una voz. Cerca, tan cerca que el llanto cede, el rumor se recompone recogiéndose en canastos de sombras. Vuelvo aquí, a la sombría cámara que regento, al cuerpo que me encierra, y sin darme cuenta me alejo de aquella estancia aislada de paredes etéreas que rigen algún lugar de mí, y, vuelve el blanco, vuelve, a conquistar la guardia que protege la barbacana enclavada en el perfil de mi siguiente y última ojeada.
Blanco, otra vez rendido al blanco. Parece que me llama, ¿pero cómo? Sabe que si lo hace no podré resistirme. Iré... claro que iré, a pasear mi ocurrencia expuesta por esta entrometida y dúctil mano de cinco apéndices que compone uno de los extremos de mi forma, y al hacerlo la cadeneta de fiesta se irá desplegando de manera arrebolada con hilo trasparente, hilo que tendiera ayer y, espero, tender en series interminables de: hoy tras hoy. Pero me da miedo mirar atrás, no estoy para mirar, a lo mejor ni estoy; voy a dejarme ir, despedirme de mí mismo, quizá esté mejor sin mí.
Entonces, vuelve el blanco. Es mi laude; la historia se repite a partir de aquí, más allá de mi margen. No quiero retirar mi mano, si lo hago no habrá serpientes de letras, ni tendidas cadenetas de fiesta. Solo el color blanco, gobernando su propio reino de soledad.
Pero mi esfuerzo se consume en mirar atrás. Sí, ahí está, me sigue: la serpiente es cada vez más extensa, la sirga es fuerte, tal vez sea mi huella perseverante y viva dispuesta a perdurar.
¡Vamos!, grita el capitán de mi ánimo. ¡Vamos!, se agita el estandarte de mi forma. ¡Vamos!, se blande mi entusiasmo dispuesto a conquistar la historia... 
Historia que aguarda más allá del reino blanco.

                                           *  *  *  *  *  *
Mían Ros (quedan reservados todos los derechos sin permiso del autor)

domingo 25 de diciembre de 2011

domingo 11 de diciembre de 2011

Descarga de manera gratuita mi novela Ángeles de cartón en Bubok

Ya puedes descargar en tu Pc o insertar a tu Ebook el PDF de mi novela, Ángeles de cartón. Espero que disfrutéis de su lectura tanto como lo hice yo escribiéndola.  No dudéis en dejarme vuestras impresiones.
Pincha la foto para acceder al enlace de descarga.

Saludos, y pasad un feliz domingo.
Mián Ros

miércoles 7 de diciembre de 2011

Ángeles de cartón muy pronto en Amazon


           Hola a todos, queridos amigos y seguidores de Literatura Horizontal. Llevo semanas dándole vueltas a un tema, y no es otro que subir alguna de mis novelas a la gran plataforma americana, Amazon (aunque muchos de vosotros sabéis que algunos de mis libros se pueden comprar por internet desde hace unos cuantos años, desde que se iniciara prácticamente la plataforma Bubok en la red, desde entonces confié en ella). Eso no quita y, animado quizá por las desbordantes sensaciones y expectativas que voy leyendo día a día en los blogs y redes sociales de algunos amigos, y tras sus experiencias en dicha plataforma americana de venta mundial, y, no menos motivado, y siguiendo las recomendaciones más directas de otros amigos más cercanos de este blog, he estado echando un ojo a mis novelas y valorando la posibilidad de unirme a esta cruzada que, no cabe duda, es muy tentadora para que las novelas lleguen al mayor público posible, y eso es precisamente lo que desea todo escritor.
Finalmente, Ángeles de cartón, una novela que escribí en el año 2008, de la que guardo muy gratos momentos de su escritura, es la elegida para abrir camino en esta aventura. En breve podréis leerla y seguir su evolución en Amazon. Tal vez, y según vaya presentándose la suerte, dé paso a la estabilidad que aún me falta en esta andadura; una vez conseguida,  seguramente, suba alguna otra, pero eso será más adelante. De momento voy a dejar volar a este querido Ángel mío, y que la suerte y complicidad de los lectores decida.

Mis mayores deseos para todos los que han llegado conmigo hasta aquí. Gracias. Que la entrega y el ánimo que os ayuda a levantaros cada mañana, os guíe.
              
                                         *  *  *  *  *

Sinopsis
Ángeles de cartón es el grito de un pensamiento manifestado desde la zona más oscura de la mente. El temor de un hombre a desafiar los miedos que agarrotan su conciencia.
El hombre está lleno de miedos. Champalám lo sabe y es consciente de ello, como cualquiera de nosotros. La carga emocional tras la desaparición de su hija le transporta a un mundo incómodo y solitario, donde todo se confunde y desordena hasta límites insospechados, y donde encontrar la verdad, ligada a la muerte, puede resultar la única salida.
Quién ha dicho que no se puede morir dos veces. 

martes 22 de noviembre de 2011


La Claridad, de ojos tan luminosos como cotillas, ha vuelto a entrar por mi ventana aun sin llamarla, y ha curioseado las superficies de casi todo lo que pende en el pequeño recinto de paredes "goteladas" que suele recorrer mi mirada tan a menudo. Lo ha hecho con prudencia (astuta y vieja claridad), pero la he visto, y me ha despertado con el roce de sus manos brillantes. Y, aun cuando los ecos del último rif de la guitarra de Fito no han abandonado mi cabeza desde ayer, no sé cómo ni por qué, ha hecho que me levante, me duche, desayune y me siente, dispuesto frente al ordenador como si la propia máquina me hubiese llamado; estoy seguro de que no lo hizo, pero a veces tengo la sensación que estoy equivocado y sí que lo hace, me llama, en su idioma sutil y atrayente; no me preguntéis desde cuando tengo el don de entender esta regla que mantenemos ambos, pero es así. Y heme aquí, enfrentado a la página en blanco que todo escritor conoce bien, como si fuera un pariente cercano que viviera al otro lado de la casa.
"Buenos días Mián Ros", me suelta al verme frente a ella; además de limpia esta página en blanco es educada y paciente, y espera que la cuide y la dote de emociones y vida, que la vista con frases para no sentirse desnuda ante ti, lector.
No obstante, la miro y no sé el vestido que he de escoger esta vez; ¿acaso mi musa se ha ausentado unas horas? Debería, sí; también tiene derecho a hacerlo; es domingo y todo el mundo necesita descansar, aunque seas diosa o musa... creo que yo también me ausentaré.
Descansa musa mía, quizá mañana tengamos más trabajo que ayer...

Mián Ros (20-09-2009) (Quedan reservados todos los derechos sin permiso del autor)

miércoles 9 de noviembre de 2011

Manos de Chocolate

Sigo escribiendo. Sigo aprendiendo. Sigo..., quizá sea lo más importante.

Una vez más... A VOSOTROS.

Me considero afortunado por cuantos me rodean, por cuantos me insuflan su ánimo y por cuantos esperan algo de mí; eso hace que me sienta querido, GRACIAS. Aunque todo ello implique una responsabilidad que nunca había vivido tan de cerca, al menos no de este modo, y, en consecuencia, no quisiera decepcionar a nadie.

Si bien, imagino lo que está por venir, aunque no tan claro como lo que dejo atrás. Poco a poco me siento más capacitado y, aún con mayor aprendizaje y perseverancia, espero estarlo todavía más, siempre y cuando el tiempo sea considerado conmigo y la paciencia vuelva a reproducir su doctorada condición y no se aleje de mi lado. Y no lo digo metido en el papel de arrogante, y mucho menos como consuelo personal, ni nada que se le parezca. Simplemente, el hecho de que estéis ahí, engorda mi exigencia y recubre mi aspiración. Es más, me siento dichoso. Dichoso del tiempo que puedo empeñar en todo aquello que me motiva y conmueve, entre las que se encuentra la ambición de escribir.

Mira que no poseo todo el tiempo del mundo, y válgame que tampoco lo quisiera para mí, ya que lo poco gusta y lo mucho recarga los momentos e incluso llega a campar entre la monotonía; aunque considero que el dinero no se ajusta a este refrán. Lo digo, más bien, porque me da miedo llegar a los márgenes del tedio y perder la motivación que engrasa esta maquinaria de hueso atrevido que hace que mi deseo no se oxide; ya perdí otro interés por el camino cuando empuñaba los lápices y dibujaba... Ay, no quiero echar la vista atrás... cuarentón nostálgico, boberías inconclusas que dejaste en los costados del camino como la brizna que dispersó el viento, el mismo que borró tu insegura y pobre suela de liviana pisada.

En fin, soltado el sentimiento de hoy, quiero regalaros uno de mis relatos cortos. Alguno de vosotros seguro que lo recordaréis. A ver si esta vez acertáis de qué o de quién estoy hablando.

Un saludo a todos los seguidores de Literatura Horizontal Mián Ros.



(relato corto)

Vuelves a presentarte ante mí, como cada día. A esperar algo que quizá sólo tú valores o te obligues a buscar o cambiar.

Al principio venías sin venir, más bien te acercaban a mí; era tanta tu sorpresa como pura diversión al verme, ¿recuerdas? Te gustaba gesticular en mi jardín delante de mi presencia, entretenerte con lo que tú sólo eras capaz de distinguir, e intentabas traspasar la superficie que separaba tu forma de la mía. Querías llegar a mi lado, enredar en el mundo de los sueños. Te sentías torpe e inseguro, tanto como yo, inconsciente entonces de que no podías ganarme en nada, aunque tu ingenuidad era pan bendito y eterno, y gracia por encima de cualquier cosa. Tu incansable esfuerzo se desperdiciaba entonces en ensuciarme con tus manitas de chocolate.

Hasta me hacías burla, y te reías de mí en mi propia cara; yo era el centro de toda tu diversión, tu primer amigo, el que gateaba en el mundo que sólo tú supiste encontrar para los dos. Era (y aún creo que lo soy) tu compañero más devoto, tu mudito preferido. Tu igual, tu par. ¿Recuerdas?

Luego, sin embargo, creciste, y tu presencia fue perdiendo el valor inicial: tu inocencia. Entonces conocí tu lado más atolondrado (tu mirada ya no era la misma, desordenada en aparente experiencia): eras el rival de muchos y el vencido de todos (ese era tu secreto más oculto, ¿lo recuerdas?); cuajo de insegura madurez, pertrechado de remiendos casuales, socio de la noche, ácrata del día, verdugo consciente de tu encarcelado y primitivo “tú”, ese “tú” que echaría brotes de vida después de tu época más excitada.

En aquel momento, no te importaba consumir largos instantes acicalando tu galeón, ensayando tu descubierta pose de velas blancas, henchidas para enfrentar al viento. Postura aduladora que resolvía tu deseada elegancia, máscara que cubría tu nada ventilada timidez.

Mientras tanto, animado por tendencias accidentales, te dejabas llevar por el arrobamiento de la música y polillas noctámbulas de cristal. Hermoso ciertamente. Todo era de irisados y fingidos colores (un baile coqueto entre -tú y yo- que practicarías lejos de mí). Sin darte cuenta, pronto, el tiempo te fue amontonando pasados. Dando por aquí, desgarrando por allá y remendando muchas de tus níveas y atrevidas velas.

No bien el pacto se fue haciendo menos provechoso (no lo recuerdas porque nunca formaste parte activa de aquel trueque, era algo tácito, adjunto a tu llegada, indivisible e inquebrantable, aquel lastre que, como corsario incómodo e invisible, era, es y será, un miembro más de tu tripulación el resto de tu vida: el tiempo). Debido a ese lastre sentías que una parte de ti se quedaba atrás. Aquello te fue juntando cada vez más a mí, siempre de una forma diferente. Sí, te sentías engañado y venías a buscarme, a enfrentarte, a domeñarte en mi presencia si era necesario; consciente de que soy la mejor y peor versión de tu propia obra, pero la única.

¿Cómo mejorarla?; aquello podía suscitar cambios y un nuevo gravamen (tu socio intocable, aquel inmortal viajero capaz de sostener los recibos de rotura de tu preciada mesana, pudiera estar atento una vez más).

Sin embargo, te sentías capaz de todo, fuerte (aunque sólo fuera de puertas hacia fuera); pero por dentro: temerario en un mundo de frágiles, pirata en un mundo sin océanos, consciente de que eras perfectamente imperfecto, seguro de tus inseguridades, culto dentro de tu propia incultura, un claro dentro de un cielo tormentoso, una simiente huera y proscrita y sin tierra donde crecer y morir, un pie sin superficie, un garfio sin moñón, un equilibrado sin equilibrio, un anverso sin reverso, un negro sin gris...

Entonces regresabas a mí, a postularte ante el tráfico saturado e inconveniente de “qué debo hacer” y ante la comunidad vocinglera de “cómo debo actuar”, preguntas surgidas por pura necesidad o llovidas por simples razones de compromiso que te obligaban a virar el timón, a enderezar el rumbo de manera supuesta frente a mí, a exigirme un veredicto, a que leyera tu silencio, a la espera de escuchar todo cuanto querías oír, chantajista como loro gorrón a sabiendas dónde hallar la comida en tu preciada jaula.

Silencio. Sólo silencio era mi respuesta, como silencio era tu obstinada inclinación con la esperanza de que este mudito se dignara algún día a conversar.

Y así ha seguido la lucha, una suma de presentes donde la resulta matemática era, es y será asquerosamente exacta (maldita perfección científica), otra vez silencio. Y del mismo modo se ha cobrado, se cobra y se cobrará el tributo de todo lo que has transitado (tu socio, el etéreo, el lastre que condiciona tu paso es un monstruo con cuerpo de memoria). Y tanto los juegos, los coqueteos y la cuenca alta de tu juventud que una vez pensaste que no se secaría, lo ha hecho; todo eso ha quedado atrás, acumulando más pasado.

Ahora, cuando me miras, sigo ofreciéndote la misma soledad que consumes a diario. Bebes de mi propia sequía. Comes de mi aparente apariencia. No importa, sé lo que piensas y lo que deseas en cada momento, sabes que siempre lo he sabido, pero ahora también lo sabes tú (tu impuesto te ha costado, ya lo sé; el viaje es largo, muchas son las veces que has encontrado a tu paso la desnudez de los árboles de aquel bosque, y la suerte es que aún puedes desperdiciarte todo y más, antes de echarte a la cuneta). Recuerda que tus grandes secretos también son los míos, tu enemigo y socio, ese trascendente impuesto que tú y yo conocemos y que soportas, te ha dado el juicio necesario para ser más consciente con la realidad que atraviesas a cambio de que no olvides pagarle el tributo. Él, en permuta diablesca y vergonzosa, te honra con sancionar tu primera y última piel.

Ven, acércate un poco más y mírame. Ahora y a partir de ahora cuando vengas a verme, recuerda, tu piel desnuda ante mí es y será cada vez más delatora, pues veo: qué lejos están los sueños de niños, qué remoto se escucha el aleteo de las polillas noctámbulas de cristal, qué antiguo me queda tu primer recuerdo de chocolate. No te vayas, no te alejes, alimenta mi memoria, sin ella no podré auxiliarte cuando regreses frente a mí.

Pasan los “hoy”, tan rápidos como lo hace el agua viva sobre los ríos. Precisamente hoy has venido a verme, medio dormido. Tu mirada se ha hundido en la mía, tan profunda que temes no saber volver; el umbral de salida puede ser inalcanzable, como el único deseo que me traes: ansías (de puertas para dentro) que tu aspecto se estanque, se recoja por siempre como un tesoro de agua permanente en tu alberca de fortuna íntima. Tu allegado socio es sordo, aunque te escucha, y por mucho que le supliques, ya no admite más pactos. Y vendrás a mí, a mirarme, a ver si yo puedo complacerte; ahora eres tú quien sabe traducir mi silencio como desconsolada réplica. No. Sabes que tu deseo es imposible de conseguir, al menos en tu mundo, en el mío quizá se pueda llegar a valorar, pero ahora no tienes la llave que abre mis sueños, no recuerdas cuándo ni dónde la dejaste entonces, decidiste cambiar, olvidaste el jardín donde alzábamos aquellas fantasías pringadas de chocolate.

Y así han pasado los años. Idas y venidas. Entradas y salidas. Y, una vez más, te plantas delante de mí, como siempre, como cada día, valorando viejas y nuevas emociones. Y descubres algo que te inoportuna; ya son muchos los “algos” que te incomodan de mi presencia. Has descubierto un nuevo pliegue en tu piel. Da igual, vienes con cualquier pretexto, excusa que te provoca una escueta sonrisa al verme y buscas con ello tapar y complacer todo o parte del liviano ejército de sensaciones cenicientas que aún tratan de tirar de ti, de transportar lo que vas salvando de tu pacto que, sin querer, se va haciendo añicos por el camino en esta dura batalla; aun consciente de que no puedes ganar, ni borrar la firma sobrentendida que ancla tu viaje. Sabes que tu exigencia no puede avanzar porque reclutaste a tu resignación como escudero ingrato desde hace tiempo, porque tu aspecto de estúpido sonriente se consume, y al igual que lo haces tú, lo revalido yo cada vez que vienes a verme, provocándote mayor contrariedad, y hasta enferma tu aspecto por momentos si yo mismo te lo recuerdo. Judas de tu propia realidad.

Y si tu berrinche se desboca y manifiesta en darme la espalda, mi espalda será lo único que verás... sólo si tu atrevimiento consiente mirarme cuando decidas marchar. Y si resuelves por la tremenda no volver a verme nunca más, yo (tu amigo el mudito) también me iré, muy lejos, al mundo de este lado (el de mis sueños, el que supiste abrir cuando eras niño), y me iré para no volver, si definitivamente decides no regresar.

Pero vienes, sí, vienes, tirando tú mismo del buey de la sumisión. Obtuso de todas las alineaciones de tu sombra. Y aunque te enfades conmigo porque ahora no te doy lo que tú esperas que te dé, regresas al purgatorio de tu alma: osado en osadías, fuerte en tu debilidad. No se puede negar tu valor, a sabiendas que todo cuanto estás perdiendo ya no puedo dártelo. Yo soy demasiado ecuánime y constante, horriblemente verdadero aun más que una intención, aunque invertido (ese es mi notable vicio), pero soy justo dentro de la distancia que te separa de mí, pese a saber que a veces te incomode mi postura y el cambio de humor (quizá eso se lo debas preguntar a tu parte más anárquica, no ajusticiarme a mí). Mas sabes que no encontrarás a nadie más fiel a ti que yo.

Pues bien, si no quieres rendir cuentas al tiempo, no vengas a verme... olvida el purgatorio, sabes que lo entenderé. Y si vuelves, también lo entenderé (recuerda que siempre conoceré lo que estás pensando). De mí puedes hacer voto de rechazo, condenarme, romperme en mil pedazos, echar a volar falsas polillas... pero no olvides una cosa, tu socio oculto estará ahí, inseparablemente de tu segunda e impalpable forma, tallando lo que quedará de ti hasta que se cumpla tu deuda. ¿Recuerdas?

No obstante, si algún día vuelves a encontrar las llaves de mi jardín, allí estaré, esperándote, para jugar otra vez con tus manos pringadas de chocolate.

(Mián Ros - 11/11/2010) (Quedan reservados todos los derechos sin permiso del autor)


domingo 23 de octubre de 2011


He salido a pasear... y he cruzado mi mirada con la gente. He surcado por entre el cauce de murmullos, de comentarios, de expresiones y hasta he curioseado el descaro que muestran sus rostros al hacerlo. Quizá lo haya hecho contigo, y lo más seguro es que no te vuelva a ver jamás, al igual que a ellos; pero no importa. Quizá algo valió la pena de cuanto vi, o quizá no, y regrese de vacío, con la simple sensación de bienestar de un paseo más, satisfecho por el frescor de la mañana. Pero si por el contrario he hallado una descarga en mi interior... el bienestar me abrigará, y prenderá la chispa que enciende el fuego que preparo para ti con recios brazales de leños y ramas. Es mi forma de darle forma (permitidme la redundancia), para establecer el ambiente requerido en mis escritos. Que luego espero leerás (quizá tardes años) algo que descubrí en otro o en ti. Leerás sentado o tumbado pero tranquilo, al cobijo de esa lumbre que dispuse para ti, mientras yo volveré a estar lejos, paseando, buscando, experimentando, capturando sensaciones que colmen mi inspiración, pues mi vida y cuanto escribo está plagado de ti, de momentos tuyos... y tuyos... y tuyos también. Y quizá cuando tus ojos aún estén leyendo lo que una vez escribí, yo estaré más lejos que ayer. Tal vez allá, o allí, bajo la frescura que me ofrece aquel árbol, prieto en hojas; tomando la inteligencia de su mudez y su reposo y, bajo la misma sombra de su paz, me aprestaré sin prisas. Me recostaré entonces sobre el cofre de los recuerdos y desempolvaré el papel de mis instantes que quizá viví junto a ti y guardé para escribir.

Mañana saldré a pasear, quizá esta vez sí me cruce contigo...


(Mián Ros - 13/09/2009) ─ (revisado 23/10/2011) (quedan reservados todos los derchos sin permiso de su autor)


miércoles 12 de octubre de 2011

Sigo escribiendo

El tiempo apenas da un segundo de tregua. Pero bueno, asomo por aquí para informaros. Sigo escribiendo, y no pararé de hacerlo hasta ver cumplidas mis pretensiones: concluir la novela II de la saga, Almaranthya.

Poco más he de añadir, salvo trasmitir las buenas vibraciones que siento cuando lo hago. Las nuevas aventuras del Latifundio Antiguo avanzan influenciadas por las templadas corrientes del otoño. Estoy satisfecho porque Dhàniel y los suyos han vuelto a retomar el latido de su propia historia. Seguramente lleguen las lluvias, el frío, pero ahora... nada, nada puede parar a la Leyenda... (espero que ni siquiera la novela juvenil que me ronda en estos días la cabeza pueda detenerme esta vez; ya me ocurrió con anterioridad y no quiero redundar en el error, espero que no).

Un saludito a todos los seguidores de Literatura Horizontal - Mián Ros.

Primer boceto de la Portada de La Leyenda de Almaranthya I - El despertar (2006) y primera portada (2007). Finalmente la tipografía fue sustituida por otra más legible.